El cardenal

Tom Grace · Capítulo 16 de 74

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El cardenal

Capítulo 16

uno a uno, a Scheuermann.

–Yo, Norbert Cardenal Clements, prometo, me obligo y juro -declaró el arzobispo de Toronto. Después posó una mano sobre los evangelios y añadió-: Así me ayude Dios y estos Santos Evangelios que toco con mi mano.

Concluidos los juramentos de toda la congregación, Donoher regresó al facistol y, tal y como requería la Constitución Apostólica, recitó un listado de tareas oficiales, entre ellas el programa de ritos funerarios y el estado de los preparativos del cónclave. También anunció el horario de las misas de réquiem que los cardenales ofrecerían en las iglesias titulares de Roma durante el novendial, los nueve días de duelo oficial que proseguirían a las exequias del Papa.

Cuando se aproximaba ya al final del listado, Donoher hizo un gesto en dirección a un ayudante, quien le llevó una pequeña caja de madera.

Donoher colocó la caja sobre el facistol y la abrió.

–La noche de la defunción del Santo Padre, tomé posesión del Anillo del Pescador y del sello de plomo del Oficio Pontificio. Estos objetos han estado en todo momento bajo mí custodia y ahora os informo de que ambos han sido destruidos.

Donoher sostuvo en la mano derecha los fragmentos del anillo dorado.

Un cincel había dividido en dos la imagen de san Pedro como pescador. De igual modo, el sello de plomo empleado para lacrar todas las cartas apostólicas se había reducido a trozos. Donoher devolvió a la caja los restos de la autoridad pontificia y la cerró con llave.

–Por último, dado que no se conoce la existencia de circunstancias extraordinarias que pudieran retrasar el comienzo de la elección, el cónclave en el que se nombrará al sucesor del papa León XIV dará comienzo dentro de doce días.

Capítulo 16

Provincia de Sühbaatar (Mongolia), 19 de octubre

La brisa susurraba entre los altos tallos dorados de hierba que crecían en densas matas sobre la vasta estepa de Mongolia. El aire era frío y seco, y soplaba con fuerza desde las montañas que se alzaban al norte y al oeste de las llanuras de la provincia oriental.

Kilkenny descansaba en una silla plegable baja con armazón de fibra de carbono mientras leía Los viajes de Marco Polo. A media lectura de los periplos del aventurero, estaba convencido ya de que aquel hombre había vivido obsesionado con la prostitución. El otoño flotaba en el aire y Kilkenny llevaba vaqueros, botas militares Oakley y una sudadera con un logo bordado, el del restaurante Bd's Mongolian Barbeque, de Ulan Bator.

Se encontraba en el centro de un espacio delimitado por cuatro yurtas tradicionales mongolas, viviendas circulares con tejados cónicos montados sobre postes de madera que a su vez se recubrían con capas de fieltro grueso. Las yurtas formaban un semicírculo con las entradas orientadas al sur. Una tenue voluta de humo brotaba serpenteante de una abertura en el tejado de la más próxima a Kilkenny.

Gates abandonó la estepa a lomos de un caballo mongol; animal y jinete avanzaban como uno solo entre las matas de hierba crecida. El hombre cabalgó hasta donde otros caballos pastaban; desmontó y frotó el morro del animal en un gesto cordial.

–¿Queda cerveza? – preguntó Gates en voz muy alta mientras caminaba de vuelta al campamento.

–Compruébalo tú mismo.

Gates se acercó al refrigerador que Kilkenny tenía a su lado. Las doce botellas que Gates había guardado en él seguían intactas.

–Bah -exclamó Gates con desdén.

Sacó dos botellas, ofreció una a Kilkenny y se llevó la otra a la frente; tenía el rostro sofocado por el esfuerzo.

–¿Qué tal el paseo a caballo?

–Pues te diré una cosa -contestó Gates con su fuerte acento de Oklahoma-: aquí tienen muy buenos caballos. Deberías venir conmigo.

–Aún me duele el trasero por la caminata.

–Repito: bah.

Gates se dejó caer en una silla junto a Kilkenny, quitó el tapón y dio un largo trago a la botella de cuello alto. La cerveza era oscura y tenía un fuerte sabor a lúpulo. Chasqueó la lengua y aulló a la luna como un lobo.

–¡Perro maaalo! – le dijo Kilkenny en lo que ya se había convertido en un chiste rutinario entre dos viejos amigos.

