¿En clases no?
Capítulo 14
ALGO MÁS
Despierto en el hospital. Estoy en el sofá más incómodo del mundo, pero con mamá a mi lado y eso es más que suficiente para saber que tendré un buen día.
Ayer volví en la noche luego de comer algo en casa junto a Amy, alistar ropa para el día y pensar en lo ocurrido. Me cuelgo la mochila y arrastro los pies hacia el área de duchas para acompañantes con que cuenta el centro médico. Estoy agotada, he dormido muy poco y, aunque me encantaría quedarme a descansar un rato más, debo ir a clases, no puedo fallarle a mi madre. Tengo que salir adelante por ella y ser responsable conmigo y con mi futuro.
Abro la ducha y el agua que cae está congelada, por lo que me baño como si fuera un gato y salgo rápido. Saco el vestido corto primaveral que tanto le gusta a mamá y que lleva un estampado clásico que grita ‘fiesta en el jardín’, aunque los truenos que logro escuchar digan lo contrario. Así que también alisto la chaqueta y vuelvo a la habitación.
—Hola, mami. ¿Cómo te sientes hoy? —la saludo al verla despierta y sentada en la cama.
—Bien, cielo, muy bien —responde alegre.
Me hace feliz verla mejor. Quiero tenerla junto a mí por mucho tiempo más. Los miedos siguen presentes, pero confío en Andrés, en el tratamiento que ha indicado y en el esmero que tendremos ambas por mantener un estilo de vida adecuado, con horarios de trabajo más flexibles y para los que su jefe ya nos ofreció una propuesta.
—Me alegra, extraña —Voy hasta ella y dejo un delicado beso en su frente.
—¿Cómo llevas la ruptura?
—Bien —Mi respuesta sigue siendo la misma. No hay mucho que pensar sobre el fin de mi relación con Jackson y las miles de desilusiones que tuve con él y que solo me he permitido reconocer y aceptar hasta hace muy poco—. Me siento tranquila.
—Qué bueno escuchar eso, cielo. Cuando una puerta se cierra, otra se abre.
—Tienes razón —Sonrío al responderle pues recuerdo a Mark.
—Y bueno, qué raro que Andrés no ha llegado, tiene el primer turno del día esta semana. ¿No has notado lo guapo que es? Además, vi cómo te miraba ayer… Y está soltero —habla con complicidad y picardía en su voz.
—Espera —Entrecierro los ojos—. ¿La puerta a la que te refieres se llama Andrés? ¿El doctor?
—Yo no he dicho nada —Se hace la que no es con ella.
—¡Por Dios, extraña!
—Solo digo que es un buen tipo. Sé que lo de Jackson pasó hace poco, pero te hará bien conocer a otras personas, así sea solo para salir a hablar.
Andrés es nuevo en el hospital, pero mi intuición me dice que es de fiar. No como otros —murmura.
No puedo evitar soltar una carcajada. Nunca le agradó del todo Jackson.
—Mamá, hay algo que quiero contarte —Tomo su mano y continúo —.
Estoy empezando a conocer a alguien, no es nada serio todavía, pero…
—¿Desde cuándo? ¿De quién se trata? —habla con urgencia.
La puerta se abre y agradezco la interrupción.
—Con permiso. Buenos días, Karla. Buenos días, Rachel —Es Andrés quien entra con un vaso en cada mano—. Sabía que estarías aquí cuidando a tu mamá, así que me tomé el atrevimiento de traerte una infusión. Espero que te gusten los frutos rojos —Extiende la mano y recibo su regalo.
—Muchas gracias, Andrés. No tenías por qué hacerlo.
—Además, está haciendo mucho frío afuera, así que te ayudará —añade nervioso.
—Bueno, tengo que irme a la universidad. Vuelvo en un rato —Me acerco a mamá y le doy un abrazo—. Adiós, Andrés.
—¿En qué te vas a ir? Ve a enfermería y toma algo de dinero de mi bolso —dice mi madre.
