El cardenal

Tom Grace · Capítulo 4 de 74

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El cardenal

Capítulo 4

granjeándose enemigos políticos. A la luz de lo que acababa de saber, Kilkenny se sentía obligado a interpretar de forma literal la respuesta del prelado.

–¿Cuánto más? – preguntó Kilkenny.

–Eso es lo que estás a punto de averiguar, pero antes tengo que pedirte que guardes absoluto secreto de todo cuanto has averiguado hoy.

–Tienes mi palabra.

–Bien -concluyó Donoher con una sonrisa-, porque Su Santidad nos espera.

Capítulo 4

Donoher precedió a Kilkenny hasta una entrada lateral de la Capilla Sixtina. Tras salvar un puesto de paisano del cuerpo de seguridad de la Guardia Suiza, subieron a la planta superior del Palacio Apostólico. Al llegar a las dependencias papales, un hombre alto y delgado se acercó a recibirles. El atuendo del secretario personal del Papa se asemejaba al de Donoher, salvo por los detalles, que eran del color carmesí del amaranto.

–Eminencia -saludó el arzobispo Sikora a Donoher con sumo respeto antes de besarle el anillo.

–Arzobispo, me alegro de volver a verle -repuso Donoher-. Hoy me acompaña el señor Kilkenny.

–Excelencia… -dijo Kilkenny.

–¿Se encuentra hoy mejor Su Santidad? – preguntó Donoher.

–Algo mejor. Os espera en la capilla Redemptoris Mater. Por aquí, por favor.

El arzobispo les guió por el segundo corredor de Bramante hasta la capilla pontificia, consagrada a la Madre del Redentor. Construida en el siglo XVI por el papa Gregorio XIII como capilla Matilda, la sala había experimentado una concienzuda restauración a finales de la década de 1990.

Kilkenny se sintió perplejo al abandonar el austero vestíbulo renacentista y acceder a un espacio que recordaba a una iglesia ortodoxa oriental. Mosaicos de asombrosa belleza adornaban las paredes de la capilla, escenas del Nuevo Testamento ilustradas según la tradición iconográfica bizantina. Una imagen del Nuevo Jerusalén llenaba la pared que quedaba tras el altar de mármol y, en el techo, Kilkenny vio una cruz

blanca y el pantocrátor. A pesar de su moderna restauración, la capilla poseía un aura de intemporalidad.

En mitad del esplendor de la capilla, el papa León XIV oraba sentado.

El trono del Papa descansaba contra la pared posterior de la capilla y formaba un todo permanente con el facistol y el altar. Sikora les indicó con un gesto que esperaran junto a la puerta y se acercó al pontífice. Se postró al pie del trono, acercó la cabeza a la del Papa y le habló con voz tenue.

Kilkenny vio que el Papa asentía, y el arzobispo les indicó que se acercaran.

Elegido cuando Kilkenny aún era niño, el hombre que tenía sentado frente a sí era el único Papa vivo que alcanzaba a recordar. La edad y los achaques habían erosionado el vigor juvenil del jefe de la Iglesia durante su largo pontificado. Con los hombros caídos, el cuerpo del Sumo Pontífice parecía encogerse, como si tratara de recuperar las mismas dimensiones que tenía al nacer. El Papa alzó la vista y alargó una trémula mano hacia sus visitantes.

–Santidad -dijo Donoher con una marcada reverencia al postrarse y besar el anillo pontificio.

Kilkenny hizo lo propio y el Papa les invitó a tomar asiento. Mientras ambos ocupaban sendas sillas, Sikora abandonó la capilla y cerró las puertas a su paso.

–Lamentamos interrumpir las meditaciones de Vuestra Santidad -

empezó a decir Donoher, pero el Papa rechazó las disculpas con un leve gesto de la mano.

–El asunto que han venido a debatir está incluido en mis plegarias desde hace ya algún tiempo. ¿Es este el joven del que hemos hablado?

–En efecto -confirmó Donoher.

El Papa lo escrutó y Kilkenny se sintió de inmediato abrumado por la intensidad y la claridad de su mirada. Arropado en el caparazón marchito de su cuerpo, afloraban un espíritu y un intelecto cuyas fuerzas parecían conservarse intactas.

–Señor Kilkenny, esta capilla fue un regalo de los cardenales y me ha reportado una paz inmensa. ¿Sabe lo que representa?

–No, Vuestra Santidad, lo desconozco.

–La construcción de esta capilla se inspiró en un sermón pronunciado por un sacerdote jesuita llamado Tomas Spidlik -explicó el Papa-. El sermón versaba sobre la necesidad de que en el tercer milenio la Iglesia

respirara con dos pulmones: el de Oriente y el de Occidente. Este espacio respira con dos pulmones y simboliza la unidad en el seno de la Iglesia católica.

–Ciertamente es magnífica.

El Papa asintió.

–Solicité reunirme con usted porque hay algo que quiero que vea.

El Papa señaló en dirección a los mosaicos que tenía a sus espaldas. La imagen, que ocupaba la totalidad de la pared, reavivó al instante en la memoria de Kilkenny los recuerdos aletargados de las clases de teología en el instituto. Ilustraba la parusía, el segundo advenimiento de Cristo; en la Tierra estaban aquellos que habían sido devueltos a la vida, la promesa cumplida de la resurrección.

–¿Ve usted al hombre y a la mujer que quedan cerca de los dos extremos de la pared, y que encabezan las procesiones de los fieles? – preguntó el Papa.

–Sí-contestó Kilkenny-. ¿Quiénes son?

