¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 38 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 37

EL MURO QUE NOS SEPARA

No. Detente, Rachel. No sé cómo o cuánto tiempo nos tomará, pero lo arreglaremos. Quédate conmigo...

Si tan solo él hubiese dicho una de esas cosas, ahora todo sería diferente.

Llevo dos semanas esperando su llamada y parece una eternidad.

—Concéntrate —me riño al darme cuenta de que he detenido mis actividades en el trabajo por dar rienda suelta a tormentosos pensamientos

—. Cita de Steven con el abogado Henry Samuelson: Agendada.

Cierro el documento y me esfuerzo en poner mi atención a lo que debo hacer, pero el aroma tan suave y agradable que ronda en el ambiente desde que llegué del departamento de recursos humanos vuelve a desconcentrarme. ¿Por qué todo me lo recuerda? ¿Este perfume será producto de mi imaginación? ¿Estaré enloqueciendo?

—Rachel —Levanto la mirada y me encuentro con su rostro. Es una alucinación, por supuesto que lo es. Cierro los ojos unos segundos y respiro profundo, pero vuelvo a ver a Mark frente a mí. Debe ser porque he dormido muy poco que estoy imaginándome cosas.

—Sí, es eso. Necesito un café —susurro y camino hacia la cafetería.

—¿Ahora vas a ignorarme? —inquiere él sujetándome del brazo.

—Perdóname, no sé qué me pasa —me disculpo confundida—. ¿Buscas a Steven?

—Él me pidió que le trajera unos papeles y que le ayudara con algo porque hoy ibas a estar todo el día con Müller conociendo las oficinas —

Me suelta e intenta mantener el tono sereno de su voz. Algo le incomoda, lo conozco.

—No estaba con él, sino en recursos humanos entregando una documentación que tenía pendiente.

—Steven es un idiota —susurra mientras niega con la cabeza. Entonces lo entiendo, o eso creo: Su gemelo quiso ponerlo celoso—. ¿Cómo has estado?

—Bien —Atándome de pies y manos para no buscarte o llamarte—. ¿Y

tú?

—Bien —responde cortante.

—Ya que estamos aquí, quisiera hablarte de Dory. Me gustaría llevarla conmigo.

—Está en casa de mi hermana, con mis sobrinos.

Sé que ellos la cuidan bien, pero ¿era necesario deshacerse de Dory?

Sonrío con ironía y tristeza.

—¿La regalaste?

—No, está con ellos temporalmente. Sigue siendo tuya —traga saliva—.

Es solo que ya no podía seguir teniéndola conmigo.

—¿Cuándo puedo pasar a recogerla?

—Le diré a Romina que la lleve hoy a mi departamento. Puedes ir después de que salgas del trabajo.

—Está bien, gracias —comento y el silencio que se forma es incómodo.

—Rachel, te estaba buscando —El abogado Müller aparece sonriendo, pero su gesto se borra al ver sobre mis hombros—. Harvet —dice de manera más formal.

—Müller —Mark le devuelve el saludo con tono adusto.

Miro al abogado y, por un momento, pienso que hablará sobre mi madre, su testamento o las pertenencias que aún no me he atrevido a recoger.

—Rachel, ¿puedes darme el teléfono del Dr. Samuelson, por favor? —

Su pregunta me tranquiliza.

—Sí, un momento —Voy por mi agenda, apunto la información en un papel y se lo entrego—. Aquí tiene.

La mirada de ambos está sobre mí, la única diferencia es que Mark me observa con el ceño fruncido, mientras que Müller no tiene pudor de verme con descaro.

—Gracias, preciosa. Eres un encanto. Nos vemos luego —dice y se retira.

Mark continúa observándome sin decir una sola palabra, me intimida, por lo que busco una distracción acomodando mi uniforme que, a decir verdad, no es tan ridículo como el de mi anterior trabajo. De hecho, me gusta. Ahora sus ojos siguen la dirección de mis manos.

—¿Algo más que desee, señor Harvet? —Mi tono es bajo y, espero, seductor—. Debo ir a la cafetería.

Él se pone tenso y percibo el deseo en su expresión. Disfruto ver su lucha interna por apaciguar el fuego que, evidentemente, se está avivando.

Compruebo que los pasillos están vacíos y, esta vez con un poco más de dedicación, arreglo mi falda.

—¿Me estás provocando? —Su voz gruesa se siente diferente ahora y causa cosquilleos entre mis muslos.

