¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 17 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 16

EL MALO

Es miércoles. Le dieron salida a mamá el viernes de la semana pasada y desde ese día no he ido a la universidad porque quiero estar al tanto de ella todo el tiempo.

Ahora estoy saliendo del ascensor del edificio en el que vive Mark, a quien no veo desde el día en que cocinamos juntos –aunque él hizo casi todo–.

Él insistió en querer ir a casa a visitarme, pero sigo sin creer que sea momento de contarle nada a mi madre, y menos ahora que mi abuela acaba de llegar a la ciudad para cuidarla y que así yo pueda regresar a clases con normalidad.

Su hipnotizante mirada me recibe cuando abre la puerta del departamento. Verlo hace que mi cuerpo arda y los nervios me invadan de pies a cabeza como cada vez que nos encontramos en el salón de clases.

—Hola —lo saludo apenada.

—Me alegra que estés aquí —responde amable. Me debato sobre si acercarme o no. Mark toma la iniciativa, lleva su mano a mi cuello y me besa con suavidad.

—Lamento venir hasta ahora, pero no podía dejar a mamá sola y mi abuela apenas llegó.

—No te preocupes. ¿Cómo sigue ella? —pregunta y extiende su brazo a modo de invitación para que siga.

—Bien. Su recuperación ha sido muy buena —Avanzo hasta la sala.

Dejo mi mochila en el sofá—. La visita de mi abuela la hizo muy feliz.

Tener a mi nana cerca también me llena de emoción, aunque sé que en unos días todo será nostalgia cuando tenga que regresar a su pueblo.

—Me alegra mucho, Rachel. Sabes que estoy ahí para cuando lo necesites.

—Gracias —sonrío.

—Sé que tienes el tiempo justo para llegar a la universidad, así que vamos a mi habitación. ¿Te parece?

—¿Quince minutos bastarán para intentar acercarme a ella? —Risueño, Mark me ofrece su mano y yo la acepto, entrelazándola con la mía.

—Lo averiguaremos —A medida que avanzamos hasta su cuarto, noto como mi piel se torna fría.

—Sigue en pie lo de devolverla. ¿De acuerdo?

—Lo sé. Pero de verdad deseo quedármela.

Entramos y Mark saca al hámster de la jaula y lo carga entre sus manos.

Tomo aire antes de llevar mi dedo índice hacia el animalito, toco su pelaje y respiro profundo, me siento extraña por la sensación y porque el roedor parece compartir mis emociones, pues empieza a moverse de manera frenética.

—Creo que está asustada, mira sus patitas —Me alejo un poco y escondo mis manos tras de mí.

—Tranquila. Es normal que esté así. Solo acaríciala con cuidado y se sentirá mejor.

Le hago caso y vuelvo a intentarlo. Es muy tierna y, aunque mi tacto vuelve a intranquilizarla, esta vez no me alejo. A medida que pasa el tiempo, el hámster parece acostumbrarse a mí, al igual que yo a él.

—Vale, creo que es suficiente. Voy a dejarla de nuevo en su casa —

agrega Mark, poniendo al animal en la jaula.

Me quedo observando cómo el roedor va directo hacia una rueda y comienza a moverse a toda velocidad, haciéndola girar.

—¿Les gusta correr? —pregunto curiosa.

—Lo hacen para mantenerse en movimiento, es algo genético. La rueda la divierte y, además, le ayuda a controlar su hiperactividad y a reducir el estrés.

—Vaya, señor Harvet. Ahora sí que puede decir que tiene un hámster —

bromeo.

—Tenemos, señorita Lombardo —corrige—. Si aún decides quedártela, por supuesto.

—Claro que me la quedaré. Ya hasta le encontré nombre —comento emocionada. Durante toda la semana pensé en cómo llamarla. Quería un nombre representativo, algo que me recordara a Mark.

—¿En serio? ¿Cuál es?

—Dory —suelto con entusiasmo.

—¿Cómo el pez de la película?

—Como tú y tu época Dory —Frunce el ceño, confundido—. ¿Es usted alumna de mi clase? Su rostro me suena —trato de imitar su voz y él suelta una carcajada.

—En mi defensa, alumna Lombardo, era más fácil decir que no la recordaba que admitir que no podía sacarla de mi cabeza desde que la vi en el pasillo —Hace una pausa para halarme hacia él—. Intentaba ocultar lo atraído que me sentía por usted.

—La discreción no le duró mucho, profesor Harvet —bromeo. Me pierdo en su mirada—. Y pensar que ahora estamos aquí. ¡Qué locura!

—¿Te arrepientes? Sé que no debe ser fácil salir de una relación de varios años y verte involucrada en nuevos rumores cada día.

Aunque su cuestionamiento me toma por sorpresa, es algo que yo también me he preguntado, pero he ido construyendo una respuesta.

