¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 20 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 19

¿DÓNDE ESTUVISTE TODO

ESTE TIEMPO?

Con el singular fin de semana que tuve revoloteando todavía en mi cabeza, camino por los pasillos de la universidad en dirección a la clase de Cálculo Integral.

La reunión con la familia Harvet resultó ser muy incómoda. Por supuesto, el mal rato no se debía al encanto y buen humor de Steven, ni a la amabilidad de Romina o a la empatía de Eleanor. Ellos fueron lo mejor de aquella tarde. Entiendo que el señor Ethan no me acepte como novia de su hijo, de verdad lo comprendo, pero su actitud fue descortés.

Por fortuna, la reunión no duró más de quince minutos después de la comida. Aunque fue un mal momento, todo se borró al día siguiente cuando Mark nos visitó a mi madre y a mí en casa. La comodidad con la que mi extraña nos hizo sentir fue cautivadora. Ella dejó cualquier prejuicio de lado y, tal como lo mencionó en más de una ocasión, se notó que mi felicidad era lo más importante para ella.

—Rachel Lombardo —Escuchar mi nombre ser pronunciado con rudeza me inquieta. Giro en busca de la voz que no reconozco—. ¿Se ha realizado exámenes médicos? ¿En especial uno auditivo? —pregunta con ironía el hombre que tengo frente a mí. Es el director Ildet.

—¿Disculpe, señor?

—Llevo un buen rato llamándola, señorita. ¿No escuchaba o no deseaba escuchar? —inquiere con mal humor—. Acompáñeme a mi oficina, debo hablar con usted.

—Tengo clases —informo y su expresión amarga se agudiza.

—Su clase es con el profesor Harvet, ¿verdad? No creo que haya ningún problema. Vamos.

La insinuación que esconde su comentario me perturba. Sin embargo, me armo de valor y lo sigo.

—Bien, alumna Lombardo —De nuevo una pizca de acusación relampaguea en su tono.

—¿Sí?

—Había hecho caso omiso a los rumores que iban llegando día tras día.

Al fin y al cabo, cualquiera puede inventar cosas, ¿no? —dice mientras toma asiento—. Lo que no puedo omitir es lo que vi en esta foto.

Me quedo inmóvil. El director no duda en mostrarme su móvil y la respiración se me corta al ver una imagen de Mark y yo dándonos un beso en su auto. Aunque la fotografía no es del todo clara, se pueden identificar nuestros rostros. A juzgar por la ropa, fue el día que regresaba del hospital después de ver a mamá y justo antes de que Jackson nos interrumpiera.

Mierda. ¡Fue él! Por supuesto.

—No es el profesor Harvet —digo firme y el director resopla.

—Señorita —eleva la voz—, ¿tengo cara de estúpido?

Prefiero no responder a su pregunta.

—Es su hermano gemelo —respondo en su lugar—. Mire, el de la foto es el carro de Steven. ¿Usted ha visto el que conduce el profesor Harvet? —

Desvío el tema. Me siento mal por mentir.

—También me gustan los autos negros —menciona—. Yo tenía uno parecido el año pasado... Mi esposa lo chocó.

Lo miro incrédula. ¿Se lo ha creído o me está tomando el pelo? El director vuelve al tema de la foto, menciona lo increíble que le parece que esté saliendo con Steven.

—Él no es de tener novia —Se ríe—, aunque ‘novias’ sí.

—¿Qué? —musito. De estar saliendo en realidad con Steven, me sentiría ofendida.

—Pero es un buen muchacho. Aunque siempre esté involucrando en problemas a Mark —habla como si los conociera muy bien—. Tengo una dud…

—¿Puedo regresar a mi clase? —Evito su interrogatorio. No quiero que haga más preguntas de las que ya no pueda escapar—. Es tarde.

—Está bien —Da por cerrada la conversación—. Y que esto quede entre nosotros, alumna Lombardo.

—Así será, señor —Me retiro de la oficina, aliviada por haber salido con éxito de la situación, aunque lamento haber involucrado a Steven.

Logro llegar a clase solo cinco minutos tarde. Mark está solucionando el trabajo que debíamos hacer en casa. Tomo asiento y me emociono al darme cuenta de que entiendo el tema a la perfección, pero me inquieta ver que sus ojeras son profundas.

—¿Alguien desea resolver los siguientes ejercicios? —pregunta apenas su explicación termina. Mis compañeros guardan silencio.

Antes de poder meditarlo del todo y arrepentirme, alzo la mano, llamando la atención de Mark. Él asiente y no dudo en caminar hasta la pizarra.

