El cardenal

Tom Grace · Capítulo 12 de 74

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El cardenal

Capítulo 12

–Sí, iré.

–¿Por qué? – se interesó Kilkenny con voz tenue.

–Mi prometido era católico. Yo era la espía en la historia, pero Ming guardó su fe en secreto durante años. Al principio lo hizo para protegerse, pero a medida que nuestra relación fraguaba también quiso protegerme a mí. Finalmente compartimos nuestros secretos y acordamos que un sacerdote bendijera nuestro matrimonio. Me educaron en la fe cristiana, pero nunca fui demasiado religiosa hasta que me enamoré de aquel hombre.

Cuando me descubrieron, Ming me escondió en la comunidad clandestina de su iglesia. Podría haberse salvado; de hecho, le insté a que lo hiciera, pero al final murió por protegerme. Lo que aprendí de Ming y de otros que me dieron cobijo cuando huía fue la pétrea lealtad que los católicos se profesan entre sí en China. Pregunté a Ming a qué se debía esto, y él me contestó que al obispo Yin. Este permaneció con su pueblo cuando podría haber huido y vivido las doctrinas que predicaba. Ming siguió su ejemplo, y yo estoy viva gracias a su sacrificio. – A Tao se le anegaron los ojos de lágrimas mientras buceaba en sus recuerdos-. De no haber sido así, convendría con vosotros en lo arriesgado que es que regrese a China, pero tengo que hacerlo, por Ming y por todos los que me salvaron la vida.

Las palabras de Tao hicieron aflorar en la memoria de Kilkenny el impagable apoyo que recibió de ella en los días que siguieron a la muerte de su esposa y su hijo. Mientras que la familia y los amigos le ofrecían su sincera compasión, con el paso del tiempo Kilkenny fue cayendo en la cuenta de que solo

Tao pareció comprender la verdadera magnitud de su dolor y su ira.

Supo que lo que entonces había interpretado como una empatia milagrosa era en realidad una herida compartida.

–Veo que no habrá modo de disuadirte -se rindió Barnett-, así que tendremos que hacer todo cuanto esté en nuestras manos para mantenerte alejada del radar de Pekín.

Capítulo 12

Coronado, California, 16 de octubre

Max Gates supervisaba desde lo alto de la duna la matanza que se estaba produciendo más abajo. Era un hombre achaparrado y fornido, de antebrazos que habrían hecho sonrojarse a Popeye, ataviado con uniforme

de camuflaje y con las perneras de los pantalones metidas en unas botas negras Bates 924/922. El pelo castaño rojizo del comandante se había reducido a la nada mucho tiempo antes de haber tenido la oportunidad de tornarse gris, aunque lo que había perdido en el cuero cabelludo quedaba compensado por un par de pobladas cejas y un bigote estilo Dalí.

Las explosiones y los disparos quebraban la noche; era la guerra desatada en toda su furia en una delgada franja de arena de la costa del Pacífico. El aire estaba saturado de humo y del olor acre y fuerte de la cordita, un olor ya familiar para Gates, comandante en jefe y encargado del adiestramiento de reclutas del SEAL de la Marina.

A su lado estaba el capitán Hunley, oficial con larga experiencia en los cuerpos de élite, al igual que el comandante. Ambos eran veteranos e invertían el amplio bagaje que habían acumulado en esta particular rama de la guerra en la formación de la siguiente generación de las Fuerzas Especiales navales.

Abajo, en la playa, los instructores a las órdenes de Hunley y Gates detonaban los simuladores de granadas y artillería, disparaban falsas ráfagas con ametralladoras automáticas M-60 y gritaban órdenes al cada vez más confuso y desorientado grupo de reclutas. Flexiones, abdominales, patadas al aire sin apoyo y caída libre; los instructores sometían a los reclutas a un régimen extenuante de entrenamiento físico, al tiempo que hacían estallar contra ellos chorros de agua gélida procedentes de las mangueras antiincendios. La arena cubría por Completo los cuerpos empapados de los soldados, que hacían esfuerzos sobrehumanos para moverse dentro de los uniformes.

–Parece que la Semana Infernal ha empezado bien, jefe -comentó Hunley.

–Los hombres están convirtiendo a esos renacuajos en una buena hornada de galletas -convino Gates.

Frío, humedad, hambre y agotamiento; durante los cinco días subsiguientes los reclutas del SEAL experimentarían estas cuatro sensaciones en un grado que jamás habrían imaginado. Y los instructores de todos los turnos los amonestarían, aguijonearían, engatusarían y tentarían para que se rindieran.

–¡Abajo! – bramó el suboficial de marina Portage.

