El cardenal

Tom Grace · Capítulo 62 de 74

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El cardenal

Capítulo 61

La palabra empezaba a transformarse en un mantra.

Entonces vio la primera frase que había escrito en la página: «"Cada minuto nace un mamón." P. T. Barnum».

Kilkenny no estaba refiriéndose al tiempo, en realidad se refería a las iniciales. Trazó un círculo alrededor de la primera y segunda iniciales de Barnum y después recuperó el mapa de la región en la que creía que se encontraba Kilkenny. En el centro de uno de los valles que unían el Tíbet con Ladakh vio un lago estrecho y largo en forma de N chata. En la orilla tibetana, el lago se denominaba Bangong Co, pero en la otra se convertía en Pangong Tso.

«P. T. Coincide con Pangong Tso.»

Grin descolgó el auricular del teléfono y marcó el número de Donoher.

El camarlengo contestó antes del segundo tono.

–¿Sabe algo de Nolan? – preguntó Donoher.

–Sí. Ha ocurrido algo. He recibido un mensaje muy específico que se refiere a un lago que cruza la frontera entre China y la India. Se encuentra en uno de los valles que creí que seguiría.

–Entonces tenía usted razón.

–En cuanto al valle, pero Nolan nos indica el lago o, más concretamente, la orilla india del lago. No creo que sigan volando: creo que navegan.

–Lo que significa que irán por tierra cuando lleguen a la India.

Informaré a nuestra gente allí-dijo Donoher-. Si tiene más noticias, hágamelo saber.

Capítulo 61

Tíbet

El penacho de humo negro que se alzaba contra el vivido cielo azul proporcionó al Harbin un indicativo visual inconfundible del lugar de la colisión. Liu iba sentado, impaciente, detrás del operador de armas; la escala del terreno hacía que las distancias resultaran engañosas.

–¿Cuánto falta? – gruñó Liu.

–Solo unos minutos, señor -respondió el piloto, con voz pausada. Ya había transportado con anterioridad a individuos de peso.

A medida que se aproximaban al incendio, el hilo de humo fue transformándose en una columna negra y densa. Las llamas lamían con

furia el esqueleto del helicóptero, deshacían los metales blandos y devoraban todo cuanto era susceptible de arder.

En la dirección contraria al viento, tres tibetanos contemplaban la escena sentados junto a una roca de grandes dimensiones. Observaron dar vueltas al helicóptero en busca de un pedazo de terreno llano donde aterrizar, pero no hicieron el menor conato de huir o recibir a los recién llegados.

El Harbin planeó sobre un área de terreno relativamente llana, desplegó el tren de aterrizaje y tocó tierra. El piloto mantuvo el rotor en marcha por si el suelo resultaba inestable, y Liu y Peng se apearon por sendas portezuelas traseras. Ambos iban ataviados con uniforme de vuelo y casco, y se agacharon al correr bajo las aspas, prácticamente invisibles en movimiento.

–¡Eh, vosotros! – gritó Liu de camino a los tibetanos-. ¿Qué hacéis aquí?

–Contemplar el fuego -contestó Norbu en un vacilante chino.

–¿Habéis visto qué ha ocurrido? – preguntó Peng, sosegado.

–Vimos humo y vinimos a ver qué se quemaba. Es un fuego muy grande.

–¿Habéis visto algo más, alguna otra aeronave?

–Vimos dos. Una averiada y la otra no. Los hombres de gris incendiaron la averiada. No querían que ustedes la encontraran. También arrojaron a sus muertos al fuego.

–Por favor, describan a los hombres -pidió Peng-. ¿Cuántos eran y qué aspecto tenían?

–Eran dos: un anciano, chino como ustedes, y un extranjero alto.

–¿Nadie más? – inquirió Liu.

–Están muertos.

–¿Qué ocurrió después de que quemasen a sus muertos? – prosiguió Peng.

–Los dos hombres subieron a un aparato muy extraño y se fueron volando.

–¿En qué dirección?

Norbu y los demás señalaron hacia el oeste, en dirección al pueblo de Rutog.

–¿Por qué no los detuvieron? – espetó Liu, iracundo.