El cardenal

Tom Grace · Capítulo 5 de 74

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El cardenal

Capítulo 5

–Le he revelado esta información para que comprenda mejor lo que estoy a punto de solicitarle, y para que sepa que soy yo quien lo hace.

–¿Qué quiere Vuestra Santidad que haga? – preguntó Kilkenny sin vacilar un segundo.

–Es el deseo de la Iglesia católica que Yin Daoming logre la libertad.

Quiero que ayude al cardenal Donoher a idear el modo de conseguirlo.

–Así lo haré, Santidad.

El Papa sonrió como liberado de una pesada carga. Retiró la mano del hombro de Kilkenny y se volvió hacia Donoher.

–Cardenal, hay otro asunto del que debemos hablar. Nuestro hermano en Cristo, el cardenal Mizzi, cumplirá ochenta años en diciembre. Ha servido bien a la Iglesia, pero considero que ha llegado el momento de relevarle de su último cargo oficial.

–Un día triste para la Iglesia -convino Donoher-, pero se ha ganado un descanso.

–La función de camarlengo es ahora vuestra.

–Santidad… -protestó el prelado.

El Papa alzó una mano y acalló a Donoher.

–Comprendo vuestro deseo de preservar la ilusión de que no es usted un hombre poderoso, pero las necesidades de la Iglesia son prioritarias.

Donoher asintió y se sometió a la decisión del Papa.

–Rezo por ser digno de esta sagrada confianza.

Capítulo 5

12 de octubre

Concluida la reunión con el Papa, Kilkenny cenó con Donoher en el apartamento de éste. Hablaron hasta bien entrada la noche sobre la larga historia del servicio de inteligencia del Vaticano y de su reinstauración, tras un vacío de casi ochenta años, a manos de León XIV y Donoher. Kilkenny supo también que el trabajo en la Biblioteca Apostólica Vaticana para el que había sido contratado no era más que una tapadera de la verdadera tarea que iba a ocuparle: planear una fuga.

La mayor sorpresa de la velada llegó cuando Donoher le entregó un disco duro externo que contenía un filón de documentación sobre la penitenciaría de Chifeng. El disco contenía asimismo un borroso archivo del vídeo de la exhortación de Yin a la multitud en el teatro de Pekín, y un

atisbo de sus trágicas consecuencias. El iPod robado a Hwong Yi Jei contenía una copia del mismo vídeo.

Kilkenny se enfureció al saber que Hwong no había llegado a Roma como correo sino como señuelo. Se había sacrificado de forma voluntaria para hacer creer a los chinos que habían impedido que el Vaticano recibiera aquel vídeo inculpador. Dando a Pekín lo que esperaba, Donoher ocultó la entrega de un disco duro mucho más valioso. El cardenal compartía el pesar de Kilkenny por la muerte de Hwong, y admitía que la decisión de última hora de poner a Kilkenny en el camino de Hwong se había tomado con la esperanza de aumentar las probabilidades de supervivencia de la joven.

Aquella mañana, Donoher ofició un funeral por Hwong y los restos de la joven fueron enterrados en la cripta de San Pedro.

Después de rastrear a fondo la información recopilada por los agentes de Donoher en China, Kilkenny concluyó que solo le faltaban dos cosas: la ubicación de la celda de Yin y una fotografía reciente del religioso. De las dos imágenes que tenía de él, una databa de principios de la década de 1950, cuando Yin era aún joven, y la calidad de la otra era pésima: se había extraído del vídeo de Pekín.

Kilkenny estudió a conciencia la imagen holográfica de un edificio que más parecía una mole de cemento alargada y prácticamente desprovista de ventanas. El ala de aislamiento de la prisión de Chifeng formaba parte de un complejo de edificios que albergaban a presos de ambos sexos. Este complejo comprendía solo un tercio de las edificaciones levantadas en los terrenos de la penitenciaría. El tejar, donde se reformaba a los reclusos sometiéndoles a trabajos infernales, constituía el resto.

–Mostrar un radio de doscientos metros -solicitó Kilkenny.

El ordenador que controlaba la cámara holográfica respondió a la voz de Kilkenny y alejó la imagen para abarcar el resto de las instalaciones del penal y parte de la campiña que las circundaba. La prisión estaba en los pastizales que se extendían al norte de la ciudad cuyo nombre compartían.

También conocidos como Tejar Xinsheng, los hornos del laogai producían la mayor parte de las tejas y los ladrillos que demandaba la urbe próxima, de casi medio millón de habitantes.