—No te preocupes, Karla. Yo puedo pedir un taxi para Rachel —habla el doctor con entusiasmo mientras saca su teléfono.
Antes de que pueda decir nada, mi madre le indica el nombre de la universidad y, cinco minutos después, ya estoy montada en un auto, muerta de la vergüenza por lo que acaba de suceder. En el camino, aprovecho para beber la infusión y responder los mensajes de Amy y Mark, que me preguntan por el estado de mamá.
Por fortuna, llego a mi destino y las nubes negras han desaparecido junto con la lluvia, lo que me sube el ánimo rumbo al salón de clases.
Cuando entro, me reciben murmullos y miradas indiscretas, en especial de Monique y Crisna, quienes actúan como si hubieran descubierto el mejor invento de la historia.
—¡Pero miren a quién tenemos aquí! —exclama Monique—. Querida,
¿escuchaste los nuevos rumores?
—Rach, ni siquiera nosotros que somos tus compañeros de años conocemos tu casa —José se une a la conversación.
—Son solo rumores, José. ¿Cómo se atreven a pensar que el profesor Harvet se fijaría en alguien como ella? —continúa Monique. Su tono es tan desagradable como la expresión que dibuja en su rostro al observarme de pies a cabeza.
—Parece que hay alguien que sí se lo cree —le respondo. No planeaba el tono sarcástico en mi voz, pero disfruto al verla morderse la lengua por unos segundos.
—Pues no te hagas ilusiones, querida —agrega con serenidad, lo cual contrasta con la ira en sus ojos—. Harvet me preferirá, como todos. ¿No es así, Crisna?
—Por supuesto, Mon —Su amiga chilla, dándole la respuesta que ella exige.
—Hoy será una clase muy interesante y, después, aún más —insinúa Monique y se acerca a mí—. ¿Qué te parece, Rach?
—Estás en todo el derecho de hacer lo que te apetezca —le respondo y voy hacia mi puesto. No tengo intenciones de seguir discutiendo.
—¡Y así será! —grita histérica—. No te he pedido permiso.
Al llegar a mi lugar, giro en su dirección y Monique me mira desafiante.
La ignoro y me acomodo en el asiento con falsa calma. Mis pensamientos se dirigen a ella y a lo que acaba de decir. Monique es muy guapa y toda la universidad está detrás de ella, pero ¿Mark cedería a sus coqueteos? Suspiro y ahuyento aquellas ideas. Él tiene el carácter suficiente para hacerse cargo de sus acciones y tomar las decisiones que mejor le parezcan.
—Buenos días —La voz inquisitiva de Mark cesa mis pensamientos y los murmullos. Recorre con sus ojos el lugar hasta detenerse en mí. Frunce el ceño, sé que puede percibir la tensión en el ambiente, por lo que le dedico una pequeña sonrisa y veo su rostro relajarse—. Bien, empecemos.
Él hace una introducción del tema de hoy y nos pide desarrollar un ejercicio que deja en el tablero, sin saber que esa es la señal que Monique
esperaba para poner en marcha sus planes.
—No entendí muy bien, profesor Harvet —dice ella con un tono de voz exageradamente meloso— ¿Puedo ir a su escritorio? Tengo algunas preguntas.
Retengo el aire, molesta conmigo por no concentrarme en la clase sino en las molestas punzadas en mi estómago.
—Puede —La voz de Mark es amable. Él solo hace su trabajo, pero no puedo evitar la sensación de molestia e incomodidad. Sonriente, Monique se pone de pie y camina hacia él, quien con paciencia le explica los ejercicios. Ella aprovecha para tocarle el brazo y acercarse de más cada vez que puede. Mierda, Rachel. Concéntrate en resolver el trabajo, riñe la voz en mi cabeza.
Pasan diez minutos y ella vuelve a ir al puesto de Mark. Sigue usando ese tono chillón, tocándolo con más descaro y la expresión molesta de él me indica que no está cómodo.
