¿En clases no?
Capítulo 12
¿EN CLASES NO?
No debería estar pensando en mi profesor de esa manera, ni preguntándome en cada paso que doy si me encontraré con él, tal y como ocurrió el jueves de la semana pasada, donde intercambiamos miradas en los pasillos, o como el viernes en el ascensor, cuando solo bastó el saludo formal que nos dimos, ante la presencia de varios estudiantes, para que el corazón me latiera a una velocidad absurda.
Por fortuna, esta semana he descubierto un nuevo don a la hora de disimular y todo fue muy bien. Además, el profesor Harvet actuó con total normalidad, cumpliendo con su rol a la perfección.
Sin poder olvidar mis indómitos pensamientos, me abro paso entre la gente, avanzando por los edificios de la facultad en dirección a la clase de Auditoría.
Es viernes otra vez y, al contrario que los días pasados, el reloj parece ir lento y tengo la sensación de que las manecillas no avanzan. Las dos horas de clase me parecen eternas, tanto que, cuando terminan y regreso a casa, me siento agotada, con la única intención de almorzar y tomar una siesta de toda la tarde.
Como de costumbre, le escribo a mi mamá antes de dar el primer bocado.
Hola, mami. Ya llegué a casa.
Estoy a punto de devorarme el pastel de carne.
¡Se ve buenísimo!
Nos vemos luego, extraña 🖤
Salgo de la conversación y aprovecho para ver lo último que me ha enviado Amy, quien más temprano me estaba contando sobre el viaje que el pequeño Lucah ha hecho para probar un nuevo tratamiento a la enfermedad que tiene; ella ama a ese niño y ha estado muy involucrada en su proceso.
Eso me hace admirarla y quererla más. Ahora me habla del nuevo libro que leyó. Se trata de un romance entre un profesor y su alumna. Por supuesto, el tema del profesor Harvet regresa y recuerdo que ella fingió indignación cuando le conté que había cambiado el nombre del contacto.
Sonriente, dejo a un lado el móvil y me pongo manos a la obra con la comida. Este pastel no solo se veía delicioso, lo está, pienso mientras
degusto el sabroso plato que preparó mi mamá y celebro sus habilidades en la cocina, muy muy distintas a las mías.
De repente, el celular vibra e interrumpe el banquete. Seguro es mi extraña.
Profesor Harvet te ha enviado una foto
Siento los ojos salirse de mis orbitas y estoy a punto de atragantarme.
Desbloqueo el teléfono con afán. Es una selfie suya. Lleva una chaqueta de cuero negra y una camiseta blanca. Sus ojos, aunque verdes, se ven más claros que siempre. Lo que más llama mi atención es que la expresión seria de su rostro no es natural, lo que empeora con un encabezado que dice:
«Soy un aburrido sin remedio, tengo que aceptarlo».
Aceptarlo está bien.
Intento ver de nuevo la imagen, pero ya no está disponible.
Señorita Lombardo, ¿está insinuando que soy aburrido?
PD.: Lamento que viera eso, ha sido mi hermano.
No, solo apoyaba su comentario sobre aceptar las cosas.
Vale, entiendo.
¿Cómo está, Rachel?
Yo estoy almorzando con mi hermano.
No lo interrumpo más. Disfrute de su almuerzo.
Puedo hacer ambas cosas.
En el peor de los casos, le pediré a mi hermano
que me cuente cómo estuvo el almuerzo.
Al leer su mensaje, siento electricidad en el estómago. Sigo la conversación con una risita en los labios.
Él me cuenta que le gusta leer y me habla de Ernest Hemingway, Jane Austen, Isaac Asimov, Virginia Woolf y Gabriel García Márquez; además me recomienda leer Los miserables de Víctor Hugo. También me dice que juega baloncesto los fines de semana, que disfruta del cine –su película preferida es Batman de Nolan– y que, a diferencia mía, ama cocinar. Yo le cuento cuáles son los libros que más me gustan, aunque omito la última recomendación que me hizo Amy, que también se ha convertido en uno de mis favoritos. Le hablo sobre mamá, lo mucho que nos encanta salir a caminar al parque, detenernos en cada florería y apreciar las peonías blancas, las que más nos gustan. También le hablo de papá, de algunos momentos que recuerdo a su lado, como lo mucho que amábamos ver
partidos de la NBA, aunque a Jhon Lombardo le gustaban los Chicago Bulls y yo siempre he sido muy fan de los Lakers. Sonrío todo el tiempo al revivir la falsa indignación de papá cada vez que le repetía que prefería a un equipo diferente al suyo. El profesor Harvet menciona la sorpresa que le causa eso y no duda en preguntar el porqué de mi elección. Suelto una carcajada cuando, al igual que mi padre, él tampoco acepta ninguna de las razones que le doy. Para él, los Golden State Warriors son los mejores.
