¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 32 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 31

¿MI DULCE CHICO?

Mayo 26

Hoy no quiero hacerme la fuerte, hoy quiero llorar hasta sentir que no me quedan lágrimas, disfrutar de esta cita pesimista conmigo. Hago la maleta sin doblar ninguna prenda, mientras me repito las palabras de mamá en el sueño que tuve anoche. «Tienes que seguir con tu vida», me decía en tono comprensivo. «Ya no te tengo y tú eras mi vida», respondí. «Pero te tienes a ti, mi amor, y esa es una razón suficiente para seguir adelante», casi siento cuando me rodeó con sus brazos y cerré los ojos ante su contacto.

Pareció tan real.

Ya no quiero ver el tren pasar y quedarme sola en el andén. Aunque la decisión de volver a la ciudad me asusta, necesito hacerlo. Como cada día, temo enfrentarme a esta nueva vida en la que ya no están ni mi madre, ni Mark ni Amy. Aunque intenté retrasar mi regreso, el momento ha llegado.

—Rach, el taxi está aquí —informa mi abuela al tiempo que entra a la habitación. Luce animada y eso me hace feliz. No duda en acercarse y sentarse a mi lado.

—Tengo miedo, nana —confieso—. Miedo de regresar a casa y no ser capaz de acostumbrarme a no verla ahí, donde siempre estuvimos la una para la otra. De estar en una ciudad donde creí tenerlo todo y ahora parece que no me queda nada.

—Mi niña... Tienes a Mark, a Amy, a mí, incluso al gemelo del que me has hablado —Una sonrisa brota en mi rostro al reconocer lo mucho que he extrañado a Steven. ¿Habrá logrado conquistar a mi amiga? ¡Dios! Han pasado cinco meses, ¿qué he hecho?

—Gracias por estar junto a mí, nana —La estrecho en mis brazos y me lleno de nostalgia.

—De nada, cielo.

El taxista nos ayuda con el equipaje y le agradezco porque sigo sintiéndome débil, lo poco que he dormido durante este último mes me pasa factura cada día. No paro de preguntarme si en algún momento dejará de dolerme la muerte de mamá. Aunque las ganas de renunciar a todos los planes y quedarme se hacen presentes, entro al auto en compañía de mi abuela.

Extraña, siento no haber entendido tu muerte y no ser fuerte como tú lo eras. Gracias por ser la mejor madre, gracias por siempre empujarme a luchar por mis objetivos. No voy a defraudarte, te lo prometo, medito mientras salimos del pueblo. Me despido de este lugar con una herida incurable que sangra cada segundo con más intensidad y que espero sanar pronto.

Llegamos dos horas después y no puedo creer que estoy de regreso aquí.

Los recuerdos me abruman, me golpean y apenas me dejan respirar. Todo se derrumba al revivir el día que estuve por última vez en esta casa, la presión en mi pecho es insoportable. ¿Podré con esto?

—Estoy aquí —La abuela sujeta mi mano.

—Lo sé, nana —Tomo aire y entramos al lugar polvoriento y abandonado que solía llamar hogar.

—Iré por materiales de limpieza —anuncia al tiempo que deja las maletas en el suelo.

Ayudarla a arreglar la casa me relaja. El tiempo pasa y la tarea está finalizada. Nos sentamos a la mesa a comer lo que pedimos. Me alegra que, semana tras semana, mi apetito se haya recuperado.

—Rach, deberíamos descansar, tu cita con el abogado será en la mañana

—aconseja mientras terminamos de cenar.

—¿Puedes dormir conmigo? —Me siento avergonzada por molestarla, pero me cansé de mentirme, no estaré bien despertando en esa cama con el anhelo de que todo sea como antes.

—Por supuesto que sí, cielo —acepta con una sonrisa acogedora—.

Acomodaré mis cosas, me ducharé e iré a tu habitación. ¿De acuerdo?

—Gracias, nana. Te amo —Me acerco y la abrazo. La abuela me ha dicho varias veces que nadie puede amar a otros si no se ama a sí mismo y he estado trabajando en recuperar el amor propio, en dejar de despreciarme.

Esa es una de las tantas cosas que le debo.

—Te amo, hija —responde con su voz entrecortada y luego va al cuarto que era de mamá mientras yo voy al mío a tomar una ducha. El agua caliente que recorre toda mi piel me relaja. Vuelvo a la habitación, busco en el armario algo para ponerme y encuentro una camisa gris con la que alguna vez me quedé.

«¿Qué?», le pregunté ese día a Mark entre risas ante el gesto sorprendido que él hizo al verme con su camisa.

