¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 27 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 26

SIN LOCURA NO HAY FELICIDAD

Dos semanas después

Básicamente, ese es el plan —Mark termina de explicarle a su hermano la razón por la que lo llamó. Me encanta tenerlo a mi lado sosteniéndome la mano. Él mismo lo ideó todo, aunque no estaba por completo convencido.

—¿Acompañarlos a un viaje fuera de la ciudad solo para sustituir a mi gemelo por unas horas? Son mi pareja favorita, pero no —aclara Steven caminando de un lado al otro por la sala del departamento de Mark.

—Pero si te encanta hacerte pasar por él —le recuerdo.

—Sí, Rach, pero esto es diferente. Cuando lo hago es de broma y esto es muy real —añade mi cuñado—. Bajo cualquier condición es ilegal.

Observo apenada a Steven pues tiene la razón. Lo mejor será desistir de la locura que creamos llevados por las emociones. Ya vendrá una oportunidad mejor cuando terminemos el semestre y tengamos más tiempo libre. Podremos planear un viaje fuera de la ciudad e incluso ir al pueblo en el que vive mi abuela.

—No, Rachel —Vuelve a hablar Steven—. Nada de ojos del gato con botas. También yo lo aplicaba con mi madre. No caeré.

—Lo lamento —hablo sincera. No tengo intenciones de mostrarme afligida para presionar un cambio en su decisión.

—Mierda, no puedes hablar en ese tono dulce y pretender que te diga que no si me pones esa carita —Se lleva las manos al cabello y lo revuelve un poco—. Está bien, les ayudaré. Además, puede ser divertido.

Me invaden la emoción y la ternura.

—Y ahora sabes por qué estás aquí —comenta Mark y yo me echo a reír.

—De verdad te gusta Rachel, hermano. No conocía esta faceta tuya.

—Cuando encontramos a la persona indicada todo cambia —agrega Mark y mi corazón late frenético.

—Somos tan débiles con las mujeres de nuestra familia —Steven habla con falsa indignación. Se acerca y pasa un brazo sobre mis hombros—. No sé en qué momento te dejé de ver como la novia de mi hermano. Ahora, él debería ser mi cuñado.

Su comentario nos hace soltar una carcajada. Pensar que me vea como parte de su familia me hace feliz. He visto cómo se expresa de Romina y de

su madre, el cariño que les tiene. Otro Harvet que se robó mi corazón.

—Yo también te aprecio mucho, Steven —le digo.

—Lo sé y seré parte del cambio de gemelo, pero con una condición —

Sonríe de lado. Sé que algo trama—. No se lo contarán a nadie, ni siquiera a tu amiga —Hace una pausa y mira hacia el techo, como si no se supiera su nombre—. ¿Cómo es que se llama? ¿Amy?

Los tres volvemos a reírnos. Estoy segura de que no ha podido olvidar su nombre. Amy no es una persona fácil de olvidar y él lo sabe.

Empezamos a enseñarle fotos de algunos de los colegas y estudiantes de Mark para que pueda identificarlos. Steven parece interesado al encontrarse con los rostros de Monique y Crisna.

—Son lindas.

—Sí, son muy guapas, pero tienes que ignorarlas —digo con contundencia—. Si te las llegas a encontrar y ellas dan un paso hacia ti, tú retrocedes dos… Mil.

—Tus deseos más oscuros sobrenadan en la superficie cuando estás cerca de los Harvet, cuñada. Vaya que tus peticiones son intensas —Steven se burla—. Mark, eso en realidad es para ti. «Que no te acerques a ellas», dice.

Reprimo una risa.

—Rachel sabe que no hay de qué preocuparse, pero tiene razón, mantén distancia con ellas —pide mi novio en tono autoritario y, mientras los dos siguen molestándose el uno al otro, busco una foto en mi teléfono.

—A ella sí te le puedes acercar el día del cambio —Le muestro la imagen.

—Esa mujer está de manicomio —bufa Steven con ironía y una fascinación extraña al ver a Amy.

Seguimos hablando un buen rato hasta que mi cuñado se despide. Estoy agotada y también feliz de que todo esté marchando como lo esperábamos.

Incluso la estadía de Dory está resuelta: Se quedará con los sobrinos de Mark, por lo que nos dirigimos a dejarla con ellos.

—Te extrañaré, Dory —Su suave pelaje ya no me asusta tanto. Ella se queda quieta en su jaula mientras recibe mis caricias—. Mark, después del viaje, ¿puedo llevarla a casa? Estoy lista para tenerla conmigo.

—Es tuya, cariño. No tienes que preguntarme.

A mamá también le hace ilusión tenerla con nosotras. Desde que yo era una niña siempre me instó a tener un hámster, diciéndome que eran mascotas ideales.

