El cardenal
Capítulo 70
(China), 2 de noviembre
El vuelo desde el Tíbet, dentro del fuselaje sin ventanas de un transporte militar, fue uno de los más largos que había soportado Kilkenny. Tras ser rescatado a orillas del Bangong Co junto con Peng y la tripulación del helicóptero derribado, Kilkenny había sido llevado a la base militar, donde atendieron sus heridas y le confinaron en una celda individual de una prisión militar. Al margen de las preguntas rutinarias por parte del médico que le atendió, no le interrogaron. Daba la impresión de que nadie sabía exactamente qué hacer con él. £1 breve lapso de indecisión concluyó cuando una patrulla de la policía militar encabezada por Peng entró en su celda y lo escoltó hasta el avión que esperaba por ellos. Peng solo se dirigió a él en una ocasión y fue para informarle de que debía permanecer en silencio durante todo el trayecto. El tono de voz de Peng, si bien seco y distante, dejaba traslucir que le ordenaba guardar silencio por su bien.
Kilkenny advirtió que era de noche cuando aterrizaron y los guardias que lo custodiaban lo sacaron a empellones del avión y lo llevaron a un hangar próximo. Allí le proporcionaron ropa nueva, y también a Peng: el traje habitual de los ejecutivos. Kilkenny se vistió despacio, con cuidado de no tocarse las heridas ni los vendajes que las protegían. Mientras se hacía un nudo windsor en la corbata, Peng se acercó a él con unas esposas: el broche final al traje de Kilkenny.
–Cuando hayamos subido al vehículo, le pondré esto en la cabeza -le explicó Peng al tiempo que le mostraba una capucha negra-. Su finalidad es ocultar su presencia allí adonde nos dirigimos.
Kilkenny asintió.
–Al menos no es un regalo de despedida.
Peng meditó unos instantes el comentario; luego sacudió la cabeza.
–Mis órdenes se limitan a entregarle.
Kilkenny se sentó junto a Peng en el asiento trasero del monovolumen negro. Las ventanillas que le rodeaban tenían los vidrios gruesos y ahumados, y las puertas se cerraron con el ruido sordo de una coraza.
Cuando la caravana estuvo preparada para abandonar el hangar, Peng colocó la capucha a Kilkenny.
A medida que el viaje transcurría, los pensamientos de este se alejaron de los sonidos amortiguados que le envolvían y de la incertidumbre de todo cuanto le aguardaba. Por el contrario, encontró solaz en los recuerdos de su difunta esposa, Kelsey. La amarga rabia de su pérdida se había desvanecido para dar paso a la aceptación de la tragedia en sí, y a una honda gratitud por el amor que habían compartido. De todos los logros que había atesorado en la vida, del que más orgulloso se sentía era de haber estado casado con ella.
«Gracias a Dios», pensó Kilkenny, y entonces cayó en la cuenta de lo que estaba haciendo. Sus plegarias no respondían a las fórmulas memorizadas del viejo catecismo, sino que eran una expresión sincera de su agradecimiento por una relación que le había ayudado a ser como era. Y por primera vez desde la pérdida de su esposa y su hijo, descubrió que podía rezar.
La caravana se detuvo y, aún encapuchado, Kilkenny fue apeado del vehículo. Oyó el rumor de hojas secas barridas por el frío viento de la noche, y que crujieron a su paso por un camino pavimentado. Peng le condujo en silencio hasta su destino. Cuando oyó el ruido de dos puertas de madera cerrarse a su espalda, Kilkenny supo que se encontraba dentro de un edificio.
Peng le hizo detenerse; frente a sí, Kilkenny oyó una voz masculina dando una orden. Peng respondió respetuoso y le quitó la capucha a Kilkenny, quien se descubrió en un pequeño y ornamentado pabellón.
Sentado delante de él tenía a un hombre corpulento, canoso y de rostro redondeado y definido por la experiencia. Al igual que Kilkenny y Peng, el hombre vestía traje de ejecutivo, como si los tres estuvieran a punto de debatir sobre el negocio inmobiliario o el mercado de valores.
–Señor Kilkenny, ¿sabe quién soy? – preguntó el hombre sin apenas acento.
–No -contestó Kilkenny, sincero.
El hombre hizo un gesto afirmativo en dirección a Peng, que se aproximó al oído de Kilkenny.
–El hombre con quien habla es Wen Lequan, primer ministro de China.
Sea muy prudente.
–Primer ministro, es un honor conocerle -saludó Kilkenny con una cortés inclinación de la cabeza.
–Señor Kilkenny, el señor Peng le describe como un hombre de honor.
¿Me da su palabra de que no tengo nada que temer si le quitamos las esposas?
–Tiene mi palabra.
Wen indicó con un gesto a Peng que procediera. Con otro gesto igualmente sutil señaló una mesa circular y dos sillas colocadas enfrente del primer ministro.
–Por favor, tomen asiento -dijo este, más como una orden que como una petición.
Wen escrutó a Kilkenny cuando le tuvo sentado delante y reparó en que no podía mantenerse bien erguido.
