El cardenal

Tom Grace · Capítulo 57 de 74

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El cardenal

Capítulo 57

–Sí: Leh -contestó Grin-. Está en el centro de Ladakh y es el único aeropuerto comercial de la región.

–En cuanto crucen la frontera estarán en la India, pero en situación ilegal y sin documentación -caviló Donoher-. Y para colmo, con un aspecto bastante creíble de soldados chinos, a excepción de Nolan.

–O de hombres que buscan asilo político. ¿Cree que los indios devolverían a Yin a China?

–Lo dudo. La India y China no son los mejores vecinos del mundo, pero precisamente por eso no queremos que los indios encierren a los nuestros en la cárcel. Necesitamos enviar a alguien a Cachemira para que ayude a facilitar las cosas cuando lleguen. Y es probable que también nos hagan falta unas cuantas palabras amables de Washington por medio de algún canal trasero, para que la situación se decante a nuestro favor.

–¿Barnett?

Donoher asintió.

–Por favor, pídale a la hermana Deborah que establezca una videoconferencia con él dentro de una hora. Mientras tanto, voy a hablar con el cardenal Velu para que nos eche una mano.

Capítulo 57

Tíbet, 1 de noviembre

El primer atisbo del amanecer pintó una línea de azul intenso a lo largo del horizonte oriental y borró del cielo las estrellas más tenues. La luna creciente pendía justo sobre las escarpadas montañas, hacia el oeste, como aguardando a que el sol saliera para esconderse. Kilkenny estaba sentado a los mandos del BAT-1; sobrevolaba uno de los paisajes más sobrecogedores del planeta y lamentaba tener que contemplarlo a través de los filtros verdes y negros del sistema de visión nocturna.

–Ya tengo las estadísticas -informó Han.

–¿Son muy malas? – preguntó Kilkenny.

–El viento de la meseta nos perjudicó bastante.

–Lo sé -confirmó Kilkenny-. Deberíamos estar ya en la India. ¿Alguna buena noticia?

–Estamos empezando a recuperar parte del tiempo perdido.

–¿Suficiente para cruzar la frontera antes del amanecer?

–Nos vamos a quedar a un paso, aunque si tuviéramos viento de cola en el último valle podríamos conseguirlo.

–¿Estás preparado para volver a pilotar? – preguntó Kilkenny.

–Sí, y gracias por el respiro -contestó Han-. Me dolían terriblemente los hombros después de sostener aquel viento.

–Llévanos al otro lado de la frontera y te buscaré la mejor masajista india para que te alivie ese dolor.

–Siempre trabajo mejor con un incentivo.

–Eh, yo también quiero uno -protestó Gates desde el BAT-2, y el resto de soldados corearon su petición.

–Caballeros, dado que literalmente nos encontramos en una misión de Dios -repuso Kilkenny-, mi conciencia me impide prometerles un viaje con todos los gastos pagados al Kama Sutra Spa y Fornicatorium. – Un gruñido invadió los oídos de Kilkenny-. Sin embargo, autorizaré con sumo gusto que una auténtica masajista nos ayude a librarnos del daño en articulaciones y músculos que nos han ocasionado estos largos trayectos aéreos y una barra libre para proveernos de alimento espiritual.

–¡Eh, sí! – bramaron al unísono Gates, Chun y Chow, por encima del coro de otras respuestas positivas, si no profanas.

Kilkenny conocía aquel sentimiento. Los hombres empezaban a alterarse a medida que se acercaba el final de la misión.

–Sistema de comunicación bidireccional con Kilkenny -dijo Tao.

Las voces se desvanecieron en los oídos de este.

–Nolan -dijo Tao-, echa un vistazo a Yin.

Kilkenny volvió la mirada sobre el hombro y vio al obispo chino reclinado en su asiento, con los brazos cruzados sobre el pecho, inmóvil y en silencio.

–¿Está…?

–Dormido -le atajó la joven-. Acabo de comprobarlo y duerme como un tronco. No se ha movido en horas.

–Me alegro. Le irá bien.

–Así que estamos cerca de la frontera -se interesó Tao.

–Sí. Solo espero que podamos cruzarla antes del amanecer; de lo contrario, tendremos que hacer otra escala.

–¿Cuándo lo sabrás?