El cardenal

Tom Grace · Capítulo 44 de 74

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El cardenal

Capítulo 44

–Le sacaré de China -prometió Kilkenny.

Han se acercó a ellos; los otros dos pilotos se encontraban a los mandos del BAT-2.

–Lamento interrumpir -dijo Han-, pero tenemos reunión para coordinar la próxima etapa.

–Si me disculpa, ilustrísima.

Yin inclinó la cabeza con respeto y Kilkenny se alejó con Han. El anciano observó atentamente al hombre que había planeado su rescate y se sintió consternado por la inmensa responsabilidad que pesaba sobre sus hombros.

Capítulo 44

Ciudad del Vaticano

–Tiene usted un aspecto magnífico vestido de cura -declaró Donoher, algo divertido por la evidente incomodidad de Grin.

Estaba a punto de anochecer y Grin acababa de personarse en el vestíbulo de la Escuela de Mosaico ataviado con una sotana negra y el tradicional alzacuellos. Las mangas largas ocultaban su fantasioso tatuaje y solo las garras del leopardo corporativo de la marca Chuck Taylor de las deportivas de lona que llevaba asomaban por debajo del dobladillo.

–Sí, sí, pero o la escasez de personal en la Iglesia es más grave de lo que se dice o usted necesita actualizar sus criterios estéticos.

–Si no recuerdo mal, san Ignacio de Loyola vivió toda una vida antes de cambiar de «criterios» -comentó Donoher mientras acababa de ajustar la sotana a Grin-. Con todo, pasaría antes por sacerdote que por miembro de la Guardia Suiza.

–Vestido así, tengo la sensación de que Dios me va a borrar del mapa en cuanto tenga ocasión.

–Mi visión personal de Dios es la de un ser justo que combina el perdón infinito con un irónico sentido del humor.

–Si este atuendo nos ayuda a sacar a los nuestros de China, creo que soportaré unas cuantas carcajadas del Todopoderoso. Entonces, ¿la capilla está limpia?

–Proverbialmente limpia -contestó Donoher, desalentado-. No se ha encontrado el menor indicio de nada ni dentro ni fuera.

–Lo cual desvía las sospechas hacia los cardenales. Es posible que estemos enfrentándonos a una nueva tecnología.

Donoher asintió.

–Sí, pero, como diría su héroe Occam, primero debemos descartar la causa más probable, por muy ingrata que sea. Mientras el cónclave esté reunido, espero que usted y el equipo de búsqueda no dejen piedra por levantar.

–Como comprenderá, nos llevará tiempo. ¿Qué ocurrirá si se elige al nuevo Papa antes de que obtengamos las respuestas que buscamos? –

preguntó Grin.

–Si eso ocurre, jamás sabremos si algún cardenal traicionó a la Iglesia.

Después de que los cardenales abandonaran sus aposentos, Grin se reunió en el vestíbulo del Domus Sanctae Marthae con varios miembros de la Guardia Suiza vestidos de paisano y dos técnicos de total confianza especializados en la Constitución Apostólica para ayudar al camarlengo a garantizar el secreto y la seguridad del cónclave. Los dos técnicos, Aldo y Tomasso, tenían un aire fatigado tras haber pasado toda la noche registrando la Capilla Sixtina y las salas adyacentes del palacio en busca de dispositivos de escucha electrónicos. Los guardias designados para la búsqueda se pusieron en posición de firmes cuando Grin se acercó a ellos.

–Muy bien, chicos -les dijo Grin a los soldados-. ¿Quién está al mando?

Un joven esbelto de rasgos cincelados y pelo de color paja avanzó un paso.

–Yo. Teniente Tag Jordán.

–Bien, Tag. Por favor, dígales a sus hombres que se relajen. Agradezco su profesionalidad y todo eso pero no es necesario.

–Sí lo es -le corrigió Jordán-. Usted representa al camarlengo y él es el responsable de la Iglesia. No le daremos un trato diferente que al representante personal del Papa. Si eso le hace sentir más cómodo, puedo ordenar a mis hombres que descansen.

–Por favor.

Jordán bramó la orden en un seco alemán, y los soldados separaron los pies a la altura de los hombros y unieron las manos a la espalda. Todos permanecieron rígidos como una baqueta; una peonza podría haber danzado en su cabeza.