—Voy a explicar de nuevo el ejercicio en el tablero y así resolveré las dudas de todos en el salón. Tome asiento, por favor —le pide.
Dejo escapar una sonrisita. No sé si es su aspecto mal humorado y gruñón o la manera en la que envía una clara señal de desinterés a Monique, pero me gusta como luce.
—Profesor, necesito clases particulares, ¿no cree? —Ella se pega a él y todos observamos sorprendidos.
—¡Regrese a su lugar! —ordena Mark—. No sé qué tipo de juego es este, pero basta.
Está en extremo ofendido. Por otro lado, Monique se ha puesto roja, cada parte de su rostro denota vergüenza. Una que no le había visto antes.
—Solo era una broma, profesor —Las palabras de mi compañera hacen que la expresión amarga de Mark se profundice.
—Soy su profesor, no un amigo con quien puede bromear. ¿Entendido?
—¿Solo Rachel puede hacerle bromas? —susurra José, pero el silencio que inunda el salón permite que todos lo escuchemos.
—No quiero ningún comentario suyo ni de nadie al respecto. La próxima persona que lo haga, no se moleste en volver a mi clase —dice Mark con la mirada fija en José y tratando de mantener la compostura.
Paso saliva, sintiéndome cohibida por ser parte de una discusión que solo se trataba de Monique y sus límites.
El resto de la jornada es tensa. Nadie se atreve a hablar o a preguntar algo y, cuando la clase termina, todos nos dirigimos hacia la salida, excepto Monique. Ella ralentiza sus movimientos al guardar sus cosas. Cuando ve que estoy a punto de atravesar la puerta, se acerca al puesto de Mark.
—Quería ofrecerle disculpas, profesor —No puedo evitar quedarme donde estoy para escucharla—, pero me es imposible ocultar cuando alguien me gusta. Y usted me gusta.
—Por favor, señorita Anderson —Mark se pone de pie y, antes de que pueda siquiera terminar de formular su respuesta, ella se abalanza sobre su boca y lo besa.
Mi sorpresa por su acción es sustituida por horror. El mismo horror que veo en los ojos de Mark cuando la separa de él.
—¿Qué demonios le sucede?
—Sé que le gusto y no lo culpo. Soy la más guapa.
—En lugar de estar preocupada en cosas como esas, debería ocupar su tiempo en su carrera.
—¿O es que le gusta alguien más? ¿Quizá Rachel Lombardo? —le reclama y voltea a ver hacia la puerta, en donde sigo de pie, expectante. Mis mejillas arden con el mismo fuego que me recorre las venas.
—Mi vida personal no le concierne. Esta conversación ha terminado, al igual que la clase. Retírese, por favor —ordena Mark y procede a alistar sus cosas.
Monique se da vuelta y me empuja al salir del salón.
—Perdón por quedarme escuchándolos. No debí hacerlo —me disculpo, y me acerco.
—Soy yo el que lamenta que tuvieras que escuchar esas niñerías.
—No es tu culpa. Es evidente que Jackson cumplió con su palabra y le contó a todos lo que ocurrió en mi casa.
—Lo sé —extiende la mano y me invita hacia su lado—. Estas situaciones empezarán a repetirse y quiero saber si te sientes cómoda con ello, si crees que es algo que puedes enfrentar.
—No voy a negar que me incomoda, pero puedo soportarlo.
Él esboza una sonrisa y hace que el espacio entre ambos desaparezca.
No dejo de pensar en que alguien entre y nos vea. Mark es un profesor y yo su alumna.
El devenir insólito de mis nervios aumenta cuando una de sus manos se posa en mi cintura y la otra en mi mandíbula. La respiración se detiene al tener su boca a centímetros de la mía. Siento un cosquilleo en los labios, es el recuerdo de nuestro primer beso.