–Tengo entendido que fue herido a consecuencia de sus actividades ilegales en nuestro país -comenzó Wen-. ¿Ha recibido buen trato desde que le capturaron?
–Sus médicos me han tratado muy bien, gracias.
–Señor Kilkenny, como suele ser costumbre entre sus compatriotas, seré franco: me ha colocado usted en una posición muy difícil.
–Asumo toda la responsabilidad de mis actos y acepto las consecuencias.
–Es usted un ciudadano estadounidense vinculado a la CÍA, ¿cierto?
–Sí -admitió Kilkenny.
–¿Niega la implicación de su gobierno en esta…? – Wen se interrumpió, haciendo una pausa en busca de la palabra adecuada-. ¿En esta intrusión en China e interferencia deliberada en nuestros asuntos internos?
–Esa es la verdad.
–La verdad es que hay personas que consideran hostiles sus actos contra el gobierno chino. Mis asesores militares han tildado su asalto a nuestro soberano territorio de acción bélica. La pregunta es: ¿contra quién estamos en guerra?
–¿Cree que Estados Unidos se arriesgaría a entrar en guerra con su país para liberar a un preso político? – preguntó Kilkenny.
–Si bien su presidente, al igual que sus predecesores, tiene la irritante costumbre de preguntar por ciertos criminales que se encuentran bajo la custodia de nuestro sistema judicial, estoy seguro de que la responsabilidad última de este asunto no radica en Washington. De hecho, sé que se encuentra aquí por órdenes directas del papa León XIV.
Kilkenny observó con detenimiento a Wen, pero no hizo ningún comentario sobre sus palabras.
–Peng -prosiguió Wen-, en su informe posterior al rescate de la tripulación del Shenzhou-7, usted elogió al señor Kilkenny y habló de él como de un héroe. ¿Por qué?
–Arriesgó su vida por traer de vuelta y entregar a la justicia a los responsables de aquella tragedia. Si me lo permite, y siendo cierto que sus actos han violado nuestras leyes y nuestros territorios, creo que sus motivos han sido los mismos.
–Explíquese-ordenó Wen.
–Muchos consideran la encarcelación de Yin Daoming una injusticia.
Kilkenny actuó con la única finalidad de liberar a Yin y reparar esa injusticia. Como ocurrió con el Shenzhou-7, ha sido consecuente.
Wen meditó la lógica argumentación de Peng unos instantes, y a continuación admitió su observación con un gesto afirmativo. El primer ministro cogió un sobre marrón sin marcar de la mesa que tenía junto a sí y lo dejó en la de Kilkenny.
–Ábralo -dijo Wen.
Kilkenny abrió el sobre y extrajo de él un par de fotografías en blanco y negro de diez por quince. La primera, un original, inmortalizaba a todos los niños de una clase, de semblante adusto, y a su profesor. Los pequeños llevaban uniformes idénticos, eran el futuro del Estado comunista chino. La segunda era una ampliación digital de la primera en la que destacaban los rostros de dos niños que no superaban los doce años de edad. El de la derecha lucía rasgos más delicados y era más enjuto que su compañero, pero lo que fascinó a Kilkenny fue la claridad que desprendían sus ojos.
–Esa fotografía tiene más de cincuenta años -informó Wen-. Yo soy el niño de la izquierda.
–Y el de su derecha es Yin Daoming.
–Sí. Yin y yo compartimos nuestra infancia, pero de adultos nuestros caminos se separaron. El suyo le llevó a una celda en la prisión de Chifeng, mientras que el mío me trajo aquí.
–Yin no albergaba rencores -comentó Kilkenny.
–De eso estoy seguro -repuso Wen, asintiendo con la cabeza-. Esta misión para liberar a Yin ha resultado muy costosa para usted y sus compatriotas, pero al final la han lleva
do a cabo con éxito. Y ahora los dos niños de esa fotografía lideran a un tercio de la población mundial.
–¿Qué? – exclamó Kilkenny.
–A su llegada a Roma -explicó Peng-, Yin Daoming fue proclamado Papa.
Kilkenny se desplomó en la silla, estupefacto.
–Lo cual explica la difícil posición en la que me encuentro -añadió Wen-, y por qué está usted aquí. Una hora después del anuncio del nombre del nuevo Papa, recibí un comunicado de mi antiguo compañero de clase.
Me preguntó por su paradero, señor Kilkenny, e hizo patente su interés en que usted conserve una buena salud.
–De modo que no sabe que me tienen retenido -concluyó Kilkenny.
–Su captura es un secreto de Estado. Para los que colaboraron en su operación, usted está desaparecido y presumiblemente muerto. Hacerle desaparecer sería una tarea fácil. Otros me aconsejan someterle a juicio y sacar a la luz la conspiración occidental que violó nuestro soberano territorio.
–Si está buscando opciones, podría dejarme marchar -propuso Kilkenny, irónico.
