El cardenal
Capítulo 22
puesto en marcha una operación especial para liberarle. Y si, por la gracia de Dios, Yin Daoming queda en libertad antes de la elección del nuevo Papa, ruego con todo mi corazón que le tengan en la misma consideración para el papado que a cualquier otro miembro del colegio cardenalicio, pues en otras circunstancias ahora formaría parte de él.
»He optado por hablar del obispo Yin en el cónclave para que mis palabras queden protegidas por el juramento que acabáis de prestar. Deseo que cumpláis con vuestro deber como cardenales electores de forma fidedigna por el bien de la Iglesia universal.
Capítulo 22
–¿Es eso cierto?
La primera pregunta le llegó a Donoher antes de que la imagen del papa León XIV desapareciera de la pantalla; las siguientes le avasallaron por docenas mientras una marea de voces desconcertadas se alzaba en la capilla. El decoro observado en ceremonias de semejante solemnidad se evaporó, se perdió en la perplejidad que prosiguió a la emisión del mensaje que el difunto pontífice enviaba a los cardenales electores. Y entre los más sorprendidos por lo que todos acababan de oír se contaba el propio camarlengo.
–¿A qué se refería Su Santidad con «una operación especial»? –
preguntó uno de los presentes.
–¿Hay algo que deberíamos saber ahora? – inquirió otro con tono grave.
Donoher apenas alcanzaba a entender fragmentos del estridente bombardeo, pues él mismo batallaba con sus propios interrogantes.
–Eminencias, por favor, regresen a sus asientos -resonó una voz adusta por encima del barullo. Era Scheuermann-. Eminencias, si son tan amables de regresar a sus asientos, estoy seguro de que nuestro estimado cardenal Donoher nos ilustrará.
Mientras los cardenales iban ocupando sus puestos, Donoher se acercó al centro de la capilla. Todos los ojos se posaron en él y dio la impresión de que incluso Dios, en los cielos pintados sobre ellos, interrumpía Sus tareas para escuchar lo que el camarlengo tuviera que decir.
–Mis estimados cardenales -empezó a decir Donoher-, estar al servicio de Su Santidad el papa León XIV ha sido uno de los mayores privilegios de los que he disfrutado en la vida. Uno de los objetivos de su ilustre
pontificado, un propósito que por desgracia no vio cumplido, era devolver la libertad que le fue arrebatada a nuestro hermano en Cristo, Yin Daoming.
»De los presentes, aquellos que procedemos de países occidentales poco sabemos lo que es el sufrimiento extremo. Nuestra vida pastoral transcurre en la administración de diócesis sólidas y el mayor reto que afrontamos parece ser el de recuperar el sentido de la importancia de la Iglesia en un mundo cada vez más secular e indiferente.
»Los cardenales del Tercer Mundo tienen una idea más aproximada y real del verdadero sufrimiento. El dolor de sus rebaños es consecuencia de las deudas agobiantes contraídas por gobiernos corruptos, de las guerras sin tregua espoleadas por conflictos raciales, tribales y religiosos, y del sempiterno espectro de la enfermedad y el hambre.
»A1 margen de nuestros problemas, graves o leves, nos encontramos aquí, en esta hermosa capilla, y Yin Daoming no. Al igual que Pedro, Yin cuida de un rebaño que vive a diario bajo la sombra perpetua de una persecución oficialmente autorizada. Como cardenales, vestimos de color escarlata como símbolo de nuestra disposición a derramar nuestra sangre por la Iglesia, a morir por nuestra fe. Para Su Santidad, Yin fue cardenal in péctore durante más de veinte años porque ese hombre había derramado su sangre por la fe en numerosas ocasiones. Yin se ha ganado el derecho a vestir de este color.
»Con el fracaso de las vías diplomáticas y la premonición de que el final de su pontificado se aproximaba, Su Santidad me encargó el cometido de dar con otra forma de liberar al obispo
Yin. Se encontró un modo que obtuvo el beneplácito del Papa, y la opinión en que me tenía era correcta. Como camarlengo de la Santa Sede -
concluyó Donoher-, autoricé la operación que en estos momentos se está llevando a cabo para sacar a Yin de China.
–¿Es eso prudente? – preguntó Enright, de Chicago, rompiendo al hacerlo el silencio que había proseguido a la declaración del camarlengo.
