El cardenal
Capítulo 53
infinita. Lo último que pensó el cardenal fue que el infierno no era un lugar de demonios y tormento eterno, sino la mera ausencia de Dios.
La doctora anotó la hora de la muerte y las enfermeras empezaron a desconectar los monitores.
–No podíamos hacer nada por él -le dijo la doctora a Donoher.
–Gracias por intentar que sus últimos días fuesen más llevaderos.
Notificaré su deceso al Vaticano y, si se me permite, quisiera ser yo quien informe a su pariente más cercano.
–Toda una gentileza por su parte -repuso la doctora-. Es preferible comunicar en persona esta clase de noticias.
Capítulo 53
Tíbet
«MENSAJE ENVIADO»
–Desactivar conexión de subida -dijo Kilkenny.
La pantalla integrada se desactivó y este se quitó el casco. Gates se recostó en el asiento del copiloto, procurando descansar para el tramo final del viaje.
–¿Crees que tu colega Grin lo entenderá? – preguntó el comandante sin abrir los ojos.
–Sí, estoy seguro de que lo descifrará.
–Eso espero, porque sería más que fantástico que al otro lado hubiese algún amigo para recibirnos.
–Pues yo estoy más que preocupado por los enemigos que intentan impedirnos que lleguemos al otro lado.
Kilkenny se apeó del BAT y se estiró; tenía las articulaciones rígidas tras los dos largos trayectos de vuelo. La temperatura había descendido considerablemente en cuanto se internaron en la meseta tibetana y el aliento de Kilkenny se condensaba en el aire. A poco más de tres mil metros, la altitud sobre el nivel del mar superaba en diez veces a la de su lugar de residencia, Michigan. El aire era también mucho más ligero, pero Kilkenny no experimentó demasiada dificultad para aclimatarse.
Dejó a Gates en el BAT y encontró a Tao charlando con el médico del equipo. Los tres pilotos se habían reunido alrededor de una de las aeronaves para repasar el siguiente plan de vuelo nocturno mientras daban cuenta de lo que consideraban la cena. La comida se había convertido ya en un
motivo de queja tradicional entre los soldados y Kilkenny estaba seguro de que incluso alguno de los platos del restaurante Memphis Barbecue, servido por una de sus atractivas camareras, despertaría protestas entre las tropas en el campo de batalla. El resto de los hombres estaba de guardia revisando el equipo y algunos, como Gates, trataban de echar una cabezada.
Yin estaba sentado sobre los talones, con las piernas flexionadas y las rodillas separadas; una postura que a Kilkenny le resultaba muy familiar tras haberla practicado durante años sobre el tatami. Mantenía el tronco erguido y las manos abiertas sobre los muslos. Se encontraba solo en un retazo de césped de cara al horizonte occidental. El sol acababa de ocultarse tras los picos más altos y confería a la cordillera un cálido fulgor dorado.
Una brisa tenue agitaba el cabello blanco de Yin, pero no entorpecía sus meditaciones.
–¿Cómo se encuentra? – preguntó Kilkenny.
–Presenta constantes vitales fuertes -informó Jing-, el corazón sano para su edad y el ritmo cardíaco inmejorable. Si tiene alguna dolencia en el corazón, sigo sin detectarla.
–¿Está teniendo algún problema con la altitud?
–En realidad, creo que la sobrelleva mejor que algunos de nosotros.
Estoy manteniendo a todos bien hidratados y administrando Tylenol a quien lo precisa.
–Bien.
Jing se ausentó para recoger el material médico antes de que la luz acabara de desvanecerse. Kilkenny y Tao miraron al hombre a quien habían ido a salvar a China y se preguntaron si lo que acababan de hacer, lejos de sus intenciones, acaso no acortaría la vida del sacerdote.
–¿Qué opinas? ¿Está bien? – preguntó Kilkenny.
–Algo va mal, Nolan, y tal vez no sea un problema físico. No alcanzo a imaginar el impacto que debe de sentir al regresar al mundo de este modo después de lo que ha pasado.
–Es un hombre institucionalizado.
–¿Un qué? – se extrañó Tao.
–Un hombre institucionalizado. Es un concepto que utiliza Morgan Freeman en Cadena perpetua. Se refiere a un hombre que ha estado encarcelado tanto tiempo que es incapaz de funcionar fuera, un hombre que