Llegamos a casa de la hermana de Mark y alistamos todas las cosas de Dory. Romina nos recibe con amabilidad.

—Chao, bonita, te extrañaré —Me despido de la pequeña criatura.

Mi novio les entrega la jaula a sus sobrinos, quienes la reciben con entusiasmo. Se comprometen a cuidarla lo mejor posible.

Partimos y la nostalgia se instala en mi pecho al pensar en mamá. No es la primera vez que dejaremos de vernos durante algunos días, pero hoy se siente diferente. Suspiro y me reafirmo en la idea de que estar con mi abuela le hará bien.

—Será poco tiempo, cariño —Mark adivina mis pensamientos.

—Lo sé.

—Si lo deseas, podemos conseguir un pase para que tu madre nos acompañe.

—Ella no aceptaría y tampoco creo que quiera cambiar sus planes de visitar a mi abuela. Ama pasar tiempo con ella.

—La señora Evans estará bien.

—Debes pensar que soy una niña por hacer estas pataletas —O una niñata mimada como diría Jackson.

—No es ninguna pataleta. Me encanta la relación que tienes con tu madre. Es más, la admiro. Me hace pensar en mi hermana —Se le iluminan los ojos al hablar de ella—. Antes de irse a su luna de miel, lloró y se despidió de mis padres por casi dos horas.

—¿De tu papá también? —pregunto sin poder creerlo. El señor Ethan no parece ser un hombre muy sensible.

—De él más que nadie —responde con buen humor.

—Vaya... Tiene corazón —Me arrepiento de inmediato de lo que acabo de decir—. No es que piense que tu papá no tiene corazón, porque de lo contrario no estaría bien. ¿Quién puede vivir sin uno? ¡Ay, por favor!

¡Cállame!

—Con gusto, señorita Lombardo —Aprovecha el semáforo en rojo para besarme. Nuestros labios musitan pequeñas risas en su encuentro, las cuales terminan al escuchar las bocinas de los carros detrás de nosotros. Mierda.

Los conductores que nos rebasan sueltan insultos. Mark se acomoda en su asiento y vuelve al volante.

—Nos vemos mañana —le digo en cuanto llegamos a mi casa.

—Descansa, cariño. Saludos a tu madre.

Él espera hasta que abro la puerta y le hago un gesto con la mano a modo de despedida.

—No te escuché llegar —Mamá lleva su típico look de cocinera profesional—. Estoy preparando nuestro plato favorito.

Me acerco para abrazarla. En los cuentos de hadas suele haber un final feliz y este sería el que yo elegiría para el mío: Estar rodeada de las personas que amo.

—Déjame adivinar. ¿Pastel de carne? —Ella asiente con orgullo.

Hambrienta y emocionada, la acompaño hasta la cocina.

Ya en el comedor, mamá me habla de su día en el hospital y yo le cuento sobre lo bien que marchan las cosas para el congreso.

—Me hace muy feliz todo esto, hija. Sé que por las condiciones de su relación no han podido vivir las cosas que quisieran, pero ustedes merecen disfrutar y sentirse libres como cualquier otra pareja.

—Gracias, extraña —Dejo mi plato de lado y me acerco para estrecharla entre mis brazos. Amo a esta mujer. Aun cuando todo parece descabellado, ella me apoya—. Te amo. No sabes cuánto.

—Yo a ti, cielo. Vamos a hacer tu maleta —sugiere.

—Parece que fue ayer que te cargaba —comenta mientras me ayuda a doblar la última pieza de mi ropa—. Espera, eso me recuerda que tengo que hablar con Mark antes de que se vayan.

Oh, por Dios.

—¡Extraña! —Con las mejillas ardiéndome por su comentario lleno de humor y doble sentido, le reclamo. Su carcajada es lo mejor que hay en la vida.

—Estaba bromeando, pero sí necesito su promesa de que cuidará de ti.

—Estaré bien, mamá.

—Lo sé, cielo. Confío en ti y en Mark —Me toma de la mano con ternura.

Entre conversaciones serias y bromas, terminamos de alistar el equipaje.

Ella se despide a descansar pues mañana tiene el día libre y yo me recuesto

en mi cama. Cuando los párpados están a punto de cerrarse, recibo un mensaje de Mark:

«La locura es la ilusión elevada a la segunda potencia».

Henri-Frédéric Amiel.

Debo confesar algo, señorita Lombardo:

Me he vuelto adicto a la felicidad que me brinda la locura.

A la felicidad que me brinda tu presencia en mi vida.

Sonrío al leer lo que me escribió.

También me he vuelto adicta a la felicidad

que nos brinda la locura. Adicta a ti, Mark.

Te quiero.

Te quiero más, siempre más.

PD: Descansa o mañana no querrás levantarte, y créeme que sin ti no estoy dispuesto a irme... Nunca. A ningún lado.