La orden de Portage arrojó al frío oleaje a los siete hombres que conformaban la tripulación de una lancha y que estaban ya cubiertos de arena. Uno de ellos se quedó un poco rezagado con respecto a sus colegas y el suboficial se abalanzó sobre él.

–Qué, no tenemos prisa, ¿eh, cateto? ¿Te ha entrado arena en los calzoncillos?

Gates y Hunley no alcanzaron a oír la titubeante respuesta que farfullaba el recluta mientras Portage lo tiraba al agua.

–Parece que Portage tiene ya al primer campanero de la noche -voceó Gates para hacerse oír sobre el estruendo.

Los componentes de la tripulación se incorporaron en los dos palmos de agua, se tomaron de los brazos y se colocaron de cara a la orilla. Portage seguía apostado en la arena, frente a ellos, y alternaba los disparos de una M-60 con tiernas palabras de aliento a los ateridos hombres.

–¡Eh, embriones! ¡No saldréis del agua hasta que uno de vosotros se rinda! – gritó Portage-. Venga, ¿quién va a ser el afortunado? ¡Solo necesito uno! Hay una ducha caliente y una cama seca esperándole.

Un joven teniente, el único oficial del grupo, trató de alzar la voz sobre la mofa de Portage para alentar a los miembros de su equipo a permanecer unidos. Avanzó con dificultad hasta la orilla y se acercó con paso cansino hasta la estructura de madera sobre la cual estaba montada una campanilla de bronce. La hizo sonar tres veces para dejar patente su rendición, y después se lo llevaron.

–Eso nos reduce a cuarenta y ocho -comentó Gates, sin el menor ápice de sorpresa en la voz.

El grupo cursaba la cuarta semana del entrenamiento básico de la Brigada de Demoliciones Submarinas del SEAL (BUD/S), y dos tercios de los que habían empezado ya no estaban. Únicamente el veinticinco por ciento del total de alumnos que se inscribían en el BUD/S completaba las veintiséis semanas de duración del curso y se granjeaba el derecho a lucir la Divisa Especial de Guerra -comúnmente conocida como Budweiser- en el uniforme.

Pese a lo que pudiera parecer, la finalidad de la Semana Infernal no era destrozar a los hombres, sino demostrarles que sus cuerpos poseían una capacidad de esfuerzo diez veces superior a la que creían. También remachaba la importancia del trabajo en equipo, porque, actuando como

individuos, no conseguirían superar los desafíos a los que se enfrentaban en el BUD/S. Los reclutas que aprendían estas dos lecciones cruciales por medio de aquella catarsis de miedo y sudor tenían mayores oportunidades de llegar a ser un SEAL.

–¿Cuándo te vas? – preguntó Hunley.

–Hoy mismo -contestó Gates-, en cuanto deje encauzados varios asuntos. Debería estar de vuelta a final de mes. Los hombres ya saben lo que tienen que hacer.

Hunley asintió. Esa misma mañana el capitán había recibido una orden insólitamente críptica que le retiraba temporalmente «de escena». Aunque sentía curiosidad por la nueva misión que se le había asignado, Hunley sabía que no era conveniente indagar en nada que tuviera relación con una orden autorizada por el comandante en jefe.

–Buena suerte, jefe.

Gates saludó al oficial; luego subió a un HumVee, arrancó y se dirigió a su despacho de la base. Pasaban unos minutos de la medianoche y el complejo de edificios estaba prácticamente a oscuras, salvo las áreas guarnecidas con vigilancia nocturna. Aparcó en la plaza que tenía asignada, se sacudió la arena de las botas y se encaminó a su despacho, en el edificio de los instructores. Una vez allí, tecleó la contraseña en su ordenador y accedió a la red interna de la base. Leyó los mensajes nuevos que tenía en la bandeja de entrada y se alegró con las respuestas que encontró de sus colegas de la comunidad de las Fuerzas Especiales estadounidenses.

Después activó un programa A/V de comunicación de alta seguridad y tecleó la dirección electrónica de Kilkenny en el Vaticano. Los dos ordenadores se estrecharon la mano en internet y una ventana se abrió a la sala de trabajo de las catacumbas.

–Jefe, qué puntualidad -saludó Kilkenny con una sonrisa.

–El pájaro que más madruga es el que se lleva el gusano, hijo. Aunque por aquí bastante tienen los pájaros intentando que no les vuelen la cola de un tiro.

–Ah, la Semana Infernal. – Kilkenny suspiró con nostalgia-. Aún recuerdo bien aquellas cenas en las fosas de entrenamiento, las «deliciosas»

fiambreras, el agua hasta las rodillas en ese frío y pútrido pozo séptico mientras los instructores nos lanzaban granadas de humo y arremetían con los M-80 contra el agua. ¿Os va algo mejor con los nuevos reclutas?