Miro la hora en el teléfono y me doy cuenta de que llevamos horas hablando y de que no me he sentido incómoda en ningún momento. Incluso le conté de papá, algo que no suelo hacer.
No debería escribirle esto, pero
Usted me gusta, Rachel… Aunque sea fan de los Lakers.
La reafirmación de sus sentimientos me agrada, pero también me desestabiliza. Tómalo con serenidad, nada de comentarios incoherentes y sin sentidos.
Entonces, ¿2+3 es igual a 4?
No... 2+3 es igual a 5 hámsteres, señorita Lombardo.
Sonrío por la manera divertida en que hace el conteo y por el error que ha cometido en la suma. ¡Carajo! Vuelvo a leer el mensaje que le envié. El error es mío.
Lo siento, quería escribir 2+2.
¿Debería acostumbrarme a sus comentarios elocuentes, o usted a mis confesiones?
Un poco de ambas
Me parece justo
¿Justo? Justo sería dejar de emocionarme por cada mensaje suyo que llega, profesor Harvet, pienso y la palabra profesor hace que la sonrisa se borre de mi rostro.
Y ambos son adultos. El comentario de Amy también vuelve a mi mente. Ya no me parece tan descabellado.
Podría culpar de mi cansancio a las complicadas tareas que tuve que terminar el fin de semana, pero no sería del todo justo. Las conversaciones
hasta tarde con el profesor Harvet son la razón principal por la que me dirijo soñolienta hacia el salón.
Es tan extraño pasar horas escribiéndonos y luego encontrarnos aquí y fingir no conocernos.
—Buenos días —musito al entrar al aula.
—Buenos días, Rachel —Él es el único que responde. He llegado temprano de nuevo y no hay nadie más en el lugar. Está de pie junto a su escritorio.
—Profesor, ¿cómo está?
—Dígame Mark. Me hace sentir raro al llamarme profesor cuando el fin de semana hablamos durante tanto tiempo —Da un paso hacia mí—. No sé si lo mejor sea pedirle que ocupe el asiento más cercano a mi escritorio o el más alejado, porque no creo poder concentrarme teniéndola cerca —Sonríe y, creo, lo hace de manera seductora.
—Me sentaré en el mismo lugar de siempre.
Él asiente y da otro paso. La tensión entre nosotros crece y me atraviesa como flechas ardientes; el fuego me quema y se reúne en mi rostro.
—Rachel… —susurra, vigilando la puerta del salón.
Observo su boca para no perderme ningún detalle de la manera en que pronuncia mi nombre. Me gusta como suena y también la forma de sus labios, los cuales no puedo dejar de mirar. Él lleva su mano a mi mandíbula y con el pulgar acaricia mi mejilla. Su acción me roba el aliento. Parece como si el tiempo se hubiera detenido y todo marchara en cámara lenta.
—Me encantaría besarla, pero aquí no. En clases no —sentencia.
—¿En clases no? —repito sus palabras, pasando de la afirmación a una inquietud.
—No —asegura, retrocediendo—. No aquí, donde cualquiera podría vernos y crear rumores que terminarían afectándola más. No lo permitiría.
—Buenos días —Me sobresalto al escuchar a uno de mis compañeros entrar.
Por la inesperada interrupción, mi corazón empieza a latir con rapidez.
Miro a Mark, quien se acerca a quien acaba de entrar para saludarlo.
Tomo asiento y pongo toda la atención en mi cuaderno, mientras más y más personas llegan. Tan pronto el reloj marca las siete, la clase comienza.
Él continúa con la explicación de la última clase mediante un ejercicio que sigo con detenimiento, aunque no puedo sacar de mis pensamientos lo
que me dijo hace un rato ni cada línea del chat que hemos intercambiado.
Mi piel se eriza. Vuelvo a sentirlo cerca, con su mano en mi rostro.
—¿Hoy no dejará tarea, profesor? —pregunta una chica al finalizar la clase, siendo abucheada por los demás.
—Silencio, dejen a su compañera tranquila —pide Mark—. Y no, Susan, no dejaré tarea —explica con buen humor—. Nos vemos en la próxima clase.
Monique empuja mi puesto cuando se pone de pie y Crisna se ríe burlona. Niego con la cabeza y me preparo para salir, pero el móvil timbra y me detengo. Es una llamada de Katty, amiga y compañera de trabajo de mi mamá.
—Hola, Katty. Qué bueno volver a hablar contigo. ¿Cómo estás?
Un silencio momentáneo se acomoda al otro lado de la línea.
—Hola, cielo —Su tono tenso me aterra—. Sé que estás en clases, pero debes venir al hospital… Karla ha sido internada.
