¿En clases no?
Capítulo 18
ILEGAL
Nada de lo que dice Jackson tiene sentido.
—Él tiene razón. He sido egoísta contigo. Permití que los rumores siguieran propagándose y no hice nada para detenerlos —habla frustrado y la melancolía se instala en mí.
Ahora entiendo el mensaje de mi ex. Él pretendía exacerbar los pensamientos de Mark, hacerlo sentir culpable, y lo ha conseguido.
—Jackson fue quien inició los rumores, no tú. Es él quien se ha empeñado en dañar mi imagen.
Lo miro extrañada. Ver a un hombre tan seguro caer en un sucio juego de palabras me amilana.
¿Jackson siempre fue manipulador y mentiroso? La idea de haber estado todos estos años con una persona así no deja de aterrorizarme. ¿Fui tan ciega al no darme cuenta de cómo era él? ¿Cuántas veces me manejó a su antojo o me usó como quiso? ¿Cuántas veces me hizo sentir menos o ceder a ciertas cosas sin darme cuenta? Siento un dolor instalarse en mi cabeza.
—Pero tampoco hice nada para evitarlos —replica.
—¿Qué podrías haber hecho? —lo cuestiono sorprendida—. Me duele que estar cerca empiece a atormentarnos.
—Jamás pienses que tu cercanía me atormenta. Tú me das paz y eso es algo que quiero en mi vida. Quiero estar contigo, Rachel —Se acerca y acaricia mi mejilla.
—Yo también quiero que las cosas estén bien entre nosotros, por eso vine a aclararlo todo —Junto mis manos para llenarme de valor.
—Creo en ti, Rachel. No quiero que soportes chismes que te involucren, no tienes que tolerarlo. No es justo para ti —Su tono es suave.
—Desataré una guerra cuando salga otro rumor —bromeo en mi intento de apaciguar la situación.
—Desatáremos, cariño. Lo haremos juntos —corrige en el mismo tono divertido con el que yo hablé, pero su seriedad vuelve enseguida—. No permitiré más chismes de pasillo.
La forma en la que se preocupa por mí hace que mi pulso se descontrole.
—¿En qué estás pensando? —pregunta y me doy cuenta de que se debe a la manera tan fija en la que no puedo dejar de mirarlo. Niego sonriente—.
Lamento mi actitud de antes. No pude dejar de sentirme molesto conmigo.
Me estaba alistando para ir a buscarte.
—Y yo llegué aquí, sin avisar —comento apenada al recordar cómo me presentó Steven—. Discúlpame.
—Me gusta que estés aquí —Rodea mi cintura y me pega a él. El contacto con su torso desnudo provoca una sofocante calidez y hace que mi respiración se agite. Estar en un lugar a solas con Mark significa tener que lidiar con la notable tensión entre ambos. Es como si el acercamiento tan íntimo que tuvimos hace días en el sofá hubiera desatado una atracción magnética e inquebrantable entre los dos.
—Mark... —El tono lento de mi voz me avergüenza.
—Me muero por darte un beso —Su petición es más una advertencia y entiendo la razón. Siento sus ansias en la manera en que me mira y en cómo su mano me aferra con fuerza. Su boca toma la mía y la pasión se adueña de nosotros. Las sugerentes caricias en las que nos sumergimos hacen que las piernas me tiemblen. Enredo una de mis manos en su cuello, en busca de una mayor estabilidad.
—Tu familia está afuera —le aviso en un susurro. Mark asiente, sin dejar de besarme. La mano que antes estaba en mi mejilla ahora se acomoda en mi mandíbula mientras que la otra nos funde aún más, acercándonos tanto que puedo sentir su erección.
—Y no sabes cuánto desearía que no estuvieran aquí —susurra. Me identifico totalmente con sus deseos.
—Hijo, lamento interrumpir, pero tu padre ya llegó —avisa Eleanor mientras toca la puerta dos veces, haciendo que me aparte de Mark, horrorizada.
—Está bien, mamá —responde él con una tranquilidad que me escandaliza—. En un momento saldremos.
—Sí, eh. Estamos revisando unos papeles —añado sin pensar.
Miro a Mark, quien tiene el ceño fruncido para evitar reírse. Toco su brazo para que diga algo y me salve de quedar como una mal educada.
—Sí, unos documentos de la universidad con los que Rachel me está ayudando —Su voz es inestable y la carcajada parece lista para salir.
Gracias a Dios, logra mantener la calma.
—No se preocupen. Los esperamos en la sala —comenta Eleanor. Al oír sus pasos alejarse, Mark me mira y se echa a reír. Su buen humor basta para
que empiece a sentirme tan relajada como él.
—Tranquila, no era necesario aclarar nada.
—Por lo menos espero parecer tu asistente.
—Rachel, ellos saben que eres mi alumna.
—Espera, ¿qué?