—Cuida de ella, por favor —Le repite mi madre a Mark por vigésima vez desde que llegó.

—Mamá, solo son dos días —Le recuerdo que las charlas serán hoy y mañana y que el sábado ya estaremos de regreso antes del mediodía.

—Así será, Karla. Se lo prometo.

—Gracias, hijo —concluye y me acerco a ella para despedirme, asegurándole que todo estará bien—. Disfruta mucho, mi vida.

—Tú igual —La abrazo con fuerza—. Si necesitas algo, no dudes en llamarme. ¿Vale? Te amo, nos vemos en una semana.

—Nos vemos, cielo. Cuídate —Se aferra a mí y me da un beso en la frente.

Hoy me siento más tranquila. Una vecina se dirige hacia un pueblo cercano al que vive mi abuela y se ofreció a llevar a mamá y también a recogerla para el regreso.

Nos ponemos en marcha para pasar por Steven. Cuando llegamos, él se sube al auto con su sonrisa característica. No pasan ni diez minutos antes de que empiece a preguntarme sobre la estadía de mi mejor amiga.

Todos los estudiantes nos hospedaremos en el mismo hotel, aunque en la asignación de cuartos no me tocó con Amy. Estaré con Susan y Moncerrat.

He hablado poco con ellas en clase, pero parecen buenas personas. Steven se quedará en un lugar cercano para no despertar sospechas.

—Prometo que, apenas sepa cuál es la habitación de Amy, te avisaré.

Sé que mi amiga me mataría si se entera que le di esa información a Steven, pero ellos son tan testarudos que necesitan un buen empujón.

Ambos. Mi cuñado no lo confiesa, pero Mark me comentó que nunca había visto a su hermano comportarse tan raro por alguien. Jamás le ha presentado una mujer a su familia y todo pinta a que Amy será la primera. Me emociona, estoy feliz por ellos.

—Gracias por hacer esto —le digo a Steven cuando me bajo del auto a unas calles de la estación de buses de la universidad. Prefiero irme con el grupo para evitar más habladurías—. Eres el mejor cuñado que alguien puede tener.

—Lo sé —responde con humor—, pero ¿estás segura de elegir al gruñón?

Miro a Mark, quien niega con la cabeza mientras sonríe.

—Siempre —Le contesto.

—Nos vemos en el hotel, ¿vale? —dice mi novio y asiento—. Te quiero, cariño.

—Yo más.

—Pero si nos comerán las hormigas en cualquier momento —Se queja Steven.

Mark y yo nos reímos. Termino por despedirme de los Harvet y sigo mi ruta hasta la estación. Veo a algunos de mis compañeros abordando el bus de nuestra clase, pero no a Amy. Seguro ya subió al que le corresponde.

—Rachel —Escucho la voz cantarina de Theo cuando entro al vehículo

—. Puedes sentarte aquí, si quieres —Acepto su ofrecimiento y me acomodo a su lado—. No habíamos tenido oportunidad de hablar bien. Sé que ha pasado tiempo, pero quiero decirte que lamento lo que te hizo José

—Sus ojos marrones están llenos de compasión—. Sigo sin poder creer que se atreviera a agredirte. El profesor Harvet tiene razón: El respeto es la base fundamental para todo.

—¿El profesor dijo eso?

—El día que faltaste a clases tocó el tema. Parecía enojado. ¿Sabes?

Creo que le gustas —susurra y su deducción me altera—. Es decir, ¿a quién no?

Mierda. La sangre se me sube al rostro.

—A Monique y a Crisna —cambio de tema y suelto una risita para disimular el asombro—. Cuéntame de ti, ¿cómo estás?

Theo me habla de su abuela. Está atravesando la última etapa de una enfermedad que poco a poco la ha ido consumiendo. Él ha tenido que cuidarla y por eso ha faltado tanto a clases o irse en cuanto terminan.

Intenta mantenerse firme, pero la melancolía se nota en su expresión al igual que un par de lágrimas.

—Perdóname —dice y se pasa el dorso de la mano por los ojos.

—No te preocupes. Está bien llorar, desahogarse —lo ánimo.

Cuando el bus se pone en marcha, guardamos silencio y me sumerjo en un mar de emociones y pensamientos que cesa cuando mamá me avisa que ya va en camino hacia la casa de mi abuela.

Cansados y aún adormilados, llegamos al hotel. Todos nos bajamos para recibir las tarjetas de nuestras habitaciones. Cuando me entregan la mía, le escribo a Mark de inmediato.

Amor, estaré en la habitación 275.

—Estamos en el mismo piso —comenta Theo y bloqueo el teléfono al instante.

