El cardenal
Capítulo 31
Sacó el dedo y lo vio manchado con el brillante líquido que, en contraste con la piel, parecía demasiado rojo para ser real.
El ruido sordo de una explosión interrumpió los pensamientos de Liu.
Un penacho de humo y polvo se alzó detrás del muro de hormigón más alejado del patio.
Tao abandonó su papel de capitana Jiao y atacó a Liu cuando se volvía sorprendido hacia el origen del sonido. Le asestó tres patadas en una rápida sucesión. La primera dobló la rodilla derecha del hombre; la segunda fue una puya en un riñón, y la tercera, un barrido en el aire con el pie, que aterrizó en una de sus sienes.
El último golpe aturdió a Liu y lo arrojó al interior del furgón, sobre las bolsas. Con el impacto, la cabeza de Yin cayó hacia el lado contrario a Liu.
Las estrellas que empañaban su visión fueron desvaneciéndose y Liu empezó a recuperar el conocimiento. Entonces vio, a pocos centímetros de sus ojos, una superficie de alabastro curvada y cubierta por finos mechones de cabello enmarañado. La nuca de Yin Daoming no mostraba la menor señal de violencia, el menor rastro de herida alguna; su piel seguía tersa y perfectamente intacta.
Ráfagas de disparos, breves y precisas, saturaron el aire. Liu notó que un par de manos le palpaban con brusquedad el cuerpo y le arrebataban con pericia la pistola y el cuchillo de combate que llevaba sujeto a un tobillo.
Las dos armas traquetearon en el suelo a cierta distancia; la pistola se resquebrajó. Varias manos más le sacaron del furgón y lo arrojaron a un lado.
Las estrellas regresaron acompañadas por accesos de dolor que se expandían por todo el cuerpo desde el malherido riñón. Oyó varias explosiones más y el rugido de un motor: el furgón abandonaba el patio. El aire que rodeaba la prisión se inundó de gritos y del agudo gemido de una sirena.
Capítulo 31
Una nube de polvo gris le envolvía cuando se incorporó con dificultad para ponerse en pie. Tosió; la arena le cubría la boca y la nariz como un residuo terroso y reseco. El furgón que se llevaba a Yin y al extranjero desapareció detrás del edificio, en dirección a la entrada principal del complejo.
Liu avanzó tan deprisa como pudo hacia la montaña de cuerpos que se amontonaban cerca de él. Era incuestionable que los tres guardias estaban muertos; los orificios de entrada marcaban sus pechos y cabezas: balas asesinas disparadas por manos expertas. El director gemía en el suelo a pocos metros de los guardias, agarrándose una pierna que se doblaba anormalmente hacia la mitad del muslo.
Una brigada de asalto se precipitó al patio con los rifles de asalto en mano a la altura de los hombros, preparada para disparar. Liu no hizo ningún movimiento brusco y mantuvo las manos a la vista.
–¡Se han ido! – gritó al hombre al mando-. El director está herido y necesita atención médica.
El guardia se acercó receloso a Liu, apuntándole con los ojos y el arma.
Los hombres que tenía tras de sí inspeccionaron el patio con la mirada, a derecha e izquierda, en busca de posibles amenazas. Un auxiliar médico del ejército se destacó del centro del grupo para atender las heridas del director.
–Informad -bramó el encargado de la brigada por un micrófono diminuto de garganta.
Uno por uno, los miembros de la brigada de asalto se dispersaron por el patio y el parque móvil.
–Comprobad el estado de los demás -ordenó el responsable a los guardias que quedaban a su espalda. Seguía apuntando a la frente de Liu con la Type 85.
–Todos sus camaradas están muertos -dijo Liu con voz gélida-. Mataron a todos los que llevaban un arma.
–Su documentación. Despacio.
Liu se abrió la solapa izquierda de la casaca y dejó a la vista tanto los dos bolsillos interiores como una pistolera vacía. A continuación introdujo la mano en el bolsillo delantero de la camisa y extrajo una cartera delgada de cuero negro que contenía la tarjeta identificativa del Ministerio, con fotografía incluida. Abrió la cartera para que el soldado pudiera verla sin soltar el arma. Un gesto simple, que no obstante bastó para devolver la confianza y restablecer la jerarquía.
–Señor -saludó el guardia al tiempo que bajaba el arma.
Liu volvió a guardar la cartera y se abotonó la casaca. Cerca de ellos, el auxiliar médico inyectaba morfina a Zhong.
–¿Quién es el segundo del director? – preguntó Liu.