—Mereces más que algo a escondidas, Rachel —susurra—. Sentir algo más significativo que el miedo.
—No tengo miedo de ti, Mark.
—Lo sé —dice y, de inmediato, lleva sus labios a mi frente y deposita un dulce beso en mi piel—. Lo único que quiero es que te sientas bien cuando estés conmigo.
Sus palabras hacen que se me dibuje una sonrisita tonta. Con la tranquilidad que me trasmite su contacto, cierro los ojos y trato de no pensar en nada más que en nosotros, pero él se aleja un poco y empiezo a escuchar los murmullos en los pasillos que me regresan a la realidad.
—Debo irme. Tengo un taller electivo de Matemática financiera —
Observo mi reloj—. De hecho, está por empezar.
—Está bien. Si necesitas algo no dudes en llamarme, estaré aquí —Su voz es firme, pero suave—. Por cierto… ¿Te gustaría que almorzáramos hoy? Puedo cocinar para ti.
Su invitación repentina me llena de una emoción sofocante. Mark ha mencionado lo mucho que le gusta la cocina y me alegra poder conocer esa faceta suya.
—Me encantaría.
—Mi jornada termina a la una, ¿a esa hora te parece? Comemos y después te llevo al hospital.
—A esa hora está bien. Después del taller iré a ver cómo va mamá y regreso a la universidad.
Él sonríe, lo que provoca el revoloteo incesante de mariposas en mi estómago.
—Nos vemos en unas horas, señorita Lombardo.
—Hasta luego, profesor Harvet.
Nerviosa y a la expectativa de nuestra cita, me dirijo al salón donde tendré clase. En cuanto llego, Amy eleva su mano, para llamar mi atención.
—Am —la saludo con un abrazo.
—¿Cómo estás, Rach?
—Bien, mucho mejor. Ayer fue un día difícil, pero mamá ya está más estable —Dejo la mochila y me acomodo en la silla a su lado.
—Antes de venir, pasé con mi padre a visitarla, pero no nos dejaron verla. Aun así, el doctor nos dijo que ya estaba mejor. Lástima que no pude regañarla por asustarnos de esa manera —Su rostro se descompone.
—Fue una situación horrible, pero por fortuna las cosas están bajo control.
—Sí, el Ken nos dijo que los resultados de los exámenes salieron muy bien.
—¿El Ken?
—El doctor. ¿Viste lo guapo que es? Además de amable e interesante. Si no te quedas con Mark, deberías salir con él —Sus ocurrencias me hacen reír. Piensa igual que mi mamá.
Minutos después, el aula se llena de más alumnos, el ruido aumenta al igual que los susurros, algunos de seguro dedicados a los rumores con Mark, puedo verlo en las miradas que me dedica el grupo a mi lado y en las bocas de los que están frente a nosotras. Amy toma aire, mirándolos con mala gana. Vuelvo a insistirle que lo mejor es ignorarlos.
—Buenos días —El profesor Masenfert ingresa al aula y todos guardamos silencio—. Empecemos con las dudas que tengan sobre los ejercicios que les dejé de tarea y después realizamos un taller sobre sus dudas. ¿De acuerdo?
Tal como lo indica, la clase va al ritmo de nuestras inquietudes. El profesor las resuelve una a una y, al finalizar, todo parece menos complejo.
La felicidad se refleja en el rostro de todos cuando salimos del salón.
—¿Te llevo al hospital? Me queda camino al centro comercial, debo comprarle algo a mi papá —ofrece Amy cuando llegamos al estacionamiento. Tengo un par de horas antes de verme con Mark, así que acepto.
No desaprovecha el camino para llenarme de preguntas sobre ‘mi profesor’. Confío en ella y, sin tapujos, le hablo de él y de lo bien que me hace sentir.
—Me alegra saber que el profe está haciendo las cosas como debe ser —
Una vez llegamos a la entrada del hospital, me toma la mano—. Mereces lo mejor, Rach.