Escucho a Monique quejarse por tener que compartir habitación con otras personas y le hago una señal a Theo para que nos alejemos de allí. De repente, veo a Amy corriendo hacia mí y me abraza apenas llega. Vamos los tres hacia el ascensor y hablamos con otros compañeros sobre el viaje, las clases y demás. Nos despedimos de Amy, quien tiene la habitación 506.

Theo va hacia la que le correspondió y, cuando entro a la mía, me encuentro con Susan y Moncerrat acomodando sus cosas. Las saludo y al rato las escucho tirar una moneda para definir quién ocupará primero la ducha.

Aprovecho para decirle a Steven el dato que le prometí, avisarle a mamá que ya llegué al hotel y para enviarle buena energía a Mark, quien debió llegar antes que yo y seguro sigue preparando su discurso. Me anima mucho que le hayan dado esta oportunidad de hablar ante profesionales de diferentes partes del mundo. La merece y lo mejor es que podré verlo cumpliendo ese sueño.

—Hoy solo tendremos una charla, ¿verdad? —comenta Susan ya duchada y vestida con ropa semiformal.

—Así es. La jornada de hoy es un poco introductoria. Tipo cinco de la tarde ya estaremos de regreso al hotel. Mañana viene lo pesado —responde Moncerrat.

—¿El profesor Harvet es el segundo en presentarse mañana?

—Correcto —contesta Moncerrat tomando su ropa y dirigiéndose al baño, no sin antes soltar un destemplado suspiro—. Es que además de guapo, es tan inteligente.

Susan y yo sonreímos. Cuánta razón tiene.

—A todas nos hubiese gustado estar en tu lugar, Rachel —continúa Moncerrat. Trago saliva—. Aunque sean solo rumores, te envidiamos.

El celular me salva cuando comienza a vibrar.

—Perdonen, debo responder —Me disculpo y salgo de la habitación. No quisiera encontrar en la pantalla el nombre de Mark y no ser capaz de disimular frente a ellas. Es hasta que estoy en el pasillo que veo el contacto en el móvil—. Hola.

—Hola, cariño. ¿Ya estás acomodada?

—Sí, ya dejé las cosas en su lugar. ¿Listo para tu ponencia en el Congreso Internacional de Ciencias Económicas? —hablo bajo y con diversión mientras camino hacia la parte más solitaria del piso.

—No, Rachel.

—¿Por qué? ¿Sucedió algo?

La preocupación que empiezo a sentir se convierte en pánico cuando me halan hacia las escaleras de evacuación. Estoy a punto de gritar, pero veo a Mark frente a mí y sus ojos me tranquilizan. Reconozco su sabor cuando me besa y me embeleso con su aroma. Me gusta su versión dulce, pero también esta que, dejándose llevar por el momento, me arrincona a la pared con pasión y se adueña de mis labios. Hace que mi piel arda.

—Ahora sí estoy listo —murmura contra mis labios.

—Lo harás excelente. Estoy segura —comento con la respiración acelerada.

—Me alegra saber que estarás ahí, conmigo —Noto los nervios en la manera en que habla.

—Siempre lo estaré —susurro, recordando en dónde nos encontramos

—. Alguien puede vernos.

Él pone seguro a la puerta de emergencia y no dejo de observar lo guapo que está con el traje negro que lleva, adornado por una corbata gris que lo

hace ver jodidamente sexy.

Sin darme tiempo, se abalanza sobre mi boca y sus manos recorren cada centímetro de mi espalda: me hace perder por completo el control.

—No estoy seguro de poder esperar más.

—Soy tuya —le recuerdo—. También te necesito.

Sus labios se estiran en una sonrisa y me levanta entre sus brazos. La sensación de riesgo nos excita. Me besa con avidez y reprimo un gemido cuando siento su erección en mi pelvis. Mark me desabrocha el pantalón y yo paseo mi boca por su cuello; el jadeo que suelta me hace perder el aliento. Él deja que me ponga de pie y sus ojos se detienen en la curva de mis pechos. La forma en que me mira y el deseo que lo invade es todo lo que necesito.

Empieza a marcar un camino con sus labios desde mi mejilla, mientras con su mano me desabotona la camisa para bajar lento hasta el torso. Acuna mis glúteos y sigue bajando hasta que roza mi ropa interior. La poca razón que me queda se extravía cuando me ayuda a deshacerme de los vaqueros y de las Converse y sus manos comienzan a pasearse por mis muslos, esas manos que saben acariciarme y complacerme. Se pone de pie y me detalla de arriba abajo.

—Abre las piernas, cariño —Su susurro es grave y encantador a la vez.

Hago lo que me pide y él mete sus dedos dentro de mi braga. La humedad en mi sexo le permite deslizarse con facilidad.

