¿En clases no?
Capítulo 47
VALE POR UNA VIDA JUNTOS
Los gritos cesan, las voces a mi alrededor ya no se escuchan y el silencio se apodera del lugar, pero hay mucho ruido en mi alma.
El sonido de una alarma me despierta. Abro los ojos de par en par, me siento desconcertada.
«Rach, amor, levántate o se hará tarde para tu viaje». Esa voz que tanto añoraba me paraliza. «¿Mamá?». La llamo. Verla a mi lado, sentada al borde de la cama, provoca que los latidos de mi corazón retumben con la fuerza de una estampida.
«Sí, mi amor. ¿Qué pasa?», parpadeo incrédula un par de veces.
«Extraña, estás aquí». «Lo estoy, mi extraña». Me abraza y me siento pequeña y vulnerable a su lado. Estamos en casa, en el lugar donde fuimos felices, donde nos acompañamos para superar los momentos difíciles.
¿Por qué me desconcierta verla? ¿Por qué me siento rota ante su cercanía? Existen tantas preguntas sin respuesta, tantas palabras que quieren salir y se quedan estancadas en mi interior. Tengo la sensación de que he olvidado algo importante.
«Apresúrate o se te hará tarde para el viaje», repite y me separo de ella, desorientada. «¿Cuál viaje?». «Al congreso, ¿lo olvidaste?», aclara con alegría. «Vamos, deja la pereza atrás, Mark y Steven llegarán pronto por ti».
«No iré», suelto y ella me mira sin entender el arrebato que ni siquiera yo comprendo. «Prefiero acompañarte a casa de la abuela. Sé que en el congreso teníamos planes con Mark, pero no me apetece ir. Quiero quedarme contigo». Sus facciones se endurecen, niega con la cabeza y sale de la habitación. Escucho el timbre de mi móvil, estiro el brazo hacia la mesita de noche, pero no lo encuentro. Suena tan fuerte que causa un dolor incesante en mi cabeza, me nubla la vista. Llevo las manos a mis oídos esperando que el ruido desaparezca.
Siento un malestar extraño en todo mi cuerpo, punzadas que no se detienen. Cierro los ojos y llega el silencio. Encuentro la calma en la oscuridad.
«Rach, mira ese arbusto lleno de peonías». Mamá habla y mis ojos vuelven a abrirse. Está conduciendo. No sé en qué momento nos subimos al auto y tomamos carretera. He perdido la noción de todo y eso me perturba.
«¿A dónde vamos?», le pregunto. «A casa de la abuela, ¿no lo recuerdas?
En pocas horas estaremos allí». Su voz temblorosa resuena en mis oídos.
Tiene el rostro pálido, parece cansada. Sus ojos marrones como los míos están apagados y sin el brillo que los caracteriza.
«Extraña, ¿estás bien?», pregunto y ella asiente como respuesta, al tiempo que se lleva la mano al pecho. «¿Qué pasa?». Mamá suelta un quejido y pierde el control del carro. Tira la cabeza hacia atrás y grita a causa del dolor. Yo me acomodo como puedo para agarrar el volante y recuperar el rumbo del coche.
«Mamá, por favor, respóndeme», le suplico con la vista en la carretera.
Ella no reacciona y la situación empeora cuando veo que un camión se acerca a toda velocidad directo a nosotras. Los pitidos de quienes van detrás me ensordecen. Hago lo que puedo, pero el auto no reacciona. Todo sucede muy rápido. Solo pienso en abrazar a mamá, tratando de proteger su cuerpo con el mío.
Cláxones a la distancia, el sonido de un disparo, la sirena de una ambulancia y los intensos pitidos del monitor de signos vitales se instalan en mi cabeza. Abro los ojos de nuevo.
Estoy aterrorizada ante las diferentes escenas en mi mente: El abrazo con mamá, el accidente en la carretera, Jackson apuntándole a Mark… No entender lo que sucede me debilita, caigo sobre mis rodillas, rogando porque el ruido y el dolor en mi pecho desaparezcan. Ni siquiera soy capaz de distinguir qué situaciones son reales o producto de mi imaginación. Me siento más sola que nunca.