—Señorita Lombardo, todo suyo —Aunque su rostro es inexpresivo, lo delata la manera en que roza mi mano al entregarme el marcador.

Contengo una sonrisa por la intención de sus palabras. Aquel comentario hace que mariposas revoloteen en mi vientre.

—Muy bien, puede volver a su puesto —Puedo notar el orgullo en la voz de Mark al ver la manera en que resolví el ejercicio.

Satisfecha, regreso a mi lugar. Me siento bien al demostrar que puedo hacer las cosas y sacar adelante la carrera por mí misma y no por mi relación con el profesor, como dicen los rumores que han regado por toda la universidad.

—Tienen quince minutos para hacer el siguiente ejercicio —sentencia Mark mientras copia algo en el tablero.

—Rachel —habla alguien a quien no reconozco y toca mi hombro—

¿Podrías explicarme de dónde salió este resultado?

—Seguro —empiezo a aclarar las dudas que tiene mi compañero y él parece entender, lo que me alegra.

—Es más sencillo de lo que pensaba, muchas gracias —Su expresión cambia y se acerca más a mí—. Yo no creo en los rumores, ¿sabes? Es desagradable cómo te involucran en chismes —susurra.

Entendiendo que se refiere a lo mío con Mark. Mi boca refleja una sonrisa de culpa en respuesta.

El chico me cuenta que su abuela no se encuentra muy bien de salud y que por eso ha podido venir poco a clases. Con nervios, me dice que si ve bien que intercambiemos números para poder ayudarnos con la clase y yo asiento en respuesta. Me dicta su teléfono y me dice que su nombre es Theo Blaker. La sensación de que alguien me observa recorre mi cuerpo y confirmo las sospechas cuando veo la mirada seria de Mark.

La clase continúa con aparente normalidad.

—Adiós, Rachel —En un gesto inesperado, Theo me abraza con afecto antes de irse—. Muchas gracias por tu ayuda.

—De nada —Me despido de él, un poco intimidada por lo que hizo.

Guardo mis cosas con lentitud mientras espero que mis compañeros se marchen. Me extraña ver que Mark no me mira, su perfil está inclinado

hacia las hojas en el escritorio.

—Hola —Me acerco a él cuando estamos solos.

—Hola, Rachel —responde formal. Frunzo el ceño al notarlo distante y verifico si es porque aún queda alguien más en el salón. Pero no es así.

—¿Te sucede algo?

—No —contesta de manera cortante.

—¿Seguro?

—Sí, seguro.

No encuentro explicación a su actitud y, para ser sincera, empieza a desesperarme.

—¿Estás así por el abrazo que me dio Theo?

—¿Por qué piensas que es por él? —Me mira fijo.

—No lo sé. Es la única razón que encuentro.

Espero una respuesta, pero no hay nada. Dejándome llevar por el desconcierto, salgo del salón. El mal humor se adueña de mí al tiempo que camino hacia el patio principal, en donde los grandes y resplandecientes rayos del sol hacen contacto con mi piel. Pensar en que debo recorrer unas calles más para tomar el bus solo hace que mi ánimo empeore. Justo ahora echo de menos el auto de mamá, pero es su comodidad o la mía. Y siempre preferiré la de ella.

Casi al llegar a la parada, el sonido de una bocina hace que voltee a ver de reojo. Es Mark.

—Rachel, deja que te lleve a casa, el sol es algo intenso...

—Por lo que veo no solo el sol —ironizo. Mark suelta una risa y me desconcierta lo cambiante de su humor.

—Un comentario muy acertado —menciona—. Por favor, hablemos.

Suspiro. Él abre la puerta y, entre dudas, acepto su ofrecimiento.

—Bien… —respondo al tiempo que me acomodo en el asiento.

—No estaba molesto, ni mucho menos celoso —Lo miro, esperando algo más que esa respuesta—. Verlo abrazarte me hizo dar cuenta de que yo no puedo hacer lo mismo en la universidad.

Siento que sus palabras son sinceras. Comprendo lo que dice y mi sentimiento es similar sobre esa situación.

—Lo entiendo y sé que muchas veces lo mejor es pensar las cosas antes de hablarlas, pero me gustaría que, al menos, me lo dijeras y pudiéramos llegar juntos a un acuerdo.

—Lo sé, lo lamento —Entrelaza los dedos en mi cabello y me acerca a él. Siento su aliento cálido y mentolado por la cercanía de nuestros rostros

—. Verte en clases y tener que disimular es cada vez más difícil.

