¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 41 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 40

UN FIEL ADICTO

Mark

La lluvia al fin ha desaparecido y las persianas dejan entrar algunos rayos de sol. No hago más que disfrutar del silencio que reina en el dormitorio ahora un poco más iluminado, de la calma que me brindan el lugar y la mujer a mi lado. Una mujer de la que soy fiel adicto. Observo la silueta de su cuerpo apenas cubierto por la sábana blanca que nos rodea desde los muslos hasta la cintura, con su espalda ligeramente pegada a mi pecho. Me deleito con la manera en que su piel corrompe mis pensamientos y mis sentidos. El recuerdo de lo que hicimos en el baño no ayuda a mi autocontrol.

De pronto, todo en mí se paraliza.

—Mierda —susurro e inhalo profundo, al borde de una crisis nerviosa.

No nos cuidamos.

«Más vale condón en mano que bendición el próximo año», me dice siempre Steven. «Hijo, me alegra que Rachel y tú hayan decidido intentarlo, pero espero que tomen las cosas con calma y cuidado», fue algo que me comentó mi madre cuando le conté que vendría al pueblo con ella.

—Basta, Harvet —digo bajo y salgo despacio de la cama—. Más tarde hablaré con Rachel y veremos qué hacer.

Decido que lo mejor es ir por algo de comida para ella, durante el viaje apenas probó una fruta. Camino al otro lado de la habitación donde dejamos la ropa húmeda. Agradezco que la desgastada lavadora haya hecho su trabajo de secarlas bien.

Me acerco a la mesa de noche para buscar un bolígrafo y un papel y dejarle una nota. Cajas vacías de ansiolíticos y sedantes es lo primero que encuentro. Mi corazón se encoge al pensar en lo que tuvo que vivir Rachel los últimos meses, en la soledad con la que afrontó su dolor. Me duelen ella, su madre, los planes que tenían y que no podrán cumplir. Daría todo por haber estado a su lado, pero no la juzgo. Desde que la escuché culparse por ser una mala hija, supe que se alejó porque quería castigarse. Se sentía responsable de lo ocurrido, aunque no lo fuera.

¿Cómo pude caer en el juego de Kozlov? Fui un imbécil. Yo no merecía su distanciamiento, pero ella tampoco mi desconfianza. Ambos fuimos culpables e inocentes a la vez.

Sigo hurgando y hayo lo que necesito.

Dejo la nota encima del cajón. Miro una última vez los medicamentos y el miedo me consume. Hay heridas por sanar, quizás aún no estamos listos para muchas cosas, pero lo lograremos, esta vez juntos, de eso es lo único de lo que estoy seguro.

Salgo de la casa y voy hacia la tienda que vi cuando llegamos. Al acercarme a la entrada, no puedo evitar sonreír por la fila de ramos de peonías –las favoritas de Rachel y de su madre– a los que una anciana dedica su total atención antes de recibirme.

—Buen día, muchacho. Adelante —me invita a seguir. Tomo una bolsa y pongo en ella los ingredientes que usaré. El hombre que está en la caja saca las cuentas mientras yo no dejo de observar las peonías.

—¿Quién entiende a las mujeres? —pregunta él y su mirada sigue a la mía—. Creo que le gustan más las flores que yo. Y eso que me ama —Su comentario me hace reír, aunque por alguna razón también me causa ternura. El anciano continúa hablando mientras recibe el dinero que le doy por las compras.

—¿Podría venderme dos ramos de peonías, por favor? —le pido a la señora cuando se acerca a nosotros.

—¿Ves, viejo? Te dije que algún día una persona de este lugar iba a apreciar la belleza de estas flores —dice con evidente emoción— ¿Dos ramos? Déjeme adivinar. ¿Para su esposa y su hija?

Esposa e hija. Su comentario me hace tragar saliva y mi respiración se corta.

—No seas curiosa, mujer. Ya hasta pálido lo has puesto —interrumpe el hombre—. Bien podrían ser para su esposa y su amante —bromea, alejando un poco mi tensión.

—Uno es para mi esposa —El corazón se me acelera al pronunciar esas palabras—. El otro es para su madre, mi suegra —Decido acabar con las deducciones de la indiscreta pareja.

—Venga —La señora me pide que la siga hasta el lugar donde están los ramos—. Ese cascarrabias odia las plantas, flores, rosas y demás, pero cada día desde que nos casamos me ha traído peonías, tantas que no caben en casa y debemos venderlas.

Admiro el amor con el que ella habla y la manera en la que él la mira.

—Ya debes tener cansado al caballero. Vende rápido esas flores —

comenta el sujeto.

—Señor Ross, ya te he dicho que la paciencia es la mejor arma para tratar con una mujer —ríe ella—. ¿Qué colores desea, joven?

—Blancas, por favor.

Mientras la anciana alista el pedido, quien deduzco es su esposo inicia una plática amena sobre lo importante que son las mujeres en nuestras vidas, seguido de preguntas sobre mi estadía en el pueblo y sobre mi esposa.

—¿Y ya tienen hijos?

—No. Aún no —menciono sin soltar el aire de mis pulmones.

—Pareces asustado —agrega con calma, dando palmadas a mi hombro

—. Tranquilo, veo que aun estás muy joven para hijos y es comprensible

que no quieras...

—Los quiero —lo interrumpo con mi confesión efusiva, una de la cual me sorprendo. ¿Deseo hijos con Rachel? Sí, mierda, me hace ilusión tener una pequeña o un pequeño con ella. Quizás este no sea el mejor momento, pero si llegan los querré de la misma forma como si llegaran dentro de varios años. Porque me planteo una vida con Rachel y formar una familia a su lado si es lo que ella quiere. No hemos hablado del tema todavía, pero es una conversación que debemos tener pronto.