—Hablé con ellos de todo. No quiero ocultarles cosas ni mentir sobre lo nuestro con mi familia.
—¿Cómo lo tomaron?
—A mi madre le gustaste, le hablé sobre ti y tenía ganas de conocerte.
Aunque al inicio le sorprendió, ha intentado sobrellevar la idea y aceptarla de la mejor manera.
—Fue muy amable conmigo —le cuento emocionada. Eleanor me hizo sentir cómoda, aun cuando ya sabía que soy alumna de su hijo.
—No espero menos de ella. Siempre ha respetado mis decisiones y sabe que, si he decidido estar contigo aún con todos los conflictos profesionales y éticos que existen, es porque creo que vale la pena.
—También le conté a mi madre de ti —confieso.
—¿Y qué tal lo tomó?
—Mejor de lo que esperaba, pese a que la idea tampoco le guste del todo. No quiere que sufra de nuevo.
—En eso coincidimos —acaricia mi mejilla con el dorso de su dedo—.
No quiero que sufras, Rachel.
—Lo sé. Confío en ti y sé que nuestras familias también terminarán confiando en lo nuestro.
—Ojalá sea así. Es normal que tengan este tipo de conflictos, pasamos por eso al inicio. Estuvimos sumergidos en el mismo mar de inseguridades.
—Un mar en el que aprendimos que no se puede ir contracorriente con los sentimientos —concluyo y su mirada se ilumina al escucharme—.
Démosles tiempo.
—Lo necesitarán, sobre todo mi padre.
—¿Por qué?
Sin dejarme analizar lo que acaba de decir, Mark vuelve a apoderarse de mi boca. Da unos cuantos pasos hacia adelante y no hago más que seguir su ritmo, retrocediendo hasta que noto que mi espalda golpea ligeramente la pared cercana a la puerta.
—No está bien —murmuro—. No con tu familia esperándonos.
—Solo déjame besarte. Prometo que no haré nada más —Me estremezco al sentir su aliento. Jadeo cuando su boca abandona la mía para darle atención a mi cuello. Él inclina más su cuerpo, tomando mi muslo y llevándolo a la altura de su cintura.
—Mark…
Ahogo un gemido al darme cuenta de que estamos llegando a un punto de no retorno. Mi necesidad de él crece con la fricción de su pene erguido entre mis piernas. El roce de nuestros cuerpos es parte de una maravillosa tormenta de sensualidad. Necesito más de él, no puedo controlarlo.
Dejo que la excitación fluya. Muevo mis caderas contra él y siento su pecho subir y bajar frenéticamente. Mark jadea mientras sus manos recorren mi cuerpo, quemándome la piel con su contacto.
—Si haces eso será imposible mantenerme en mi palabra —gruñe, empuñando con fuerza el nudo de la toalla en su cintura.
—Lo siento —Tomo aire y me alejo.
—Yo más, cariño. Créeme —musita y suelta una bocanada de aire—.
Tomaré una ducha rápida y luego salimos. ¿De acuerdo?
Asiento, entendiendo las razones de su segunda ducha. No es el único que la necesita.
Me siento en la cama, frustrada y avergonzada. Lo observo desplazarse hasta su guardarropa y tomar varias prendas de ahí. Notar lo que su toalla no logra ocultar me pone más nerviosa de lo que ya estoy. Miro mis zapatos y me concentro en cualquier detalle insignificante en ellos para evitar verlo.
Escucho su risa antes de que cierre la puerta del baño.
¿Cómo puede hacerme sentir de esta manera, profesor Harvet?
Con esfuerzo logro recuperar la calma; merezco un premio, sobre todo si tomo en cuenta que a pocos centímetros de mí se está duchando Mark.
Apenas regresa a la habitación, no puedo dejar de pensar en que se ve increíble semidesnudo y también vestido de cualquier manera. Lleva una camisa celeste casual que marca cada parte de su torso y unos vaqueros sueltos que lo hacen ver más relajado que nunca.
—¿Lista? —Me ofrece su mano y la acepto—. Antes de presentarte a mi familia, quiero que hablemos de algo —La seriedad con la que habla me
intriga.
—¿Qué sucede?
—Rachel, no sé si lo que te preguntaré es correcto para ti, pero lo es para mí. Lo ha sido desde que entendí que no hay marcha atrás y no quiero que la haya. Es increíble cómo has llegado a desordenarme la vida y, al mismo tiempo, a poner en orden mis sentimientos. Quiero más de esto, de ti, más de nosotros —acompaña sus palabras con una dulce sonrisa—. Por eso, antes de reunirnos con las personas más importantes para mí, quiero saber algo.
—Dime —hablo con timidez. Mis manos tiemblan.
—Señorita Lombardo, ¿acepta ser mi novia?
El corazón se me acelera y la felicidad empieza a brotar por mis poros.