—Mark —jadeo. Qué difícil es guardar silencio. Muevo las caderas y ya no puedo contener más un gemido. Busco su pantalón y lo desabrocho, siento la dureza por encima del bóxer. El sonido que emite cuando lo toco solo confirma que está tan extasiado como yo. Lo acaricio por encima de la tela, haciendo que su respiración se agite aún más.

Él me besa y aumenta el ritmo de su mano. Yo le suplico que no se detenga, que siga llevándome al paraíso con su tacto. En ese lascivo instante nos convertimos en uno solo.

Corre un poco mi ropa interior, me penetra y gimo al sentirlo entrar y salir de mí. Joder, sí. Me aferro a sus hombros, él me levanta otra vez y lo envuelvo con mis piernas mientras me embiste. Nuevos jadeos se escapan de mi garganta, intento acallarlos mordiendo su hombro con suavidad, pero no logro mi objetivo por mucho tiempo. La manera en que ha ido

identificando el ritmo perfecto para hacerme el amor causa que me estremezca con cada estocada.

Me embiste con más fuerza. Lo intento, de verdad intento mantenerme en silencio, hasta que siento que estoy al borde del clímax y me obligo a morder su cuello para ahogar un chillido. Él gruñe, moviéndose con más rudeza. Lo siento tan profundo que mi cuerpo tiembla. Este encuentro clandestino nos lleva al cielo en un intenso orgasmo.

Nos abrazamos tratando de recuperar el aliento. La paranoia, que parecía olvidada, me obliga a revisar cada rincón del lugar. Por fortuna, no veo ninguna cámara de seguridad.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta y me inclino hacia atrás para mirarlo.

Sonríe con satisfacción.

—Muy bien, ¿tú?

—No podría estar mejor —Me besa y sale de mí. Dejo de rodearlo con las piernas y me estabilizo—. Es usted una preciosa tentación, señorita Lombardo.

—Usted la mía, profesor Harvet. Y la de todas aquí.

Recordar las palabras de mis compañeras me sobresalta. Mierda, debo regresar. Se lo comento y él asiente al ver el reloj en su muñeca. Empiezo a ponerme el pantalón y una sonrisa enamorada se me dibuja en el rostro cuando Mark se agacha para ayudarme con los zapatos.

—Nos vemos luego, mi amor.

—Todo saldrá excelente mañana —Me empino para besarlo cuando se pone de pie. Él acaricia mi mejilla y despierta el deseo de que nos quedemos un rato más. Sin embargo, sé que es hora de irnos.

—Dame un segundo —Lo veo acercarse a la puerta y asomar su cabeza.

Me indica que no hay nadie en los pasillos y, apresurada, salgo hacia mi habitación mientras me acomodo el cabello.

Susan y Moncerrat no están por ningún lado, supongo que se han marchado ya. Decido ducharme rápido y alistarme. El vestido negro que elijo me recuerda al traje que llevaba Mark y eso me gusta. Bajo a la recepción y camino rápido hacia el restaurante del hotel. Tengo el tiempo contado antes de que los buses salgan hacia el auditorio donde se llevará a cabo el congreso.

—¿Dónde te metiste? Pensamos que te habías adelantado al comedor —

dice Moncerrat. Está junto a Theo y Susan en una de las mesas.

—Fui a dar una vuelta y no me fijé en la hora, perdón —miento. Me siento culpable por hacerlo.

Ellos me regalan un gesto amable y olvidan el tema. Terminamos de comer y vamos hacia el bus. Su compañía hace que las miradas asesinas que Monique me dedica de vez en cuando no me incomoden. Cuando llegamos al recinto, nos indican los lugares que debemos ocupar y, por desgracia, el de ella y su amiga Crisna están detrás del mío y no pierden tiempo para hacerme notar su presencia. Paso una hora tratando de omitir sus comentarios sarcásticos para poder prestar atención a la charla de bienvenida al congreso.

Un par de horas después, la jornada ha terminado. Llegamos pasadas las cinco al hotel y me quedo un rato en una sala cercana al lobby para hablar con Amy. Está feliz porque el tratamiento del pequeño Lucah va bien y los pronósticos médicos son favorables. También me dice que, como tenemos ese tiempo libre, cenará con dos compañeras y me invita para que vaya con ella. Agradezco su oferta, pero quiero recostarme un rato.

Subo a la habitación y me encuentro con Moncerrat y Susan que se preparan para salir. Irán a conocer los alrededores y me preguntan si quiero acompañarlas. Les digo que quizá les escriba al rato para alcanzarlas, pero que ahora solo quiero descansar un poco. Me lavo la cara y me tiro en la cama. Reviso mis redes sociales cuando llega un mensaje.

Amor, veámonos en el Café Arrebol en 15 minutos.

