El cardenal

Tom Grace · Capítulo 15 de 74

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El cardenal

Capítulo 15

–Sí -convino Donoher-. Estoy seguro de que los historiadores lo reconocerán como uno de los grandes papas.

–No necesito que ningún historiador justifique mi opinión -intervino Kilkenny.

–Ni yo -repuso Donoher-, pero ante todo fue un gran amigo y le echaré de menos.

–Gracias por organizamos esta visita -dijo Kilkenny, aún incapaz de apartar la mirada del rostro del Papa.

–Era lo mínimo que podía hacer teniendo en cuenta que su último deseo fue lo que vosotros dos estáis intentando hacer. Es una lástima que no vayas a estar aquí para el funeral, Nolan; promete ser un acontecimiento conmovedor.

–Grin me informará de todo lo que me pierda -contestó Kilkenny, fingiendo decepción. En verdad, no se sentía capaz de soportar otro funeral; la amargura de sus propias pérdidas seguía demasiado fresca-. Tengo previsto estar de vuelta a tiempo para la investidura del nuevo Papa.

Donoher dirigió una mirada irónica a Kilkenny y sonrió, complacido por la confianza del joven.

–Por la gracia de Dios, estarás de vuelta entonces con el obispo Yin. Os reservaré dos asientos preferentes.

Justo antes del amanecer, envuelto por frescos de Fra Angelico que reproducían la vida de san Esteban y san Lorenzo, los primeros mártires cristianos de Jerusalén y Roma, Donoher ofició una misa privada para Kilkenny y Grin en la capilla de Nicolás V, recientemente restaurada. La homilía del cardenal fue breve; sus plegarias no fueron dirigidas solo al alma del Papa sino también al Espíritu Santo, para que guiara todos sus esfuerzos en los días difíciles que se avecinaban. Recibió un «amén», tan ferviente como sincero, de la reducida congregación.

Concluida la misa, Donoher y Grin vieron partir a Kilkenny. Su viaje a Berlín materializaba los primeros pasos en la ejecución de la Operación Rolling Stone. Grin regresó después a las catacumbas para proseguir con lo que él denominaba la «práctica de sus artes tecnológicas oscuras», y Donoher se encaminó al Palacio Apostólico para convocar a reunión a todos los cardenales presentes en Roma.

Capítulo 15

Según se estipulaba en la Constitución Apostólica, todos los cardenales y arzobispos de la curia romana a cargo de departamentos habían perdido su empleo oficialmente en el momento en que el Papa falleció. Del mismo modo que ocurre en la Administración nacional, esta purga de los oficiales superiores permitía al nuevo Papa nombrar a su propio equipo de asesores.

Los secretarios depuestos siguieron supervisando sus departamentos durante el interregno en el seno de la burocracia del Vaticano, pero de forma provisional. Todas las cuestiones serias o controvertidas debían quedar postergadas hasta la instauración del nuevo Papa o, en caso de requerir atención inmediata, llevarse al colegio cardenalicio para buscar una solución temporal.

Donoher reflexionaba sobre todo esto mientras observaba a la congregación de cardenales desempleados mezclarse con sus hermanos de diócesis en la Capilla Paulina. Al igual que otros cardenales de la curia, él iba a quedar eximido de su doble función como responsable de la Biblioteca Apostólica Vaticana y del servicio de inteligencia del Vaticano.

Obviamente, cabía la posibilidad de que el nuevo Papa le pidiera que siguiera ostentando ambos cargos, pero eso dependía de quién saliera elegido. Pese a que se llevaba bien con la mayoría de papables, sabía que varios de ellos sin duda prescindirían de él. Tal era la naturaleza de la política, incluso en el Vaticano, y Donoher ya había decidido dejar su suerte en manos de Dios.

De los cardenales que formaban la curia, solo tres conservaban su empleo durante el interregno. El cardenal vicario para la Urbe, que atendía a las necesidades pastorales de la diócesis de Roma, seguía disfrutando de todos los poderes que tenía con el anterior Papa. Encargado de la supervisión de asuntos confesionales relacionados con la Santa Sede, el penitenciario mayor seguía también en su puesto porque la puerta del perdón jamás debía estar cerrada.

El tercero de los cardenales del Vaticano con responsabilidad vigente era Donoher en su recién estrenada función de camarlengo. Solo con la defunción del Papa quedaba patente el alcance de su cometido.

Conmocionado en un primer momento al ser nombrado para el cargo, Donoher empezó a creer después que el Papa había presentido la inminencia de su muerte y sabía que debía seguir intentando liberar a Yin durante el interregno. Al designarle camarlengo, el papa León le otorgó el

poder para actuar según creyera conveniente. Y con Kilkenny y su equipo camino de China, Donoher agradeció la postrera presciencia del pontífice.

