El cardenal

Tom Grace · Capítulo 17 de 74

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El cardenal

Capítulo 17

–Sí -confirmó Kilkenny-. La prisión de Chifeng es Isengard y Grin es Bombadil.

–He visto las tres películas, pero no recuerdo a ningún personaje llamado Bombadil.

–No todo lo que contiene el libro se llevó a la pantalla -dijo Kilkenny.

Era una noche fría y clara; la luna menguante flotaba solo unos grados por encima de la línea del horizonte, en el este. A diez metros del suelo, los tres BAT volaban prácticamente directos al sur en lo que era el comienzo de un viaje de cinco horas que bordearía el límite del desierto del Gobi en su avance hacia la frontera con China.

Capítulo 17

Ciudad del Vaticano, 20 de octubre

Los funerales del papa León XIV se celebraron seis días después de su defunción, en una hermosa mañana de octubre, en la plaza de San Pedro.

Donoher asistió a ellos en lo alto de la escalinata de la basílica, desde donde veía al casi medio millón de personas que abarrotaban la piazza de Bernini; la muchedumbre se desbordaba por las calles adyacentes y atestaba la Via Della Conciliazione hasta el río, a lo largo del distrito de Borgo. En los alrededores del Vaticano se aglomeraban varios millones de personas; la Iglesia se unía en este tiempo de dolor y duelo. Y en todo el mundo, miles de millones de telespectadores o radioyentes seguían el que estaba siendo el funeral de mayores proporciones de la historia.

El cuerpo del Papa descansaba ya en el interior de un sencillo ataúd de madera de ciprés, que lucía como únicos ornamentos una cruz taraceada y la letra M cerca del extremo inferior de la tapa; ambos emulaban el escudo de armas personal del pontífice. Durante la procesión, los portadores del féretro -doce caballeros pontificios ataviados con frac- habían sacado de la basílica el ataúd en unas angarillas rojas. Pasaron con él junto al altar de madera y lo depositaron en el centro de una elaborada alfombra rectangular que se había colocado sobre el empedrado de la plaza. A un lado del ataúd se alzaba un gran cirio pascual y sobre la tapa reposaba un libro encuadernado en cuero rojo que contenía los cuatro evangelios sinópticos.

Tres largas hileras de prelados con vestiduras rojas enmarcaban el espacio rectangular en el que se había dispuesto el altar y el ataúd, y tras ellos, sentados, se extendía un mar de fúnebre color negro formado por más

de doscientos dirigentes mundiales. Un coro vestido de blanco cerraba la parte posterior del espacio, mientras que la frontal quedaba abierta a la plaza. En una congregación tan multitudinaria que resultaba imposible albergarla en edificación alguna, las personas mismas se convertían en la arquitectura, el verdadero cuerpo de la iglesia.

Durante la celebración de la ceremonia privada previa al funeral, el cadáver del Papa había sido introducido en el ataúd. El arzobispo Sikora extendió después un velo de seda blanca sobre el rostro de León y Donoher ungió el cuerpo con agua bendita. En uno de los costados del Papa, Donoher colocó un pequeño saco de terciopelo rojo que contenía muestras de las monedas acuñadas durante su pontificado.

Mientras el cardenal Scheuermann leía un panegírico en latín de los innumerables logros del difunto Papa, Donoher pensó en el último objeto que había colocado dentro del ataúd: un cilindro de latón en el que previamente se había introducido, enrollado, el mismo panegírico escrito en papel de vitela a manos de un maestro calígrafo. El manuscrito era una obra de arte en sí mismo, pero las obras que representaba le conferían aún mayor valor. La Iglesia había tenido que afrontar numerosos retos en los últimos años del siglo XX, y había sido la clarividencia y la fe inquebrantable de ese Papa lo que había ayudado a que el mundo cambiara para mejor.

Si el orgullo era un pecado, Donoher iba a permitirse la indulgencia. Se sentía orgulloso de todo cuanto la Iglesia había conseguido durante el pontificado del papa León XIV, y de su función en esas obras, ya consagradas a la historia.

Y no era la pena lo que le invadía mientras el sol le bañaba la cara en la escalinata de la basílica, custodiada por toda una procesión de estatuas de los santos, sino alegría. El largo sufrimiento de su amigo y mentor había cesado al fin, y el alma maravillosa, la esencia de ese gran hombre, finalmente había recibido su bendita liberación y se había fundido ya con Dios. Para un hombre de fe, no podía haber mayor triunfo.

Cuando las voces del coro pontificio inundaron la plaza con el himno de clausura, los cardenales siguieron el ataúd de vuelta a la basílica; la procesión franqueó los portones de bronce situados en el centro de la fachada principal, obra maestra de Il Filarete en los que estaban representados Jesucristo, la Virgen María y los martirios de los santos Pedro y Pablo.