«Señorita Lombardo, usted se robó algo mío».

«Puede que la haya tomado sin permiso, profesor Harvet», dije con inocencia mientras él, apoyado en el marco de la puerta de su habitación, recorría con la mirada mis piernas descubiertas.

«No solo has robado mi corazón, Rachel». Se acercó a mí y puso sus manos en cada lado de mis caderas, lentamente empezó a acariciarme. «Me encanta verte con mi camisa puesta, pero me gustas más sin ella».

—Rachel, cielo —La voz de mi abuela me devuelve al presente. Me observo en el espejo y estoy sonrojada.

—¿Sí?

—¿Puedo pasar?

—Sigue, nana —Uso la prenda de Mark como pijama.

—¿Eso es tuyo? —pregunta sonriente y señala lo que llevo puesto.

—Es de Mark.

—Pues ese muchacho es muy grande, porque la camisa te queda enorme

—Ambas sonreímos.

—Lo es, abuela —suelto y nuestra carcajada se agudiza—. Y creo que este nuevo corte también me hace ver más delgada.

Antes de empezar a trabajar en el restaurante, fui al salón de belleza y le pedí al chico que me atendió hacerme un cambio radical. Puede sonar tonto porque solo es un corte de cabello, pero para mí significó un nuevo comienzo.

—¿Piensas comunicarte con él?

—Lo llamaré después de la reunión con el abogado, ojalá conteste.

Llevo días intentando contactarlo, pero no he encontrado respuesta. Su teléfono parece fuera de servicio. ¿Habrá cambiado de número?

—Todo irá bien.

—¿Y si ya no encajo en su vida, nana?

—No pienses en eso, cielo. Ese muchacho, del que Karla y tú me han hablado maravillas, te entenderá.

—Ojalá —menciono esperanzada—. ¿Seguro que no quieres acompañarme mañana?

—No, hija. Creo que esto debes manejarlo tú sola.

Asiento y la invito a acomodarse en la cama mientras yo voy a la sala por mi equipaje. Aunque he luchado contra el insomnio, hoy no puedo

hacerlo, necesito dormir. En realidad, lo necesito. Tomo una pastilla y espero que los efectos no tarden en aparecer.

Los rayos del sol naciente se filtran por los extremos de la ventana para anunciar un nuevo día. Animada, me levanto de la cama sin querer despertar a mi abuela. Elijo un vestido negro suelto, me arreglo con rapidez, ni siquiera lucho con mi cabello que, con el nuevo corte, insiste en mantenerse rebelde.

Poner un pie fuera de casa provoca que las dudas vuelvan a atemorizarme. ¿Qué tanto ha cambiado todo? Y no solo pienso en su número telefónico, sino también en sus sentimientos. Es egoísta desear que me quiera en su vida cuando fui yo la que se marchó así, de repente, pero lo amo y revisar el último mensaje que me envió meses atrás mantiene vivas mis esperanzas.

Te amo tanto, Rachel. Esperaré el tiempo que sea necesario.

Tuyo siempre,

Mark Harvet.

Intento alejar los nervios que me acechan. Tomo el primer taxi que pasa, le indico la dirección que aparece en el sobre y pienso en el testamento, en lo que mamá pudo haber consignado en él. Llego a las nueve de la mañana.

Le digo a la recepcionista que voy para G.J.H.A., ella revisa su computadora, me indica que siga al segundo piso y me entrega una tarjeta de entrada.

—Buenos días, ¿puedo ayudarle en algo? —Me recibe sonriente la secretaria del despacho. Su gesto se ve demasiado forzado, ¿no le dolerá la boca de mantener esa expresión todo el día? Ahora entiendo a mi jefe en el restaurante cuando decía que debíamos estar ‘siempre sonrientes’.

—Buenos días. Tengo una cita con el abogado George Müller.

—¿Señorita Lombardo? —Asiento—. Oficina 215. Puede seguir por aquí —señala a la derecha.

Le agradezco y, cuando doy un par de pasos en esa dirección, veo algo que me intranquiliza. Hay un letrero gigante con la sigla del bufete y, justo debajo de ella, dice lo que significa: Grupo Jurídico Harvet & Asociados.

No busqué nada en internet antes porque no quería más cosas que me recordaran a mamá.

—Esto tiene que ser una coincidencia —me digo, aun sabiendo que Steven es abogado y que seguro esta es su oficina.

—¿Rachel? —Su voz me lo confirma. Volteo para verlo y suelto un suspiro. Él se ve tan sorprendido como yo. Parece que hubiera visto una aparición.