–Considero que es más prudente enfrentarse al mal que sentarse a esperar a que este desaparezca sin más. Pekín teme a Yin, y jamás le concederá la libertad.
–¿Excede esta acción a la autoridad del camarlengo? – preguntó el español Miralles. Su pregunta iba dirigida al cardenal deán.
–Al camarlengo se le confía todo el poder temporal de la Santa Sede durante el interregno -contestó Scheuermann-. Sin embargo, el artículo diecisiete de la Constitución Apostólica exige que el camarlengo actúe siempre en concordancia con otros tres cardenales y busque la opinión del colegio en asuntos graves. Obviamente, mi estimado cardenal Donoher, allanar una prisión para liberar a un hombre es un asunto grave.
–Actué de acuerdo con los deseos expresos de Su Santidad el papa León XIV. Se trataba, sencillamente, de una tarea inconclusa.
–¿Podría haber aguardado esa tarea inconclusa hasta el final del cónclave? – preguntó Scheuermann.
–Como evidencia el mensaje que todos acabamos de ver, Su Santidad no lo creía así.
–Pero ¿por qué actuar ahora? – intervino Drolet, de París.
–Porque es un pecado no actuar cuando uno sabe qué es lo correcto, y es probable que la oportunidad que tenemos ahora no vuelva a presentarse en el futuro. Sin duda el gobierno chino, que en circunstancias normales apenas tiene presente a la Santa Sede, jamás esperaría de nosotros que actuáramos de este modo en un momento en que carecemos de jefe. Dicho esto, la decisión final de actuar fue mía y por consiguiente soy el único responsable de las consecuencias que la operación acarree.
–¿Cree que lo conseguirá? – La pregunta procedía del keniata Mucemi.
–Sí -respondió Donoher sin vacilar.
Gagliardi se puso en pie para dirigirse a la asamblea.
–Creo hablar en nombre de mis hermanos cardenales al decir que ruego por el éxito de la operación. Y ahora que el secreto ha sido desvelado, mi estimado cardenal Donoher, ¿tendrá la amabilidad de mantener informado al colegio de los progresos que se efectúen?
–Así lo haré -repuso Donoher.
–Mis estimadísimos hermanos -intervino Velu-. Conocí a Yin Daoming hace muchos años, en el transcurso de un viaje a China. Ambos éramos seminaristas; él estudiaba en la clandestinidad. Yo atravesaba un período de dudas sobre mi vocación cuando nos conocimos, pero en cuanto le vi no me cupo la menor duda de que el Espíritu Santo estaba en él. Yin me ayudó a encontrar mi camino; sin él, ahora no estaría aquí. ¿Es posible, mi estimado cardenal Donoher, que el obispo Yin sea liberado antes del final de este cónclave?
–Esa es mi esperanza -contestó Donoher-, que todo este asunto concluya antes de que comience el nuevo pontificado.
–Mi pregunta no se refería tanto a la posibilidad de que el próximo pontífice discrepe de sus decisiones -explicó Velu- como a la candidatura del obispo Yin. Si, pese a sus padecimientos, o quizá debido a ellos, ha tomado conciencia del potencial espiritual que yo reconocí en él hace ya tantos años, entonces, hermanos míos, el rescate de Yin en este momento bien podría ser la orientación por la que todos hemos rogado al entrar en esta capilla.
–Mi estimado Velu, plantea una posibilidad interesante -opinó Gagliardi-. No obstante, Yin es desconocido para la práctica totalidad de nuestros hermanos como posible candidato al papado.
–Si bien es cierto que probablemente yo sea el único de los presentes que ha conocido en persona a Yin Daoming, y que eso aconteció siendo ambos mucho más jóvenes, su influencia en la Iglesia de China es incuestionable -refutó Velu-. Constituye un ejemplo de fe.
