El cardenal

Tom Grace · Capítulo 46 de 74

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El cardenal

Capítulo 46

lugares predilectos. Hay una inscripción en el barco: «La flota del Papa no arroja llamas, sino agua dulce que sofoca los fuegos de la guerra».

–Un digno sentir, aunque historia, al fin y al cabo.

–De los doscientos sesenta y tres hombres que han sucedido a san Pedro como obispo de Roma, solo un puñado enviaron hombres a la batalla -relató Donoher con voz pausada-. Lo hermoso de este día es la ausencia de turistas, un más que agradecido indulto.

–He sabido del humo negro.

–La única buena noticia del día, a menos que tenga algo de lo que informarme.

–Depende de cómo se mire. Hemos registrado una cuarta parte de los apartamentos y, de momento, lo único que hemos encontrado han sido varias baterías de recambio para audífonos. O sus hermanos cardenales son luditas o dejaron todos sus artilugios en casa.

–Sospecho que es una combinación de ambas cosas, aunque los pocos hermanos que utilizan cómodamente esos artilugios los dejaron en mi despacho antes de que comenzara el cónclave. ¿Reanudarán el registro esta tarde?

–En cuanto cierren las puertas de la capilla.

–En tal caso, será mejor que regresemos. Por favor, acompáñeme.

El camarlengo marcó el paso; sus desgastadas rodillas crujían bajo el hábito coral carmesí. Los cambios bruscos de tiempo, como el frente frío que había alcanzado la península italiana justo al amanecer, causaban estragos en sus maltrechas articulaciones.

–Deduzco que no ha habido noticias de Nolan -dijo Donoher.

–No, y espero que siga sin haberlas hasta que tenga algo importante que comunicar.

–Ahora es de noche allí. Confío en que el Señor proporcione a los nuestros una estrella brillante que les guíe en su viaje.

–Amén a eso -repuso Grin.

Capítulo 46

Después de que las papeletas de la votación de la tarde se hubieron distribuido, el cardenal deán de mayor edad indicó al maestro de ceremonias litúrgicas pontificias y a los ceremonieros que abandonaran la

Capilla Sixtina y sellaran las puertas. Los cardenales volvían a estar en cónclave.

Desde su asiento, próximo al altar, Donoher observó a sus hermanos cardenales y se preguntó qué acuerdos sutiles se habrían alcanzado durante el descanso del mediodía. Ryff, el alemán, había saboteado su propia candidatura la noche anterior a favor de Magni. Había sido un movimiento astuto, que además sacaba partido del viejo dicho de que un Papa flaco precede a otro gordo. Con sesenta y nueve años de edad y proporciones similares a las del papa Juan XXIII, el pontificado de Magni sería sin duda mucho más breve que el imponente papado de León. Respaldando a Magni, Ryff demostraba solidaridad con los cardenales europeos, quienes controlaban, como grupo, cerca de la mitad de los votos. El cardenal alemán podía permitirse el lujo de esperar, y su sacrificio no sería olvidado en la siguiente ocasión.

Aunque Magni obtuvo treinta y tres votos en la segunda ronda de la mañana, era evidente que Europa no estaba votando como un bloque monolítico. En las conversaciones entre sesión y sesión, Donoher detectó en varios cardenales europeos, no italianos, la sensación de que el europeo

«equivocado» se quitaba de en medio. Donoher percibió asimismo que la pérdida de Gagliardi robaba parte del viento al velamen común de los italianos.

Escalante consiguió veinticinco votos, gracias al apoyo no solo de los latinoamericanos sino también de parte de los estadounidenses, canadienses y filipinos. La candidatura de Oromo resultaba insólita, pues combinaba el incuestionable y creciente peso de África en la Iglesia católica con un hombre carismático que prometía erigirse en un defensor incondicional de la fe y en la poderosa voz del Tercer Mundo. Como residente del Vaticano, el cardenal sudanés era bien conocido por sus hermanos del colegio, y su familiaridad, intuía Donoher, le ayudó a conservar el respaldo que ya había tenido en las rondas anteriores.

Lo mismo les ocurrió a Yin y a Velu, quienes incluso obtuvieron algunos votos más, si bien no los suficientes para poner en peligro la primacía de los que iban por delante. Donoher estaba seguro de que aquellos dos nombres eran objeto de notable discusión durante los descansos, de que muchos cardenales confiaban en que Velu siguiera el

ejemplo de Ryff mientras que otros cabildeaban sutilmente contra la quijotesca candidatura del amenazado obispo de Shangai.

Ryff se levantó de su silla, situada hacia el centro de la capilla, bajo la Creación de Eva, de Miguel Ángel.

–Mi eminentísimo señor -anunció el alemán dirigiéndose al camarlengo-, con su permiso quisiera formular una pregunta antes de la siguiente votación.

Donoher asintió. Todas las miradas confluyeron en Ryff.

–¿Se ha tenido noticia del obispo Yin? – preguntó este.

Después de sabotear su propia candidatura, el alemán se había convertido, entre el grupo de europeos, en el hombre perfecto para plantear la cuestión. De haberlo hecho cualquiera de los demás papabili, habría podido parecer un gesto interesado, un intento de liberar quince votos, pero tratándose de Ryff, expresaba la curiosidad sincera del cónclave.

Lo que a Donoher le resultó interesante del respaldo a Yin, o al menos así lo percibía, era que procedía de todo el planeta. El resto de papabili habían encontrado apoyo inicial en bloques étnicos o geográficos a los que después se fueron su mando cardenales no comprometidos. El grupo que votaba a Yin desafiaba la sabiduría convencional, y Donoher creía que esos prelados representaban una dinámica diferente del cónclave: una expresión de fe pura, la certeza de que Dios les había enviado una señal.

–El obispo Yin y sus rescatadores están buscando en estos momentos una vía para salir de China, mientras que el gobierno chino intenta por todos los medios impedir su huida. La situación es crítica, pero sigue habiendo esperanzas. Estoy seguro de que el obispo de Shangai continúa estando presente en las plegarias de todos como lo está en las mías en estos días aciagos.

En la capilla se oyeron murmullos de aprobación, el deseo unánime de los cardenales de que los que estaban en peligro regresaran sanos y salvos.

–Y ahora -añadió Donoher-, con la sabia orientación del Espíritu Santo, prosigamos con la sagrada labor de elegir al Sumo Pontífice.

–Oromo -anunció Cain, leyendo el nombre que figuraba en la última papeleta.

Donoher no necesitó oírlo para saber que, transcurridos tres días, el cónclave seguía estando en punto muerto. Aunque el resultado difería de los