Mientras se aprovisionaban en Ulan Bator para la caminata, tuvieron ocasión de escoger entre tres cervezas de fabricación local: Chinggis, Khan

Brau y Baadog.[4] Ninguno de los dos estaba seguro del significado de aquellos nombres, pero siendo tipos que gustaban de cervezas con etiquetas del tipo Pete's Wicked Ale y Magic Hat #9,[5] la última les pareció la mejor elección.

[4] La palabra Baadog guarda gran similitud fonética con la expresión inglesa bad dog, que significa literalmente «perro malo». (N. de la T.)

[5] Pete's Wicked Ale podría traducirse como «cerveza perversa de Pete», y Magic Hat #9, como «sombrero mágico número 9». (N. de la T.)

–Este refrigerador solar enfría de maravilla el cuello de estas botellas -

opinó Gates.

–Desde luego, sería peor tener que cargar con bolsas de hielo todo el camino.

–O beber cerveza tibia. – Gates tomó otro trago-. Sin duda esta es una de las mejores acampadas de nuestro historial… aunque quizá un poco larga para la urgencia con que se ha organizado.

–Eh, jefe, estoy más que seguro de que tú y yo hemos caminado mucho más deprisa de lo que ayer nos costó llegar hasta aquí.

–Cierto, pero el Tío Sam no nos pagaba para que nos dedicáramos a pasear en aquellas operaciones. – Gates sostuvo en alto la cerveza-. Cuando es evidente que alguien se merece una buena…

–… patada en el culo -prosiguió Kilkenny-, conviene enviar a los mejores.

Brindaron, vaciaron otro trago de cerveza y soltaron un aullido:

«Huuuyeah».

–Nos lo hemos pasado en grande, amigo -comentó Gates.

–Sí, por eso pensé en ti cuando surgió esto. Sé que vas a colgar las botas muy pronto.

–Sí, ya he superado los veinticinco años de servicio y me han prendido más galones de los que caben en la manga del uniforme*. Como reciba uno más tendré que cosérmelo en los pantalones.

–No te quedaría mal. ¿Sabes ya que harás después?

–El año pasado colaboré como asesor técnico en la filmación de una película, así que estoy empezando a mover hilos y promocionarme como entrenador personal de las estrellas del cine. Creo que podría ser divertido enseñarle a sonarse los mocos a algún héroe de acción que seguro que no

sabe ni cómo se coge un arma. Claro que probablemente tendré que pagar a los estudios para que me dejen entrenar a Halle Berry o a Jennifer Garner.

–Antes deberás aprender a controlar esta pitón tuya.

–Eh, soy un perfecto caballero entre las damas. Siempre tienen que pedirlo, y siempre suelen acabar haciéndolo.

Kilkenny se rió al ver la rapidez con que sus conversaciones degeneraban en el más crudo machismo.

–Claro que, aprovechando la tapadera de empresarios extranjeros en busca de franquicias, también podría meterme en el negocio de la restauración. O quizá aspirar a algún puesto en el imperio en expansión de tu colega.

–Billy es todo un gourmet. Seguro que podría enchufarte.

–Gracias, lo tendré en cuenta. La verdad es que cuesta creer que se acerca ya el momento de retirarme; estos años han pasado volando, pero me parece que todas las cosas buenas se acaban.

–Sí, y algunas antes de tiempo -añadió Kilkenny.

Gates tardó solo un segundo en caer en la cuenta de que Kilkenny se refería a su corta experiencia como marido y padre. El SEAL había asistido al funeral de la esposa y el hijo de Kilkenny junto con su antiguo comandante, el contraalmirante Jack Dawson. Como oficial de mayor cargo allí presente, Dawson le entregó a Kilkenny la bandera que había cubierto el ataúd y le dio las gracias en nombre de una nación conmovida por el valeroso servicio de Kelsey a bordo de la Estación Espacial Internacional.

–Como bien sabes, yo ya llevo tres matrimonios a las espaldas -dijo Gates-, y aunque desgraciadamente mis uniones bendecidas fueron más largas que la tuya, el cielo no albergaba la menor esperanza de que ninguna de ellas prosperase. No puedo fingir que comprendo los sufrimientos que esto debe de haberte provocado, pero te aseguro que te envidio por el tiempo que compartiste con Kelsey. Habiendo crecido entre protestantes fundamentalistas, imagino al predicador diciendo que tu tragedia forma parte de un plan maestro y secreto de Dios. A mí me suena como una pesada carga, pero si ese es el caso, creo que el Todopoderoso te debe una explicación.

–Sí -convino Kilkenny.

