El cardenal
Capítulo 65
El capitán alargó una mano y el joven soldado depositó en ella una hoja de papel doblada. El oficial frunció los labios mientras leía el informe; después se lo devolvió y lo despachó.
–Por lo visto vamos a poder aclarar este asunto incluso antes de lo que creíamos -dijo el capitán.
Con las manos unidas a la espalda y el torso erguido, el capitán se encaminó hacia Yin.
–Señor, ¿cuál es su nombre?
–Soy Yin Daoming.
–¿Es usted el obispo católico de Shangai?
–Sí.
–En tal caso, en nombre de mi gobierno y con los saludos más cordiales del cardenal Velu, de Bombay, le doy la bienvenida a la República India.
–Gracias. He esperado muchos años poder hacerle una visita a mi viejo amigo Velu.
–Notificaré a Delhi su llegada y organizaré su traslado a Leh; Creo que el representante del cardenal Velu le espera allí, señor.
Menos de una hora después, un Sikorsky S-92 de transporte civil tomó tierra en el helipuerto de Spangmik. La aeronave, de un blanco reluciente, llevaba inscrito un único emblema: un escudo de armas que consistía en la tiara papal sobre las llaves cruzadas de san Pedro. Un reducido destacamento de miembros de la Guardia Suiza vestidos de paisano se apearon del aparato y tomaron custodia oficial de Yin y de los demás.
Mientras se preparaban para partir, Yin se acercó al capitán.
–Capitán, quiero agradecerle la hospitalidad que nos ha brindado durante esta breve estancia.
–Ilustrísima, su llegada ha interrumpido al fin el tedio habitual de nuestra vida y nos ha proporcionado una historia que los soldados narrarán durante años.
–Si no le importa, quisiera pedirle un último favor: cuide de nuestro amigo cuando sepa de él.
–Haré todo lo que esté en mis manos -prometió el capitán.
Capítulo 65
Ciudad del Vaticano
–Mis eminentísimos hermanos en Cristo -comenzó Donoher, situado frente al altar. La Capilla Sixtina fue quedándose en silencio a medida que la atención se centraba en él-. Presento mis disculpas por no haber estado disponible ayer, pero estoy seguro de que la pausa en nuestras deliberaciones ha sido fructífera para todos. Que el Espíritu Santo siga guiándonos en nuestra obra. Tengo dos noticias que compartir con vuestras eminencias. En primer lugar, el cardenal Gagliardi falleció ayer tras una larga batalla contra una dolencia cardíaca. Estuve con él en el final, y sus pensamientos y plegarias permanecieron con nosotros en esos momentos difíciles.
»En cuanto a la cuestión del obispo Yin, me complace anunciar que en este día, festividad de Todos los Santos, nuestro hermano es libre. A primera hora de esta mañana he sido informado de que el obispo Yin ha cruzado la frontera con la India. En estos instantes, se encuentra camino de Roma.
Varios cardenales esbozaron una sonrisa y se hicieron gestos afirmativos, como los aficionados de un equipo que acabara de conseguir una gran victoria. Otros inclinaron la cabeza y rezaron, agradecidos. Cerca del centro de la capilla, Velu se puso en pie y esperó a que el camarlengo reparase en él.
–Estimado cardenal Velu -anunció Donoher.
–Estimado cardenal camarlengo, creo hablar en nombre de todos mis hermanos al expresar la dicha que me produce la buena nueva del obispo Yin. Desgraciadamente, me siento en la obligación de informarles que una nube se ha cernido sobre nuestro cónclave, una cuestión que solo usted puede abordar. – Las palabras de Velu resonaron en la capilla-. Ayer, durante las sesiones informales, un rumor empezó a circular entre nosotros.
Comenzó con una pregunta que fue pasando de un cardenal a otro: si habíamos percibido algún cambio en nuestros aposentos. La mayoría no había advertido alteración alguna en sus pertenencias, pero al plantearse la cuestión muchos volvieron a examinar lo que en un principio habían considerado un despiste. Entonces, se hizo evidente que toda una sección del Domus Sanctae Marthae había sido registrada de forma sistemática. –
Velu deambuló por la capilla a paso lento mientras hablaba; sus ojos castaños y oscuros fueron encontrándose con los de los demás cardenales; su voz fluía sosegada y firme. Al llegar a la mampara, se dio media vuelta y
se encaminó de nuevo hacia el altar-. Hermanos, debo romper mi silencio entre los sellados confines de esta sala. Mi dormitorio fue uno de los que sometieron a registro, y encontraron algo en él. El cardenal Donoher me interrogó acerca de un aparato electrónico que traje conmigo al cónclave.
Lo hice por motivos personales y con pleno conocimiento de que la Constitución Apostólica lo prohíbe explícitamente; y ahora, por haber quebrantado mi juramento, deberé responder ante el nuevo pontífice. Sin embargo, mi transgresión, si bien grave, no era lo que el cardenal Donoher buscaba. Ahora, con el obispo Yin libre, ha llegado el momento de la verdad. – Velu se situó de frente al camarlengo-. Le ruego, eminentísimo cardenal camarlengo, que comparta con nosotros el motivo del registro.
Donoher se acercó a Velu hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros de distancia.
–¿Por qué? – le preguntó Donoher en un susurro que apenas logró ocultar su irritación.
–Lamento mucho ponerle en esta situación -contestó Velu, con voz tenue-, pero, para proteger a Yin, debe revelarnos el nombre del traidor.
Velu hizo una inclinación y regresó lentamente a su asiento, proporcionando con ello a Donoher algo de tiempo para que ordenase sus pensamientos.