—Hola —le respondo y su rostro empalidece cuando mira hacia una de las puertas del piso. Lo imito y mi corazón deja de latir al reconocer a Mark. He deseado verlo desde que desperté y encontrarlo tan de repente me deja sin aliento.

—¿Qué haces aquí? —Su tono de voz es frío. Flaqueo ante la dureza con la que me mira, como si fuese una completa desconocida. Lo sé, me lo merezco. Lo abandoné sin darle motivos. Desaparecí, puse una distancia entre nosotros, una que ahora él remarca.

—Mark, ¿podemos hablar? —Mi petición sale en un hilo. Él no dice nada y eso duele más que una respuesta negativa. Doy un paso al frente para estar más cerca suyo—. Por favor.

—No, Rachel. No es el momento —Quizá tenga razón, este no es el mejor lugar o circunstancia para hablar, pero algo dentro de mí me advierte que es ahora o nunca, que tal vez no haya otra oportunidad.

—Necesito explicarte muchas cosas.

Sus ojos están rojos y me dedica una sonrisa que hace que se forme un nudo en mi garganta. Hay incredulidad en la forma en que sus labios dibujan su gesto. Da media vuelta, dispuesto a irse, por lo que tomo su mano para impedírselo. Sus músculos se ponen rígidos.

—Rachel, estoy de acuerdo con Mark, no es el momento. No le hieras más —susurra Steven, el mismo chico que desde que conocí fue mi cómplice y que ahora me acusa de lastimar a su hermano. ¿Qué hice? He vuelto a ser egoísta con los que amo. Los he perdido.

—Aquí estaban ustedes dos. Solo quería avisarles que Amy y yo estamos… —comenta una mujer y se concentra en Mark—… Oh, perdón por interrumpirlos.

—Samantha, ¿qué te parece si vamos con Amy? —La sonora voz de Steven destruye el incómodo silencio que se ha formado.

¿Samantha? ¿Será la misma Samantha que fue su novia, su primer amor? Me inunda una sensación extraña. De repente, me siento una intrusa.

Suelto a Mark y sé que voy a llorar en cualquier instante. Él me mira inexpresivo y la herida se abre un poco más.

—¿Amy está aquí? —pregunto. Deseo verla, aunque tengo miedo de que ella tampoco quiera saber de mí.

—¿La conoces? —dice Samantha animada.

—Vamos, Sam —insiste Steven.

—Te esperamos en la oficina, Mark —Él asiente y, antes de marcharse, ella deja un beso en su mejilla.

—Está bien, cariño. No tardaré.

Cariño. Niego con la cabeza al escuchar esa palabra tan familiar para tratar de convencerme de que entendí mal. ¿Es posible que ellos estén saliendo? Esto tiene que ser una nueva pesadilla. La incertidumbre me oprime el pecho y se me dificulta respirar.

—¿Tú y ella… —le pregunto apenas nos quedamos solos, a pesar de que me aterra lo que pueda contestar. Él mantiene la actitud controlada y distante—. Mark, entiendo que estés ocupado, pero prométeme que hablaremos. Por favor.

—Está bien. Aunque ya no importe, me gustaría tener las respuestas que durante tantos meses busqué.

¿Aunque ya no importe? Dejo al descubierto mi dolor y sollozo.

—Lamento haberme ido de esa manera.

—¿Lo lamentas? —Se ríe sarcástico y unos segundos después hay una emoción diferente en su rostro, está completamente enojado—.

¡Desapareciste por cinco jodidos meses, Rachel! —Habla entre dientes con indignación—. Soy yo el que lamenta no ser capaz de mirarte o escucharte, ni siquiera por lo que alguna vez significaste para mí —dice y me lastima que hable en pasado. Eso termina por destrozarme, por llevarse cualquier esperanza que tuviera.

—Sé que te debo una explicación.

—No, no me debes nada. Como yo tampoco te debo nada a ti. Ahora, si me lo permites, debo irme.

—Siento haberte hecho daño, Mark —repito.

—Y yo siento habértelo permitido.

Miro al suelo, el dolor en mi pecho me amilana. Todo se vuelve oscuro y lloro. Él da un paso hacia mí y, cuando pienso que seguirá acercándose, da vuelta y se marcha.

—Ahora yo te quiero más —susurro. Las lágrimas caen por mis mejillas y noto cómo se me corta la respiración. Lo he perdido y soy la culpable de

eso por mis decisiones, miedos y egoísmo. Me había preguntado si aún encajaba en su vida y ya tengo una respuesta, una que me tortura: No significo nada para él, soy el fantasma del amor que alguna vez nos juramos y entre nosotros solo queda este corazón que, aún herido por el rechazo, continúa latiendo por Mark.

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