–Eso es lo que propuso su Papa. En los últimos años se han mantenido conversaciones con objeto de normalizar las relaciones entre China y el Vaticano, pero se quedaron en eso: meras conversaciones. La historia entre ambos Estados es larga y, en ocasiones, turbulenta. Hay demasiada desconfianza por ambas partes y este incidente solo augura que esa grieta se agrandará.
–El papa León temió eso mismo tras conocer la verdad del trágico incendio en el teatro -dijo Kilkenny-. Y la fuga de Yin es una afrenta a su orgullo nacional.
Wen asintió.
–No obstante, a diferencia de su predecesor, señor Kilkenny, el nuevo Papa comprende la importancia de guardar las apariencias. En lugar de dar a conocer públicamente su liberación, lo cual sin duda degradaría a China a los ojos del mundo, el papa Wenyuan se ha mostrado como símbolo de la generosidad china.
–Dios mío -musitó Kilkenny-. Su mera llegada a Roma ha debido de ser tan impactante como su elección, y los medios de comunicación deben de
estar volviéndose locos para entender algo. ¿Y él le ha ofrecido que se lleve usted el mérito de la liberación?
–Un gesto unilateral de buena voluntad por parte de la República Popular China -confirmó Weng como citando un guión- que satisface un deseo que el difunto pontífice albergó durante años y con la sincera esperanza de que las relaciones con el Vaticano mejoren en el futuro. Yin es un hombre muy astuto.
–Es mucho más que eso. Pese a su larga reclusión, Yin no alberga la menor animadversión contra el gobierno chino. Les ha perdonado y reza por ustedes. ¿De modo que lo único que tiene que hacer para conseguir un refrendo humanitario por parte del Santo Padre de la Iglesia católica es dejarme marchar discretamente y hacer como si nada de esto hubiese ocurrido?
–Existen otros detalles: la repatriación de los cadáveres de sus camaradas caídos y la promesa de reservar el espacio que ocupaba el teatro incendiado para construir una iglesia católica en Pekín.
–Es probable que esté siendo algo partidista, primer ministro, pero el trato me parece muy razonable.
–A esa conclusión he llegado también yo. Obviamente, el trato conlleva que todas las partes implicadas refrenden la versión de los hechos que ha dado el Papa.
–Si no me falla la memoria -repuso Kilkenny-, he pasado el último mes en Roma trabajando en un modesto proyecto para la Biblioteca Apostólica Vaticana.
–Excelente. Peng, todo está ya dispuesto. Escoltará al señor Kilkenny a Roma.
–Sí, primer ministro -accedió Peng.
–Una última reflexión antes de que abandone China, señor Kilkenny: mi aceptación de la oferta del Papa en modo alguno merma mi indignación ante lo que ha hecho usted. En cuanto salga de nuestro país, jamás regresará. Y ahora, váyase.
Kilkenny y Peng se pusieron en pie y ofrecieron una respetuosa inclinación a Wen, quien les despachó con un gesto de la mano. Una vez fuera del pabellón, uno de los asesores del primer ministro entregó a Peng un dossier que contenía la documentación para el viaje y el itinerario que seguirían hasta dejar a Kilkenny en Roma.
–¿Tengo que volver a ponerme la capucha? – preguntó Kilkenny al subir al monovolumen negro.
–No, es usted un hombre libre.
Incluso viendo solo su silueta nocturna, Kilkenny se maravilló ante la belleza de Zhongnanhai. El vehículo transitó por la carretera que serpenteaba alrededor del lago meridional y que cruzaba la Puerta de la Nueva China. Cuando la franqueó, Kilkenny miró por la ventanilla izquierda y vio barricadas que bloqueaban la calle y, algo más allá, una inmensa aglomeración de personas bañadas por la luz de los faros provisionales. Los estandartes ondeaban al viento y muchas personas enarbolaban eslóganes e imágenes.
–¿Qué es eso? – preguntó Kilkenny.
–La plaza de Tiananmen. Mucha gente se ha reunido para celebrar la elección del Papa chino.
–¿Y el gobierno no intenta detenerles?
–No -contestó Peng-. De momento no se han producido disturbios y la multitud es considerable.
–Dado que es más que probable que esta sea mi última visita a China,
¿le importa que eche un vistazo?
Peng asintió.
–Yo también siento curiosidad.
Peng indicó al chófer que enfilara aquella calle; la policía uniformada que vigilaba a la muchedumbre no cuestionaría la presencia de un vehículo con matrícula oficial. Mientras pasaban entre las barricadas, las inmensas dimensiones de la plaza asombraron a Kilkenny, como también lo hizo la marea humana que la atestaba.
–Debe de haber miles de personas aquí.
–Los cálculos superan el millón -dijo Peng-. Por lo visto multitudes similares abarrotan las calles de Hong Kong y de Shangai, y de otras ciudades no tan grandes.
–Quién iba a imaginar que algún día la plaza de Tiananmen se convertiría en una extensión de la de San Pedro -caviló Kilkenny en voz alta.
Los congregados coreaban ensalmos y cánticos; Kilkenny conocía solo algunos de ellos. La muchedumbre que les rodeaba entonó al unísono una