—No ha sido sencillo, pero me gusta donde estoy ahora. Y

arrepentimiento no es lo que siento, no contigo, Mark. ¿Y tú? ¿Te arrepientes de esto?

—¿De qué podría arrepentirme? —Acaricia mi hombro—. ¿De ver de cerca esos preciosos ojos marrones que siempre están rondando por mi mente?

Con delicadeza, sus nudillos recorren mi mejilla. Estaba asustada por lo que pudiera responder, pero lo que me dice cambia la ecuación por completo.

—No hay nada de lo que me pueda arrepentir si se trata de ti —Me besa con ternura. Sus brazos me envuelven y el contacto de nuestros labios me llena de una paz que no puedo explicar—. Si te tengo aquí, así...

Alejo mi rostro del suyo. Quiero verlo a los ojos. Me encanta la seguridad que siempre reflejan.

—Me gusta estar aquí —admito, y no solo me refiero a su departamento, sino a estar a su lado.

Nuestros labios enseguida vuelven a buscarse y el beso, que apenas se había detenido, retoma con más pasión. Llevo mi mano a su nuca y él invade mi boca con su lengua, explorándome. Ahora la sensación es embriagadora y excitante. No es un beso como los anteriores.

Con pequeños jadeos, recibo el camino que toma su mano sobre mi espalda, me acaricia la cintura y nuestros cuerpos se juntan con una poderosa necesidad. Noto la rigidez que crece en sus pantalones contra mi vientre. Ahogo un gemido en su boca mientras nos desplazamos por el lugar, hasta llegar al único sofá de la habitación. Me recuesto y él se acomoda sobre mí.

—Rachel —susurra mi nombre con voz grave.

Quiero que lo diga otra vez. Necesito escuchar mi nombre en su boca de nuevo. Tenerlo encima de mí provoca que los nervios se me escabullan por la mente. Ve con calma, ordena la vocecita en mi cabeza, esa que desea algo más que acostarse con él. Sin embargo, no puedo detenerme. Disfruto la manera en la que Mark se abre espacio entre mis muslos. Su sexo se presiona a la perfección contra el mío, poniendo en llamas mi piel y haciendo que sensaciones indescriptibles se apoderen de mí. Esta versión ardiente del enigmático profesor Harvet me encanta.

Ya no existen peros. La última pizca de sentido común que me quedaba desaparece. Estoy perdida en sus caricias, encontrándome en su piel.

Mark abandona mi boca, deja rastros de sus besos en mi mandíbula y en mi cuello. De manera involuntaria, me arqueo y muevo las caderas, provocando que todo el deseo contenido se apodere del momento, a una velocidad vertiginosa. Sus dedos empiezan a recorrer con deseo mis piernas hasta llegar a mis bragas. Encontrar las palabras adecuadas para explicar lo que me hace sentir este hombre es imposible. No hay nada con lo que lo pueda comparar.

—Debo ir a clases, llegaré tarde —hablo tan bajo que casi parece un susurro. Estoy rogando porque él sea más razonable que yo y termine con la dulce tortura en la que nuestros cuerpos se están sumergiendo.

—Sí —es lo único que dice y vuelve a besarme.

Rodeo mis piernas tímidamente en su cintura. Él muerde mi labio inferior mientras mueve su pelvis contra la mía. Aprieta mis glúteos con sus ávidas manos. Todo estalla en mi interior, pero el miedo se hace presente y me pide que me detenga.

—Mark —suplico.

Él debe haber notado que algo pasa conmigo, porque se aleja un poco.

—¿Estás bien? ¿Vamos demasiado rápido? —habla con agitación.

—Lo siento —respondo avergonzada.

—No digas eso. Si te sientes incómoda con algo, tienes todo el derecho a decirlo. Quiero que disfrutes cada minuto que pasemos juntos, sin sentirte presionada a hacer algo que no deseas.

Lo abrazo. No puedo evitar recordar a Jackson y a su enojo siempre que lo interrumpía, me hacía sentir mal por ello.

—Aunque no puedo negar las ganas que tengo de desnudarte, no quiero que pienses que te invité aquí para esto —Exhala con fuerza y en sus labios se dibuja una sonrisa encantadora.

Se sienta y yo hago lo mismo.

—Creo que debo irme o voy a llegar tarde a la universidad —le digo.

El timbre de la puerta suena y miro a Mark con preocupación. Lleva su mano a mi cabello, me acaricia como si intentara arreglarlo y mis nervios aumentan. La idea de que alguien se dé cuenta de lo que estuvo a punto de pasar me llena de terror.

—Estás hermosa —habla con dulzura, pero el sonido insistente del timbre vuelve y la expresión de Mark se agudiza. Tiene la mandíbula apretada—. Será mejor que atienda, ¿estás de acuerdo?

