¿En clases no?
Capítulo 28
HASTA PRONTO
Despertar en sus brazos es la mejor sensación de todas. No tengo idea de a qué hora llegó, pero parece que hemos dormido una eternidad y mi cuerpo lo agradece.
—Buenos días —dice abrazándome más a él. Mi espalda se pega a su pecho—. Lamento haber llegado tarde.
—Estás aquí, es lo único que importa —Giro mi cuerpo para quedar frente a frente. ¿Alguna vez dejaré de sentir esto cada vez que lo veo?—.
¿Cómo te fue ayer?
—Bien, me ocupé de varios asuntos, pero no vale la pena hablar de eso ahora —Aunque me intriga lo que dice, él se encarga de hacerme olvidar de todo cuando sus labios se adueñan de los míos.
Esta mañana no hay mordidas, pero sí suaves caricias. Besos que no dejan marcas en la piel, pero sí en el alma. Ya no existe la adrenalina por el peligro a ser descubiertos, pero sí la misma conexión. Y la disfruto a cada instante.
Esta mañana no hay sexo, nos hacemos el amor.
Yo creo que las cosas buenas sí duran para siempre, pero a veces necesitan una pausa. Justo como ahora.
Suspiro al ver que me llega un mensaje al correo institucional. El director Ildet me ha citado en la sala de descanso del hotel en diez minutos.
—¿Estás segura de que no prefieres que hable con él? —cuestiona Mark.
—Gracias —Me acerco a la cama y deposito un beso en su mejilla—, pero prefiero enfrentarlo yo misma. Mejor alístate porque ya es hora de regresar a casa.
—Escríbeme cuando terminen, por favor —Asiento y salgo con cuidado.
Soy un manojo de nervios mientras bajo por las escaleras de emergencia. Llego sudando a mi piso, Moncerrat y Susan me miran sorprendidas cuando entro a la habitación.
—Perdón por no avisarles, chicas. Preferí pasar la noche con Amy —les explico mientras guardo lo que llevé ayer a la habitación de Mark en la maleta.
—Sentimos mucho lo que te pasó ayer —dice Susan—. Monique es una idiota.
—Muchas gracias a las dos, en serio. Nos vemos en el bus, debo bajar deprisa para hablar con el director —Finjo una sonrisa y me despido.
Cuando las puertas del ascensor se abren, veo hacia la izquierda y me encuentro a Ildet conversando con Monique.
—Señor, la culpa la tiene la mosca muerta de Rachel —Escucho lo que dice ella cuando llego a su encuentro. Habla con descaro.
—Buenos días, director —musito un saludo para que noten mi presencia.
—Señorita Anderson, cállese, por favor —dice el director sin tacto alguno—. No quiero escucharlas más ni verlas peleándose como dos infantes —El tono de su voz se eleva—. Ni haciendo quedar por el piso el nombre de mi prestigiosa universidad —Algunos de mis compañeros que empiezan a llegar a la recepción voltean a vernos. Crisna está entre ellos—.
Y esto va para todos ustedes también: Una sola infracción, por pequeña que parezca, y les irá igual o peor que a ellas.
Trago saliva y bajo la cabeza al sentir tantos ojos sobre mí.
—Anderson, Lombardo, espero que tengan claro que los puntos extra que obtendrían quedan anulados para ustedes. Además, tendrán que presentar un trabajo la próxima semana sobre las charlas a las que no asistieron ayer para que piensen mejor antes de actuar como lo hicieron.
Permiso.
Los murmullos por las decisiones de Ildet no se hacen esperar mientras él se retira del hotel. Desde la ventana lo veo subirse a uno de los vehículos de servicio, el cual arranca al instante.
—¿No vas a decir nada? Claro, solo te haces la valiente cuando el profesor Harvet está a tu lado —espeta Monique. Respiro profundo y me giro para ir hacia la recepción. Sin embargo, ella me toma con fuerza del brazo—. Quítate el disfraz de mojigata de una buena vez. No te queda —
dice con la misma ironía de siempre—. Qué vergüenza debe sentir tu madre.