En un pequeño giro, mis labios rozan los suyos. Él responde a mi beso con ternura y delicadeza, como si cada movimiento fuera una disculpa tras otra. Pero sé que no podemos volver a exponernos después de lo que el director Ildet me mostró en su oficina. Pese a que los vidrios del coche de Mark son polarizados, me perturba pensar que puedan vernos.

—¿Qué vas a hacer hoy? —le pregunto.

—¿Te apetece que almorcemos juntos? Puedo cocinar para ti —dice.

—Almorzamos, pero seré yo la que cocine esta vez —aclaro. Aunque soy pésima en eso, quiero hacerlo. Su aspecto sigue extrañándome—. Te ves cansado. ¿Seguro estás bien?

—Sí, solo un poco agotado —comenta mientras el carro vuelve a ponerse en movimiento—. No he dormido mucho estos días, sigo preparando la investigación que presentaré en el próximo congreso universitario y también las pruebas para la semana de exámenes.

Si para nosotros como estudiantes son días llenos de estrés, no quiero imaginar lo que debe ser para ellos con tantas actividades a realizar.

—Quizá por eso Ildet fue tan molesto hoy —reflexiono con diversión, contándole a Mark sobre mi extraña charla con él.

—Rachel, eso no está bien —Frena de repente, cerca de una zona de parqueo. Luce afectado.

—No pasó nada, Mark. Le dije que estaba saliendo con Steven y por eso la confusión —trato de calmarlo.

—¿Está bien lo que estamos haciendo? —inquiere, sobrecogido por la situación.

—No lo sé, Mark —agrego. Me digo que, si algo incorrecto me hace tanto bien, quiero seguirlo viviendo.

Él sonríe y me da un beso en la mejilla antes de volver a encender el auto. Dejamos que el silencio nos acompañe por unos minutos.

—¿Y se ha creído que era Steven? —pregunta con la vista fija en la carretera—. Vaya, señorita Lombardo.

—Sí, aunque lamento haber involucrado a tu hermano.

—Tranquila. Él lo aprobará gustoso —comenta risueño.

—Así que ahora eres mi cuñado —bromeo—. ¿Eso es legal, profesor?

—Creo que sí —Vuelve a ponerse serio—. Es increíble que te haya pedido ir a su oficina por eso antes de hablar conmigo.

—No te preocupes, ya pasó y prefiero que el director siga creyendo en lo que le dije. No quiero que haga preguntas de las que no podremos escapar —Mark parece querer protestar, pero continúo para no permitírselo

—. ¿Él conoce a Steven?

—Fue su profesor en el instituto y nuestras familias son cercanas.

—Con razón dijo que tu hermano siempre te mete en problemas. Eres el gemelo bueno.

—Solo a veces, cariño —Sonríe.

Cariño. Mi humor termina por mejorar ante su mote tierno. Ambos nos relajamos, disfrutando lo que queda del camino a su casa.

Nuestra energía renovada se ve afectada por la noticia que le brinda el portero: El elevador está en mantenimiento. No nos queda más que usar las escaleras. No son muchas, pero sí las suficientes para que él luzca aún más agotado que antes.

—Mark —llama una chica rubia que sale del departamento del frente—.

Al fin te veo.

Ella saluda a mi novio y lo abraza con exagerada dedicación. Es una mujer joven y guapa; es evidente que se le sueltan las bragas por Mark.

—¿Qué tal? —responde él, apartándose de su vecina—. Por cierto, te presento a Rachel —Ella me brinda una sonrisa oculta tras una mueca y yo le devuelvo el gesto—. Rachel, ella es Danna.

Fuerzo una sonrisa. ¿No se le olvidó mencionar un pequeño detalle? La mujer frente a nosotros ignora la presentación.

—Estoy ansiosa porque me visites, tengo nuevos libros que te encantarán sobre exámenes de lógica y tendencias en la materia —Acaricia con descaro la mano de Mark—. Bueno, tengo que irme. Hablamos luego, adiós —Se acerca y le da un beso en la mejilla—. Un gusto, Raquel.

¿Raquel? ¡Raquel mis huevos! El corazón me late con furia y un cosquilleo aparece en mi estómago mientras ella se pierde por las escaleras.

—Danna fue mi compañera en la universidad.

—Creo que el momento de las presentaciones terminó —Mi tono expresa molestia.

Sí. Estoy celosa por las acciones de la vecina de Mark. No puedo ocultarlo. Enojada y cruzada de brazos, entro al departamento en cuanto él

abre la puerta.