Asiento y, mientras se pone de pie, trato de arreglarme un poco, porque borrar el rojo de mis mejillas es imposible.

—¿Quién es? —pregunta mientras se abrocha el cinturón.

—Soy yo —responde con humor en español la persona detrás de la puerta. Entiendo ese idioma gracias a que mis abuelos me lo enseñaron cuando era una niña—. ¿Qué vienes a buscar? A ti. Esta canción que aprendimos cuando tomamos clases de español me encanta. Venga, abre ya que me estoy perdiendo el partido de los Lakers.

—No te preocupes, es mi hermano —informa, como si esperase que eso me calmara, pero lo único que logra es horrorizarme aún más. ¡Es su hermano! ¡Y nos verá así! ¿Cómo se supone que no me preocupe?

Sin más, Mark va hacia la puerta y yo lo miro desde el pasillo.

—También me alegro de verte, hermanito —Steven entra sin ser invitado.

Mi boca se abre al ver la versión rebelde de Mark aparecer tras la puerta.

¡Son gemelos! La tensión se convierte en sorpresa al ver que, incluso, su estatura y contextura son iguales. Ahora entiendo lo que pasó aquel día, en que creí verlo entrando a una oficina vestido de una manera y al poco tiempo estaba en el salón con su traje normal.

—Ah. Tienes visita —habla el recién llegado y se acerca hacia mí con una gran sonrisa en sus labios—. Steven Harvet, un placer —Me da su mano y yo respondo a su gesto.

—Hola. Mucho gusto, me llamo Rachel.

—Rachel, eh —Voltea a ver a Mark y los nervios regresan—. Bonito nombre.

—Gracias —sonrío avergonzada.

—Por cierto, lamento la interrupción.

Su comentario me altera, aún más cuando Mark se acerca a nosotros.

—No te preocupes. Ya estaba por irme a clases —le digo en voz baja.

—Es una lástima. Pero ya tendremos tiempo para conocernos mejor,

¿verdad, Mark? —Mira a su hermano con humor.

Ojalá que la próxima vez que vea a Steven sea en una situación menos incómoda, aunque debo confesar que su actitud espontánea ayuda a que no termine desmayándome por los nervios.

—Vamos. Te llevo a la universidad —agrega Mark.

Pienso protestar, pero no lo haría frente a su hermano. En silencio y aún intimidada, me despido de Steven. Mark le informa a su gemelo que no tardará.

—Aquí esperaré, hermanito —responde con ¿ironía?

A pasos largos abandonamos el departamento, y nos dirigimos a la entrada del ascensor.

—Me iré en taxi, Mark. No quiero que hagas esperar a tu hermano.

Lo veo y no puedo evitar recordar lo cerca que estuvimos de… Necesito pensar y estando junto a él no puedo hacerlo de manera racional.

—Está bien, pero te acompañaré a tomar el taxi —Entra al ascensor conmigo.

Mark saca el móvil y llama a Julián, el hombre de la portería, para que pida un vehículo a mi nombre y le indica el lugar hacia el que voy.

Mi respiración se agita. Ay no… ¿Sabrá el portero que Mark es profesor de la misma universidad a la que me dirijo? ¿Deducirá que soy su alumna?

¿Estará acostumbrado a esto? ¿Soy una más y pronto seré una menos?

Después de todo, no soy tan difícil de remplazar.

Basta, Rachel, me regaño mentalmente. Lucho con una inseguridad que no sabía que tenía hasta que pasó lo de Jackson.

—¿Rachel? —Mark me distrae de mis pensamientos—. ¿Sucede algo?

—No, tranquilo —Esbozo una sonrisa—. Solo estaba recordando la selfie que me envió Steven el día en que estaban almorzando. Cuando me dijiste que era tu hermano, creí que solo te referías a que él había enviado la

foto, no a que él era el de la foto. Son idénticos, excepto que tus ojos son un poco más oscuros…

—Es una muy buena observación.

El ascensor se abre y caminamos hacia la portería. En el trayecto, le hablo de películas y libros que he leído sobre gemelos, aunque omito las recomendaciones literarias que Amy me ha hecho sobre el tema.

—Señor Harvet, señorita —El portero nos recibe—. El taxi está por llegar.

—Gracias, Julián. Esperaremos afuera —informa Mark. Toma mi cintura y me guía hasta la salida del edificio—. Lamento que se haya hecho tarde para tu clase.

—No te preocupes, creo que aún estoy a tiempo. Gracias a Dios…

—O a Steven —replica risueño.

—¿Se está burlando de mí, profesor Harvet?

—Jamás lo haría, señorita Lombardo —Me acaricia el brazo.

—Empiezo a pensar que usted, profesor Harvet, es el gemelo malo.