—Sí —Asiento emocionada—. Por supuesto que quiero ser su novia, profesor Harvet.
Sellamos la formalidad de nuestra relación con un beso profundo y le entrego mi corazón en un abrazo. Tenerlo tan cerca hace que empiece a recordar lo que hicimos hace unos minutos y mis mejillas vuelven a arder.
—Tu familia nos está esperando —Más que para él, me lo recuerdo a mí.
—Lo sé y será mejor ir con ellos —Me da un último beso antes de dirigir su boca a mi oído y susurrar—, o terminaré dándole razón a mis deseos. La cordura no encaja aquí, no cuando sabe todo lo que quiero hacerte.
Contengo la respiración. Siento que mi piel se calienta ante lo que acaba de decir.
—¿Nos vamos, señorita Lombardo?
—Familia, esta hermosa mujer es mi novia. Les presento a Rachel.
Mis nervios se disparan al límite al escuchar a Mark.
—Ya iba a irme —dice un señor, levantándose del sofá. Estoy segura de que es su padre. El parecido es evidente.
—Ethan, querido, nadie te preguntó si ya te ibas —demanda Eleanor.
Aunque su tono es gentil, la mirada hacia el hombre no lo es. Sin embargo, su rostro se relaja cuando regresa a vernos—. Ha sido un placer conocerla, hijo. Rachel es encantadora.
Ella se acerca y nos envuelve en un cálido abrazo, sin parar de mencionar lo feliz que está. Romina y Steven no dudan en apoyar su
comentario. Quien creo que es el padre de Mark continúa severo. Mi ahora novio lo nota. Su madre y su hermana le dicen que las acompañe a la cocina para alistar todo.
—Ve, Mark. Yo me quedo con ella —asegura Steven—. Tenemos mucho de qué hablar. ¿Verdad, Rachel?
—Sí, seguro —Miro a Mark—. Tranquilo, aquí te espero.
—Ya regreso —susurra y me da un beso en la mejilla.
—Tárdate el tiempo que quieras —Steven aleja a su hermano, se coloca en medio de nosotros y me guía hasta el sofá.
—Gracias, Steven —susurro.
—A ti —responde risueño—. Me gusta ver a mi hermano feliz. Y ya me contaron que te gustó Mur, así que me agradas más.
Steven me habla de cosas que vivió de niño con su hermano y del entretenido caso que ganó y por el que le dieron a Mur. Me gusta conocer esta parte del profesor Harvet: Su familia.
Aunque es extraño hablar con un hombre muy parecido a él, no puedo ocultar la empatía que tengo con Steven y lo cómoda que me hace sentir.
Agradezco la manera en que me ha recibido.
Romina, la hermana mayor de los Harvet, regresa a la sala, se sienta junto a mí y se une a la conversación. Ethan está frente a nosotros y no dice una palabra. De vez en cuando pillo al gemelo de Mark mirarlo con desaprobación.
—Señoritas, ya regreso —informa Steven—. Iré a ayudar en la cocina.
Romina aprovecha para llevarme a un rincón del salón, donde se encuentran algunas fotos. Hay unas cuantas en las que aparece toda la familia, incluido el hombre que confirmo es el padre de Mark. Logro ver en otras a un niño de ojos verdes mostrando sus pequeños músculos junto a su gemelo. No logro distinguir cuál es cuál.
—Regresé. Hola, mi vida —Volteo a ver y ahí está… El hombre frente a mí no es Mark. Aunque ahora lleve la misma ropa que mi novio, ya puedo identificarlos. No solo son sus ojos lo diferente. También la manera en la que se expresan lo es.
—Hola, Steven —le devuelvo el saludo. Él finge indignación.
—Hijo, para de querer confundir a las personas —lo reprende Eleanor desde el comedor. En sus manos lleva algunos recipientes de comida que no
tarda en dejar sobre la mesa. Romina y yo nos acercamos para ayudarla con todo.
—Es divertido —se justifica Steven.
—Desde pequeño lo hace y nunca dejará de hacerlo —Mark comenta mientras sale de la cocina. En una mano sostiene dos botellas de vino y en la otra un pequeño tazón. Sonrío al darme cuenta de que la única tarea de Steven fue cambiarse de ropa.
El padre de los gemelos se acerca a la mesa y la tensión está de vuelta.
En silencio, todos tomamos asiento.
—Renata, ese es tu nombre, ¿cierto?
—Su nombre es Rachel, papá —corrige Mark con evidente mal humor.
—Hablo con ella —le refuta su padre sin dejar de mirarme—. ¿Así que estudias en la universidad en la que trabaja mi hijo?
—Sí, señor —pronuncio intimidada por la situación.
—Y eres su alumna. ¿Eso es legal?
—Ilegal debería ser tu comentario —espeta Mark.
Mierda. Esto es más incómodo de lo que pude imaginar.
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