El cardenal
Capítulo 66
Donoher intercambió un sutil gesto afirmativo con Velu cuando el prelado indio pasó por su lado tras emitir su voto. No podía por menos que admirar la generosidad de aquel hombre al admitir sus errores al servicio de un bien mayor. ¿Hubiesen sacrificado sus ambiciones con semejante rigurosidad el resto de papabili?
Los infirmarü regresaron justo cuando el más joven de los cardenales llegaba al altar. Presentaron la caja sellada que contenía los votos de los cardenales ausentes a los tres escrutadores, quienes la abrieron y los contaron para verificar la cantidad. Los votos de los enfermos fueron introducidos uno por uno en la urna.
Donoher extendió una hoja de papel en blanco sobre su escritorio y anotó en el encabezamiento la fecha. A la izquierda escribió cuatro nombres: Magni, Escalante, Oromo y Yin. Sospechaba que Oromo se beneficiaría de la retirada de Velu, y que esta incluso haría que el cardenal sudanés saltara por encima de sus dos principales rivales. La elección se había reducido a un juego de números.
Sentados a la larga mesa colocada frente al altar, los escrutadores elegidos para la votación del día empezaron a abrir las papeletas. La primera de ellas pasó de las manos de Porter a las de Gensa, y de estas a las de Drolet.
–Yin -anunció Drolet con una voz grave que tronó con la gravedad del procedimiento.
Donoher trazó una raya vertical junto al nombre de Yin, y se preguntó si la acompañaría alguna otra.
Capítulo 66
Pekín (China)
Tian Yi se encontraba una vez más entre los muros de ladrillo rojo del complejo de Zhongnanhai, sentado en el pabellón de la dinastía Qing frente a tres de los hombres más poderosos de China. Era una gélida tarde de otoño y la humedad saturaba el aire tras un día entero de chaparrones constantes. Como en la anterior ocasión, el primer ministro Wen se sentaba en el centro, flanqueado por el presidente Chong y el ministro Fu.
–¿Se ha resuelto el asunto de Yin Daoming? – preguntó Wen.
–No como esperábamos -contestó Tian-. He recibido confirmación de que Yin y otros tres fugitivos llegaron a la India esta mañana. En estos
momentos viajan a bordo de un vuelo de Alitalia con destino a Roma. Del equipo que organizó la fuga de Yin, la mayoría han muerto. Uno, creemos que el cabecilla, ha sido capturado.
–Pero Yin ha escapado a Occidente -repuso Fu, iracundo-. ¿Cómo explica este fracaso?
–Si la seguridad de la prisión de Chifeng hubiese sido la adecuada, ahora Yin estaría muerto -se excusó Tian, desviando la culpa hacia Fu, cuyo ministerio dirigía el sistema penal del país-. Una vez fugados, la dificultad para seguir el rastro a los criminales fue aumentando de forma exponencial.
Tuvimos mucha suerte de interceptarlos en el Tíbet, aunque no bastó para impedir la huida de Yin.
–La historia tiende a repetirse para quienes son tan necios de no aprender la lección la primera vez -intervino Chong-. Yin está camino de Roma. Si el último Papa le consideró digno de ser cardenal, es evidente que el siguiente compartirá su opinión. Además, su fuga le hará tan famoso en Occidente como al Dalai Lama, y si sale elegido Papa, será una voz tan crítica con nuestro gobierno como el papa León lo fue con los soviéticos.
–¿Es posible interceptar el avión? – preguntó Fu.
–¿Está insinuando que abatamos un avión comercial sobre aguas internacionales a miles de kilómetros de nuestro territorio? – preguntó Tian.
–¡Algo hay que hacer! – rugió Fu.
–Sí -convino Tian-, pero lo que usted propone se consideraría en Occidente poco menos que un ataque terrorista.
–Derrocaría este gobierno -añadió Chong-. Obviamente, la presencia de Yin en Occidente podría poner fin al partido. Al margen de su idea, estoy de acuerdo con el ministro Fu en que hay que hacer algo, y enseguida. De lo contrario, primer ministro Wen, podría convertirse usted en el Gorbachov chino.
«Uno de vosotros gobernará -recordó Wen-, el otro liderará.»
–¿Qué hay de nuestros colegas italianos? – preguntó el primer ministro-.
¿Acaso sus intereses no coincidían con los nuestros en lo referente a Yin?
–En efecto -confirmó Tian.
–Entonces, explíqueles la situación en términos que puedan entender.
Lo que está en juego es mucho más valioso para ellos que un lugar seguro donde blanquear su dinero. Los miles de millones que ganan anualmente