–Mis estimados cardenales -terció Donoher-, hasta el venturoso día en que el obispo Yin quede en libertad, la cuestión que debatimos seguirá siendo discutible. Con solo mirar a los papabili aquí congregados, no albergo la menor duda de que este cónclave está capacitado para romper con varias tradiciones de larga raigambre y elegir a un Papa que no sea ni italiano, ni europeo, ni tan siquiera cardenal. No obstante, mientras el obispo Yin permanezca encerrado en una prisión china, no podrá ser candidato debido a la imposibilidad de que acepte su designación. Esta hipótesis no está recogida en la Constitución Apostólica y coloca a la Iglesia en una situación de grave peligro. ¿Osaríamos invalidar el resultado de una elección canónica legítima porque la persona hasta la que el Espíritu Santo nos ha guiado no está disponible? La Constitución Apostólica estipula con total claridad que el cónclave solo concluirá cuando el elegido consienta. En tal situación, amenazamos con situar a la Iglesia en un limbo carente de dirección semejante a los dos años en que Pío VI permaneció preso a manos de los franceses. Y si Pekín tuviera noticia de la elección del obispo Yin, lo ejecutaría de inmediato. – Donoher dejó que esta última consideración resonara entre los frescos de la capilla-. Estimados cardenales, no digo esto para disuadirles de votar según les dicte la conciencia, sino para su completa información. Si no hay más preguntas,
como camarlengo la Constitución Apostólica me exige presidir hoy una votación. Ha llegado el momento de votar.
Siguiendo las instrucciones de Donoher, los ceremonieros prepararon y repartieron las papeletasentre los cardenales electores. Se eligió por sorteo a tres tríos de cardenales que se encargarían de tareas específicas. En primer lugar, se designaron a los tres escrutadores, encargados del cotejo de votos.
A continuación, se nombró a los infirmarii, responsables de recabar las papeletas de los cardenales del Domus Sanctae Marthae enfermos, impedidos o demasiado débiles para desplazarse a la capilla. Por último, se seleccionó a los tres revisores, que recontarían los votos para verificar los resultados. Con la primera fase del proceso de votación completa, todos los presentes no vinculados a la votación abandonaron la capilla, donde solo quedaron los cardenales electores.
Donoher regresó a su asiento y, junto con el resto de cardenales, contempló la papeleta en blanco que tenía ante sí. Era rectangular, el doble de larga que de ancha para que, al plegarla, formara un cuadrado perfecto.
Donoher lo hizo, después volvió a abrirla y escribió en la mitad superior las palabras: «Eligo in summum pontificiem».
«Elijo como sumo pontífice.» El camarlengo meditó las palabras que acababa de trazar y el nombre que estamparía a continuación, en la mitad inferior de la papeleta. Como ciudadano estadounidense, Donoher seguía votando en las elecciones nacionales, pero lo hacía sabedor de que el suyo era tan solo uno más entre millones de votos. La elección en la que estaba participando dependía únicamente de ciento veinte votantes, y nunca antes había sentido la trascendencia de su decisión. Quienquiera que saliera elegido sería el jefe espiritual de miles de millones de personas dispersas por todo el planeta, y dirigiría a la Iglesia durante el resto de su vida.
Donoher oró unos instantes y luego escribió con trazo firme y letras mayúsculas el nombre de su elegido. Dobló la papeleta y esperó. Cuando todos los cardenales electores hubieron hecho lo propio, los tres responsables del escrutinio se situaron junto al altar.
En el centro del mismo, sobre un pequeño y robusto trípode, descansaba una urna ancha y poco honda de aproximadamente un metro de diámetro.
Decorada con plata y bronce, la urna consistía en un cuenco rodeado por cinco aros planos y una tapa levemente curvada. La tapa lucía una delicada ornamentación que reproducía los símbolos cristianos tradicionales de las
uvas y las espigas de trigo, y estaba unida al cuenco por medio de un gozne.
Dos figuras esculpidas la adornaban: las llaves cruzadas de san Pedro cerca del borde y un pastor con un cordero en brazos en el centro de la tapa. Junto a la urna se había depositado una bandeja dorada.
La urna era una de las tres que había elaborado Ceceo Bonanotti de acuerdo con las reformas del procedimiento de la elección instituidas por el Papa en su Constitución Apostólica. La que en ese momento reposaba en el altar estaba destinada a albergar las papeletas de la votación. Sobre la larga mesa colocada frente a él se encontraba la segunda urna, que los responsables del escrutinio emplearían para hacer el recuento de los votos.
De menor tamaño que sus hermanas y pensada para su fácil transporte, la tercera disponía de una tapa con cerrojo y una ranura por donde se introducirían las papeletas recogidas por los infirmarii.