Mark envía también la ubicación y mi decisión de estar en ese cuarto desaparece. Tomo un abrigo antes salir a su encuentro. Habíamos quedado de no hacer nada hoy porque en la noche tiene un coctel con el resto de profesionales y expositores. La incertidumbre no tarda en presentarse.

Llego al lugar a la hora indicada, es bastante cerca; me encuentro con un local pequeño y antiquísimo. Hay unas cuantas personas adentro, pero ninguna es la que busco. Saco el teléfono para avisarle a mi novio que ya estoy ahí, cuando escucho la bocina de un auto. Volteo para ver y es un taxi al otro lado de la calle. Mark está adentro y me indica que vaya. Cuando subo al vehículo, veo que lleva una chaqueta de cuero y un suéter de cuello alto, muy diferente al traje que tenía en nuestro encuentro en las escaleras de emergencia.

—¿Qué hacemos aquí?

—Ya podemos ir a donde le dije, por favor —Le habla al conductor quien arranca de inmediato—. Hay un par de horas antes de que tenga que ir a ese cóctel, así que tendremos una cita como nunca la hemos tenido —

Estrecha mi mano con la suya y las mariposas despiertan en mi estómago.

El taxista se detiene frente al Jardín Botánico de la ciudad. El cielo está empezando a oscurecer y la iluminación del sitio hace que las plantas y las flores se vean aún más hermosas.

—Espero te guste el recorrido —dice Mark y me guía hacia la entrada.

Uno de los operarios del lugar nos da las indicaciones, va junto a nosotros por cada una de las zonas y nos explica todo sobre lo que vamos viendo.

Cuando llegamos al centro del parque, hay una fuente gigante en la que proyectan un show de luces. Mark pone un brazo sobre mis hombros y yo me aferro a su cintura. La libertad de poder estar juntos en un sitio público con cierta tranquilidad es insuperable. Quiero que esto se repita muchas veces más.

Seguimos al hombre hasta un domo y me maravillo con la exposición de flora exótica. Es un espacio cargado de color y vida. Unos minutos después, llegamos al lago que cierra el recorrido.

—A esta hora los patos ya están descansando, pero en las mañanas viene mucha gente a alimentarlos —comenta el guía antes de ir a una pequeña caseta al costado para hablar con un compañero.

—Algún día tenemos que ir a un lago como este y alimentar a los patos

—digo emocionada aprovechando que estamos solos.

—Te prometo que lo haremos —comenta Mark y me da un beso en la frente.

—Fue un gusto acompañarlos —Nos sorprende el hombre cuando regresa—. Espero que vuelvan pronto.

Le agradecemos y salimos de allí. Nos tomamos de la mano y caminamos por una calle llena de tiendas de diferente tipo. Muchas personas andan a esa hora por la ciudad, entre ellas algunas parejas como nosotros. Los alumbrados navideños ya son dueños de todo a pesar de que apenas comienza diciembre.

—Te ves muy guapo con esa ropa. Te pareces a Steven —me burlo de él.

—Pues este suéter es para cubrir la marca que usted dejó en mi cuello mientras le hacía el amor, señorita Lombardo —agrega divertido y yo me

muero de vergüenza.

—Discúlpame, Mark. No quise hacerlo —le pido apenada.

—He creado un monstruo, ¿no? —suelta una carcajada y me abraza—.

No tienes que disculparte, cariño. Mañana habrá desaparecido para la presentación y para la cena de celebración de un nuevo mes juntos. Llegó la hora de Steven de reemplazarme —bromea y mira su reloj—. Tenemos el tiempo perfecto.

—¿Qué tiene planeado, profesor Harvet?

—Usted solo sígame, señorita Lombardo.

Avanzamos un par de calles más hasta que nos detenemos frente a una casa colonial preciosa. Cuando entramos, me encuentro con estanterías llenas de libros y un café en el fondo. Me suelto de Mark y empiezo a recorrer los lomos, a ver las portadas y a dejarme llevar por las historias.

—¿Cómo te parece el lugar? —pregunta él.

—¡Me encanta! ¿Sabes? Me gustaría trabajar en una librería.

—Quizás algún día lo hagas, cariño —Se detiene unos segundos a mirar una de las secciones y luego vuelve a hablar—. Puedes escoger el libro que quieras. Es un regalo —Asiento y sigo explorando unos minutos más hasta que encuentro una novela de la que mamá me habló hace años.

Me acerco a Mark y le muestro mi elección.

—Emma de Jane Austen. Te llevas una excelente lectura. Si quieres, ve a la cafetería y pide algo. Para mí un expreso, por favor. Necesito mantenerme en pie para esta noche. Iré a pagar el libro.

—La bebida la invito yo —le digo y él asiente antes de acercarse a la caja.

Ordeno lo que Mark quiere y una soda italiana de fresa para mí. Justo cuando traen el pedido, mi novio se sienta a mi lado y me entrega dos libros.