—Espera —Mark me sigue—. ¿Qué sucede, Rachel?

—Esa mujer muere por ti —Volteo a verlo—. Y puede que sea inmaduro lo que te voy a decir, pero me hubiera gustado que le contaras que soy tu novia, no una simple conocida como pareció cuando le dijiste mi nombre.

—Es hermana del profesor Caleb. Intentaba no exponernos —explica—.

En el auto me dijiste que no querías que se enteran de lo nuestro.

—Ya, claro —comento con ironía, guiada por el enojo.

—Rachel, te he presentado a mi familia, las personas que realmente me interesan y que significan todo para mí. ¿Eso no te dice lo mucho que me importas?

Tomo aire. Camino hasta el sofá, intento buscar la calma necesaria para continuar con la conversación. Mark imita mi acción y ambos tomamos asiento.

Pasan varios minutos en los que ninguno habla.

—Sería hipócrita de mi parte decir que no entiendo tu molestia, porque lo hago. Y lamento no darte la relación que mereces. Créeme, me gustaría contarles a todos que eres mi novia o poder acercarme a ti sin miedo.

Levanto la mirada hacia él. Está muy pálido. Todo lo demás deja de importar.

—¿Te encuentras bien?

—No. No me gusta que discutamos.

Ver sus ojos dilatados y pequeñas muestras de sudor en su frente me obligan a tocarlo. Compruebo su temperatura.

—Estás caliente —exclamo alarmada.

—Sí… Por ti —bromea. Sé que intenta mejorar el ambiente—. Estoy bien —Asegura. Niego con la cabeza.

—Deberíamos ver a un doctor.

—Ya pasará, tranquila.

El aspecto desmejorado que ha tenido desde la mañana se hace más evidente ahora. Recuerdo lo que mi madre hacía para bajarme la temperatura y, sin esperar, lo agarro de la mano para dirigirlo a su habitación. Le pido que se recueste en la cama mientras voy en busca de pañuelos en su guardarropa. Voy al baño y los humedezco con agua fresca.

—Esto ayudará —informo apenas regreso. Pongo el pañuelo en su frente—. ¿Tienes alguna medicina para la fiebre aquí?

—No lo sé, creo —susurra.

Compruebo su temperatura de nuevo. Sigue igual y ruego en silencio porque no sea nada grave. Hurgo en la mesita de noche a nuestro lado. Me siento aliviada al ver que hay unas pastillas que pueden funcionar. Voy corriendo a la cocina por un vaso con agua y le invito a ingerir la medicina.

—¿Puedes apagar el aire, por favor? —pregunta.

Mi pánico aumenta porque el aire acondicionado se encuentra en el mismo estado desde que llegamos: apagado.

—Debemos ir al hospital —Mis dedos acarician su cabello despeinado a la vez que aparto de su frente un díscolo mechón castaño—. Llamaré a mi madre.

—Cariño —murmura con esfuerzo. Está delirando—. Siento... Mucho frío.

Sus ojos se cierran. Con las manos temblorosas, le marco a mamá. Le explico los días estresantes que ha tenido Mark y ella me pide que trate de revisar el ritmo de su respiración y su pulso. Me dice que puede tratarse de una descompensación. Insiste en que continúe cambiando los paños húmedos y espere unos minutos a que la pastilla haga efecto.

—Estaré pendiente, cielo —dice—. Si necesitas ayuda o que enviemos una ambulancia, llámame.

—Gracias, mami.

Más relajada, continúo con los cuidados que la extraña me indicó. Me quedo junto a mi novio; me alivio cuando su temperatura empieza a volver a la normalidad.

Pasan dos horas y Mark sigue durmiendo. Mamá llamó hace un rato a preguntarme por él y ese gesto me hizo feliz porque, de una manera u otra, me demuestra que lo aprueba.

—¿Rachel? —Mark ha despertado y siento mi alma volver. Luce mejor, aunque algo desorientado—. ¿Qué hora es?

—Las doce —le digo.

—¿Has estado aquí tanto tiempo? —Me dedica una sonrisa—. Gracias.

—No es nada, Mark —Tomo su mano—. Estaba preocupada por ti.

—Lo siento, cariño.

—El trabajo importa, pero no más que tu salud —lo regaño, o eso pretendo al hablar con voz firme, pero me parece que he fallado en el intento.

—Lo sé. No volverá a suceder —Se acerca a mi mejilla, depositando un tierno beso—. Iré a ducharme, ¿vale?

Mark se dirige hacia el baño y, mientras lo espero sentada en la cama, no paro de pensar en el susto que me he llevado. Aprovecho para comunicarme con mamá y contarle que ya todo está mejor.