—¿El gemelo malo?

—En las novelas que he leído siempre hay uno bueno y uno malo.

—¿Entonces soy el malo? —pregunta con diversión.

—Eso es lo que estoy tratando de averiguar.

Estoy segura de que él está a punto de formular una ingeniosa respuesta, pero el taxi que esperábamos llega. Mark abre la puerta trasera y, antes de que yo pueda entrar al vehículo, me pega a él. Deposita un beso delicado en mi boca, o eso parece hasta que toma mi labio inferior y lo muerde. Ahogo un jadeo.

—Soy el malo —murmura y sonríe con arrogancia.

—No me jodas. ¿Es en serio?

Aun estando en clase, Amy es incapaz de controlar su sorpresa ante la información que le doy sobre el gemelo de Mark.

—¿No lo sabías?

—No. ¡Qué escondido lo tenía la víbora de mi hermanastra! —susurra

—. Rach, tienes que decidir algo importante

—¿Decidir sobre qué?

—Me presentas a Steven y cumplimos con nuestra fantasía de ser mejores amigas saliendo con gemelos o… Harás un trío con ellos dos. No te culparía.

—¡Amy!

—Venga, Rach. Espero que tomes la mejor decisión y no seas egoísta —

Suelta una carcajada.

—Lo pensaré —bromeo.

—Me sorprende que te lo pienses. Yo disfrutaría del trío —Esta vez su risa se hace más estruendosa y toda la clase voltea a vernos.

—Disculpe, profesor —Observo escandalizada a mi amiga y me acomodo en el puesto.

—Lo sentimos, continúe —Con descaro, Amy lo anima a seguir con la clase, hace su mejor esfuerzo por lucir seria.

—Que amable, señorita Martins. Gracias por dejarme cumplir con mi deber —dice el docente con sarcasmo.

Nos mantenemos en silencio hasta que la hora termina.

—¡Al fin! —exclama mi amiga mientras guarda sus pertenencias y me lleva con ella fuera del salón—. Ahora sí, cuéntamelo todo. Estoy segura de que no solo fuiste a su departamento a visitar a la rata.

—Se llama Dory —comento entre risas.

—¿Cómo el pez?

Mi buen humor por su respuesta se evapora al ver a Jackson caminando en nuestra dirección.

—¿Al departamento de quién fuiste, Rachel? —pregunta él con exagerada calma.

—¿Y a ti que te importa? —espeta Amy al tiempo que me agarra de la mano—. Vamos, Rach.

—Tú cállate, Martins. Pensé que eras mi amiga —Jackson se interpone en nuestro camino.

—Y yo pensé que tú eras un hombre —Ella lo imita con cinismo—.

Bueno, lo eres, pero uno muy imbécil e inmaduro.

—Rachel, tenemos que hablar —Jackson ignora a mi amiga y empieza a decirme un montón de palabras de amor, un amor tan falso como fundado en la mentira.

—No queda nada por decirnos —le aseguro.

—Te dije que vamos a hablar —protesta histérico. Me agarra con fuerza del brazo—. Sabes que te amo.

—Te dije que no —Lo empujo, cansada de la situación—. Y no ensucies más la palabra amor porque tu ni siquiera sabes su significado, Jackson.

Uno no lastima a quien ama.

—¿Y tú crees que Harvet lo sabe? Qué estúpida eres —La ironía se refleja en su rostro —. ¿No te das cuenta de que eres solo una más para él?

—Ese no es tu problema —respondemos Amy y yo al unísono.

—Eres muy poco para Rach —agrega mi amiga.

No deseo perder más tiempo, así que halo a Amy para alejarnos de allí.

—No me dejes hablando solo. ¡Maldita sea, Rachel! —grita siguiéndonos el paso.

—Déjala en paz, imbécil —Amy se gira para enfrentarlo—. Eres un hipócrita y me alegra que el puñal que le clavaste a mi amiga le sirviera para que cupido le mostrara el camino hacia…

Ella deja el nombre de Mark en el aire. Jackson la observa lleno de enojo y da un paso para ubicarse frente a mí.

—Admite que estás con ese cabrón solo por despecho.

La ira que se me instala en el pecho elimina mi paciencia.

—¿Sabes lo único que vale la pena admitir? —Doy un paso al frente—.

Que estoy agradecida porque tus estúpidos rumores me llevaron a conocer a una persona maravillosa como…

—No te atrevas a pronunciar su maldito nombre, Rachel —interrumpe y me amenaza entre dientes.

Sonrío con satisfacción. No hace falta mencionar el nombre de Mark y lo prefiero así. No quiero exponernos, no más de lo que ya estamos.

Jackson se queda en su sitio, invadido por el enojo, mientras Amy y yo volvemos a caminar.

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