Mientras tomaba un trago largo de cerveza, Kilkenny oyó el ruido sordo de unos cascos aproximándose. En pocos minutos, ocho jinetes aparecieron

por el norte. Se dividieron en dos grupos, rodearon la media luna de yurtas y se detuvieron frente a Gates y Kilkenny. Los acompañaban varios caballos cargados con fardos y otros que tiraban de pequeñas carretas. Los ocho hombres los miraron con aire desafiante y Kilkenny se preguntó si acaso se habrían internado en los pastos equivocados.

Los jinetes intercambiaron unas palabras que ni Kilkenny ni Gates entendieron. Luego, el que parecía cabecilla del grupo desmontó y caminó hasta ellos. Kilkenny y Gates se pusieron en pie para recibirle. El hombre bramó una pregunta y Kilkenny se encogió de hombros, la señal universal de que uno no entiende lo que el otro dice.

–¿Hablan inglés? – preguntó el hombre con fuerte acento.

–Sí -contestó Kilkenny.

–¿Están bien? – se interesó el primero.

Kilkenny dirigió una mirada fugaz a Gates, que parecía tan desconcertado como él.

–Sí -respondió.

–¿Están bien sus familias?

–Sí.

–¿Engordan sus ovejas?

Al oír esta pregunta, Gates apenas pudo contener la risa y Kilkenny empezó a sentir cierto recelo.

–Sí, mucho.

–¿Es buena la hierba?

–Si fuera mejor -intervino Gates-, sería ilegal. ¿Le apetece una cerveza?

–La respuesta tradicional a las cuatro preguntas es «sí» -repuso el asiático, en este caso con un impecable acento del centro de Estados Unidos-, tras lo cual al invitado se le ofrece una taza de té.

–Vaya, solo tenemos Perro Malo, pero la verdad es que no va mal para quitarse la tierra del gaznate.

–Que sea un Perro Malo, pues. – El asiático se volvió hacia Kilkenny-.

Teniente Gene Chun, equipo uno del SEAL.

Kilkenny le estrechó la mano y se presentó.

–Bonitos disfraces, muy auténticos.

–Gracias. No queríamos llamar la atención como un par de turistas yanquis.

Mientras los demás jinetes desmontaban, Chun presentó al equipo que Gates había reclutado entre los diferentes cuerpos de las Fuerzas Especiales del ejército estadounidense. Chun y un sargento del Cuarto Militar E-6

llamado Jim Chow representaban al SEAL. Paul Sung y David Tsui habían sido voluntarios en la élite del cuerpo Marine Recon y el médico Chuck Jing se refería jocosamente a sí mismo como al «llanero solitario del ejército». Completaban el grupo Bob Shen, Terry Han y Ed Xaio, del cuerpo de los Night Stalkers del ejército, especializados en operaciones nocturnas.

Como Kilkenny había solicitado, todos los voluntarios reclutados por Gates dominaban tanto las técnicas letales propias de la profesión que habían elegido como la capacitación cultural y lingüística que iban a necesitar para hacerse pasar por chinos nativos. Mientras que varios de aquellos guerreros de las Fuerzas Especiales eran estadounidenses de primera generación, otros contaban entre sus antepasados con obreros de la Union Pacific Railroad.

–¿Habéis tenido algún problema para entrar en el país? – preguntó Kilkenny.

–No. Los documentos que llevamos son infalibles. Bonito detalle la tapadera de trabajar para National Geographic. Gracias a eso y al original envoltorio, nuestro equipo cruzó las aduanas a la primera. Una suerte, teniendo en cuenta lo que traemos.

–Desde luego, el 11-S ha hecho que viajar con dispositivos nucleares resulte un gran reto -convino Kilkenny. Luego se volvió hacia Gates-: Ayúdales a instalarse, prepararé la cena.

Kilkenny avivó el fuego dentro de su yurta y se dispuso a cocinar una mezcla de carne con verduras en un wok poco hondo mientras los demás descargaban el equipo y se ocupaban de los caballos. Empezaba a considerar ya preparada su versión de estofado mongol cuando los hombres entraron con una cerveza fresca en la mano.

–Coged un cuenco y sentaos en el suelo, donde podáis -indicó Kilkenny antes de empezar a servir el guiso-. Y aseguraos de que veis bien ese trozo de lona blanca.

–¿Por qué? – preguntó Chun-. ¿Vamos a ver una película mientras cenamos?

–Algo parecido.

Cuando todo el mundo se hubo sentado, Kilkenny hizo lo propio en un escabel de madera. Junto a este había una mesa en la que descansaba un dispositivo similar a un iPod conectado a un Maglite de tamaño mediano.