Ridiculizadas por algunos medios de comunicación como «platillos voladores» o «demasiado modernas» para rituales ancestrales, Donoher consideraba que las urnas sintonizaban bien con su resplandeciente entorno y que su diseño concordaba a la perfección con la función que desempeñaban.
Mizzi, el anterior camarlengo y cardenal de mayor edad del cónclave, se puso en pie y, alzando su voto al aire para que todos pudieran verlo, enfiló el pasillo central de la capilla en dirección al altar.
–Pongo por testigo a Cristo Nuestro Señor, el cual me juzgará, de que doy mi voto a quien, en presencia de Dios, creo que debe ser elegido.
Los encargados del escrutinio abrieron la tapa de la urna.
Mizzi depositó el voto en la bandeja; a continuación la alzó y la ladeó para que la papeleta resbalara a la urna. Los infirmarii siguieron a Mizzi hasta el altar. Ambos emitieron su voto y abandonaron la capilla con la urna pequeña. A continuación, por orden de veteranía, el resto de los cardenales electores votaron.
Una vez depositados en la urna todos los votos, incluidos los que los infirmarii habían recogido, el primero de los responsables del escrutinio, McKernan, escocés, levantó la tapa y mezcló el contenido a conciencia. El tercero, Ranaletti, florentino, procedió después a contar los votos y a transferirlos uno por uno a la segunda urna. El recuento del italiano coincidió con el número de cardenales electores; de no haber sido así, los
votos sin escrutar habrían sido quemados y se habría procedido de inmediato a repetir la votación.
Los tres responsables se sentaron a la larga mesa colocada i frente al altar y empezaron a cotejar los votos. McKernan ex trajo la primera papeleta, anotó el nombre del elegido en una hoja de papel preparada para la elección y le pasó el voto a Elmer, de Los Ángeles, quien hizo lo propio antes de tendérselo a Ranaletti.
–Oromo -anunció Ranaletti; el nombre resbaló con suavidad por su lengua italiana.
Mientras los cardenales electores anotaban el nombre inscrito en la primera papeleta, Ranaletti perforó con una aguja la letra «o» de la palabra
«eligo» y pasó una hebra larga a través del diminuto orificio: la primera cuenta de una sarta de papeletas.
Donoher siguió anotando los nombres a medida que el recuento progresaba. Como cabía esperar, los papabili empezaban a destacar al acercarse a la mitad del escrutinio, pero una carrera de cinco contrincantes daba por seguro que ninguno de ellos obtendría los dos tercios de los votos necesarios para ganar la elección. Y entonces ocurrió.
–Yin -anunció Ranaletti.
Breves comentarios habían proseguido a la lectura de cada una de las anteriores papeletas; en esta ocasión, no se oyó ninguno. Ranaletti ensartó el voto y procedió a leer el siguiente.
–Yin.
El obispo recluso de Shangai recibió cinco votos consecutivos antes de que otro nombre fuera pronunciado. A medida que el escrutinio avanzaba, quedó patente que iban a ser seis los papabili en liza. Donoher trató de comprender qué había llevado a tantos cardenales a votar quijotescamente a Yin. Los otros cinco papabili eran buenas personas; todos ellos serían excelentes papas. ¿Por qué, tuvo que preguntarse Donoher, tantos cardenales recelaban de lo que los cinco podían ofrecer y buscaban algo diferente, en otra dirección?
Fue en las corvaduras que enmarcaban las esquinas superiores de El Juicio Final donde Donoher encontró la respuesta. Allí, Miguel Ángel pintó ángeles y los dotó de los símbolos de la pasión de Cristo: la cruz, los clavos, la corona de espinas y el pilar de los azotes. Jesucristo sufrió y murió por
aquello en lo que creía, y Su ejemplo había inspirado a Sus seguidores a lo largo de dos milenios. Para dirigir, es preciso inspirar.
En el cónclave que había elegido a León XIV, los cardenales dejaron atrás a aquellos capaces de gobernar y designaron a un hombre capaz de inspirar fe. Donoher sabía que todos los cardenales que conformaban el cónclave eran capaces de administrar la Santa Sede, pero ¿quién de todos ellos era capaz de inspirar? ¿Y acaso no era eso lo que la Iglesia necesitaba?