–María, la madre de Jesús, a quien está dedicada esta capilla, y san Juan Bautista. Por favor, observe con detenimiento las personas a las que guían de vuelta a la vida.

Kilkenny se puso en pie para estudiar con detalle las procesiones y trató de averiguar quién se habría granjeado el privilegio de ser conducido al reino de los cielos por dos de las figuras más próximas a Cristo. Entre los devueltos a la vida se encontraba una figura ataviada con una especie de pijama de rayas, una víctima de los campos de concentración de Hitler.

Recordó entonces que durante la Segunda Guerra Mundial el Papa y sus compañeros seminaristas escondieron a judíos polacos para salvarlos de los nazis; los horrores de Auschwitz estaban teniendo lugar a pocos kilómetros de Cracovia.

–Son mártires -aventuró el joven-. Personas que murieron por su fe.

–Sí. Mártires de todos los tiempos, entre ellos las víctimas del nazismo, el comunismo y el fanatismo islámico. Quería que los viera porque en la actualidad sigue habiendo mártires. Ahora, por favor, siéntese y le informaremos.

Kilkenny regresó a su silla, al lado del cardenal.

–Háblele del incendio -pidió el Papa a Donoher.

–Imagino que has sabido del incendio que hubo el pasado agosto en un teatro de Pekín.

Kilkenny asintió.

–El lugar era una trampa mortal, todas las salidas estaban cerradas. Fue un accidente espantoso.

–No fue un accidente -declaró Donoher-. Y la práctica totalidad de las víctimas de aquellas llamas eran católicos.

El Papa agachó la cabeza.

–Más de quinientos mártires.

–Quienes gobiernan la República Popular China opinan que la religión y la democracia constituyen las principales amenazas a su privilegiada posición -explicó Donoher-. Desde 1949, el catolicismo se ha considerado un culto ilegal y se ha exigido su supresión. No habíamos atestiguado atrocidades como las que se están cometiendo contra nuestros hermanos chinos desde los albores de la Iglesia.

–Palizas, violaciones, encarcelaciones, ejecuciones. – La voz del Papa flaqueaba al recitar la letanía de crímenes-. Es una guerra de la fe contra la impiedad.

–La persecución religiosa es algo a lo que ya están habituados los católicos en China -prosiguió Donoher-, y el motivo por el que muchos ciudadanos chinos siguen aferrados a su fe es el obispo de Shangai, Yin Daoming.

–No he oído hablar de él -admitió Kilkenny.

–No me sorprende -repuso Donoher-. El obispo Yin no es muy conocido fuera de China y lleva encarcelado casi tantos años como los que tú tienes.

Yin nació en el seno de una familia católica en plena guerra mundial, pero con la llegada al poder de los comunistas recibió su educación religiosa en secreto. Como sacerdote clandestino, Yin fue decisivo para mantener unida e íntegra a la comunidad durante la Revolución Cultural. Gracias a sus esfuerzos acabó siendo obispo, pero también se convirtió en un objetivo para Pekín. Se negó a abandonar a su gente, por lo que finalmente fue detenido y encarcelado. El obispo Yin estaba en el teatro la noche del incendio. El gobierno le hizo salir al escenario y le exigió que rechazara a la Iglesia de Roma y al Santo Padre.

–Deduzco que no lo hizo.

–Podría decirse que su primer sermón en treinta años fue una expresión sucinta de su postura -explicó Donoher con admiración-: «Larga vida a Cristo Rey. Larga vida al Papa».

–Eso mismo fue lo que me dijo Hwong.

–Profesión a una fe por la que ella y muchos otros están dispuestos a morir. A lo largo de todo el período de reclusión del obispo, el Vaticano ha intentado, en vano, negociar con Pekín su liberación. Para entablar cualquier clase de diálogo, los chinos comunistas exigen a la Santa Sede que rompa todo vínculo con Taiwan y con el medio millón de católicos que residen en ese país. No podemos abandonar a unos para favorecer a los otros.

El Papa se había recluido en sus rezos mientras Donoher hablaba.

Cuando el cardenal concluyó, abrió los ojos y puso una mano en el hombro de Kilkenny.

–Hay dos secretos muy importantes que necesito compartir con usted.

¿Puedo confiar en que los guardará en el corazón?

–Vuestra Santidad debe darlo por supuesto -respondió Kilkenny, ansioso.

Sintió una mayor presión en el hombro; la mano del pontífice le apretaba con sorprendente fuerza. Los acerados ojos azules del Papa se clavaron en los suyos y Kilkenny percibió el auténtico fuego interno de aquel hombre santo.

–El cardenal Donoher sabe lo que sabe de la Iglesia en China y en el resto del mundo porque ese es su deber. Es el responsable del servicio secreto de inteligencia del Vaticano. – El Papa hizo una pausa para tomar aire y dejar que Kilkenny asimilara la revelación-. Pocas personas conocen este primer secreto y, hasta ahora, solo yo conocía el segundo: Yin Daoming es cardenal de la Iglesia católica. Le proclamé cardenal in péctore

-confesó el Papa al tiempo que se llevaba la otra mano al pecho, sobre el corazón- hace más de veinte años.

–Nolan -intervino Donoher con voz grave-, Su Santidad acaba de hacernos partícipes de su más preciado secreto con respecto a Yin Daoming. Puedes estar seguro de que si su secreto llegara a Pekín, las consecuencias serían nefastas.

–No pondré en peligro al cardenal Yin -juró Kilkenny, con la mirada aún fija en los ojos del Santo Padre.