–Caballeros, quiero empezar dándoos las gracias por presentaros voluntarios para esta misión -dijo Kilkenny-. Que todos respondieseis a la convocatoria de Max con tanta rapidez da muestra del notable calibre moral que considero propio de los miembros de nuestra profesión… Claro que también es posible que perdierais en alguno de los legendarios fines de semana de póquer del jefe.

–¿Misión? – intervino Han-. Creía que esto era uno de esos fines de semana de póquer.

Los hombres se echaron a reír, y aún más cuando Gates lanzó a Kilkenny una baraja de naipes. Nunca faltaba una en el equipaje del jefe.

Kilkenny abrió el estuche y empezó a cortar y barajar las cartas.

–Si me disculpáis la expresión, esta es la jugada: primero la misión, después las cartas. – Devolvió la baraja al estuche y se la lanzó a Gates. A continuación conectó el pequeño proyector y sobre la lona apareció la imagen borrosa en blanco y negro de un hombre asiático, de unos treinta años de edad-. Este es el obispo Yin Daoming, o al menos esta era su apariencia antes de que lo encarcelaran en los años setenta. – Kilkenny pasó a la siguiente imagen-. Y este es, en opinión del ordenador, el aspecto que podría tener hoy, aunque no hay modo de adivinar lo que le habrán hecho tres décadas en una prisión china.

Kilkenny reemplazó la imagen de Yin por un mapa geográfico de la región.

–Estamos en Mongolia, aquí-informó Kilkenny, al tiempo que señalaba un punto situado en la provincia oriental de un país sin acceso al mar-, y esta línea zigzagueante es la ruta que seguiremos para acceder a China y por la que regresaremos después. La defensa aérea del chicom es relativamente escasa en esta región, gracias en gran parte a que la tecnología militar actual de Mongolia es solo ligeramente mejor que durante el reinado de Gengis Jan. La ruta nos llevará deliberadamente por los puntos más débiles de la cobertura de sus radares. Sé que los BAT son difíciles de detectar, pero no hay por qué facilitarles las cosas. Cargaré el trayecto en el sistema de navegación en cuanto estemos preparados para echar a volar.

La siguiente imagen era una fotografía satélite de la prisión de Chifeng.

–En la zona de aterrizaje nos reuniremos con el grupo de refuerzo y nos dividiremos en dos equipos. Max estará al mando del equipo Alfa, que se atrincherará en el perímetro de la prisión, explorará el lugar durante varios días para conocer bien el terreno y nos cubrirá en caso de que tengamos que efectuar una retirada de emergencia. Yo encabezaré el equipo Bravo, encargado de la entrada en la cárcel y la extracción del preso. Ya tenemos a alguien en Chifeng trabajando con contactos locales para conseguir los uniformes, las armas y el furgón que utilizaremos para recoger todo ese material en la escala que hagamos.

Mientras los hombres cenaban, Kilkenny se explayó incluso sobre los detalles más ínfimos de su plan para liberar a Yin Daoming y respondió a las preguntas del equipo. La reunión informativa se prolongó toda la cena, y los presentes optaron por el agua tras la primera ronda de Baadog. Nadie iba a emborracharse esa noche.

Después de cenar, el equipo montó los BAT y los dispuso para el vuelo.

–Vamos a parecer el equipo chino de patinaje -comentó Han mientras todos se cambiaban la ropa que llevaban por unos monos ceñidos y tersos como la piel de la foca.

–Os encantarán estos uniformes -les aseguró Gates-. Empezamos a usarlos hace aproximadamente un año. Total movilidad, chaleco antibalas decente y electrónica de combate. Y lo mejor de todo: abrigan.

–¿Cuánto?

–Yo hice un salto de apertura a baja cota en la Antártida con uno de estos monos -respondió Kilkenny al tiempo que enfundaba una pistola HK

calibre 45, envainaba un puñal de combate y se ajustaba ambos a una pierna-. Temperaturas de dos dígitos bajo cero y no tuve el menor síntoma de congelación.

–¿En serio?

–En serio.

–Increíble. Pesan la mitad que los uniformes de vuelo reglamentarios.

–Eh, ¿y qué va a ser de los caballos durante nuestra ausencia? –

preguntó Chen, y acarició la cabeza de la yegua gris a lomos de la que había llegado a la estepa.

–Pedí a la familia que nos alquiló estas yurtas que los cuidara porque íbamos a pasar varios días en el campo siguiendo a las manadas salvajes -

contestó Kilkenny-. Estarán bien.

El equipo se dividió en tres grupos, a cada uno de los cuales se incorporó un componente de los Night Stalkers. Ataviados de pies a cabeza de gris marengo, los soldados se pusieron los cascos, equipados con dispositivo de visión nocturna y pantalla integrada, y subieron a los BAT.