Después de leer la última papeleta -otro voto para Yin-, Ranaletti la perforó con la aguja y después ató los dos extremos de la hebra. Los encargados del escrutinio revisaron los totales y anunciaron oficialmente lo que todos los presentes en la capilla sabían ya: no se había elegido al nuevo Papa. Los revisores comprobaron una vez más las papeletas y las notas, para verificar que sus colegas habían efectuado el escrutinio con exactitud y fidelidad. Los totales de Donoher coincidían con el recuento oficial.
–Les ruego que me entreguen sus notas o bien se las den a los cardenales asistentes -pidió Donoher alzando la voz.
La mayor parte de la congregación se levantó para obedecer la instrucción del camarlengo, pero Gagliardi permaneció en su silla con la mirada clavada en el recuento final. Magni había obtenido veinticuatro votos, un resultado respetable en la primera votación y que se acercaba al que el siciliano había esperado de su hombre. El resto de los totales de los papabili oscilaban entre los quince y los veinte votos. No obstante, justo detrás de Magni, con veintitrés votos, se encontraba Yin: un hombre a quien ningún cardenal ni tan siquiera había considerado con anterioridad.
«Una locura-pensó irritado Gagliardi-. El Papa es el primer y primordial obispo de Roma, y por ello precisamente debería ser italiano. La Iglesia ya ha vivido una aventura con un Papa polaco, pero sacar de la nada a un asiático y nombrarle Sumo Pontífice es sencillamente una locura.»
Sumido en sus pensamientos, Gagliardi apenas prestó atención a la tensión que empezaba a atenazarle el cuello y los hombros, ni al sudor frío que iba tornando su piel de color oliva en un gris ceniciento.
–Sus notas, eminencia -le solicitó un cardenal asistente.
Cuando tendió la mano izquierda para entregarle los papeles, Gagliardi sintió que una ráfaga de dolor le recorría el brazo como fuego líquido.
Desde la punta de los dedos hasta los omóplatos se le contrajeron todos los
músculos en nudos, trémulos y dolorosos, que palpitaban con cada latido del corazón, cada vez más irregulares.
–¿Se encuentra bien? – le preguntó el cardenal asistente.
Esas fueron las últimas palabras que Gagliardi oyó antes de que el dolor que le atenazaba el pecho le abotargara los sentidos y le hiciera caer de bruces. El cardenal asistente soltó el fajo de notas que había ido recogiendo y amortiguó la caída del siciliano contra el suelo de mármol.
–¡Los médicos, deprisa! – gritó mientras rodeaba con los brazos la cabeza y los hombros de Gagliardi.
Donoher ordenó que se abrieran las puertas de la capilla y los dos médicos se precipitaron a su interior con una camilla y un maletín de primeros auxilios. Previamente al comienzo del cónclave, ambos habían estudiado los historiales médicos de todos los cardenales electores y estaban al corriente de la lucha permanente que Gagliardi libraba contra una dolencia cardiovascular.
Los médicos alzaron al cardenal y lo colocaron sobre la camilla; tras un examen rápido, cortaron su sotana desde el cuello hasta el ombligo y le aplicaron un desfibrilador en el pecho. Fueron necesarias tres descargas para devolver el corazón del siciliano a un ritmo normal. Una vez estabilizado, los médicos sacaron al paciente a toda prisa de la Capilla Sixtina y lo llevaron hasta la ambulancia, que ya esperaba fuera.
–Cerrad las puertas -ordenó Donoher en cuanto los médicos se marcharon.
La capilla quedó de nuevo aislada del mundo exterior. Los cardenales asistentes acabaron de recoger las notas y las depositaron en la mesa alargada, junto con el escrutinio oficial y la sarta de votos. Donoher guardó las suyas en un portafolios encuadernado en cuero; más tarde, elaboraría un documento en el que declararía el resultado de la votación. Lo haría después de cada una de las rondas, hasta que saliera elegido un Papa, y la documentación al completo sería entregada al nuevo pontífice para que este la archivara en un sobre lacrado que no podría abrirse sin su permiso.
Las papeletas y las notas fueron llevadas a un pequeño horno y quemadas junto con un puñado de productos químicos. En la plaza de San Pedro, la ansiosa multitud vio volutas de humo negro brotar de la chimenea de la Capilla Sixtina.