«Nunca lo has estado, mi vida», dice. «¿Mamá?». Me levanto y comienzo a buscarla. «Nunca has estado sola, hija, siempre estoy contigo».
Doy media vuelta y la veo. Me acerco a ella, reclamando el abrazo que tanto necesito: «Por favor, no vuelvas a separarte de mí», le suplico. «Rach, tienes que dejar de cuestionarte si las cosas hubieran sido diferentes. Debes aceptar y entender que se puede cambiar la dirección, pero no el destino».
«No vas a volver, ¿verdad?», mamá niega con la cabeza. «No, amor. Ese día nuestras vidas debían separarse, nuestro destino era diferente y tú estabas donde debías estar». Su voz cálida me trasmite paz. «Necesitas soltarme, hija». «No puedo. Tengo miedo de olvidarte, mamá, olvidar tu voz, tus gestos...» «Tú siempre puedes, Rach», sonríe con ternura, «es momento de regresar, ellos esperan por ti». Me suelta para darme un beso en la frente. Sostengo sus manos por última vez, no quiere perder ningún detalle de este momento. Comienza a alejarse y sé que, aunque es duro de aceptar, tiene razón.
«Te amo, extraña, eso nunca lo olvidarás», dice, antes de desaparecer.
Karla Evans de Lombardo
1980 – 2022
Madre, esposa, hija y la mejor mujer del mundo
—Rachel —abro los ojos al reconocer su voz. Mark está frente a mí y, aunque no tengo fuerzas, sonrío al saberlo a mi lado—. Estoy aquí, cariño.
Siempre lo estaré —habla con alegría, en un tono suave y pausado.
Su rostro está lleno de moretones y tiene unas ojeras profundas, pero su sonrisa lo eclipsa todo y me da paz.
Quizá lo mejor sea volver a cerrar los ojos. Necesito descansar más.
—Aún no puedo creer que ese hijo de puta haya sido capaz de esto —El comentario enfurecido de Amy me aleja del estado somnoliento en el que me encuentro. Intento abrir los ojos, pero no lo consigo—. La cárcel es poco para lo que merece.
—Estás en un hospital, es mejor que tengas cuidado con tu lenguaje —la regaña un hombre cuya voz me resulta familiar.
—Lo siento, pero empiezo a desesperarme con esta situación. Desde que Mark nos dijo que despertó por dos segundos, Rachel sigue como la Bella Durmiente —chista mi amiga.
—Es normal lo que está pasando, es un proceso común de recuperación.
En cualquier momento reaccionará —explica el doctor.
—Es que son unos misera… —se interrumpe Amy—. Vale, vale.
Perdón.
—Trata de calmarte —pide el doctor—. Tengo que ir a ver a otro paciente. Si Rachel despierta, intenten no agobiarla.
Escucho pasos y luego una puerta que se cierra.
—¿Agobiarla? —se queja Amy—. ¿Lo dijo por mí?
—No, seguro que no —la que habla es mi abuela, me emociona escucharla.
—¿Agobiar tú, mono? Jamás, cómo crees —se burla alguien con una voz similar a la de Mark, pero sé que es Steven quien ha dicho eso. Escucho risas y algunos mimos más de parte de mi cuñado. Creo que esta suma de emociones me revitaliza porque, al fin, reúno la energía suficiente para abrir los ojos.
—Nos invaden las hormigas —bromeo en un susurro muy bajo.
—Hija —Mi nana se apresura a acercarse a la cama donde me encuentro, me rodea ligeramente con sus brazos. Veo que Amy sonríe nostálgica y roza con cariño mi mano izquierda, en la que hay un oxímetro de pulso en el dedo índice y, más arriba, una línea central. Comienza a hablarme sobre lo preocupada que ha estado con todo lo que me pasó.
—Y estoy tan enojada contigo —Mi amiga solloza mientras Steven le rodea los hombros.
—Estoy bien —logro decir, mi voz sale ronca y débil. No ver a Mark por ningún lado me intriga—. ¿Dónde está…
—No ha querido separarse de ti, pero hoy tuvo que rendir declaraciones
—me interrumpe mi abuela.
