El cardenal

Tom Grace · Capítulo 47 de 74

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El cardenal

Capítulo 47

anteriores en unos pocos votos, el orden de los cardenales seguía siendo el mismo.

Las papeletas y las notas volvieron a ser recogidas y quemadas; las volutas de humo negro resultantes eran el vivo reflejo del ánimo serio que impregnaba la capilla. Después de nueve votaciones, los cardenales no parecían estar más cerca de la elección de un nuevo Papa que en el primer día de cónclave. Sentían clavadas en ellos las miradas de los católicos de todo el mundo, mil millones de almas que les instaban a elegir con sabiduría y que les desafiaban a resolver el dilema.

Sin embargo, el hombre que contaba con más posibilidades de salir elegido era al mismo tiempo el más seguro, el menos objetable de los papabili, la encarnación de la larga y consagrada tradición vaticana. El papa León XIV había puesto el listón muy alto y la Iglesia deseaba y necesitaba que su ejemplo perdurase.

Donoher se levantó, pronunció una breve oración en el altar y después se volvió de cara a los demás cardenales.

–Mis estimados hermanos, creo que el estancamiento en que nos encontramos requiere una pausa en nuestras deliberaciones. Por el artículo setenta y cuatro de la Constitución Apostólica, suspendo la votación durante un día a fin de que dispongamos de tiempo para dedicarlo a la oración y la reflexión.

Capítulo 47

Gansu (China)

Durante la segunda noche, los BAT abandonaron la Mongolia Interior y llegaron a la dura y árida provincia de Gansu, una región considerada tradicionalmente por los chinos como el límite exterior del Reino del Centro. Una fina franja de luna flotaba en lo alto del cielo nocturno y arrojaba una luz misteriosa sobre el terreno montañoso. Poco después de despegar, pasaron sobre una sección remota de la Gran Muralla, la famosa barrera levantada contra las invasiones del norte.

–Es una lástima que no podamos seguir la antigua ruta que atraviesa el corredor de Hexi -comentó Yin mientras contemplaba el paisaje que transcurría bajo sus pies-. Recuerdo que era impresionante.

–Los paseos turísticos no están incluidos en nuestro programa -repuso Kilkenny con sequedad.

Tao le miró con el gesto fruncido y puso una mano enguantada en Yin.

–He viajado en alguna ocasión por Gansu y recuerdo que es espectacular.

Tao supuso que Yin sentía morriña de una tierra que no había visto en tres décadas. Y, una vez fuera de China, probablemente jamás regresaría.

De camino al oeste, todo cuanto Yin había conocido en la vida iba quedando atrás. El obispo asintió y ella atisbo su cálida sonrisa a través del visor tintado del casco. El anciano volvió a mirar la tierra azotada por el viento.

–Si las circunstancias fueran otras, ¿qué nos recomendaría ver? – le preguntó Tao.

–Esta tierra posee una rica historia y gran belleza. Las cuevas budistas de Dunhuang Bingling Si contienen obras de arte magníficas. Maiji Shan, cerca de Tianshui, es también imponente. Si fuéramos por tierra…

–Dios no lo quiera -le interrumpió Kilkenny.

–… no tendríamos más opción que seguir el corredor de Hexi -prosiguió Yin-. Era la única ruta hacia el oeste. Desde el sur, el corredor sigue el pie de la cordillera Tian Shan, las estribaciones del Tíbet. Hacia el norte solo hay desierto y montañas. La civilización china se originó en Gansu y el control del corredor era esencial. Todo el comercio pasaba por aquí y la Gran Muralla protegía gran parte del corredor. Era un tramo vital de la ruta de la seda. Muchos advirtieron la relevancia de esta región y su control cambió de manos en numerosas ocasiones. Los descendientes de todas esas conquistas siguen aquí.

–Recuerda a Irlanda -opinó Kilkenny.

–Entre los que vinieron había tibetanos. Muchos monjes se establecieron en un hermoso valle situado al sur de Langzhou y fundaron el monasterio de Labrang Si, en Xiahe. Es el monasterio más importante fuera del Tíbet y uno de los centros de la secta Sombrero Amarillo. Yo encontré refugio con los monjes de Labrang Si. Era un lugar idóneo para el espíritu en tiempos difíciles.

Yin hablaba con la mirada perdida en el horizonte, como si en él residiesen sus recuerdos. Con aire ausente, se llevó la mano derecha al pecho. Tao lo advirtió de inmediato.

–¿Vuelve a sentir molestias en el corazón? – le preguntó.

Kilkenny se volvió al instante. Pese al diagnóstico inicial de Jing, que las achacaba al estrés, Kilkenny sabía que un médico de combate distaba mucho de ser un buen cardiólogo.

–Tengo el corazón inquieto -contestó Yin con la voz ahogada en un susurro.

–¿Quiere que el médico vuelva a examinarle? – preguntó Kilkenny.

–No. Usted dijo que teníamos que seguir viajando.

–Pero usted es el motivo por el que estamos aquí-replicó Kilkenny-.

¿Necesita un médico?

–Estoy bien -contestó Yin, pero dentro del casco, ocultas a la vista de Kilkenny y de Tao, varias lágrimas surcaban sus mejillas.

El teniente segundo Sun Tonglai, de las Fuerzas Aéreas del Ejército Popular de Liberación, deambulaba por un tramo sin asfaltar de la carretera que partía de Dunhuang en dirección al sur, intentando entrar en calor, un esfuerzo vano contra la masa de aire frío que bajaba como un río glacial desde las montañas. Encendió otro cigarrillo y volvió a meter las manos enguantadas en los bolsillos del abrigo largo azul que llevaba puesto.

Aspiraba largas bocanadas de humo y lo retenía en los pulmones; el extremo del cigarrillo refulgía incandescente. Tras un agradable permiso en casa, a Sun no le complacía la idea de morir congelado en una carretera desolada en mitad de la nada.

Sun estaba destacado en la base 20, a la salida de Jiuquan, y el minibús que le llevaba de regreso estaba parado en un margen de la carretera con un neumático pinchado. El chófer, con la ayuda de varios pasajeros, había reemplazado el averiado por el de repuesto. Con un poco de suerte, pronto volverían a cargar el equipaje y se pondrían de nuevo en camino.

–¿Qué es ese sonido? – preguntó uno de los pasajeros.

En un primer momento, Sun no oyó nada. Luego, pese al rugir del viento, percibió una nota aguda, casi un silbido constante que aumentaba de intensidad.

–¿Es un avión? – preguntó otro.

–No estoy seguro -contestó Sun-. Suena a algo demasiado pequeño… y que vuela demasiado bajo. Tal vez solo sea un eco procedente de las montañas.

Viniendo de un oficial de las fuerzas aéreas, la mayoría aceptó su explicación del fenómeno, pero el sonido seguía desconcertando a Sun.