La sangre que hierve en mis venas me obliga a hacerle frente.
—Déjala a ella fuera de esto —advierto.
—¿No le dará pena tener una hija como tú? Rach, tú mami te mandó a estudiar, no a cogerte al profesor —Se echa a reír.
—Mon, ya basta —Crisna se acerca para detenerla.
—¡No! Basta ya de esta tipa que con su cara de santa va creyéndose mejor que todos, incluso engatusando al profesor Harvet —gruñe y me empuja—. Seguro tu madre es igual de zorra que tú.
—¡Te dije que no la mencionaras! —exclamo enojada—. ¿Te sientes bien haciendo esto? ¿Juzgando y lastimando a otros?
—Reina, no has visto todo lo que puedo hacerte.
—Siento lástima de ti.
—¿Lástima? ¿De mí? —grita histérica—. Tengo dinero, soy guapa, la mejor estudiante… Ah, y tengo un padre —se burla con ganas—. Tengo un padre y muchas cosas que tú ni siquiera conoces.
—¿Y eres feliz? Porque no te veo sonreír. Siempre estás buscando molestar a los demás y hacerles la vida imposible. Deberías concentrarte mejor en lo tuyo.
—¿Tú qué sabes de felicidad? No tienes nada.
—No hace falta tenerlo todo para ser feliz, Monique —Ella suelta una carcajada fría y fingida. Entonces entiendo que no importa lo que diga, porque la mujer frente a mí no se rendirá ni entenderá razones. Continuará con una lucha tonta que no sé si se debe a Mark, a mí o a ella misma—. No seguiré con esto. Adiós.
Abandono la sala y los ojos de mis compañeros me persiguen hasta la recepción. Los gritos y pasos de Monique van detrás mío y soy consciente de que para ella esto no ha terminado. Desea seguir escupiendo su veneno sin importarle nada.
—Estúpida, nadie me deja hablando sola —bufa, pero sigo mi camino hasta la recepción—. Vaya, pero miren quién está aquí.
La curiosidad es más fuerte y volteo para encontrarme a Mark con su equipaje en la zona de los elevadores.
—¿Te volviste loca? Ya para con esto —insiste Crisna.
—¿Cómo puede preferir a ‘esta niña’? —grita Monique—. ¿Está mal de la cabeza, profesor Harvet? ¿Quién elige a una persona insignificante por encima de mí?, ¿una Anderson?
Me sorprende cómo enfrenta de manera directa a Mark. Está totalmente fuera de sus cabales.
Él respira profundo, parece meditar unos segundos y comienza a caminar. Mantiene sus ojos fijos en los míos y, cuando se encuentra a mi lado, me extiende la mano. Siento que mi corazón va a estallar. ¿Quiere que lo tome de la mano aquí, delante de todos?
—¿Qué demonios? —dice Monique con rabia.
Mierda, mierda. Aceptar lo que Mark propone sería confirmar que el rumor creado por mi exnovio es real y que el profesor Harvet y yo sí tenemos algo. Un montón de miedos pasan por mi mente, pero me dejo llevar por la convicción de estar haciendo lo correcto y entrelazo mi mano con la suya. Los demás nos contemplan y, aunque estoy asustada y las piernas me tiemblan, vamos juntos hacia la salida del hotel.
Uno de los empleados le avisa a mi novio que traerán su auto en unos segundos. Apenas el hombre nos ayuda con el equipaje, ocupo mi asiento y veo el rostro de preocupación de Amy, Moncerrat y Susan en la entrada del hotel. Mark arranca y no decimos nada en los minutos siguientes. Nos detenemos frente al Café Arrebol.
—Será mejor que tomemos algo y nos calmemos antes de volver a la ciudad —dice y respira profundo.
Entramos al sitio, ordenamos una bebida y ocupamos una de las mesas.