Los asientos consistían en sencillas hamacas de lona sujetas a la carrocería y dotadas de arneses con cinco puntos de seguridad. Kilkenny evaluó la aeronave mientras se acomodaba en su asiento: las mejoras con respecto a la primera generación eran significativas. Siguió los tubos que emergían de la cubierta del motor y que desembocaban en diminutas toberas de transmisión en varios puntos del fuselaje. Desviando a las toberas la propulsión del motor desde la gran abertura situada en la parte posterior de la cubierta, el piloto del BAT podía variar en un instante la dirección en pleno vuelo. Para los hombres del 160.°, el BAT era el Harrier de los soldados especializados.

Gates se colocó al lado de Kilkenny en la parte trasera del BAT-2 y se ajustó el arnés. Sentado a los controles, Bob Shen revisaba una vez más las consignas de vuelo. Terry Han y Ed Xaio pilotaban el BAT-1 y el BAT-3, respectivamente.

–Tenemos el depósito lleno, medio paquete de cigarrillos, es de noche y llevamos gafas de sol -dijo Gates, parafraseando inexpresivo las famosas

«consignas de persecución» de Elwood Blues.[6]

[6] La cita pertenece a la película Granujas a todo ritmo. (N. de la T.) Con la mirada clavada al frente, Kilkenny le devolvió la infame respuesta de Joliet Jake Blues:

–Tira.

–RITEG nominal -comenzó Shen con voz neutra-. Activando el motor.

La cubierta del motor, montada sobre el eje, reaccionó con un zumbido leve y empezó a girar a toda velocidad; el ruido se intensificó rápidamente.

Los caballos que pastaban en las proximidades se alejaron al trote por el prado. Sentado en un fuselaje descubierto, Kilkenny agradeció enseguida que la turbina eléctrica no emitiera gases. Agradeció también el sistema amortiguador de ruidos incorporado en el casco, que recibía y analizaba el rugido del motor y producía una onda sonora inversa para simularlo.

El calor que producía el RITEG, protegido en el interior del aparato, apenas era detectable desde el exterior, lo cual reducía la amenaza que constituían los misiles programados para localizar el calor de los motores de

combustión. La aeronave disfrutaba de otra ventaja defensiva con su forma única y la ausencia de materiales metálicos en su estructura. Pese a no ser tan sigiloso como el F-117A, el radar de gran alcance del BAT no superaba el tamaño de una pelota de golf, lo cual dificultaba la detección de esta nave de bajo vuelo entre el ruido electrónico conocido como «ecos de tierra».

Cuando los motores de los tres BAT estuvieron en marcha, los Night Stalkers se hicieron una señal de conformidad con el pulgar y, uno tras otro, despegaron. Tercero de la formación, Shen tomó el controlador electrónico Fly-by-wire colocado entre los dos asientos delanteros y lo giró. El BAT se alzó en el aire mientras las toberas de transmisión desviaban la propulsión del diminuto motor a través del armazón del BAT y la lanzaban por puertos de salida abiertos bajo el fuselaje.

Shen dejó que el BAT planeara unos instantes hasta que tuvo la certeza de que todo funcionaba bien; luego hizo avanzar la aeronave hasta colocarla junto al ala izquierda del BAT-1.

–Activar conexión de subida con satélite -ordenó Kilkenny, y un icono apareció en la pantalla integrada.

«CONEXIÓN DE SUBIDA CON SATÉLITE ACTIVADA»

–Mensaje codificado, tres palabras: Isengard o nada.

«confirmar: isengard o nada»

–Mensaje confirmado.

«¿destinatario?»

–Bombadil -respondió Kilkenny.

El mensaje de tres palabras salió disparado al cielo como un breve latido de energía electromagnética. Segundos después, tras un rápido recorrido por una constelación de satélites en órbita, el mensaje regresó a la Tierra, donde fue capturado por un conjunto de antenas parabólicas situadas dentro de la Muralla Leonina del Vaticano.

–¿Bombadil? ¿Isengard? ¿De qué va todo esto? – preguntó Gates. Su voz llegó con total claridad a los altavoces del casco de Kilkenny.

–Vamos a dejar que mi colega Grin sepa lo que nos disponemos a hacer.

No es un operador regular, de modo que decidimos que codificaríamos los mensajes con referencias a libros, películas y canciones que los dos pudiéramos identificar de inmediato. En El señor de los anillos, Saruman apresa al mago Gandalf en Isengard.

–Entonces, ¿Gandalf se corresponde con Yin?