El cardenal
Capítulo 69
emergencias.
–Aquí es donde sus caminos se separan del de Yin. Debo tratar con él asuntos que solo atañen a la Iglesia. De parte de la Santa Sede, les agradezco el esfuerzo y el sacrificio que han consagrado a este cometido.
Las palabras no pueden expresar mi gratitud. – Donoher hizo un gesto a los dos guardias que se aproximaban-. Estos hombres les escoltarán hasta una suite privada aquí, en Ciudad del Vaticano. Lamento no poder quedarme con ustedes en estos momentos y prometo volver a verles en cuanto pueda.
–Lo entendemos -repuso Tao-. Son tiempos difíciles para su Iglesia.
–Para todos nosotros -convino Donoher-, pero incluso los tiempos difíciles acaban pasando.
Capítulo 69
El chófer de Donoher aparcó el sedán en la Piazza del Forno y el camarlengo condujo a Yin y Velu hasta un acceso lateral del Palacio Apostólico. Los pasillos habían sido despejados y solo los ocupaba la Guardia Suiza; encontraron la antesala de la Capilla Sixtina vacía.
–¿Por qué me han traído aquí? – preguntó Yin al caer en la cuenta de dónde se encontraba-. Solo soy un obispo.
–En el corazón del papa León, usted ha sido cardenal durante muchos años -contestó Donoher-, y aunque es cierto que no puede votar, sí tiene una función que desempeñar.
Donoher tocó a la puerta y, dentro, el deán del colegio cardenalicio ordenó que la abriesen.
Yin miró al interior de la capilla y vio que ciento diecisiete hombres ataviados con el hábito coral de color escarlata le devolvían la mirada.
Incluso los cardenales que habían estado demasiado enfermos para asistir a las votaciones estaban allí presentes.
«Hágase tu voluntad», oró Yin, y cruzó el umbral de mármol.
Velu ocupó su asiento y Donoher acompañó a Yin hasta el altar. El cardenal deán más joven abandonó la capilla para convocar al secretario del colegio cardenalicio y maestro de ceremonias litúrgicas pontificias.
Donoher y Yin se detuvieron a contemplar El Juicio Final de Miguel Ángel, de espaldas a la congregación de cardenales.
–¿Sabe ahora por qué está aquí? – preguntó Donoher con voz tenue.
–Durante el vuelo nos dijeron que hoy se ha visto salir humo negro en tres ocasiones.
–Solo ha habido una votación hoy, pero tuvimos que esperar a que usted llegara. Ha sufrido un calvario inimaginable, solo para presenciar esto.
Quiero que sepa que no está obligado a aceptar la designación.
–Jesucristo tampoco estuvo obligado a aceptar su sino en Getsemaní -
repuso Yin-. Pero lo hizo, y yo también pongo mi voluntad en manos de Dios.
–El voto ha sido unánime -le informó Donoher con ternura-. Una señal de Su voluntad como jamás había visto otra.
El cardenal deán regresó acompañado de dos arzobispos, a quienes llevó a un lado del altar. Ambos sintieron curiosidad ante la presencia de otro obispo en la capilla y supusieron que se encontraba allí en calidad de apoyo espiritual por voluntad del camarlengo.
–Es la hora -anunció Donoher.
Ambos se volvieron hacia los cardenales. Acto seguido, Donoher bajó del altar y dejó a Yin solo.
Scheuermann, el cardenal deán, se acercó a Yin.
–¿Acepta la designación canónica como Sumo Pontífice? – atronó la voz de Scheuermann dentro de la capilla.
Yin tomó aire y observó a los expectantes cardenales. Tantas caras distintas, procedentes de tantas culturas y pueblos distintos… Entonces Yin recordó aquel momento en la celda, la primera vez que habló con Nolan Kilkenny; por su rescatador supo que el heredero de Pedro le había enviado.
–Sí -contestó Yin, con voz clara y fuerte.
–¿Por qué nombre desea que se le llame?
–Wenyuan, por san Pedro Liu Wenyuan, mártir de la fe.
–Por aquí, Santidad -dijo Donoher, precediendo a Yin hasta una sala situada a un lado del altar. Al llegar al umbral, se detuvo-. Esta es la Sala de las Lágrimas, pues sus predecesores han llorado tanto de alegría como de pesar en este momento. Debe pasar solo. Dentro encontrará el blanco atuendo de su santo oficio.
Donoher hizo una inclinación y regresó al altar. Yin abrió la puerta y entró. La sala era pequeña y de color rojo. Sobre una mesa encontró tres hábitos pontificios. Cada uno era de una talla diferente, pues los sastres
papales no podían tomar medidas al nuevo Papa hasta que este fuera elegido.
Yin se desvistió y dejó con cuidado la sotana negra sobre la mesa.
Durante la mayor parte de sus años como obispo había llevado uniformes penitenciarios, y en ese instante estaba abandonando de por vida el de su anterior oficio. Se probó el más pequeño de los tres hábitos y consideró que le quedaba relativamente bien; luego se probó los solideos blancos. Junto a los hábitos encontró un refulgente surtido de cruces pectorales, hermosas obras artesanales hechas con oro y piedras preciosas. Todas superaban, en todos los sentidos, a la que llevaba cuando entró en la Sala de las Lágrimas, a excepción de una.
Cogió la cruz de madera tallada a mano, la besó y se la colgó al cuello.
Las lágrimas se derramaron por sus mejillas cuando recordó la alegría de Ke Li al compartir con él aquel inconmensurable símbolo de su fe, y también lágrimas de pesar ante la certeza que albergaba su corazón de que la pequeña había muerto por su fe. Sabía que se llevaría consigo a la tumba la cruz de la niña mártir.
Yin regresó a la Capilla Sixtina como papa Wenyuan. Donoher le acompañó hasta un escabel colocado ante el altar y, una vez sentado, le puso el Anillo del Pescador en el dedo. Uno por uno, los príncipes de la Iglesia rindieron honores al nuevo Papa. Fuera, la multitud que abarrotaba la plaza de San Pedro estalló en vítores cuando vieron salir de la chimenea una voluta de humo blanco; las campanas tañeron la buena nueva.
Una hora después, Donoher salió al balcón principal de la fachada de la basílica que daba a la plaza de San Pedro. La muchedumbre fue enmudeciendo, ansiosa por conocer el nombre del nuevo Papa.
–Os anuncio una gran alegría: Habemus Papam -dijo Donoher-. Su ilustrísima Yin Daoming, obispo de Shangai, que adopta el nombre de Wenyuan.
El público dio muestra de su conformidad con vítores entusiastas: «Viva il Papa!.Los reporteros que cubrían el acon tecimiento se encontraron de pronto sin información y sin fotografías, pues un hombre extranjero del que apenas unos pocos habían oído hablar acababa de erigirse en Sumo Pontífice de la Iglesia universal.
Donoher se hizo a un lado y el papa Wenyuan emergió de las sombras para impartir la bendición apostólica urbi et orbi. «A la ciudad y al orbe.»