—No debe tardar en llegar —confirma Steven.
—Lo van a lamentar, Rach. Jackson y Mishell van a pagar por lo que hicieron. Ni por el bebé que están esperando voy a sentir lástima por ellos.
Son unos desgraciados. Ah, y el imbécil de Peter…
—¿Un hijo de Mishell y Jackson? —cuestiono ante su comentario y siento punzadas de dolor en el lado derecho de mi abdomen, la zona donde me dispararon.
—Mono, ¿qué dijo el doctor de no agobiar a la paciente? —Steven la reprende.
—Perdón, perdón. No lo volveré a hacer —dice Amy y se acerca a mi oído—. Cuando estés mejor, te lo contaré todo.
Aunque murmura, tanto mi abuela como mi cuñado la escuchan y nos echamos a reír. Luego vienen unos segundos llenos de silencio.
—Si hubiésemos estado en el departamento quizá… —comenta Amy, pero no la dejo terminar.
—Alguien muy sabia dijo que se puede cambiar la dirección de las cosas, pero no el destino —Aún está en mi mente el sueño que tuve con mi madre y las palabras que me regaló. Siento una paz indescriptible al pronunciarlas—. Me alegra saber que ustedes estaban lejos de todo eso y que Mark no fue herido.
—Rachel, tengo que darte las gracias por salvar a mi hermano —Steven rodea la cama y deposita un beso en mi mejilla—. Jamás podré pagarte por lo que hiciste.
Niego con la cabeza y, cuando voy a responderle, la puerta se abre y mi corazón se paraliza al ver al hombre que aparece tras ella. Mark camina hacia mí y, al darse cuenta de que estoy despierta, su sonrisa se ensancha y me da un beso en la frente. Acerca su palma a mi mejilla y fija sus ojos en los míos. Me hace feliz ver esa mirada llena de ilusión, pese a que se nota que ha dormido poco.
—Rachel —susurra—, volver a imaginar un futuro sin ti fue muy duro.
—¿Recuerdas cuando me dijiste que estarías siempre conmigo? Pues yo estaré siempre contigo. Aún nos queda mucho por vivir juntos, amor.
Mark esconde su rostro en mi cuello y me lleno de su aroma. Mi abuela, Amy y Steven me hacen señas y salen de la habitación.
—Estamos aquí, juntos —continúo.
—Así es —Asiente buscando mis ojos—. Te vi luchar con tantas fuerzas por tu vida, por nosotros, que ahora te amo y admiro más que nunca.
Su voz es baja, me abraza con cuidado y los latidos de nuestros corazones se encuentran y bailan al mismo ritmo; es la sensación más bonita del mundo. Me sana y revitaliza.
Alguien toca la puerta y ambos volteamos a ver a la persona que entra.
Es Andrés, el médico que atendió a mi mamá. Sabía que esa voz me era conocida. Viene acompañado de Katy, la amiga de mi extraña. Ambos sonríen al darse cuenta de que he despertado. Se acercan a nosotros y Andrés me hace una revisión rápida mientras le da indicaciones a Katy para que inyecte un par de medicamentos en mi línea central.
—Rachel, es importante que descanses —indica el doctor y luego voltea a ver a Mark—, y tú también deberías hacer lo mismo.
Mi novio asiente y le regala un gesto amable en agradecimiento por su trabajo.
—Rach, me alegra que estés mejor —dice Katy antes de salir de la habitación junto a Andrés.
—¿Qué sucedió con Jackson y Mishell? —Me atrevo a preguntar apenas se cierra la puerta.
—¿No escuchaste lo que dijo Andrés?
—Solo esta pregunta, por favor —le pido y él hace un falso gesto de resignación.
—Jackson confesó —Apenas pronuncia ese nombre, su expresión muta al enojo—, se declaró único responsable. Sin embargo, la versión de Peter es otra: Él confesó que Mishell había participado en todo.
—Jackson me dijo que ella estaba involucrada —menciono con sorpresa. Sigo pensando en que ellos están esperando un hijo.
—Steven y sus socios se están encargando, no te preocupes por nada de eso, cariño. Descansa.
