El cardenal
Capítulo 48
Barrió el cielo con la mirada en busca de alguna luz que delatara el paso de un avión, pero no vio más que las estrellas y la luna en forma de hoz.
Algo negro atravesó la franja luminosa de la Vía Láctea, algo lo bastante grande para tapar puñados de estrellas. Una segunda silueta lo siguió y después otra más: tres formas negras idénticas con alas festoneadas.
–Son demasiado grandes para ser pájaros -comentó un pasajero.
–Pues el ruido viene de ahí -opinó otro.
–Usted es de las fuerzas aéreas. ¿Qué es eso? – exigió saber otro pasajero.
–No tengo la menor idea -admitió Sun antes de contenerse-.
Escúchenme: no comenten con nadie lo que acaban de ver. Si son militares y vuelan de noche, se supone que no deberíamos haberles visto.
Sencillamente: olvídenlo.
Capítulo 48
Ciudad del Vaticano
–¿Dónde encontró esto? – preguntó Donoher.
Se refería a un dispositivo fino, negro, rectangular y de esquinas romas, que cabía en la palma del camarlengo y de menos de un centímetro de grosor. En la parte frontal tenía una pantalla LCD inserta en una carcasa plateada y con un conjunto de botones ovalados también plateados. Encima de la pantalla había tres orificios pequeños -el micrófono- y el nombre del artilugio: Blackberry.
–En el apartamento del cardenal Velu -contestó Grin-. Estaba guardado entre sus cosas.
Donoher conectó el teléfono. En la pantalla apareció el logotipo: la Blackberry acababa de conectarse y buscaba señal.
–No funcionará aquí abajo -dijo Grin, recordándole a Donoher que se encontraban en las catacumbas-. También intenté conectarlo en el apartamento, pero no creo que el proveedor de Velu en Bombay tenga acuerdos con los de aquí, la verdad. Un miembro de la Guardia Suiza reparó en que era un 7270.
–¿De veras?
–Este modelo dispone de WiFi y es compatible con la red inalámbrica del Vaticano -prosiguió Grin-. La Guardia Suiza está familiarizada con estos
temas. Desde su apartamento, el cardenal Velu puede enviar y recibir correo electrónico y mensajes de texto.
–¿Y lo ha hecho?
–No lo he comprobado. Preferí traérselo antes de husmear en su cuenta de correo electrónico.
–De todos los cardenales, Velu es quien menos sentido le da a todo esto… Ha participado en nuestras negociaciones con los chinos en lo referente a Yin y a otros sacerdotes durante años. – Donoher devolvió la Blackberry a Grin-. Quiero que inspeccione los mensajes de Velu, pero tendremos una charla con él antes de que lo haga.
Encontraron a Velu sumido en la plegaria, solo y postrado ante el sepulcro del papa León XIV, en las Grutas Vaticanas situadas bajo la basílica de San Pedro. Aquel claustrofóbico espacio era todo cuanto se conservaba de la basílica original; sus dimensiones eran tan reducidas que un hombre de estatura mediana podía tocar el techo. Y, a su alrededor, las barrocas tumbas de todos los papas de la historia.
–Lamento molestarle, mi estimado hermano -se disculpó Donoher.
Velu se incorporó lentamente.
–Solo quería visitar a un viejo amigo. No pude presentarle mis respetos antes del funeral. Creo que no conozco al padre que le acompaña.
–Señor -corrigió Grin-, no soy sacerdote.
–No comprendo -repuso Velu, con la mirada clavada en la sotana que llevaba Grin.
–Los únicos votos que ha hecho el señor Grinelli son para con el cónclave -explicó Donoher-. Va vestido así para poder moverse por el Vaticano sin llamar la atención. Participa en la liberación de Yin.
Velu alargó una mano y estrechó con fuerza la de Grin.
–En tal caso, mis oraciones están con usted.
–Ah, gracias.
–¿Qué les trae aquí? – preguntó Velu.
–Estamos buscando respuestas -contestó Donoher.
Grin se llevó la mano a un bolsillo y extrajo de él la Blackberry.
–Este dispositivo fue encontrado en su aposento. ¿Es suyo?
–Sí -confirmó Velu.
–Por favor, medite detenidamente la siguiente pregunta -le aconsejó Donoher-, porque tenemos intención de investigar este aparato. ¿Lo ha
utilizado desde que prestó juramento en el cónclave?
–Sí.
Donoher pareció incluso herido por la confesión.
–Entonces, ¿admite que ha transgredido los votos sagrados?
Velu asintió.
–Tuve que hacerlo.
–Pero, en el nombre del cielo, ¿por qué?
–Mi madre se está muriendo. Ese es el motivo por el que no vine a Roma de inmediato. Permanecí a su lado tanto tiempo como pude. Incluso pensé en alegar impedimento mayor y renunciar a participar en el conclave, pero ella se negó en redondo. Cree que saldré elegido Papa.
–¿Qué tiene que ver su madre con Yin? – preguntó Grin.
–Nada en absoluto -respondió Velu-. Solo rezo por que el nuevo Papa salga elegido pronto y yo pueda estar con ella cuando llegue el final.
–Pues seamos totalmente francos -dijo Donoher-: ¿con quién se ha puesto en contacto?
–Con mi hermano Raji. El y su esposa están cuidando a mi madre.
–¿Con nadie más? – preguntó Grin.
–No.
–¿Versó su conversación con Raji exclusivamente sobre su madre y en ningún momento desveló información relativa al cónclave? – inquirió Donoher.
Velu asintió.
–Mi juramento al secreto del cónclave sigue incólume.
–Y, sin embargo, infringió el juramento de no establecer contacto con nadie ajeno al cónclave -insistió Donoher-, por lo que deberá someterse al castigo que el próximo Papa considere oportuno. Asimismo, la Blackberry queda confiscada hasta el final del cónclave. Mientras tanto, deberá atenerse a todas las normas y los trámites de la Constitución Apostólica.
–Comprendo -admitió Velu.
–También se le prohíbe mencionar a nadie que su aposento ha sido registrado: es un asunto de vida o muerte.
–¿Yin? – preguntó Velu.
–Sí. Debería haberme hecho partícipe de esto -comentó Donoher con voz más suave-. La congregación particular podría haber encontrado alguna