Uno de los cardenales que ayudaban a Donoher, un venezolano de tez morena llamado Ojeda y que encabezaba la Congregación para el Clero, avanzó entre la multitud en dirección a él.

–Ya están todos reunidos, eminencia.

Donoher sonrió.

–¿Nos honraría con una plegaria inaugural?

Ojeda llamó a la congregación al orden con una conmovedora invocación. Concluida la oración, Donoher asintió en un gesto de agradecimiento y se encaminó hacia el facistol. A su alrededor se alzaban los últimos frescos de Miguel Ángel: Conversión de san Pablo y Crucifixión de san Pedro. Las imágenes ilustraban a la perfección la incesante batalla que la Iglesia libraba en el mundo contra el mal, una lucha en la que los mártires perdían la vida y que quedaba compensada con la esperanza de que incluso aquellos que les perseguían fueran redimidos.

Donoher paseó la mirada por una augusta asamblea de hombres ataviados con hábito talar y solideo cardenalicio. La práctica totalidad de los calificados como papables estaban presentes; solo unos pocos se habían retrasado atendiendo asuntos de última hora o tratando de organizar un viaje complejo desde diócesis remotas.

Antes de la elección del nuevo Papa, dos clases de congregaciones ayudarían a Donoher en sus deberes como camarlengo. La congregación particular estaba formada por él mismo y otros tres cardenales, procedentes respectivamente de cada una de las tres órdenes cardenalicias de diáconos, sacerdotes y obispos. El trío de cardenales ayudantes se elegía al azar y era reemplazado por otros tres al cabo de tres días en servicio. La congregación particular se ocuparía únicamente de asuntos de poca relevancia, e informaría de sus actividades a la congregación general, compuesta por la totalidad del colegio cardenalicio.

–Eminentísimos hermanos -comenzó Donoher-, ha llegado el momento de que demos comienzo a esta congregación general preparatoria. Tengo entendido que todos han recibido un paquete con un ejemplar del Universi Dominici Gregis, que describe nuestros deberes y responsabilidades durante el interregno. Según se requiere en el artículo doce de esta Constitución

Apostólica, procederé ahora a leer en voz alta el fragmento referente a la vacante de la Sede Apostólica.

Mientras Donoher recitaba parte de la Constitución redactada por el difunto Papa, recordó las palabras del cardenal Antonelli, un seglar que estuvo al servicio del papa Pío IX en el siglo XIX y que fue el último cardenal laico, en relación con el cónclave:

–«Nada, por el momento, se interpone entre nosotros y Jesús Nuestro Señor. A lo largo de toda la vida tenemos a alguien por encima de nosotros: nuestros padres, el sacerdote, el superior, el cardenal, el Papa; pero ahora no tenemos a nadie. Hasta que tengamos Papa, esta es la situación. Y esta situación somos nosotros. Ninguna petición de ayuda por nuestra parte llegará a una autoridad superior. Nos encontramos al borde del abismo que separa lo humano de lo divino.»

A continuación, Donoher dio respuesta a varias preguntas relacionadas con cláusulas específicas de la Constitución y el modo en que iban a llevarse a la práctica. Las preguntas eran concienzudas y reflejaban la seriedad con que aquellos hombres consideraban el inminente cónclave.

Una vez satisfechas todas las dudas, Donoher cedió el puesto al cardenal Scheuermann para proceder al juramento.

Este era un alemán espigado cuyo cabello canoso había ido decayendo hasta formar una tonsura medieval natural. Además de haber sido elegido deán del colegio cardenalicio, Scheuermann ejercía también de cardenal obispo de la sede suburbicaria de Velletri-Segni y prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, conocida en tiempos más oscuros como Inquisición.

–Nosotros, cardenales de la Santa Iglesia Romana -entonó Scheuermann, a sus setenta y seis años de edad-, del orden de los obispos, del de los presbíteros y del de los diáconos, prometemos, nos obligamos y juramos, todos y cada uno, a observar exacta y fielmente todas las normas contenidas en la Constitución Apostólica Universi Dominici Gregis del Sumo Pontífice León XIV, y mantener escrupulosamente el secreto sobre cualquier cosa que de algún modo tenga que ver con la elección del Romano Pontífice, o que, por su naturaleza, durante la vacante de la Sede Apostólica, requiera el mismo secreto.

Los cardenales que no habían estado presentes en la reunión de la congregación general que se había celebrado el día anterior se acercaron,