—Mark, ¿estás seguro de lo que hiciste? —pregunto angustiada. Hay mucho en juego para ambos, pero más para él.
—Rachel, cuando te vi por primera vez en la puerta del salón con las mejillas sonrojadas me sentí culpable de inmediato porque me atrajiste. Me costó poco tiempo aceptar que no podía frenar mis sentimientos y que esos preciosos ojos marrones me ponían nervioso. Por mi cabeza jamás pasó que una situación así me atrapara, pero sucedió. Lograste que todos los temores desaparecieran y me has hecho ver la vida de otro modo. Quiero que sigas en mi presente y también en mi futuro, más ahora que ya dejaste de ser mi alumna —Sonríe y suelta un suspiro.
—También te quiero en mi vida, Mark. Te quiero en mi vida porque te amo —confieso con certeza, sin miedos. Lo tomo de la mano sin ninguna prevención. Su rostro se ilumina y eso me llena por completo.
—Te amo más, Rachel.
Quiero quedarme así junto a él, pero una llamada interrumpe el momento.
—Ildet, ¿cómo estás? —Mark habla y mantiene la calma. Saber que está hablando con el director me carga de incertidumbre.
—¿Qué te dijo? —pregunto angustiada segundos después cuando lo veo guardar el teléfono.
—Los buses con los estudiantes ya se están yendo. Iré a conversar con Ildet en la sala de reuniones del hotel antes de que volvamos a la ciudad.
Me dice que volverá en unos minutos. Ya deben haberle contado todo.
—Mark, piénsalo bien. No quiero que arruines tu vida por…
—Cariño, no voy a arruinar nada. Te dije ayer que ya había tomado una decisión y, aunque lo que ocurrió hoy no estaba dentro de lo planeado, me he quitado por fin ese peso de encima.
—Está bien, pero iremos juntos. También hago parte de esto —Niega con la cabeza, pero no hay nada que discutir. Pagamos la cuenta, entramos al auto y emprendemos el camino hacia el hotel.
Lo primero que veo al llegar es a Amy mirando con molestia a Steven, quien le habla y mueve sus manos en demasía. Se detienen cuando notan que nos acercamos y mi amiga se funde conmigo en un abrazo que agradezco.
—¿Qué haces aquí? —pregunta Mark a su gemelo.
—Yo puedo responderte a eso —interviene Amy—. Ayer, mientras estaba tranquila en mi habitación, apareció este idiota fingiendo que eras tú.
Me sacó del hotel diciéndome que tenía algo importante que decirme sobre Rachel y… Hoy regresó para ver si quería volver a ‘hablar’ con él.
—Ah, pero lo disfrutaste —agrega Steven y mi amiga lo empuja. Sus ocurrencias hacen que olvide por un momento lo que estamos a punto de enfrentar.
—Si quieren, pueden regresar a la ciudad con nosotros —ofrece Mark.
—Ni loca me iré junto a ese idiota. Pediré un coche para que me lleve
—asegura ella mirando a Steven. En sus palabras hay algo de enojo y dolor
—. Pero ¿qué están haciendo ustedes aquí? Pensé que habían salido del país luego de lo que pasó. Rach, qué bien que hayas enfrentado a la imbécil de Monique.
—No te preocupes, fiera. Yo tomaré un auto del hotel y tú puedes irte con ellos. Adiós —Steven lleva su chaqueta al hombro con coquetería y se
despide con un gesto de su mano. Amy aprieta los dientes y veo que uno de sus pies se mueve con insistencia.
—Cambio de planes, amor. Ildet acaba de escribirme. Dice que será mejor que nos veamos el lunes en la universidad —comenta Mark y vuelvo a la realidad. Reviso mi celular y veo que el director también me ha citado.
Amy sube al asiento trasero del auto y arrancamos.
—¿Por qué no te fuiste en los buses con el resto? —interrogo a mi amiga.