—Solo si tú descansas conmigo —Haciendo un poco de esfuerzo, le dejo espacio en la cama. Se nota que Mark necesita muchas horas de sueño.
—Está bien, pero solo mientras te quedas dormida —aclara y ocupa su lugar a mi lado. Se ubica más arriba, para que yo pueda recostar mi cabeza
en su hombro.
Como un ave que vuela y vuelve exhausta a su nido, a su hogar, encuentro la paz junto a Mark, con su celestial cercanía. Deseo que este instante dure para siempre.
Los días y las noches pasaron. Mark permaneció conmigo todo el tiempo que pudo y, cuando tuvo que irse a su departamento para dictar las clases en línea que le aprobaron en la universidad, mi abuela y Amy se encargaron de mí. Por supuesto, Steven también me visitó.
Sin embargo, hoy todo es distinto. Apenas amaneció, Mark fue a mi casa para traerme algo de ropa, ya que Andrés por fin firmó mi alta.
Regresar a la normalidad me hace ilusión. Aunque quedan asuntos pendientes en la fiscalía respecto a mi declaración de los hechos, ahora no quiero pensar en el tema. Será una de las cosas que haré en los próximos días porque quiero que la investigación continúe y que Jackson y Mishell sigan detenidos.
—Esta es la receta —Una vez Mark y yo estamos listos, Andrés nos entrega un documento con las indicaciones a seguir.
—Gracias, Andrés. Muchísimas gracias —le digo mientras mi novio toma la fórmula.
—De nada, Rachel. Estaré aquí siempre que me necesites —hace una pausa para aclararse la garganta—... Que me necesiten, perdón. Pueden contar conmigo —Sonríe apenado y sale deprisa de la habitación. Lucía incómodo y, a decir verdad, yo también lo estaba.
—Perdió las esperanzas, pero no el gusto. No lo culpo —comenta Mark provocando que me ría—. ¿Sabes lo guapa que te ves así? —Me toma de la cintura para acercarme un poco a él, con cuidado de no presionar la herida en mi abdomen—. Eres magia, te escucho reír y todo lo malo desaparece.
—¿Has escuchado mi risa escandalosa, acaso? —bromeo.
—La he escuchado. Es la que más me gusta —Sus palabras me emocionan. Lo beso y me pierdo en la dulzura de sus labios, en la calidez de su cercanía.
—Nos deben estar esperando —menciono. Mark sube la receta que nos entregó Andrés para que ambos podamos leerla.
—Medicamentos, instrucciones y un poco de descanso.
—Pero ninguna prohibición —le digo y una sonrisa se dibuja en nuestros rostros.
—Rachel Lombardo, terminarás tu tiempo de recuperación y después…
Lo que empezó como una broma, se vuelve más intenso cuando Mark toma mi mentón con cuidado, dándome un beso lento y sensual. Es imposible negar la necesidad que ambos tenemos de volver a sentir aquella unión que hace al mundo desaparecer, donde solo existimos él y yo. Estoy tan sumergida en la forma en que nuestras lenguas se encuentran que apenas logro escuchar la puerta abrirse.
—Lo siento, lo siento —Katty entra y doy un paso hacia atrás—, solo venía a despedirme.
—No te preocupes —hablo rápido, empujada por los nervios—, nosotros estábamos leyendo las prohibiciones en la receta... Las indicaciones. Las indicaciones.
Ay, no. Katty sonríe y Mark se une a su diversión.
—Todos los medicamentos están disponibles en la farmacia del hospital.
También las inyecciones —comenta ella.
—¿Inyecciones? —cuestiono.
—Así es, Rachel —Katty responde risueña—. No te preocupes, no va a doler.
—Señorita Lombardo, ¿acaso les teme a las inyecciones? —dice Mark.
—No. Es solo que no hay nadie en casa que pueda aplicarla y tener que ir a una farmacia solo por eso, cuando debo terminar mi reposo… —Son solo excusas. Siempre he evitado las inyecciones, incluso en mi método anticonceptivo lo hice.
—Rachel, si quieres, puedo buscarte una silla de ruedas para llevarte hasta el estacionamiento —ofrece Katty.
