El cardenal
Capítulo 11
Langley, Virginia
Jackson Barnett pulsó el botón de la séptima planta, un gesto tantas veces repetido que ya no requería la voluntad consciente de hacerlo, algo de agradecer, pues otros asuntos más delicados ocupaban sus pensamientos. El director de la CÍA sabía que las actividades que la agencia llevaba a cabo en naciones hostiles a Estados Unidos entrañaban siempre un grado de riesgo para los hombres y las mujeres que participaban en ellas. Y nada entristecía más a Barnett que las lóbregas asambleas que se celebraban en aquel vestíbulo cavernoso, en las que él era el encargado de descorrer la cortinilla sobre cada nueva incorporación a la constelación de estrellas negras cinceladas en la pared de mármol blanco, estrellas que representaban las bajas de la CÍA.
Las puertas se abrieron y Barnett se dirigió con paso firme a su despacho.
–¿Está establecida la conexión? – preguntó Barnett al llegar al escritorio de su ayudante, Sally Kirsch.
–Le están esperando -contestó Kirsch.
Al entrar en el despacho, la mirada de Barnett se clavó de inmediato en el monitor plano y rectangular que alguien había dispuesto contra la pared.
La conversación entre las dos personas que aparecían en él cesó en cuanto Barnett accedió al objetivo de la cámara, colocada sobre la pantalla. En la mitad derecha de la imagen se veía a Kilkenny, sentado probablemente en la misma sala de reuniones del Vaticano desde la que Donoher había conversado con el presidente pocas horas antes. Kilkenny parecía cansado y algo desaseado, aunque Barnett le había visto en peores condiciones varias veces en el transcurso de los últimos años.
Virtualmente, al lado de Kilkenny -si bien en realidad se encontraba en una sala de reuniones del MARC en Ann Arbor (Michigan)-, esperaba una hermosa joven de larga melena negra y ojos almendrados. Roxanne Tao iba impecablemente vestida con un traje entallado. Barnett sabía que era muy buena profesional, capaz de adecuar sin remilgos su apariencia y su actitud a las exigencias de las misiones que se le encomendaban. Clavado a una solapa, Tao llevaba un carácter chino de oro que representaba la palabra Qi,
la firma de capital de riesgo respaldada por la CÍA y que ella representaba en Ann Arbor.
–Buenos días, Roxanne -saludó Barnett con su cálida voz de barítono de Carolina del Sur-. Espero que esta precipitada reunión no te desbarate demasiado la agenda del día.
–Nada que no pueda posponer -repuso Tao.
–Buenas tardes, Nolan.
Kilkenny respondió al somero saludo con un gesto afirmativo mientras tomaba un sorbo de Coca-Cola Light. Barnett dejó el maletín en el suelo, junto al escritorio, pero se quedó de pie. Fiscal antes de embarcarse en una larga y distinguida trayectoria en la agencia, Barnett tenía la impresión de ser más eficaz y ocurrente cuando pensaba de pie.
–¿Te ha informado Nolan de su último proyecto? – preguntó Barnett a Tao.
–No, estábamos poniéndonos al día. Parece que las cosas andan algo desquiciadas en Roma.
–Sí, no me cabe la menor duda de que en todo esto hay un componente de locura.
Kilkenny observaba a Barnett con curiosidad. Donoher le había advertido de que al DCI no le entusiasmaba en absoluto la operación.
–Vengo directamente de la Casa Blanca -prosiguió Barnett, mirando a Tao-. El presidente y yo hemos mantenido una conversación de lo más interesante con el cardenal Donoher. Como sabrás, o tal vez no, el cardenal es responsable de la contratación de Nolan como consultor en el Vaticano.
Tras la muerte del Papa, el cardenal Donoher asumió la responsabilidad de la administración de la Ciudad del Vaticano y la Santa Sede. El objeto de nuestra conversación ha sido un obispo católico y disidente chino llamado Yin Daoming. ¿Tienen alguna referencia del obispo Yin?
–Para muchos de sus compatriotas, el obispo Yin es una figura heroica, un hombre de coraje y honor notables -respondió Tao-. Es un crimen que esté preso.
–Lamento admitir que hasta hace varios días no sabía quién era -
intervino Kilkenny.
–No es de sorprender -comentó Tao-. No se le conoce mucho fuera de China, y en China su nombre se pronuncia con extrema discreción.
–Nolan, ¿te importaría poner al corriente a Roxanne de lo que has estado haciendo al servicio del Vaticano? – le pidió Barnett.
–Voy a sacar de China al obispo Yin y necesito tu ayuda.
–Por supuesto -repuso Tao-. ¿Qué necesitas?
