El cardenal
Capítulo 18
Los cardenales avanzaron con aire solemne por la nave y ocuparon el espacio situado bajo la gran cúpula, alrededor del Confessio y el baldaquín.
Los portadores del féretro hicieron una pausa frente al entrepaño donde la estatua del mítico san Longino, de Bernini, se alzaba con la lanza que había herido a Cristo en un costado, y después descendieron la escalinata que llevaba a la gruta abierta bajo la basílica. Allí, los sampietrini colocaron en la tapa del ataúd bandas rojas con los sellos del Papa y del Vaticano. A continuación, se introdujo el ataúd en otro de cinc, y este en otro más de madera de nogal que lucía el nombre de León y su escudo de armas.
Clérigo humilde, el papa León había decidido poco después de acceder al pontificado renunciar al sepelio pontificio tradicional, al elaborado sarcófago de mármol, siendo su deseo ser sencillamente enterrado en la tierra.
–Señor, concédele reposo eterno -recitó Donoher al final de la ceremonia. Su voz grave resonó en la cámara subterránea-. Y que la luz eterna lo ilumine.
Todos los presentes en la cripta entonaron el Salve Regina; Donoher fijó la mirada en el sepulcro del papa León XIV y pensó en otro hombre santo confinado a un agujero oscuro a medio mundo de allí.
Capítulo 18
27 de octubre
–La larga espera ha llegado a su fin -anunció el cardenal Gagliardi con voz grave.
El cardenal era un hombre de tez morena, ascendencia siciliana y ojos oscuros que parpadeaban tras unas gafas de montura de alambre dorado.
Pese a sobrepasar en diez kilos el peso recomendado por su cardiólogo, la complexión achaparrada y fornida de Gagliardi soportaba fácilmente el exceso. Envejecía bien en comparación con los de su generación; tan solo unos pocos mechones grises habían aparecido ya en su poblada cabellera negra.
Estaba sentado a una mesa grande y redonda, de un lustre vítreo y con patas ricamente talladas. Un grupo de cuatro hombres lo acompañaban y escuchaban con sumo respeto al cardenal; todos compartían edad y ejercicio del poder: Spontini había sido enviado por la Cupola, el consejo directivo de la mafia siciliana; el napolitano Bruni hablaba en nombre de la Camorra,
mientras que Farinacci y Grasso representaban, respectivamente, los intereses de la indrangheta calabresa y la apuliana Sacra Corona Unita.
La sala en la que se habían reunido se encontraba en la planta superior del palazzo barroco de Spontini, en el distrito de Prati, al norte del Vaticano.
El suelo de mármol de la sala circular hacía juego con la complejidad geométrica y la experta artesanía de la mesa. Los detalles que enmarcaban puertas y ventanas eran también de mármol y hacían las veces de división visual de los frescos que adornaban las paredes y el techo, escenas épicas extraídas de la mitología clásica romana.
Los hombres congregados alrededor de la mesa asintieron al comentario de apertura de Gagliardi. De todas las operaciones del sindicato italiano del crimen, el tráfico de drogas y el blanqueo de dinero estaban entre las más lucrativas. Concretar y encauzar las necesidades del sindicato en esta última materia era el motivo de la creación de este consejo.
–Han transcurrido más de veinte años desde la crisis que produjo el descubrimiento de las actividades del IOR -prosiguió Gagliardi. Se refería al Istituto per le Opere di Religione, Instituto para Obras de la Religión, la organización financiera conocida como Banca Vaticana-. En este tiempo hemos tenido que hacer frente a la quiebra del Banco Ambrosiano; además hemos recolocado las piezas, a la espera paciente de este día.
–¿Están ya todas las piezas en su sitio, eminencia? – preguntó Grasso.
–Sí -contestó Gagliardi-. Los cinco hombres a los que hemos apoyado discretamente, cuyas trayectorias han ido en ascenso mediante actos de caridad con fondos imposibles de rastrear, accederán al cónclave mañana en calidad de papables. Aprovechando la diversidad geográfica de la Iglesia, hemos fomentado a los grupos de apoyo que están detrás de esos candidatos. En una elección que requiere dos tercios de los votos para ganar, esos cinco bloques de electores, reducidos pero leales, harán que las primeras votaciones acaben en un empate.
–¿Puede garantizarlo? – inquirió Farinacci.
–No más de lo que puedo garantizar si lloverá o no -contestó Gagliardi-, pero creo que las posibilidades son buenas. Tengo confianza en que pronto podremos volver a ocultar nuestras actividades económicas tras las leyes de discreción bancaria del Vaticano. Mi sobrino ha establecido las compañías escudo y las cuentas en paraísos fiscales; todo está en su lugar.