Tiene energía para besuquearse con su novio, seguro puede caminar un poco, recrimina la voz en mi cabeza y sonrío con timidez.
Nos despedimos y prometo volver pronto para visitarla. Caminamos despacio hasta el auto y, una vez estamos en marcha, Mark me habla.
—Yo puedo ayudarte con la inyección —Hay picardía en sus palabras.
—Mark —Lo miro con falso enojo.
—Es en serio, amor. Mi padre nos obligó a tomar un curso de primeros auxilios y esa clase de cosas.
—Pero no me duele tanto, yo creo que podemos saltarnos las inyecciones.
—No, cariño. Son indicaciones del doctor y hay que seguirlas —me regaña.
—¡Va a doler! —hablo con temor.
—Te prometo que tendré todo el cuidado del mundo —El tono bajo de su voz causa sensaciones tan buenas en mí que, incluso, podría jurar que no estamos hablando de lo mismo.
—Está bien. Dejaré que seas mi enfermero —me burlo y decido ser madura. Seguro las inyecciones no dolerán.
—Venga, respira, cariño —me dice apenas entramos a mi habitación, dejando en la sala a Amy y mi abuela.
—Hazlo rápido, Mark —resignada, me siento en la cama y descubro mi hombro.
—Lamento decirte que son cinco mililitros los que se deben aplicar, por lo que no puede hacerse en el brazo. Tú eliges, mi amor: Glúteo mayor, muslo lateral externo o área ventroglútea.
—¿Área vento qué? ¿Cuál dolerá menos? ¿Cuál se te da mejor? —
pregunto con seriedad.
—En el culo, mi amor —Ladea la cabeza y sonríe malicioso.
Me pongo de pie y trato de calmarme un poco, pero todo se va al diablo cuando Mark saca la jeringa y me pide que dé media vuelta. Sonoras carcajadas salen de mí a causa de los nervios. Me alzo un poco el vestido y él limpia mi glúteo con un trozo de algodón empapado de alcohol.
—Relájate, cariño —pide y, por más que lo intento, no puedo. Muerdo mi labio, evitando reírme. Ni siquiera es divertido y no sé cómo calmarme
— Si te mueves, puedo lastimarte.
Asiento indicándole que estoy lista, aunque al segundo vuelvo a reír.
Mark suspira durante los diez minutos que me toma controlar mi ataque de risa. Siento pena, pero no puedo dejar de reírme ante su seriedad y ante el hecho de que me diga que respire para tranquilizarme. Me regaño por no poder controlar mis emociones. No soy tan racional cuando estoy nerviosa.
Por algo Dory está con nosotros ahora. La veo mirarme fijo desde su jaula.
—Cariño, aunque me encanta admirar este precioso culo, tienes que dejar que te aplique la inyección. Relájate o, de lo contrario, sí dolerá.
—Estoy lista —digo seria, tomo mucho aire y lo suelto con lentitud.
Vuelvo a sentir sus manos en mi trasero, poco a poco ingresa la aguja y la tensión amenaza con arrancarme más risas. Mark me pide que no me mueva, pero el líquido que entra en mí ordena lo contrario.
—Rachel, hablo en serio —me regaña al ver mi pronto ataque de risa—.
Falta poco, respira… Listo, ya está.
—¿Eso fue todo? —pregunto cuando retira la aguja. Y sí, dolió un poco, pero no fue tan grave como mi miedo quería hacerlo ver. Mark me ayuda a acomodarme y sonrío al ver el brillo en su frente. Hasta ha sudado el pobre.
—Creo que yo sufrí más aplicándola —se burla y niega con la cabeza.
Nos sentamos en la cama, permanecemos callados por unos segundos y creo que, por primera vez después de todo este tiempo, en la intimidad de mi habitación, nos detenemos a pensar en lo sucedido. Se siente como si la vida nos hubiera dado una segunda oportunidad. En todo sentido.
—«Vale por una vida juntos» —rompo el silencio al recordar la petición que me hizo mientras estaba en sus brazos.
—Es el mejor regalo que alguien me ha dado —Me acaricia la mano con su pulgar—. Estás aquí.
—Nunca me he ido y no planeo hacerlo, Mark.
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