—Lo merecemos. Espero que Dylan también esté comportándose a la altura.
—Así es, Rach. Prometo ponerte al día —Sus ojos brillan—. Te quiero, avísame cualquier novedad.
—Gracias por traerme, Am. Te quiero más.
Salgo del auto y la veo desaparecer entre el tráfico de la ciudad. En el hospital, la recepcionista me recibe con amabilidad y luego me encuentro con Katty.
—Hola, cielo. Pensé que no vendrías hasta más tarde.
—Mi taller no tardó tanto como esperaba y quería ver como seguía mamá, ¿crees que podría pasar a la habitación?
—No lo creo. Está en consulta con el médico general.
—¿Sucedió algo? —la interrumpo, me esfuerzo por permanecer tranquila.
—Solo es un procedimiento de rutina para verificar su evolución —
Siento mis músculos relajarse—. ¿Por qué no esperas en cafetería? Te avisaré apenas puedas entrar.
—Está bien. Gracias de nuevo, Katty.
—No es nada, cielo. Debo ir con un paciente, pero estaré pendiente,
¿vale?
—Ve tranquila.
Con prisa, entra a una de las habitaciones. Sigo el camino a la cafetería, el lugar está casi vacío por lo que pedir una galleta de avena y un té no me toma demasiado tiempo. Katty no mencionó cuánto tardaría mamá en la consulta, así que aprovecho el espacio para sacar mis apuntes y repasar el tema que dictó Mark en la clase de hoy.
—Eso se ve muy complicado —Giro levemente la cabeza y veo a Andrés. Está a un lado de la mesa, sostiene una botella de agua en la mano
—. ¿Cómo estás, Rachel? ¿Llegaste temprano a la universidad?
—Sí. Muchas gracias por tu ayuda.
—No fue nada —Da unos cuantos pasos, desliza la silla y, antes de sentarse, continúa—. ¿Puedo?
—Sí, claro.
Nos mantenemos en silencio un instante.
—En cinco minutos podrás pasar a la habitación con Karla —informa.
—Aprecio mucho lo que han hecho por mi madre y por mí.
—Con todo gusto, Rachel. Aunque hace poco me integré al grupo, ha sido inevitable no encariñarme con ella. Es una excelente persona, al igual que me lo pareces tú.
—Gracias, Andrés —Miro hacia el vaso de té apenada.
—¿Y qué carrera estudias? —Se interesa de nuevo en mi cuaderno.
—Administración de Empresas.
—Vaya, buena elección. ¿Qué te motivó a elegirla? —Su pregunta tiene una respuesta automática. Mis recuerdos se llenan de imágenes de papá, de aquel rostro que desde pequeña he memorizado a detalle gracias a las fotos que conservamos como un tesoro mi madre y yo—. ¿Te gustan los números?
—Sí, algo así.
—Cuando empecé Medicina, no imaginé que tuviera que ver Matemáticas también. Sufrí un poco, pero terminé por acostumbrarme a ellas.
—Lo bueno es que lo lograste —Por algo está aquí como uno de los médicos principales, como uno de los mejores, según lo que escuché decir en los pasillos.
—Y tú también lo lograrás y Karla estará muy orgullosa de ti —Pone una mano sobre la mía—, más de lo que ya está.
Su gesto me sorprende y, por unos segundos, me mantengo inmóvil.
Oportuno, mi celular vibra y veo que Jackson me ha escrito. Mis músculos se tensan y pongo el teléfono boca abajo.
—Es probable que Karla ya haya salido de su consulta —anuncia Andrés—. Voy a ir a autorizar tu visita.
—Gracias.
—Para lo que necesites, Rachel —Se pone de pie, sus labios esbozan una sonrisa encantadora—. Gracias a ti por la compañía. Nos vemos luego.
Apenas se aleja, me relajo un poco, aunque no del todo, pues la incomodidad sigue presente por el mensaje de Jackson, el cual no tengo intenciones de leer.
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