–Viviste mucho tiempo en China. Necesito tu experiencia. Y también cierta infraestructura allí, de modo que si conservas algún contacto de confianza, nos irá de perlas. Y cuando lleguemos, te tengo reservado el papel de tu vida.
–Estoy seguro de que Nolan no te pediría que volvieras a poner los pies en China si tuviera la menor idea del riesgo que ello conlleva tanto para ti como para la misión -le dijo Barnett a Tao-. Dado que he recibido la orden de proporcionaros la cobertura y los medios que necesitéis, me siento obligado a desvelar el trabajo que realizaste en China en el pasado. –
Barnett se volvió hacia Kilkenny-. Y ahora que he autorizado oficialmente que dispongas de esta información dentro del marco de segundad pertinente, debes conocerla. Roxanne, adelante.
Mientras Tao ordenaba sus pensamientos, Barnett se sentó en un sillón de cuero marrón, asegurándose antes de permanecer en el campo de visión de la cámara.
–Durante los ocho años anteriores a mi llegada a Ann Arbor, fui agente de la CÍA en Pekín. Era, según la nomenclatura de mi profesión, una ilegal.
No tenía papeles, ni inmunidad diplomática, ni condición de ciudadana estadounidense. Si me hubiesen apresado, me habrían llevado a juicio por espionaje y, tras un interrogatorio intensivo, me habrían ejecutado. Esas eran las normas que regían mi existencia.
»Durante esos ocho años, pasé por ciudadana china. Organicé varias células en diferentes ministerios gubernamentales y empresas. Mis agentes nos proporcionaban gran cantidad de información secreta sobre las acciones y las intenciones de Pekín, información que llevó incluso a desmantelar una red de espionaje china que operaba en Estados Unidos.
»En China, también me inventé un pasado y entablé relación con mucha gente que no tenía ninguna relación con mi trabajo. Incluso me enamoré y estuve prometida. Me convertí en la persona que fingía ser, encarné el papel como si hubiese nacido para él, como si Roxanna Tao, de California, fuese ficticia y Chen Mei Yue, de Pekín, fuese real. Comprendí que viviendo con el temor permanente a que en cualquier momento el gobierno pudiera
detenerme no me diferenciaba demasiado del resto de mis presuntos compatriotas. El pueblo chino lleva miles de años sumido en una especie de paranoia inducida por el gobierno.
»Pasé gran parte del último año a la carrera; me habían descubierto y mi vida en China se había desmoronado. Muchas de mis células quedaron expuestas; detuvieron y mataron a mis agentes. Varios se inmolaron para protegerme. Algunos siguen allí, latentes, con el temor a que el siguiente que llame a su puerta sea la policía, o tal vez yo.
Kilkenny observó atentamente a Tao mientras la joven hablaba, y sintió angustia y alivio por partes iguales. Las reglas de confidencialidad a las que vivía sujeta la obligaban a obviar ocho años de su vida, a reprimirlos en su memoria como algo que no le pertenecía del todo y cuya existencia jamás podría admitir.
–El mismo éxito de la operación de Roxanne en China abonó el terreno para que acabaran por descubrirla -añadió Barnett-. Los chinos sabían que se tramaba algo, pero no tenían modo de averiguar su envergadura. Por ello, y estando muy versados en las doctrinas de Sun Tsu, encontraron un
«contraespía» aquí, en Langley, que aceptó su generosidad a cambio de información. La carrera del caballero en cuestión como topo no duró lo suficiente para gastar ni siquiera un centavo de las riquezas que amasó con sus servicios, pero el daño que causó, en términos humanos, fue inmenso.
Chen Mei Yue es una conocida espía estadounidense. Los chinos tienen fotografías de ella, sus huellas dactilares, e incluso es probable que también su ADN, pues abandonó el apartamento instantes antes de que llegara la policía, dejándolo todo como estaba. Chen sigue siendo una fugitiva en busca y captura. Pedir a Roxanne que vuelva a China es equiparable a pedirle que se suicide.
–No obstante, voy a ir -declaró Roxanne.
–No puedo pedirte que lo hagas -le dijo Kilkenny.
–Tampoco puedes pedirme que me mantenga al margen -replicó Tao-. Y
menos ahora que sé lo que persiguen. Es probable que yendo me arriesgue, pero ¿acaso no te arriesgas mucho más tú yendo sin mí?
–Roxanne -intervino Barnett-, mi consejo es que no vayas a China.
–Voy a ir acompañado por un grupo de carnívoros -informó Kilkenny-, todos ellos tiarrones capaces de arreglárselas solos si la merde alcanza el ventilateur élèctrique. No es necesario que vayas.