El cardenal
Capítulo 49
solución. Y ahora que conozco sus circunstancias, les instaré a que lo hagan de inmediato por su bien.
–Gracias -repuso Velu.
Donoher se volvió hacia Grin.
–Haga lo que pueda con este aparato y prepárese para seguir con el registro en cuanto se reanude el cónclave.
Capítulo 49
Al volante del Mercedes S500 modelo Guard, el chófer de Bruni dobló por el cruce de la Piazza di San Giovanni in Laterano. La tarde desfallecía y el Obelisco Laterano que en un tiempo formó parte del Templo de Amón, en Tebas, arrojaba una sombra larga y delgada hacia el este, en dirección a la Scala Sancta. Dos de los guardaespaldas de Bruni se apearon del coche y acompañaron al jefe de la Camorra hasta la entrada lateral de la basílica.
Hombre devoto pese a su profesión, Bruni buscaba el sacramento de la reconciliación todas las semanas. Lo hacía en iglesias escogidas al azar, lo cual complacía a su jefe de seguridad porque de este modo evitaba la previsibilidad.
La Basílica di San Giovanni in Laterano era la verdadera basílica de Roma y la diócesis que el Papa administraba como obispo de Roma. En la Edad Media, la basílica y el palacio adyacente fueron la sede del poder pontificio, solo eclipsada por el Vaticano a finales del siglo XIV. Bruni cruzó el pórtico medieval y pasó junto a una estatua de Enrique IV de Francia, protector de la basílica.
Bruni se santiguó al llegar a la tumba del papa Inocencio III y se encaminó al nártex. Sus pasos resonaban en el suelo cosmatesco: una obra de arte con intrincados motivos en mármol. Desde sus modestos orígenes en el siglo XVI, el interior de la basílica había experimentado reformas constantes. Sobre el suelo pendía un techo de madera profusamente tallada, iluminado por las ventanas del triforio y sostenido por arcos y columnas diseñadas por Boromini. La historia de la basílica coincidía con la de la Iglesia, pues había sido escenario de glorias y tragedias por igual, y había ido creciendo poco a poco con el transcurso del tiempo.
Al igual que el de la basílica de San Pedro, el nártex de San Giovanni tenía un reclinatorio y un altar papal, cubierto por un rico ciborio. De estilo gótico, la estructura levantada sobre el altar mostraba doce frescos de Barna
de Siena y una cámara relicario en la que se conservaban las cabezas de san Pedro y san Pablo. Bruni hizo una genuflexión ante el altar y después siguió avanzando por el pasillo central de la iglesia hacia el confesionario.
Mientras aguardaba su turno, dio un repaso a su conciencia en busca de algún acto por el que hubiera dado la espalda a Dios. Solo uno pesaba ese día en sus pensamientos y Bruni temía que fuera a ser el que le condenara al infierno.
Una anciana salió del confesionario y le brindó una dócil sonrisa. La práctica totalidad de quienes se confesaban con regularidad tenían o superaban la edad de Bruni; eran las personas educadas en la Iglesia antes del Concilio Vaticano II. Paradójicamente, mientras que aquella mujer confesaba sus accesos de ira para con un vecino desconsiderado o alguna transgresión menor, muchos de los que más necesitaban la reconciliación rara vez buscaban la administración del sacramento.
Bruni accedió al confesionario y fue recibido por un joven sacerdote que hacía pocos años que había salido del seminario. Su semblante transmitía confianza en uno de los rituales eclesiásticos más incómodos y reveladores. Los reclinatorios y las mamparas formaban ya parte de la vieja Iglesia, barreras visuales entre el suplicante y el confesor. Bruni se sentó y agachó la cabeza.
–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo -le recibió el sacerdote al tiempo que Bruni se persignaba.
A continuación leyó un pasaje de las Sagradas Escrituras que hacía hincapié en el amor que Dios profesaba a todas las personas e invitó a Bruni a hablar. En la Iglesia moderna, el sacramento había evolucionado desde una fórmula memorizada a una conversación más sustanciosa.
–Perdóneme, padre, pues he pecado. Hace ya una semana de la última vez que me confesé -explicó Bruni-. Padre, busco la absolución para mis pecados, pero dejo al margen del secreto de confesión parte de lo que voy a decirle. Lo que decida hacer con esta información lo dejo a su criterio, pero por el bien de mi alma siento que debo darle a usted esta oportunidad. El asunto que deseo comentar es muy grave.
–Comprendo -repuso el sacerdote con voz serena, que no obstante delataba inquietud.
–Soy un cabecilla de la Camorra. Yo y otros hombres de mi profesión estamos intentando influir en la elección del nuevo Papa. El cardenal al que