Sus últimas cuatro palabras son como un golpe seco en el pecho. La respiración lenta de mis pulmones empieza a asfixiarme.
—¿Qué le sucedió? Dime que está bien, por favor.
—Está siendo atendida. Pero deberías venir, Rach.
—Voy en camino. Adiós.
Cuelgo y luego guardo el móvil. Las manos y las rodillas empiezan a temblarme y algo se instala en mi interior.
—Rachel, ¿estás bien? —alguien habla, pero no soy capaz de identificar quién es. Empiezo a escuchar más voces. Ahora respiro con celeridad, viendo a muchas personas a mi alrededor.
—Está pálida, denle espacio para respirar —Reconozco a Mark, quien apoya su mano en mi hombro, logrando tranquilizarme un poco.
Le explico lo sucedido y él se ofrece a llevarme al hospital. Sin importarme lo que puedan decir los demás, acepto. Lo único que deseo es ver a mi madre.
En el trayecto hasta su coche, el pavor se apodera de mí.
—Todo va a estar bien, tranquila.
—¿Rachel? —Un hombre que no reconozco se acerca—. Soy Andrés, el doctor que está atendiendo a tu madre.
—¿Cómo está ella? —pregunto con la voz temblorosa.
—Estable, pero sigue en observación.
—¿Qué sucedió? Quiero verla, por favor.
—Tuvo un infarto —El dolor en mi pecho se agudiza—. Hubo un bloqueo en una de las arterias coronarias. Por fortuna, fue tratada con rapidez y todo está bajo control. Podrás verla apenas Katty te lo indique,
¿vale?
—Por favor… Necesito verla.
—Lo sé —Él toca mi hombro—. Vamos a terminar de hacerle los estudios necesarios para evaluar su estado y podrás seguir.
—Está bien —accedo.
—Confía en mí, Rachel. Karla es una mujer fuerte. No te preocupes —
Brindándome una sonrisa acogedora, el doctor se marcha.
—¿Estás más tranquila? —pregunta Mark, llevando su mano hasta mi rostro, sus nudillos son cálidos y suaves al rozar la línea de mis mejillas para borrar la humedad en ellas.
—Gracias por traerme —De verdad aprecio lo que hizo por mí.
—No hay de qué.
Los minutos pasan y sigo esperando que Katty aparezca y me lleve con mi madre. Estar sentada aquí me impacienta.
—¿Necesitas algo? —habla él—. Agua, un té…
—No te preocupes, Mark. Gracias.
—Me alegra que me llames por mi nombre —Sonríe con timidez. Sé que es mi profesor, pero no puedo dejar de reconocer al hombre seguro y empático que, a pesar de que todos nos observaban en el salón, no dudó en acompañarme hasta aquí. Agradezco que esté a mi lado ahora porque su apoyo es un bálsamo ante tanta incertidumbre. Solo imaginarme una vida sin mi mamá, la persona que más amo en este mundo… Los ojos se me llenan de lágrimas ante aquel doloroso pensamiento.
—Hey, todo está bien —asegura. Me abraza y hago lo mismo, recuesto mi cara en su pecho y dejo fluir el miedo y las demás emociones que me invaden —. Pronto verás a tu madre y estoy seguro de que no le gustará saber que has llorado —susurra.
—No, no le gustaría.
—Es la segunda vez que te veo llorar y, para ser sincero, tampoco me gusta a mí. Dime qué puedo hacer para que te sientas mejor.
Tomo una bocanada de aire y me alejo un poco para mirarlo.
—Estar aquí, conmigo.
Él me dedica una pequeña sonrisa y pone otra vez su mano en mi mejilla.
—Ser testigo del amor que tienes por tu madre solo me confirma que no estoy equivocado al sentirme atraído por ti, Rachel.
Sus palabras disipan la bruma en la que mi mente ha estado desde que lo conocí.
—Tú también me gustas, Mark —confieso y no me sorprende la espontaneidad de mis palabras, porque es la verdad. Por alguna razón, él me hace pensar en lo relativo que es el tiempo y en lo absolutos que son los sentimientos, aunque prefiero llamarlos caprichosos, porque cuando quieren van lentos y otras veces acelerados, como si les gustara desafiar al destino, tirar el reloj y parar de contar.
—Me alegra saberlo, señorita Lombardo —bromea—, porque me encantaría seguir conociéndola.
—A mí también, pero… —Las dudas vuelven. Mi mente es juicio y prejuicio.
—Soy tu profesor —termina por mí. No respondo—. También me encontré en ese mismo dilema, Rachel. Siempre me pareció incorrecto salir con una alumna.
—¿Y qué te hizo cambiar de opinión?
—Tú.
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