Los minutos pasan y mis pensamientos se dirigen al hombre en la ducha.

Me pongo nerviosa y prefiero regresar mi atención a la discusión por la fulana, Danna. La manera en la que rima su nombre me hace sonreír.

—¿Te he dicho que me encanta tu sonrisa? —comenta Mark al volver a la habitación, con tan solo una toalla blanca envuelta en su cintura y otra con la que se seca el cabello.

—Definitivamente ya estás mejor.

—He tenido una gran enfermera —Toma asiento a mi lado y pone una de mis manos entre las suyas. Lo miro a los ojos y noto arrepentimiento en ellos—. Rachel, lamento no haberte presentado como mi novia, entiendo que te haya molestado.

—Lo que en verdad me enojó fue lo descarado del comportamiento de tu vecina —le aclaro—. No había necesidad de que te tocara de esa manera

—bromeo.

—No suele actuar así, supongo que...

—Estaba enviándome un mensaje —termino la frase por él. Quiero dejar el tema atrás, por lo que tomo su rostro y lo beso.

Sus manos van a mi cintura y me lleva más cerca de él. Lo deseo con intensidad y desesperación, pero no dejo de sentir miedo. La extraña manera en la que despierta en mí un apetito diferente a cualquiera que pude sentir alguna vez me asusta.

—Te deseo, Rachel —Su voz grave me estremece. Me pierdo en sus caricias y en la forma en la que sus manos toman mis caderas para llevarme hasta el centro de la cama, donde mi cuerpo cae con él encima de mí.

—Mark —gimo su nombre ante el paso que dan mis piernas a su cuerpo.

—Haces que pierda el control de mis sentimientos, agudizándolos de una manera que podrías abatirme o destruirme —jadea mientras frota su

miembro contra mi pelvis. Está tan firme y excitado que me hace morder el labio inferior. De pronto, su toalla se cae y entreabro la boca al observar cada detalle de su cuerpo desnudo. Es toda una fantasía cobrando vida.

Nuestras respiraciones pesadas irrumpen en la habitación. Siento una oleada de calor que parece derretir mis huesos ante su tacto.

—Si no me pides que pare, no sé hasta dónde sea capaz de llegar —

murmura.

—No quiero que te detengas —admito.

Tal vez luego me sentiré avergonzada, pero no ahora. En este momento me siento viva y segura. La delicadeza con la que actúa me hace confiar, me hace quererlo más.

—Cada parte de ti me encanta —Lame y besa mi cuello, bajando por mi pecho. Las yemas de sus dedos recorren mi abdomen y luego me ayuda a quitarme la blusa, mi piel queda expuesta. Mark me mira de arriba abajo y las ganas se pintan en su rostro. Me desabrocha el sostén y exhala fuerte.

Sus manos hirviendo acunan mis pechos y luego comienza a besarlos despacio y con atención. Arqueo mi cuerpo ante la oleada de placer que genera el roce de su lengua por mis pezones. Él pasa las manos por mis brazos y mis piernas, agarrando con la fuerza suficiente para hacerme estremecer.

Me enciendo aún más cuando dirige sus dedos hacia el cierre de mi pantalón. Siento la humedad bajo las bragas y mi cuerpo tiembla.

—¿Estás segura? —pregunta, casi suplicando por una respuesta positiva.

Presiono mi boca contra la suya y la manera en la que reacciona me fascina. Succiona con suavidad mi labio inferior, como si estuviera acariciándolo. Se acomoda y me ayuda a quitarme el pantalón sin dejar de besarme.

Se acerca de nuevo y sus manos bajan hasta mi vientre. Me tenso al sentir su tacto descender. Aprieto mis piernas con fuerza cuando uno de sus dedos toca mi vulva, moviéndose lento como en una danza erótica. Aunque tengo miedo, la excitación me empuja a contonearme tímidamente contra él. Abro un poco mis piernas, entregada por completo. Joder, se siente tan bien.

—Mark —mis gemidos le pertenecen.

Busco su boca y me pierdo en ella mientras me toca. Mete con suavidad uno de sus dedos en mi vagina al tiempo que su otra mano le sirve de apoyo. Su respiración se acelera y los jadeos que empieza a soltar me prenden. Vuelvo a gemir y él aumenta la intensidad de sus dedos dentro de mí. Me aferro a su brazo soporte, disfrutando de todas las sensaciones que me recorren.

—Quiero recordar por siempre mi nombre en tu boca —dice y me besa con más pasión, haciendo que el calor aumente. Necesito más de él.

