El cardenal
Capítulo 64
–¿Recuerda algo? – se interesó Kilkenny.
–Fragmentos de historias narradas de noche. Y baijiu.
– Baijiu?
–Una bebida muy fuerte que, en realidad, nunca me ha gustado. En los pueblos más remotos se destila de forma artesanal. Recuerdo a un hombre que venía por casa; se rezaba y el hombre explicaba algunas de las historias que más tarde me contaban mis padres. Después ofrecía pedazos de pan y baijiu. No había vuelto a pensar en ello en años -añadió Peng-, desde que mis padres fueron detenidos, y hasta que me vi envuelto en este asunto.
El rumor sordo de las palas de un helicóptero surcando el aire resonó en el terreno rocoso que les rodeaba y lentamente fue ganando intensidad.
–¿Cree que podría dejarme en algún lugar al otro lado de la frontera?
–Si dependiera de mí… -respondió Peng, dejando inconclusa la frase-.
De momento es mi prisionero. Recibirá atención médica, pero lo que ocurra después no dependerá de mí.
–Bueno, al menos estaré lo bastante sano para que puedan ejecutarme.
Capítulo 64
Ladakh (India)
Habían pasado cuatro horas desde que el Windrider zarpara de la orilla oriental del Bangong Co, y en ese intervalo la estilizada embarcación había recorrido más de cien kilómetros, había cruzado una frontera internacional y se había internado en un territorio en disputa. Un viento estable la había acompañado a lo largo de todo el trayecto y, ya en la zona india del lago, la niebla finalmente se había disipado y dejado a la vista las montañas que rodeaban al Pangong al sur, revestidas de glaciares, y la cordillera de Changchenmo al norte.
El sol coronaba el cielo cuando Gates viró rumbo al noroeste, hacia el otro extremo del lago. El Windrider se precipitaba raudo por el agua; sus velas gemelas capturaban suficiente viento para elevar el casco del agua sobre los patines de aluminio en forma de T. La navegación era plácida y veloz.
–Dios mío, esto es precioso -dijo Gates, abrumado por el entorno.
–Sí, Su obra es magnífica -convino Yin.
–Y bien, ¿qué le parece este primer atisbo de auténtica libertad? –
preguntó Tao.
–Estoy saboreándolo -contestó Yin-, y confío en que mis feligreses chinos puedan disfrutarla pronto en nuestra tierra.
Gates ajustó las velas mientras maniobraba la embarcación hacia la orilla. Con una velocidad de crucero de aún treinta millas por hora, soltó los anclajes de los patines y el trimarán planeó por el agua, que apenas alcanzaba ya el metro de profundidad. A continuación, Gates bloqueó los patines replegados preparándose para tomar tierra. El cambio de velocidad y el ruido del agua despertó a Han de una cabezada de dos horas en el trampolín.
–¿Ya hemos llegado? – preguntó, somnoliento.
–El bullicioso puerto de Spangmik está ahí enfrente -respondió Gates.
Spangmik consistía en un puñado de edificaciones pequeñas y precarias, la mayoría pintadas de blanco y construidas con la piedra del lugar y cemento. El diminuto pueblo era uno de los que salpicaban el litoral meridional del lago y residencia de verano de un reducido grupo de changpa, un pueblo ganadero nómada del Tíbet y el sudeste de Ladakh. A esas alturas del año, los changpa se habían trasladado ya a los pastizales de invierno y habían dejado solo un destacamento del ejército indio en Spangmik para proteger la frontera.
Gates soltó el velamen y el Windrider se ralentizó. Comparada con la urgencia con que habían descendido por el lago alpino, cubrieron los últimos metros casi a paso de tortuga. A medida que la embarcación se aproximaba a la orilla, varias personas salieron de uno de los edificios y corrieron a recibirla.
–Tenemos compañía -informó Han.
–Un comité de bienvenida -comentó Gates con discreción, concentrado en arrizar las velas-.Apuesto a que Nolan ya ha cautivado a esta buena gente y tenemos un plato caliente de pollo vindaloo esperándonos.
–Max -dijo Tao-, no parecen alegrarse en absoluto de vernos.
Gates miró en dirección a la orilla y vio que el grupo de recepción iba armado y apuntaba al trimarán.
–Supongo que no hablará alguno de los dialectos del lugar, padre -
tanteo Gates a Yin.
–Aprendí varias frases de un amigo indio cuando estudiaba en el seminario. Por desgracia, han pasado muchos años desde la última vez que las necesité.
–Pues le agradecería enormemente que le sacara el polvo a esas neuronas en particular, solo por si acaso -concluyó Gates-. Los demás mantened las manos a la vista de estos amables amigos. Confiemos en que todos ellos tengan el pulso firme y no les tiemble el dedo en el gatillo.
Los soldados se arracimaron al pie del agua cuando la proa tocó tierra y rodearon la embarcación. El cabecilla del grupo, un capitán de espesa barba, mostacho negro y turbante sij bramó una orden a los demás, pero los movimientos de sus manos transmitían claramente su voluntad: tenían que desembarcar. Tao y Han fueron los primeros en hacerlo, seguidos por Yin y Gates. Varios soldados alzaron el Windrider a pulso y lo alejaron del agua.
El capitán dio otra orden, en esta ocasión sin gesticular.
–Padre, ¿tiene idea de lo que quiere? – preguntó Gates.
–Creo que quiere que nos quitemos los «gorros» -contestó Yin.
Gates señaló su casco y después hizo el ademán de quitárselo. El capitán asintió. Escrutó a Han, Tao y Yin en cuanto les vio la cara, pero pareció ciertamente sorprendido al ver la de Gates.
–¿Inglés? – preguntó el capitán con acento más propio de Londres que del Punjab.
–En realidad, estadounidense -puntualizó Gates-. También lo son dos de mis colegas. La situación del tercero es algo más compleja.
–Es un alivio. Al verles vestidos así, creímos que podrían ser exploradores espías del ejército chino.
–¿No han visto a otro estadounidense vestido así?
–No. ¿Deberíamos?
–Pensábamos que tal vez habría llegado ya.
–Lo siento, ni rastro de él por aquí. ¿Documentación?
–No tenemos -confesó Gates-. Dejamos la República Popular con, digamos, un poco de prisa. Accederemos de buen grado a que nos registren e inspeccionen la barca, no encontrarán ninguna mercancía de contrabando.
De hecho, lo único que tenemos lo llevamos puesto. Estoy seguro de que unas cuantas llamadas telefónicas aclararán todo este asunto.
En ese instante, un joven soldado raso salió a toda prisa del puesto de avanzada. Corrió hasta el capitán, se cuadró y saludó con una perfección de manual.
–Descanse -dijo el capitán tras devolverle el saludo.
–Comunicado de Delhi, señor.