—Porque… había quedado en verme con alguien —responde y voltea a ver hacia la ventana. Parece que tenía planes con Steven—. Mark, prométeme que te pintarás el pelo, te dejarás la barba o algo. No quiero que tu hermanito vuelva a engañarme haciéndose pasar por ti —habla ofuscada y mi novio niega con la cabeza mientras sonríe.
—¿Qué tienen ustedes dos? —le pregunto a Amy con diversión.
—Él fue solo un juego que ya terminó. Es un idiota y un chulo engreído.
—Y te gusta. Ustedes terminarán juntos y yo seré la más feliz.
—¿Qué? ¡No, Rach! —bufa y comienza a enumerar todos los defectos de mi cuñado. Solo termina cuando estamos frente a su casa y nos abrazamos con fuerza para despedirnos. La dejamos allí y aprovecho lo que queda de ruta hasta el departamento de Mark para llamar a mi mamá y avisarle que pronto saldré hacia el pueblo, pero me manda a buzón.
—Extraña, estoy de regreso en la ciudad. Iré con Mark un momento y luego a casa por tu auto. Nos vemos en unas horas. Te amo —le dejo un mensaje de voz.
Me tumbo en el sofá de la sala al llegar al apartamento de Mark, quien fue a recoger a Dory y me pidió que lo esperara. Pongo algo de música y me entretengo mirando hacia el techo hasta que recibo una llamada de un número desconocido.
—¿Hola?
—Rach —Sollozan al otro lado de la línea. Es mi abuela.
—¿Nana? ¿Qué pasa? —le pregunto con un nudo en la garganta al escucharla.
—Hija, necesito que vengas al pueblo ahora mismo.
—Nana, tranquila. ¿Dónde está mamá? Pásamela, por favor —Su llanto se intensifica y temo lo peor—. Dime que todo está bien, nana. Dímelo, por favor —Ahora soy yo la que empieza a llorar.
—Ven, hija. Por lo que más quieras.
—¿Dónde estás?
—En el centro médico del pueblo —Sus sollozos no amainan.
—Ya mismo salgo para allá.
Todo está bien, Rachel. Mantén la calma, me repito una y otra vez después de colgar. El llanto desesperado de mi abuela abre una brecha profunda en mi pecho. Le marco a Mark para avisarle, pero una y otra vez me envía al buzón.
—Por favor —suplico en un último intento, pero el resultado es el mismo.
Tomo el dinero y las llaves de mi mochila y salgo del departamento.
Mientras voy en el ascensor, pido un taxi para que me lleve a casa. Corro con la suerte de que el conductor que acepta el servicio está a solo dos minutos de donde estoy.
—Señorita, ¿le pasa algo? —pregunta el portero al ver mi angustia.
Salgo sin despedirme y me subo al auto que ya está esperando. Trato de comunicarme con mi abuela al número desde el que me llamó, pero no contesta.
—Hola, soy Karla, es una lástima que ahora no pueda atenderte. Por favor, deja tu mensaje. Prometo responder pronto —Escucho la grabación de mamá cuando le marco. Oír su voz hace que mi mente piense en los peores escenarios y reviva la aflicción que sentí cuando estuvo hospitalizada hace poco. La incertidumbre me está matando y no puedo evitar que mi llanto se descontrole mientras las luces de la ciudad pasan por la ventana del taxi.
¡Maldición! Me cubro la cara con las manos tratando de evadirme del mundo, de hacer de cuenta que esto es solo una pesadilla. El tiempo se hace eterno con la desesperación de no saber qué está pasando o de saberlo y no querer aceptarlo.
—Señorita, hemos llegado —informa el taxista—. ¿Está bien? ¿Necesita ayuda?
—Muchas gracias —Le pago y me bajo lo más rápido que puedo.
Entro a casa y agarro las llaves del coche de mamá. No estoy en las mejores condiciones para manejar por las dos horas pasadas de trayecto que toma llegar hasta el pueblo de mi abuela, pero es la única opción que tengo.
