El cardenal

Tom Grace · Capítulo 19 de 74

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El cardenal

Capítulo 19

–Es mucha responsabilidad para un solo hombre, y una tentación considerable -intervino Farinacci-. Tanana ejerció un poder similar y no fue capaz de gestionarlo. Cuando empezó a tener descubiertos, se dedicó a robarnos para cubrirlos.

–Tanana era banquero -repuso Gagliardi con desdén-, y no era de los nuestros. Mi sobrino sabe cuáles son sus responsabilidades y lo que le ocurrirá si las sobrepasa. Olvidan que fue la última persona a quien Tanana vio mientras colgaba del andamiaje bajo el puente Blackfriars de Londres.

–Todos confiamos en que vuestra eminencia y su sobrino cumplirán lo que prometen -intervino Spontini-. Pronto nos encontraremos en posición de obtener beneficios de tantos años de arduo trabajo y preparación. Larga vida al nuevo Papa.

Capítulo 19

Chifeng, China, 28 de octubre

La noche que cruzaron la frontera, Roxanne Tao se reunió con Kilkenny y los soldados en la zona de aterrizaje de la estepa, a unos treinta kilómetros al norte de la prisión de Chifeng. Los contactos locales de Tao le habían proporcionado yurtas para albergar al grupo y ocultar las armas y el equipo.

Durante la segunda noche en China, Gates y el equipo Alfa cavaron trincheras de camuflaje alrededor del centro penitenciario y comenzaron el reconocimiento.

Kilkenny se había movido poco en los ocho días anteriores, aislado en su yurta mientras los demás miembros del equipo Bravo hacían visitas a la ciudad de Chifeng con Roxanne Tao, para familiarizarse con el entorno. La temporada de turismo interior había llegado a su fin en Mongolia, y un rostro con rasgos occidentales hubiese atraído mayor atención de la deseada.

Kilkenny se sentó en el suelo junto al extremo occidental de la yurta, el lugar reservado a los hombres, de espaldas al fuego. Llevaba el casco puesto y comparaba en el sistema de pantalla integrada HUD las observaciones del equipo Alfa con la información que proporcionaron los católicos chinos. Los últimos informes del servicio de inteligencia confirmaban gran parte de lo que él había averiguado ya a partir de datos más antiguos y no mostraban sorpresas.

La prisión de Chifeng se regía por horarios muy estrictos. Los guardias trabajaban en tres turnos diarios de ocho horas. Los presos empezaban el día hacia la mitad del primer turno y regresaban a las celdas hacia la mitad del tercero, tras dieciséis horas extenuantes fabricando ladrillos siete días a la semana. Los furgones llegaban y se iban a horas determinadas y franqueaban las dos entradas con los mismos procedimientos de seguridad.

Kilkenny confiaba en la información de la que disponía, pero anhelaba un dato cuya ausencia le angustiaba: la celda exacta en la que se consumía el obispo Yin.

–Desconectar sistema -dijo Kilkenny para poner fin a la sesión.

Se puso en pie y se estiró; luego se quitó el casco y se rascó con aire ausente los irritantes pelos rojos que empezaban a poblarle el perfil de la mandíbula. Además de dejarse crecer barba, Kilkenny había abandonado temporalmente muchos de sus hábitos de aseo personal preparándose para el papel que tenía reservado en la misión; el uniforme carcelario que llevaría el tiempo que estuviera recluido había adquirido ya ese olor peculiar que él asociaba a la taquilla del instituto.

Frente a la entrada de la yurta, en la parte norte del habitáculo circular, se alzaba un altar tradicional budista. Kilkenny se acercó al santuario casero

-en realidad, no tan diferente de los objetos religiosos que su abuela tenía en su dormitorio, sobre el tocador-, y ofreció una breve plegaria de agradecimiento por las personas que estaban ayudándoles.

La pareja que les había proporcionado las yurtas apenas poseía nada, pero cuidaba con esmero lo que tenía. En un inglés titubeante, hicieron saber a Kilkenny que para ellos era un honor tenerlos a él y a sus colegas de invitados y, como para demostrárselo, le enseñaron su pertenencia más preciada. Tras un falso panel del altar guardaban escondida una fotografía vieja recortada de una revista taiwanesa: el Dalai Lama y el papa León XIV

orando juntos. Kilkenny recibió como una lección de humildad el riesgo tremendo que la pareja corría a diario al poseer esa fotografía, un riesgo que solo podía sustentarse en una fe profundamente arraigada. Y únicamente allí, en las tierras indómitas de la frontera septentrional de China, podían los descendientes de Gengis Jan encontrar la satisfacción espiritual en un sistema de creencias que hilvanaba el budismo tradicional con el catolicismo.

Tao entró en la yurta y se quitó el gorro y el abrigo. Todo lo que llevaba puesto había sido escogido para mostrar su condición de ciudadana china, no estadounidense. Kilkenny observó que incluso su porte había cambiado; le impresionaba la facilidad con que se había adaptado a esa nueva imagen.

El cambio más significativo que había experimentado el aspecto de Tao había sido el más sencillo. Antes de partir de Estados Unidos, Tao se desprendió de la melena larga y sedosa que le caía en cascada hasta la cintura con un corte funcional, militar.

–Hora de maquillarte -dijo Tao mientras dejaba un escabel y un maletín con el material en el suelo, cerca del fuego. Luego señaló el lugar donde quería que se sentara Kilkenny, también en el suelo.

–Jamás imaginé que alguien llegara a decirme eso -repuso Kilkenny.

Tao empezó lavándole y secándole la cara, el cuello y las manos, partes del cuerpo que quedarían a la vista cuando se vistiera. Después sacó de la caja las prótesis y se dispuso a aplicar sustancia adhesiva en la piel de su colega.

–Cuidado -exclamó Kilkenny; varias de las magulladuras de la cara aún le dolían.

Permaneció inmóvil mientras Tao le adhería pedazos de látex para simular edemas y laceraciones. La primera capa engrosó el labio inferior de Kilkenny, le oscureció un ojo y una mejilla, y le inflamó parte de las manos y los antebrazos. A continuación, Tao suavizó los extremos de las prótesis con látex líquido de color carne, borrando así las suturas que podrían haber revelado el engaño.

–Aún me cuesta acostumbrarme a tu nuevo corte de pelo -comentó Kilkenny, que observaba a Tao mientras ella le retocaba la frente.

–Dímelo a mí. He llevado el pelo largo desde que era una cría. Al menos volverá a crecer y varios niños necesitados se beneficiarán de mi pequeño sacrificio.

Después de aceptar la misión, Tao donó su pelo -en dos mechones de treinta centímetros cada uno- a la asociación benéfica Locks of Love para que fabricaran con él pelucas destinadas a niños enfermos de cáncer.

Kilkenny vio por primera vez su nuevo peinado cuando aterrizó en China.

El cambio era tan drástico que en un primer momento no la reconoció, lo cual en realidad era su propósito.