El cardenal
Capítulo 62
–El anciano era un santo -explicó Norbu.
–¿Hablasteis con esos hombres? – exclamó Liu.
–Sí.
Liu se alejó unos pasos invadido por la rabia, tratando de poner en orden sus pensamientos. Luego señaló los restos en llamas.
–Eso era un helicóptero militar, cuyo trabajo consistía en defender a China de las agresiones extranjeras. Al hallar a un extranjero aquí, en China, al lado de un helicóptero chino destrozado, ¿no pensasteis que ese extranjero podría haber sido la causa?
–No vimos lo que había ocurrido -respondió Norbu sin perder la calma-.
No conocemos la causa del accidente.
–¡Idiotas descerebrados! – gritó Liu-. ¡El extranjero lo derribó!
Liu sacó la pistola y disparó a Norbu en la cabeza. Sus hermanos intentaron huir pero cada uno de ellos recibió un tiro antes de conseguir ponerse en pie.
–¿Por qué ha hecho eso? – preguntó Peng, atónito ante la brutalidad de Liu.
–Eran criminales -contestó este mientras reponía las balas en la pistola.
–Estos hombres no han hecho nada.
–Secundaron a invasores extranjeros y a un fugitivo enemigo del Estado. Su pasividad fue delictiva y antipatriótica.
–Pero eso es algo que tiene que decidir un tribunal.
–Y yo acabo de ahorrarle al Ministerio de Justicia una considerable cantidad de tiempo y dinero para llegar a la misma conclusión -replicó Liu, seguro de sí mismo-. Vamos, aún hay posibilidades de apresar a Yin.
Liu y Peng subieron a la parte trasera del helicóptero y conectaron el sistema de comunicación de los cascos.
–Señor -dijo el piloto-, se ha informado de una nave extraña que volaba a baja altura por las afueras de Rutog hace unos veinticinco minutos.
–¿A qué distancia está Rutog?
–A menos de cinco minutos.
–Llévenos allí.
Capítulo 62
–No es precisamente una playa -comentó Gates mientras caminaban por la rocosa orilla del lago detrás de los hijos de Norbu, Rinzen y Tashi.
Han sumergió los dedos en la fría agua, la probó y arrugó la frente.
–Pues el pescado tampoco creo que sea muy bueno: el agua es demasiado salada.
Un helicóptero rugió en lo alto, aunque la niebla les impedía verlo ni ser vistos por él.
–Espero que Nolan les haya sacado una buena ventaja -dijo Tao.
–Mis plegarias también le acompañan -añadió Yin.
Rinzen y Tashi echaron a correr presos de la excitación e instaron a los demás a hacer lo propio. A través de la bruma, distinguieron diversas siluetas, grandes y pequeñas, en la orilla. Cuando se acercaron comprobaron que eran embarcaciones.
–Debe de ser la Marina particular del lago Woebegone -comentó Gates.
Se acercó a una de las barcas. Tenía un tejadillo llano y en la base varias vejigas infladas como pontones. Al estudiarla con mayor detenimiento, observó sus costuras de puntadas tensas.
–¿Qué es eso?
–Vejigas de cabra, por supuesto -contestó Yin-. Si se sellan bien, se convierten en boyas idóneas.
–Y yo que creía que ya lo había visto todo…
–Y aquellas barcas están hechas con pellejo de yak tensado sobre una estructura de madera -señaló Yin-. Es flexible e impermeable.
–¿Es esto en lo que vamos a viajar todos hasta la India? – preguntó Han, escéptico.
–Qué va -repuso Gates-, necesitaremos algo más grande para los cuatro, algo hecho con un yeti.
Los hijos de Norbu fueron dejando atrás las embarcaciones tradicionales tibetanas hasta que encontraron la que buscaban. A diferencia de las demás, tenía una forma estilizada, rígida y, a los ojos de Gates, reconocible. Pasó una mano sobre el casco suave de color granito oscuro y encontró el nombre moldeado en polietileno: Windrider Rave.
–¿Qué es eso? – preguntó Han.
–Un trimarán -respondió Gates, aún perplejo por hallar algo semejante en el rincón más remoto del Tíbet-. ¿Cómo llegó aquí?
Yin se lo preguntó a los hijos de Norbu y ambos se alternaron para narrar la historia.
–En verano vienen turistas a conocer el lago -tradujo Yin-. El pasado verano, un extranjero, un hombre japonés muy rico, vino con un grupo de amigos. El hombre trajo la embarcación para navegar. Cuando iba a marcharse, los chinos le dijeron que tenía que pagar una licencia para sacar la embarcación del país. Era muy cara. El hombre se negó y la dejó aquí.
–Menuda coincidencia encontrar una barca como esta aquí…
–Existe un antiguo dicho entre los nativos de las provincias occidentales
-comentó Yin-: Alá provee.
–Sólo tiene dos plazas -observó Han.
–Sí -confirmó Gates-, y dos de vosotros iréis montados en los trampolines, suponiendo que estén por aquí.
Gates quitó la cubierta que protegía el puente de mando y encontró una bolsa que contenía los accesorios de la embarcación. Con la ayuda de los hijos de Norbu, instaló los trampolines, colocó los palos y desplegó las velas. En el valle soplaba una brisa constante que sacudió con fuerza las velas translúcidas con forma de cerceta y prometía buen viento para la travesía hacia el oeste.
–Los asientos ya están listos -anunció Gates-. Roxanne, ¿sabes nadar?
–Sí.
–Bien, irás en el patín de estribor. Terry, tú ocuparás el de babor. Padre, usted se sentará delante de mí y yo seré la mano templada…, bueno, en este caso, los pies templados, que manejarán el timón.
Tao contempló el patín triangular con aire escéptico.
–¿Qué habrías hecho si hubiese contestado que no?
–Te habría preguntado si sabes navegar. Y, en caso de recibir otro no, te habría pedido que te aferraras con todas tus fuerzas al patín porque de ningún modo habría hecho viajar en él a Yin. Nolan me patearía el culo hasta llegar a Coronado si se enterase. Dicho esto, poneos los cascos y llevemos la barca al agua.
Entre los seis levantaron sin demasiado esfuerzo la embarcación y se internaron en el lago con ella hasta que el agua les llegó a las rodillas. Los tibetanos, que sujetaban la barca por uno de sus extremos, corrieron de vuelta a la orilla antes de que las gélidas aguas del lago calaran sus botas de fieltro. Tao y Han mantuvieron la barca estable mientras Gates y Yin subían a bordo. Gates subió con cautela al puente de mando, ajustó el asiento, y buscó y encontró los pedales. Tao y Han saltaron para impulsarse sobre los