—Espero que los disfrutes.

—¿Y este? —pregunto al ver el otro. Te quiero en todos los idiomas de Ikeli O’farrell. Me sonrojo al leer el título.

—Lo vi y pensé en ti, solo eso —responde con una pequeña sonrisa y da un sorbo a su café. Aprieto el libro contra mi pecho y sé que debo estar haciendo una cara de tonta tremenda.

Le agradezco por el regalo y empezamos a hablar de lo que vimos en el Jardín Botánico mientras terminamos las bebidas. Luego salimos de la

librería y Mark pide un taxi en su teléfono. Todo el camino en el auto vamos con nuestras manos unidas. Cuando estamos a unas calles del hotel, él le indica al conductor que se detenga.

—Cariño, terminaré el recorrido a pie —comenta mientras acuna mi rostro con sus manos—. Gracias por este día inolvidable.

—Gracias a ti por hacerlo posible —agrego y lo beso antes de que el taxi arranque de nuevo. Estoy feliz como pocas veces lo he sido, pero al mismo tiempo me duele que no podamos llegar juntos y que Mark hubiera tenido que bajarse antes solo por miedo a que nos descubran. No estamos haciendo nada malo. Amarnos del modo en que lo hacemos no es algo incorrecto. Ahora estoy convencida de que no lo es.

—En palabras de James Joseph Sylvester, las matemáticas son la música de la razón —habla el presentador del congreso—, y nadie mejor para hablarnos de ello que nuestro siguiente ponente. Estoy complacido de darle la bienvenida al especialista en Estadística y Cálculo y doctor en Ciencias Matemáticas Mark Harvet Prier. A sus veintiséis años, es docente titular en la universidad de Wens Ildet y tutor de grandes proyectos de investigación en la misma institución. ¡Únanse a mí para darle la bienvenida al Dr.

Harvet!

Al igual que el resto de la audiencia, lo aplaudo. Me siento orgullosa y feliz. Él, con su seguridad y elegancia al caminar, se presenta en el escenario. Lleva un traje gris que le queda increíble. Además, me encanta que haya decidido no usar corbata hoy, sino llevar su camisa con un botón desabrochado. Por fortuna, ya no hay huella en su cuello de lo que hicimos ayer.

Mark logra captar la atención de la audiencia con su presentación, a excepción de Monique y Crisna quienes se la pasan todo el tiempo haciendo comentarios molestos sobre cómo se ve. Él hace su ponencia de manera perfecta y, aunque la he escuchado decenas de veces, me concentro en lo que dice. Habla con entusiasmo sobre los temas que va desarrollando. Es un profesional admirable. Me emociona poder presenciar su momento especial pese a que no estoy segura de que él logre identificarme en medio de la multitud.

—Gracias por estar aquí y ser parte importante de esto —dice durante sus palabras de cierre, mirando fijo en mi dirección. El pulso se me acelera cuando se acomoda el cuello de la camisa—, por seguir trabajando en pro de la ciencia que, no tengo dudas, les apasiona tanto como a mí. Estoy convencido de que, dentro de unos años, ustedes estarán en este escenario mostrando los avances en la aplicabilidad de nuestra pasión. Buenas tardes.

Todos en el recinto lo aplaudimos con más fervor que al inicio. Escucho cómo algunos de los profesores de las otras universidades alaban la investigación que Mark presentó, mientras él se despide con una sonrisa cortés y se baja de la tarima.

Aunque me muero por felicitarlo ya mismo, debo esperar hasta que nos encontremos afuera en un rato durante el primer receso de la jornada.

—¿Vienen a comer con nosotras? —Moncerrat, quien va con Susan a su lado, se dirige a Theo y a mí cuando salimos del auditorio.

—Me encantaría, pero debo buscar a Amy. Gracias —le respondo.

—No hay problema, Rachel. Nos vemos luego —agrega Susan y Theo se suma a ellas. Yo camino hacia el otro lado. Cuando llego al área en que vamos a tomar el refrigerio, alguien me empuja.

—Ay, lo siento —dice Monique mientras pasa. Logro mantener el equilibrio. Su sonrisa me pone histérica.

—¿Qué te sucede?

—Lo lamento, amiga —se burla—. Estaba un poco distraída pensando en la conferencia que dio nuestro profesor.

¿No sé cansa? Por Dios. Empiezo a perder la paciencia, pero sé lo que busca y no pienso dárselo. Doy unos pasos lejos de ella y sigo buscando a Amy.

—Rach, piensa rápido —Giro al escucharla y no logro esquivar el termo que me lanza y que da directo en mi cabeza—. Ups. Debiste atraparlo, amiga. Hoy amaneciste un poco torpe.