Mark me desconcierta porque se aleja con afán hacia la mesa de noche.

Saca de ella un envoltorio que abre con cuidado. Sonríe al ver cómo mi respiración se entrecorta cuando desliza una mano hacia adelante y hacia atrás por su miembro erecto antes de colocarse el preservativo.

Vuelvo a tenerlo cerca, encima de mí.

—¿Quieres que pare?

—No —exijo, aunque sigo un poco nerviosa.

—No sabes cuánto he deseado este momento —suelta, presionando mis pechos con su cuerpo—. Me encantas.

Ya no es el hombre sereno de siempre. Ahora, una fuerza distinta lo controla. Respiro profundo al sentir su pene cerca de mi entrada. Acomodo con miedo las piernas y siento un cosquilleo por todo el cuerpo que me obliga a abrazarlo. Los músculos de su espalda están rígidos.

Muerdo su hombro cuando empieza a deslizarse dentro de mí. Ahogo un grito. El dolor que me atraviesa es insoportable.

—Joder, Rachel —habla alterado y, cuando ve mis ojos, estalla—. ¡Eres virgen!

Lo era hasta hace unos segundos.

Mark abandona despacio mi cuerpo, arrancándome un gemido distinto a los anteriores. Lágrimas se deslizan por mis temblorosas mejillas. La sensación de extrañeza arruina el epítome de mis emociones y mi cuerpo inmóvil parece desconcertarlo. Para ser sincera, yo también lo estoy, aunque el dolor que sentí cuando entró en mí no fue tan fuerte como imaginaba.

—Mierda, Rachel —Seca mis lágrimas con su pulgar y siento que sus palabras suenan ofendidas—. Dime algo, por favor.

—Lo siento —Es lo único que puedo soltar. Fue mi error pensar que estaba lista para esto. Fue mi error pensar que no era necesario decirle la verdad.

—No digas eso —Me besa. La sensación de su boca reclamando con desesperación y preocupación hace que la vergüenza disminuya—. Soy yo el que tiene que pedirte perdón.

—Es mi culpa —admito.

—No, no, yo debí preguntar. No estuvo bien deducir que —Suspira sin ganas y agradezco que no mencione el nombre de mi ex—… ¿Aún duele?

—No mucho. Solo es... Atípico —hablo sincera.

—¿Por qué no me lo dijiste? Mierda, ni siquiera sé cómo sentirme al respecto. Rachel, quiero que nuestra primera vez sea especial, que estés cómoda y tranquila. Quiero hacerte el amor como lo mereces.

Bajo el efecto del deseo que me provocan sus palabras y la cercanía de nuestros cuerpos, mis propias sensaciones se profundizan.

—Quiero que mi primera vez sea contigo, Mark —le confieso en un susurro.

Su respiración vuelve a acelerarse. Pensé que era imposible reavivar la situación, pero con cada caricia suya sé que estoy equivocada. Respiro hondo al verlo bajar poco a poco hasta llegar a la cúspide entre mis piernas y estiro la cabeza hacia atrás cuando siento el calor de su aliento.

—Quiero que disfrutes conmigo y para mí, cariño —pide, llevando su boca a mi carne, explorándome cuidadosamente con su lengua y paseándose por mi sexo.

—Dios... Mark —gimo su nombre, arqueo la espalda.

Su lengua me penetra y tortura. La sensación es tan buena que me desorienta por completo: Quiero alejarlo y, al mismo tiempo, acercarlo más a mí.

Jadeante, me devora. Llevo las manos hacia su cabeza, como exigiéndole que no se detenga. El cuerpo me tiembla y no puedo controlar el movimiento de mis caderas que van y vienen a su encuentro. La vergüenza y el pudor ya no existen.

—Déjate llevar —me suplica en tono ronco y no sé muy bien a qué se refiere, pero olvido todo cuando vuelve su atención a mi sexo, esta vez alternando sus dedos y su lengua. Esto es exquisito y liberador. Recobro la respiración justo cuando Mark se levanta, quedándose de rodillas entre mis piernas y sonriendo.

Sus ojos brillan y el corazón me da un vuelco al ver frente a mí sus hombros firmes, su pecho amplio y su abdomen irresistible. No puedo

evitar que una nueva ola de calor llegue a mí cuando veo la rigidez de su pene, del que retira el condón para ponerse otro. Desliza su mano una vez más, intensificando la erección. Su expresión de placer me hace olvidar de todo. Vuelvo a sentirme viva y pronto su cuerpo se posa encima del mío.