La imagen, que apareció completa sobre una mesa holográfica de casi dos metros de diámetro, reveló detalles del centro penitenciario de Chifeng con un grado de precisión asombroso. Desde la topografía y las carreteras

hasta puertas batientes y enchufes; todos los datos que era posible extraer de planos arquitectónicos, imágenes de satélite e incluso de las descripciones de presos puestos en libertad habían sido minuciosamente incorporados a una simulación digitalizada. Kilkenny podía observar la prisión de día y de noche, estudiar los horarios de las patrullas de vigilancia y de los traslados de presos, e incluso ver cómo crecían las pilas de ladrillos en breves lapsos y desaparecían el día de recogida.

Kilkenny siguió apoyado en la mesa, con las dos manos sobre el grueso aro de acero forrado con goma negra, pensando el modo de burlar la seguridad del laogai. Sentado a otra consola de ordenadores, con un capuchino en una mano y la otra volando sobre el teclado, estaba Bill Grinelli, amigo de Kilkenny y gurú informático residente del MARC.

Un afilado intelecto y un pícaro sentido del humor habían granjeado a Grin su apodo, «Sonrisa de Burla», que ostentaba como una insignia honorífica. Varios años mayor que Kilkenny, Grin seguía viendo la vida con el entusiasmo juvenil de un estudiante de primer curso de secundaria.

Llevaba lo que quedaba de su cada vez más rala cabellera recogido en la nuca con una cola entre castaña y gris. La perilla que enmarcaba su característica sonrisa descendía desde el mentón y acababa en una punta que él mesaba constantemente. En un antebrazo, Grin lucía el tatuaje de un pícaro duendecillo sentado en una luna creciente y esparciendo polvo mágico.

A Kilkenny no le costó demasiado lograr la ayuda de su amigo para la misión de liberar a Yin Daoming. Un único visionado del vídeo de Pekín había bastado para que Grin tomara el primer vuelo a Roma. Admitía sentir una pizca de envidia por la audiencia privada de Kilkenny con el Papa, pese a que en lo religioso se encontraba a medio camino entre el catolicismo no practicante y el agnosticismo. Los dos amigos se repartían el trabajo: Kilkenny se encargaba de la planificación ejecutiva y Grin de las cuestiones tecnológicas.

Grin solo se sintió decepcionado con el proyecto en un aspecto: al descubrir que los espías del Papa no tenían un lugar reservado en ninguna de las edificaciones históricas que poseía aquella diminuta nación. No obstante, la carencia de vistas espectaculares y esplendor renacentista estaba sin duda compensada con la excelencia y la dedicación de los

analistas del servicio de inteligencia, así como de las herramientas que el Vaticano les proporcionaba para desempeñar su trabajo.

–Y bien, ¿cómo lo llevas?

–He pinchado la red informática del laogai y también su conexión con la nave nodriza, en Pekín, así que estoy bastante seguro de que podremos manipular el circuito cerrado cuando tu equipo acceda al interior del complejo. Si Donoher nos consigue gente que domine el chino como si fueran nativos, estoy bastante seguro de que conseguiré provocar unos cuantos estragos en su sistema de emergencia. Pediste una pantalla de humo y creo que voy a poder proporcionártela.

–Bien, al menos uno de los dos está haciendo progresos.

–¿Sigues dándote cabezazos contra la pared? – preguntó Grin.

–Para muestra, un chichón. En realidad solo hay dos maneras de hacer esto -explicó Kilkenny-: en plan duro o en plan blando. En plan duro significa recurrir a las armas y acabar con un montón de muertos. Para allanar un lugar de esas dimensiones y lograr un rescate exitoso básicamente tendríamos que convertir a un par de secciones de voluntarios chinos en guerreros de las fuerzas especiales. Y además está el problemilla de cómo infiltrar a esos hombres armados y después sacarlos con Yin cuando se abra la caja de Pandora.

–¿Qué crees que opinaría el Papa de matar para sacar a Yin de la cárcel?

–Su postura ante la guerra siempre ha sido inflexible -contestó Kilkenny-, por lo que estoy seguro de que vetaría cualquier plan que incluyera las palabras «bajas enemigas aceptables».

–¿Alguna idea blanda?

–Sigo dándole vueltas a los horarios regulares de entregas y traslados, pero parte del problema es precisamente que son regulares. El mismo tipo llega siempre en el mismo furgón a la misma hora todas las semanas.

Conoce a los guardias y ellos le conocen a él.

–De modo que si algo cambia, a los guardias se les disparan las alarmas internas y ocurre algo malo.

–Es evidente que hay que abordar a esta bestia en plan blando, pero antes debemos encontrarle algún punto débil… -A Kilkenny se le fue apagando la voz mientras contemplaba la vasta pradera que rodeaba el laogai-. Si al menos consiguiera dar con el modo de alejar a Yin quinientos metros del perímetro de la penitenciaría, las probabilidades de sacarle de