—Todo está bien, todo está bien —continúo repitiéndome. Introducir las llaves al auto es imposible porque me tiemblan las manos—. ¡Maldita sea, Rachel! Cálmate —Respiro profundo para estabilizarme y consigo entrar al carro y ponerme en marcha.
A medida que me alejo de la ciudad, la lluvia aparece y las gotas se pasean por el parabrisas. Me exijo mantener el control y no dejar que la angustia me paralice, aunque mis intentos son en vano. No puedo seguir, no puedo respirar con normalidad. Bajo la velocidad y me estaciono a un costado de la carretera.
—Extraña, tú no puedes hacerme esto. No puedes —Desesperada, cedo ante las infinitas ganas que tengo de desaparecer el dolor que se aloja en mi interior. Las palabras de mi abuela regresan y siento que la vida se me va en segundos. Algo anda mal. Puedo sentirlo.
Todo está bien, mi pequeña, todo estará bien, la voz de mamá se cuela entre mis pensamientos con esa frase tan común en ella, una oración que me reconforta y hace que mi respiración se estabilice de a poco.
—Por supuesto que todo está en orden —Me obligo a mantener la calma
—. ¡Deja de llorar como una estúpida, Rachel! —Seco la humedad en mis mejillas y vuelvo a subirme al auto. Los kilómetros avanzan y el ruido de la urbe se pierde con ellos. No sé cuánto tiempo llevo conduciendo cuando diviso el letrero de bienvenida al pueblo que tantas veces he visto, el mismo que nos recibió cada fin de año que vinimos con papá y la extraña a visitar a la abuela, a pasar navidad en familia. Pensar en la risa de mamá durante esas noches junto al árbol y los regalos me llena de esperanza y de alegría, pero también de temor.
Sigo las indicaciones de la aplicación para saber hacia dónde debo girar, hasta que llego a la calle en la que se encuentra el centro médico. Veo en la pantalla del teléfono el mismo número de hace un rato.
—Nana, acabo de llegar. Ya estoy bajándome del auto.
—Mi niña —dice ella entre sollozos. La congoja en su voz me obliga a entrar corriendo al lugar. Me apresuro a buscar entre los pasillos a mi nana y hago caso omiso a la enfermera que pregunta hacia dónde me dirijo. La encuentro sentada, con las manos sobre su rostro. Me acerco sin querer hacerlo en realidad, esperando que todo sea una broma.
—Nana, ¿qué pasó con mamá? —pregunto y luego me arrodillo frente a ella. Acaricio sus rodillas, trato de reconfortarla –de reconfortarme– con ese
gesto. La abuela se descubre la cara y, cuando nuestras miradas se encuentran, el corazón y la vida se me quiebran.
—Karla acaba de fallecer, mi niña. Se ha ido.
—No, nana. No —suplico y siento que el aire se me escapa—. Por favor…
—Lo siento mucho —responde mi abuela y respira profundo.
—Ella no puede hacerme esto, nana. Dime que esto no está pasando.
¡Dime que esto no es real! —grito con desespero y la cabeza no deja de latirme. Todo parece nublarse alrededor —¡Esto tiene que ser una maldita mentira! Me lo prometiste, extraña, me prometiste que no me abandonarías y tú siempre cumples tus promesas.
Dejo que los sentimientos que insisten en matarme por dentro se adueñen por completo de mí. Me pongo de pie y descargo la furia que me calcina golpeando la pared hasta que mi abuela me abraza por la espalda y llora conmigo. Ambas hemos perdido lo que más queremos. Suelto un lamento desgarrador al recordar la noticia que sigue retumbando en mi mente y el hueco en el pecho se hace más profundo. Esta realidad me tortura como nada lo había hecho antes.
Yo siempre estaré para ti, fue lo que ella dijo en incontables ocasiones, pero esas palabras hoy no tienen sentido. Mi madre se fue y la vida se me va con ella.
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