—Confío en ti, Mark —le aseguro. Me besa hambriento, haciéndome necesitar más de él—. Lo quiero...

—Dime lo que quieres.

—A ti.

—Y me tienes, Rachel —murmura, guiando su glande a mi interior—.

Solo para ti.

Jadeo al sentir cómo se hunde poco a poco, me contraigo y el gruñido que él deja escapar enciende cada parte de mi ser. La sensación extraña sigue estando ahí, sin embargo, esta vez me preparo para recibirlo, para ver cómo su cuerpo invade lentamente el mío.

—Oh. Joder —gime. Sale y entra en mí, pero esta vez un poco más rápido—. Te sientes tan bien, Rachel.

Empuja rítmicamente las caderas mientras sus preciosos ojos verdes me miran con adoración. El sonido de nuestros cuerpos uniéndose en un frenesí y el de nuestros gemidos implorantes nos hace estallar de placer. Disfruto la manera en la que nos acoplamos a la perfección. El sentimiento que me envuelve hace que mis lágrimas se desborden, pero esta vez también a causa del placer.

Después de tomar una ducha, volvemos a la cama. Estar recostada en su pecho y percibiendo cada uno de sus latidos me hace sentir segura y, sobre todo, querida.

—Lamento haber hecho que lloraras, me odio por ello —Niego con la cabeza ante sus palabras—. En verdad lo siento por haber asumido que no eras…

—Virgen —sonrío—. Aunque ya no lo soy. Créeme, ha sido perfecto.

Me sentí tan segura contigo. Yo… Te seguiría eligiendo entre millones.

—¿Dónde estuviste todo este tiempo?

—Esperándote.

Mi respuesta lo entusiasma.

—Te quiero, Rachel. Te quiero como nunca había querido a nadie. Te quiero como solo dos amantes se pueden querer. De esa y mil formas más te quiero. Conmigo y para mí.

Con la ilusión rebosando en su rostro, me besa y, aunque su gesto es tierno, la tensión en ambos aumenta. El cosquilleo electrizante en la parte baja de mi estómago me hace estremecer, pero aún siento mi cuerpo agotado y un poco adolorido.

—Descansa —sugiere, como si leyera mis pensamientos—. Iré a pedir nuestro almuerzo.

Se pone la ropa interior y sale de la habitación. Muerdo mi labio inferior en medio de una sonrisa. Me siento feliz al recordar lo que ha pasado. Sin embargo, el encantamiento no tarda en ser interrumpido por la avalancha de mensajes en mi móvil.

Rach. ¡Es urgente! Llámame.

Estoy viendo al profesor con una rubia. ¡Se están comiendo la boca!

Vale, lo voy a seguir.

💣Misión: Darle un par de golpes al papucho Harvet👊

Leo varias veces sus mensajes y la hora de envío. Si Mark ha estado todo este tiempo conmigo... ¡Ay, no! Demonios, demonios. ¡Es Steven!

Escribo una rápida respuesta a Amy.

Am, Mark está conmigo. ¡Abandona la misión!

Al que estás viendo es a Steven, su hermano gemelo.

El teléfono de Mark comienza a sonar. Está sobre la cama, muy cerca de donde estaba el mío. Observo la pantalla y aparece el nombre Steven. Me toma varios segundos decidirme a contestar, pero lo hago y justo en ese momento entra mi novio a la habitación.

—Hola, Steven.

Qué bueno saber que sigues con vida.

—¿Rachel? ¡Para, loca! —habla alterado—. Por favor, comunícame con mi hermano. ¡Mierda! —Un grito al otro lado de la línea hace que me sienta aún peor. Le paso el móvil a Mark.

Sin comprender nada, él lo toma.

—¿Steven? —contesta y pone la llamada en altavoz.

—Hombre, hay una loca confundiéndome contigo. ¡Que me dejes en paz! —Steven sube el tono de voz en esto último, como hablándole a alguien que está junto a él.

—Tú eres el único loco, idiota —Logro escuchar a alguien más en el teléfono.

—Es un malentendido, Steven. Ella… Es Amy, mi mejor amiga —hablo apenada.

—¿Me pusieron en altavoz? —cuestiona Steven y se toma unos segundos en continuar—. ¡Ah!, con que esta loca se llama Amy. ¡Deja de fastidiarme y toma el teléfono para que hables con Rachel!

—¿Qué está pasando? —Mark pregunta confundido. Hago una señal con la mano para que espere.

—Amy, el que está contigo es el gemelo de Mark —le aclaro.