—Ellos llegarán en el momento adecuado. Tenlo por seguro.

—Que así sea —agrego animado. El sonido de mi móvil nos interrumpe y me alejo para atender la llamada—. Cariño.

—Hola —contesta con timidez o al menos eso percibo en su tono—.

Acabo de ver tu nota. Me preguntaba hace cuánto tiempo la dejaste, quería saber si estabas bien.

—Estoy bien —respondo con los latidos del corazón retumbando en mi pecho—. ¿Necesitas algo de la tienda?

—Solo a ti y, Mark…

—¿Sí?

—¿Puedes traer unas galletas saladas con manjar?

Frunzo el ceño por la combinación tan extraña. Pienso en su petición como un antojo. Aunque sé que no tiene ninguna lógica, la conversación con el anciano me ha hecho pensar en el tema.

—¿Deseas algo más? —hablo rápido y exhalo con fuerza. Siento mi estómago revolverse.

—¿Seguro estás bien? Te escucho extraño.

—Si, todo en orden. Nos vemos en un rato, cariño.

—Aquí te espero, amor —Ella cuelga la llamada y veo a la señora acercarse a mí.

—Me ha dicho mi marido que no tienen hijos, así que vaya preparándose para tenerlos porque su esposa va a quedar feliz con este regalo —suelta con picardía y me entrega los ramos.

—Deja de ser tan imprudente, cielo —la regaña el señor Ross, a quien le pido las galletas y el manjar para Rachel. Nos despedimos con amabilidad y salgo sonriente del lugar por la ocurrente situación que acabo de vivir.

Camino durante unos minutos hasta llegar a mi destino.

—Karla —Me inclino cerca de su tumba y dejo uno de los ramos allí.

Observo su nombre grabado en la lápida. Me duele pensar que se ha ido para siempre—. No estuve con usted, no pude despedirme, pero sé que sus últimos pensamientos fueron dirigidos a su hija. Lo único que puedo hacer es prometerle que cuidaré a Rachel, como lo hice la última vez que nos vimos. La amaré y protegeré por los dos.

Me toma un rato calmar la presión en mi pecho antes de irme del cementerio. El recorrido a la casa es corto y, cuando llego, la mujer que me recibe aleja todo sentimiento de tristeza y nostalgia.

—Mark —Se lanza a mis brazos y le rodeo la cintura con cuidado para no golpearla con la bolsa de las compras.

—Qué bonito recibimiento, señorita Lombardo —Junto nuestros labios.

—Has traído peonías —habla alegre entre besos.

—Te compraría tantas que tendrías que venderlas porque no cabrían en nuestra casa —recuerdo a la pareja encantadora con la que me encontré.

—¿Qué dices? —ella sonríe y me invita a que entremos juntos.

—Que haría lo que fuera por verte siempre feliz.

—Tú me haces feliz —Rachel toma el ramo y la sonrisa que dibuja en su rostro me cala en el alma.

—Hay un tema del que me gustaría hablar —digo con seriedad.

—Me estás asustando. ¿Es algo grave?

—Ayer no nos cuidamos. Creo que ambos queremos un futuro juntos, pero no sé si en tus planes esté tener hijos.

—¿Y qué quieres tú? —Rachel ladea el rostro y no logro descifrar su expresión.

—Siempre he querido ser padre, no puedo negártelo. Sin embargo, esa es mi posición y entenderé la tuya, sea cual sea.

—Yo también quiero ser madre, Mark. Es algo que tengo en mi plan de vida y, ahora que te conocí, estoy más que convencida de que sería increíble compartir esta experiencia a tu lado. No sé qué nos depare el destino, pero quisiera seguir escribiéndolo contigo.

Todo el temor por lo que pudiera decirme se borra en un instante. Habría comprendido si Rachel no quisiera tener hijos, pero saber que en esto también coincidimos me llena de emoción.

—Así será, amor —Tomo su mano.

—¿Te imaginas unos gemelos? —comenta y suelto una risa.

—Yo nervioso por conocer sus planes y usted, señorita Lombardo, pensando en dos hijos.

—Así que ya sabe, señor Harvet, espero que sean gemelos —suelta en tono bromista.

—Me esforzaré —aseguro y ambos sonreímos tontamente.

Pronto guardamos silencio y damos paso a la seriedad que el tema amerita.

—No voy a mentirte, Mark, me gustaría que los hijos llegaran en unos años, cuando culmine mi carrera y un posgrado —Se encoje de hombros—.

Ahora es muy pronto, hay muchas cosas que quiero hacer antes de formar una familia: ir a terapia, estar bien conmigo por completo, incluso prepararme para todo lo que implica la maternidad.

—Estoy de acuerdo y apoyo lo que decidas.

—Gracias —Suspira profundo—. Mark, sé que viste las cajas en mi mesa de noche.

—No voy a reprocharte nada, cariño. Buscaremos la ayuda que sea necesaria cuando estés lista. Soy afortunado de que tú, una mujer fuerte y capaz de encontrar el camino sola, me haya elegido como su compañero.

—Siempre te elegiría, señor Harvet, entre millones. Quiero que seas el padre de mis gemelos —Se aleja un poco para mirarme—… ¡Y de mi hija!

—¿Entonces tendremos tres hijos? —hablo ilusionado.

—Y tres hámsteres.

—Tres hijos, tres hámsteres y una vida a tu lado. Eso suena como un final feliz.

—Lo es.

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