–El señor Tang, responsable de las operaciones del tejar. Está siendo escoltado al centro de seguridad.
–Por favor, informe a Tang que voy a utilizar vehículos del parque móvil de la prisión, y que usted y sus hombres van a acompañarme en la persecución de los fugitivos.
Liu recuperó sus armas y se movió tan aprisa como le permitía el dolor de espalda y pierna. Alternaba la carrera con el paso ligero seguido por la brigada de asalto. El auxiliar médico se quedó con el director a la espera de una ambulancia que llevara al herido al hospital número 3 de la ciudad de Chifeng.
El responsable del parque móvil, aún conmocionado por el estallido de disparos, no opuso reparos y enseguida proporcionó a Liu chóferes y un par de furgones pesados. A diferencia de su jefe, los dos jóvenes conductores vivieron la excitación del momento como un agradecido cambio en su, por lo general, tediosa rutina.
El oficial al cargo de la brigada de asalto subió al primer furgón y Liu hizo lo propio en el segundo. Con los soldados a bordo y sin perder un minuto, los chóferes abordaron su cometido. Los dos furgones se precipitaron por el patio y enfilaron la misma ruta hacia la entrada principal que habían seguido sus presas.
–La banda sale de paseo-informó Chun con un hilo de voz. El micrófono de garganta amplió las vibraciones de sus cuerdas vocales.
Gates y su cuarteto de soldados especializados permanecían camuflados en la maleza semiárida que rodeaba el complejo penitenciario. Tras haber subsistido varios días con agua embotellada y barritas energéticas, los soldados eran una suerte de póliza de seguros a la que confiaban que el equipo de Kilkenny no tuviese que recurrir. La solicitud de «intervención divina» por parte de Shen desde el patio de la prisión significaba que algo había ido mal y que el equipo se había visto obligado a recurrir a una retirada precipitada.
–Dos vehículos pesados en dirección a la entrada principal -prosiguió Chun.
–Entendido -respondió Gates-. Fuego en el agujero.
Chun reculó hasta un hoyo que había cavado, a menos de cien metros de la entrada principal. Alcanzaba a oír el rumor apagado de los motores diesel
que fue creciendo a medida que los furgones se aproximaban, forcejeando por imponer sus rugidos al agudo aullido de las sirenas.
Los restos del doble portón de la entrada principal estaban amontonados como piezas caídas de dominó; el alambre de navaja había quedado embrollado con la alambrada, y todo ello aplastado por el furgón que huía.
El conductor del primer vehículo que lo perseguía aceleró para ganar velocidad y pasar por encima de la maraña de metal. Su determinación por superar los escombros con el camión era tal que no vio la granada que, propulsada desde un cohete, se precipitaba hacia su rejilla.
El explosivo estalló al alcanzarlo, y al hacerlo destrozó el capó y el guardabarros del furgón y arrancó el motor de sus soportes. El chófer y el soldado que iba sentado a su lado murieron en el acto; astillas y fragmentos de metal y vidrio se clavaron en sus cuerpos. El impacto desgarró los bajos del vehículo, abrió una brecha en el depósito de combustible y detonó una segunda explosión que arrancó la carrocería del armazón. Protegidos de la primera explosión por la cabina, la segunda incineró a los hombres que viajaban en la parte trasera.
El chófer de Liu esquivó los restos en llamas con un brusco giro de volante que a punto estuvo de hacer volcar al furgón. Sobre ellos llovía metralla de la doble explosión como un granizo negruzco y el aire se saturó del olor acre de goma y plástico quemados. El combustible del depósito alcanzado se derramó por el pavimento y las ávidas llamas transformaron el líquido en calor, luz y humo.
El conductor del segundo furgón, con las manos aferradas al volante y los nudillos blancos, detuvo el vehículo a una distancia prudencial de lo que quedaba del primero. El hombre casi hiperventilaba, el corazón le latía desbocado en el pecho. De haber ido un poco más cerca del primer furgón, habrían sido engullidos por la conflagración. Liu se desabrochó el cinturón de seguridad y se apeó del vehículo, dejando al chófer solo para que se recuperara.
Sobre el estruendoso incendio y la implacable sirena, otra explosión rasgó el aire. Una nube negra y densa se alzó al otro lado de la prisión y Liu supo que el tejar también había sido atacado. Solo dos carreteras daban acceso al complejo, y Liu imaginó la caseta en llamas y las varias toneladas de ladrillos que bloqueaban en ese momento la segunda.