—¿Estás segura de que este es su gemelo y no él? —inquiere Amy.

—¿Ves, loca? Te lo dije —gruñe Steven.

—Deja de llamarme loca. Rach, este idiota se lo ha buscado.

—No puedo creer que este bicho raro sea tu amiga —grita Steven.

—¡Eres un idiota! —Amy le contesta.

—Y tú una loca que me debe una disculpa.

Antes de que la llamada se corte, alcanzamos a oír una carcajada de Amy.

—Steven no se quedará tranquilo hasta que ella se disculpe —asegura Mark.

—Y Amy no lo dejará tranquilo hasta que él se disculpe —agrego.

Ambos nos echamos a reír, aunque al instante me siento culpable.

—Mejor vamos a ver a Dory porque el almuerzo tardará un poco en llegar —dice y me invita a seguirlo.

Cuando entramos a la habitación donde está Dory, la veo dentro de su jaula. Intento tocarla, todo con ella continúa siendo una hazaña para mí.

Mientras sigo con la tarea de perderle el miedo, me disculpo con Mark por lo ocurrido y él solo se burla de la situación y me da un beso en la frente.

A pesar de todo, amo el momento. Mi novio toma al hámster y ambos nos sentamos en el suelo para seguir hablando de cualquier tema que se nos cruza por la cabeza.

El sonido del timbre nos interrumpe. ¿Y si no es el delivery sino alguien de su familia? ¡El señor Ethan! No estoy preparada para otro encuentro con él tan pronto.

—Iré a ver quién es, no te preocupes —informa Mark.

Devuelve a Dory a su jaula y sale de la habitación. En la espera, me dedico a ver el lugar en donde duerme el hámster. Todo está limpio y ordenado. Me emociona darme cuenta de la forma en que la está cuidando.

—¡Y aquí tenemos al otro! Vaya, vaya.

¿Amy? La voz de mi amiga hace que me exalte.

—Es su departamento, ¿qué esperabas, listilla?

¿Steven? Mark no se expresaría así. Camino hasta la sala y mis ojos se abren por la sorpresa. Mi amiga está sonriente y el hermano de mi novio la mira enojado.

—¿Pueden explicarme qué hacen aquí? —pregunta Mark.

—Esta loca me siguió, tuve que subir corriendo por las escaleras para que no me hiciera nada. ¿Ya mencioné que está loca? —Amy se le acerca con intenciones de hacerle algo, así que corro para detenerla—. Eso, cuñada. Detén al mono.

Esas palabras hacen que mi amiga se enfurezca aún más –si eso es posible–.

—Vale, es suficiente —Mark habla autoritario.

—Oh, no no, yo necesito que me pida perdón —Amy insiste y esta vez es Steven quien suelta una carcajada.

—Tú fuiste la que me empezó a insultar y golpear, bonita.

—Sí, porque pensé que eras él —Mi amiga señala a Mark, fulminándolo con la mirada—. Además, ¡me besaste a la fuerza!

Mi novio y yo nos miramos con asombro. Eso no lo esperábamos.

—Para que te callaras de una jodida vez —aclara Steven—. Habla y habla, no se calla nunca.

Amy logra soltarse de mi agarre para ir hacia él, quien corre por toda la casa para escapar de ella.

—Que valiente —dice mi amiga y yo reprimo una risa.

Steven le envía un beso y se acomoda detrás de un sofá. Amy lo observa totalmente indignada.

—Vamos, Am —Agarro su muñeca y la obligo a ir conmigo a la habitación de Mark. Ella no hace más que hablar de lo idiota que es Steven y agradezco que se centre en eso y no en lo desordenado que dejamos todo.

—Pensar que yo quería conocerlo —grita Amy al tiempo que se pasea de un lado a otro.

—Fue un malentendido, Am.

—¡No quiero volver a verlo en mi vida! —asegura.

—Vamos, su encuentro no pudo ser tan malo. ¿Por qué no te quedas y almorzamos los cuatro? —cambio de tema para distraerla.

Amy niega con la cabeza.

—Gracias, Rach, pero no soporto a ese tipo, así que me iré a casa mejor.

Espero que me llames para contarme qué tal estuvo el papucho. No creas que no me di cuenta de cómo está la habitación —Frunce el ceño—.

Adelántame algo.

—Creo que la lectura ya no es mi actividad favorita —bromeo y ella sonríe. Sabe que no le daré más detalles, pero entiende la referencia.

—Vaya, ¿así de bueno ha sido el profesor Harvet? —pregunta y yo asiento. Fue muy bueno.

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