–Eminentísimos hermanos -empezó a explicar Donoher-, los registros que afectaron a varios de sus aposentos se llevaron a cabo bajo mi autoridad como camarlengo y con el beneplácito de la congregación particular. Las primeras estancias que se registraron pertenecían a los cuatro cardenales que en estos momentos estamos al servicio de esa congregación y que hemos prestado juramento de confidencialidad con respecto al cónclave. La justificación de tal medida estriba en la certeza de que nuestro cónclave había sido violado en lo referente al obispo Yin, y que esa violación ponía en peligro no solo su vida, sino también la de las personas que fueron enviadas para rescatarle. – Las palabras de Donoher flotaron en el aire como una cortina de humo: la santidad del cónclave había sido traicionada y el camarlengo creía que el responsable era uno de los príncipes de la Iglesia-. El registro formaba parte de una compleja operación para desenmascarar a la persona o personas responsables de este infame acto contra la Iglesia -prosiguió Donoher-, una operación que, me complace
informar, ha concluido de forma satisfactoria. La desgraciada brecha ya está cerrada, y nosotros podemos continuar pues con nuestro cometido.
–¿Quién? – gritó Magni, sin esperar a que le cedieran la palabra. La rabia le había encendido el rostro-. ¿Quién es el traidor?
–La respuesta a esa pregunta -atronó Donoher- solo se la daré al nuevo Papa.
Magni mantuvo la mirada clavada en el camarlengo unos instantes antes de resignarse con un cortés gesto de asentimiento y volver a sentarse.
Donoher se preguntó si acaso Magni se había rendido tan deprisa porque creía que pronto conocería el nombre del traidor.
«Si llega a Papa -caviló Donoher-, ¿cómo reaccionará cuando yo responda a esa pregunta con el nombre de su aliado más próximo?»
Donoher barrió la sala con la mirada y vio de nuevo a Velu de pie, aguardando a que el camarlengo reparase en él.
–Eminentísimo cardenal Velu.
Velu avanzó hasta el centro de la capilla y con las manos unidas en plegaria se inclinó para orar brevemente ante el altar. Haciendo acopio de todas las fuerzas de que fue capaz, se irguió y empezó a hablar.
–Mis estimadísimos hermanos, cuando entramos por primera vez en esta magnífica capilla, rogamos todos juntos que el Espíritu Santo nos orientara y nos concediera sabiduría para discernir de entre los presentes al próximo pastor de la Iglesia universal. Creo sinceramente que el Espíritu Santo atendió a nuestros ruegos de inmediato. En su último mensaje, Su Santidad el papa León nos hizo saber lo que albergaba su corazón. Y él, que proclamó cardenales a muchos de nosotros, nos recordó con su sufrimiento por qué vestimos el color escarlata. Este color simboliza nuestra disposición a morir por la Iglesia. Su Santidad comprendió el significado absoluto de este compromiso, pues vertió su propia sangre, víctima de las balas de un asesino en la plaza de San Pedro, y sufrió por la fe de un modo que pocos de nosotros somos capaces de comprender.
«Vivirnos en un mundo muy diferente al que presenció los albores del largo y sagrado pontificado del papa León. El mal nos acecha en todo momento, se manifiesta de forma monstruosa y también artera, sutil. Los inmensos desafíos que afronta hoy la Iglesia nos obligan a elegir a un hombre de sólida fe que ilumine el camino de Jesucristo, pues ese difícil sendero es el único por donde podemos conducir a los fieles hacia la
salvación. Elegir a un político, un burócrata, un Papa "conservador" -
prosiguió Velu con la mirada clavada en los demás papabili- sumergiría a la Iglesia en un tiempo de penurias y necesidades. Los grandes dirigentes inspiran con el ejemplo: esa fue la clave del éxito de León.
»Es para mí una lección de humildad el hecho de que algunos de ustedes consideren que podría ser Papa, pero cuando miro en mi corazón -
insistió Velu mientras cruzaba los brazos sobre el pecho-, sé que no es ese mi camino. En el mejor de los casos, podría ser un buen Papa, pero la Iglesia necesita algo más. Y cuando la necesidad es grande, Dios provee.
Ahora lo ha hecho, pero nuestra es la responsabilidad de reconocer Su mano divina, sentir la presencia de Jesucristo en esta sala, a nuestro lado, y actuar con fe.
Tras ofrecerle una cortés inclinación al camarlengo, Velu regresó a su asiento. Donoher aguardó hasta que todas las miradas volvieron a posarse en él.
–Cardenales, ¿alguien más desea dirigirse a este cónclave?
Todos los presentes permanecieron sentados.
–En tal caso, ha llegado la hora -declaró Donoher.
En silencio, cada uno de los cardenales depositó la papeleta en la mesa que tenía frente a sí y escribió en ella el nombre de quien consideraba debía ser el siguiente Papa. Donoher dobló la papeleta y, al alzar la mirada, vio que la mayoría de los cardenales también habían concluido ya. En apariencia, la pausa para el rezo y la reflexión poco había influido en sus firmes decisiones. Le decayó el ánimo ante la posibilidad de que la votación volviera a acabar en punto muerto y que siguiera a la deriva una semana más, hasta que se pudieran cambiar las normas. De ser así, en lugar de ochenta votos, solo se requeriría que el candidato obtuviera la mayoría absoluta: la mitad de los votos más uno. Y, de no producirse tal situación, se efectuaría una eliminatoria entre los dos candidatos más votados. Dado que el número de votantes presentes era impar, el resultado de esa última votación resultaría en la elección de un nuevo Papa.
Siguiendo el ya conocido ritual, el cardenal Mizzi se encaminó al altar y, a la vista de todos, depositó su voto en la urna. Uno a uno, los infirmarü salieron a recoger los votos de los cardenales impedidos. El resto del cónclave se dispuso a entregar sus votos, empezando por el cardenal de mayor edad.