—¿Qué demonios te pasa? —La enfrento y ella se pone frente a mí, intentando atemorizarme. Los murmullos en el lugar no se hacen esperar y las miradas se enfocan en ambas.

—¿Tan superior te crees por cogértelo? —murmura—. Solo eres una más que le abre las piernas.

Permito que su comentario me consuma y el enojo se intensifique como las llamas del infierno. Doy un paso al frente y ella retrocede hasta

tropezarse y, de forma dramática, se tira al suelo.

—¿Qué sucede aquí? —exclama enojado el director Ildet. Mi cuerpo tiembla al ver su expresión llena de furia y al darme cuenta en lo que me he metido.

—Rachel empezó, cualquiera puede confirmárselo —Se defiende Monique poniéndose de pie y fingiendo dolor.

—¿Cómo se atreven a actuar de esta manera en un evento tan importante? ¡Ya no son unas adolescentes! Denme sus pulseras y gafetes y retírense de aquí. ¡Ahora!

—Ildet, ¿qué sucede? —Mark aparece de repente.

—Ya todo está solucionado —contesta el director y cambia su expresión para que las personas alrededor olviden lo ocurrido—. Alumnas, lo que les pedí.

El pecho y la cabeza me retumban. Aunque Mark intenta mantenerse al margen, no deja de mirarme con sus ojos llenos de preocupación. Le entrego al director la pulsera y el gafete, consciente de lo que eso significa: He sido expulsada del congreso.

—Esto es una injusticia, se lo diré a mi padre —chilla Monique.

—Señoritas, regresen al hotel, ya hablaremos —Ildet se marcha. Me siento mal por haber caído en su juego.

—Vamos a buscar al equipo de atención para que la revisen —la voz profunda y preocupada de mi novio me altera. Ve directo hacia mi frente.

Monique bufa y, antes de que pueda decir algo que afecte la imagen de Mark, salgo del lugar. Mi cabeza aún duele, no sé si por el golpe o por las continuas recriminaciones que me hago.

Quiero hablar con Mark y disculparme por arruinar su momento, pero tomo el primer taxi que encuentro y le indico el hotel en el que me estoy quedando. Subo directo a la habitación y la culpa se siente aún peor cuando cierro la puerta. Reviso mi teléfono y sigo sin razón de Amy. Pienso si es bueno enviarle un mensaje a mi novio, pero desecho la idea de inmediato.

Escucho un golpeteo en la puerta y me tenso al creer que puede ser Monique pues somos las únicas que deberíamos estar en el hotel.

—¿Quién es?

—Servicio a la habitación, señorita —Me pongo de pie y veo por la mirilla a un empleado con un carrito.

—Hola. Yo no hice este pedido. ¿Seguro que es para esta habitación? —

comento cuando abro la puerta.

—¿Señorita Rachel Lombardo? —Asiento ante su pregunta—. Sí, es para usted.

—Está bien, gracias —agrego y él entra para dejar la bandeja sobre la cama.

—Permiso, señorita.

Cierro la puerta y me fijo en lo que han traído: Té helado, un emparedado y un par de pastillas para el dolor de cabeza. Al lado, hay una pequeña nota.

Su detalle me hace sentir mejor y peor a la vez. Decido tomar una de las pastillas y recostarme en la cama. Cuando la medicina hace efecto, el sueño se adueña de mí.

No sé cuánto tiempo ha pasado hasta que vuelvo a escuchar que tocan a la puerta. Sonrío cuando veo a Mark y siento sus brazos rodeándome.

—¿Cómo sigues, cariño? ¿Estás mejor? —Acaricia mi frente.

—No fue nada, Mark. Muchas gracias por las pastillas —susurro avergonzada—. Siento haber arruinado tu momento.

—Yo también estoy cansado de los comentarios, los rumores y de tener que ocultarnos cuando amarnos no es algo que deberíamos esconder —

Ahora soy yo quien lo abraza—. Solo pasé un momento para ver cómo estabas, pero debo regresar al congreso pronto.

—Estoy bien —le aseguro.

—En un rato me reuniré con Ildet para que te permita regresar.

—No quiero que te involucres más, por favor. No es conveniente para ti.

—De acuerdo. Haremos las cosas como tú digas —Respira profundo y saca una tarjeta de su bolsillo y me la entrega—. Es la de mi habitación, puedes arreglarte allí. Es probable que por los imprevistos llegue un poco tarde, pero pase lo que pase saldremos como lo planeamos. Además, no quiero dormir sin ti hoy.

—Yo tampoco, Mark. Te quiero y mucha suerte.

—Yo te quiero más, cariño, siempre más —Me besa con delicadeza.

—Rachel —La voz de Theo me sobresalta. Sorprendidos ante la interrupción, Mark y yo vemos al chico que nos mira con atención—. Oh, mierda. Lo siento.

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