–¡Qué va! Se conforman con un aprobado justo.

–Me alegra saberlo. ¿Qué tal nuestro equipo?

–Se han alistado todos los que solicité, así que es probable que a mediodía esté ya listo. Es asombroso cuántos hombres se ofrecen voluntarios con tan poca información.

–Debe de ser la perspectiva de tu cautivadora compañía.

–O la oportunidad de ver a un SEAL viejo y malhumorado poniéndose las aletas una vez más antes de jubilarse -repuso Gates con su acento arrastrado de Oklahoma-. ¿Re cuerdas nuestra última operación?

–¿Haití? Como si fuera ayer. Apuesto a que el almirante Hopwood sonreía en el cielo tras aquella incursión en la selva.

–Cuando uno consigue rescatar a un puñado de rehenes y enviar a cambio un saco de mierda humeante, amigo mío, es que es un buen día.

–Esta será una buena misión como paso previo a colgar las aletas, Max.

¿Alguna novedad? – preguntó Kilkenny.

–Varias. Hace seis o siete años, tú y yo flirteamos con los Night Stalkers. ¿Recuerdas aquellos ultraligeros tan originales con los que se empezaba a jugar, los BAT?

Kilkenny recordaba con suma claridad un vuelo nocturno en que el piloto del 160.° Regimiento Aéreo de Operaciones Especiales (SO AR) hizo todo cuanto pudo para que los pasajeros de la Marina devolvieran lo que habían cenado. Gates le correspondió con una improvisada sesión de entrenamiento subacuático.

–¿Crees que podremos utilizarlos? – se interesó Kilkenny.

–Han evolucionado mucho desde los primeros trastos que nosotros tanteamos. Echa un vistazo al último modelo.

Gates cargó en el sistema una animación que segundos des pues apareció en una ventana en el monitor de Kilkenny. El nuevo BAT exhibía un fuselaje romboidal abierto y ensamblado con tubería curva, y a cuatro ocupantes sentados de dos en dos. Al igual que un helicóptero, el fuselaje descansaba sobre un par de patines, pero las semejanzas entre ambas aeronaves acababan ahí. A la altura de los asientos traseros y sobre el eje del fuselaje iba montado un motor de turbina, fino y de algo menos de un metro de longitud. De él brotaban una especie de zarcillos tubulares que fluían como arterias y que obtenían energía de la planta nuclear. La característica más distintiva del aparato eran las alas: un par de armaduras

forradas de tela, con costillas visibles y festoneadas a lo largo de los bordes, como las de su tocayo nocturno.[1]

[1]En inglés, bat significa «murciélago». (N. de la T.)

–Parece un sueño materializado de Tim Burton y H. R. Geiger -opinó Kilkenny.

–Está claro que no es un caza, pero vuela como el demonio. Puede efectuar piruetas increíbles, detenerse en pleno vuelo y hacer cosas que más parecen efectos especiales. Creo que con tres como este podremos franquear la frontera desde Mongolia y llegar a los alrededores de Chifeng en solo unas horas. Eso nos ahorrará un par de días en traslados, un tiempo que yo preferiría emplear en inspeccionar los terrenos del complejo.

–Según recuerdo, los BAT solo se utilizaban para trayectos cortos.

–Y así se sigue haciendo, en la mayoría de los casos. Ahora esta bestia es totalmente eléctrica, aunque está propulsada por una célula de combustible. Contando lo que consume solo en el despegue, el viaje de ida y vuelta no debería superar los trescientos veinte kilómetros.

–Pues el que vamos a hacer los supera con creces.

–Lo sé, pero están probando también varios prototipos pensados para larga distancia.

–¿Qué distancia?

–Aún no lo sé. En estos nuevos BAT se ha reemplazado la célula de combustible por un generador termoeléctrico radioisotópico. – Gates pronunció con esmero cada una de las sílabas mientras las leía de una hoja de especificaciones técnicas-. Se le conoce más por su acrónimo, RITEG.

Deduzco que es el modelo que se utiliza para propulsar satélites.

–Max, eso es un dispositivo nuclear.

–¡No jodas! Supongo que por eso dicen que con un RITEG ese cacharro aguantará en funcionamiento como el conejito de Duracell. En cualquier caso, creo que con tres BAT de los nuevos podremos hacer un buen trabajo, y los pilotos están que se salen por probarlos en un escenario real. Y lo mejor de todo es que aún no se han incluido en el inventario del Tío Sam: se han mantenido estrictamente al margen del armamento «oficial».

Kilkenny volvió a visionar la animación completa en la pantalla del ordenador.

–Entrar y salir por aire solventaría un montón de problemas logísticos.

Oficiales o no, será mejor que no tengamos que dejar ninguno allí.