—¿Lo hago? —pregunto con inocencia.

Nuestros días y noches de pasión vienen a mi mente e incrementan las ansias de mi cuerpo. Me fijo en su pantalón y sonrío al confirmar que no soy la única a la que el pasado entre ambos está torturando de manera inoportuna y dolorosa. Recuerdo tenerlo encima de mí, el deleite de recorrer su piel con mis labios…

—Rachel, no pasará nada entre nosotros —suelta y ahí sigue aquel muro. Intacto e invencible.

—Ten un buen día —agrego y emprendo mi camino. De nuevo somos dos desconocidos.

Parece una locura, pero creo que lo escucho suspirar y siento que vendrá detrás de mí. Soy una ilusa. Cambio mi dirección y decido ir primero al baño. Apenas entro, veo en el espejo mis mejillas sonrojadas. ¿Desde cuándo están así? ¿He sido tan obvia frente a él?

«Rachel, no pasará nada entre nosotros». Recordar sus palabras me llena de vergüenza. Por supuesto que notó lo mucho que su presencia me afecta, pero ¿quién puede culparme por desear al hombre que me enseñó a amar, que sabe cómo hacer que mi cuerpo arda hasta quemarme viva?

«Eso es cariño, disfruta», susurró en mi oído y yo jadeé ante sus dedos que viajaban a lo largo de mi vagina, rozando mi clítoris y haciendo que un escalofrío me recorriera. Los gemidos aumentaron cuando, con movimientos suaves y circulares, él estimuló el centro de mis deseos. El placer se disparó por cada rincón de mi ser. «Amo hacerte gozar con mi lengua, mis dedos y todo mi cuerpo».

«Mark», jadeé y él llevó su boca a la mía. Sentí su erección en mi muslo al tiempo que su dedo medio se deslizaba por mi sexo hasta introducirse por completo.

«Siempre lista para mí, cariño», musitó complacido. Continúe sumergida en el placer que me brindaba su tacto. Una nueva oleada de satisfacción me consumió cuando Mark empujó un segundo dedo dentro y fuera de mí, como si fuese su pene el que estuviera penetrándome.

Cierro los ojos al revivir ese momento. Mi respiración se agita cuando siento una mano posarse en mis caderas y, al encontrarme con el espejo, su mirada cala de inmediato en mi alma. Ese color verde que tanto me fascina.

—Mi mente no deja de imaginarte —digo creyendo que, otra vez, se trata de una alucinación. Él se acerca más y pega su cuerpo al mío, me esfuerzo por recuperar el aliento. No pienso con claridad con el palpitar de su corazón en mi espalda. Todo esto es real.

—¿Por qué me provocas? ¿Por qué insistes en clavarte en mi piel? No deberíamos hacernos esto.

Seguimos viéndonos en el reflejo. Sus manos acarician mis caderas con mayor entusiasmo.

—Te he extrañado, Mark —digo en tono bajo y nuestros cuerpos se encuentran con avidez. Siento su erección y eso me excita sobremanera—, en todos los sentidos.

Él me sujeta con fuerza y me gira para quedar frente a frente.

—Cállate, Rachel.

—Cállame —lo desafío y él accede. Gimo cuando su boca domina la mía y pone una mano en mi cuello y otra en uno de mis muslos con brusquedad. Alza mi culo y me acomoda sobre la mesa del lavamanos.

Abro las piernas para que su cuerpo encaje a la perfección con el mío.

Como siempre. Volvemos a ser uno.

—Maldita sea, ¿por qué haces esto?

—Porque te amo y quiero estar contigo.

Agarra mi cabello con empeño y nos envolvemos en un beso lleno de pasión. Sus manos bajan por mis hombros y se detienen en mi cintura. Me toca sin dejar de besarme, su respiración se acelera cuando sube poco a poco mi falda.

—Dime que deseas esto tanto como yo —pide casi en una súplica.

—Sí, lo quiero. Te deseo, profesor Harvet —Mi respuesta lo hace explotar. Acomoda mi braga y desliza despacio un dedo por mi sexo.

Aumenta el ritmo logrando que me moje. Muerdo mi labio inferior para no gemir fuerte y muevo mis caderas mostrando la necesidad que tengo de que siga dentro de mí. Introduce dos dedos más y juega con mi clítoris hasta que siento que estoy a punto de terminar, por lo que me agarro de su brazo y disfruto del temblor que su tacto me genera. Siento mi piel arder y me dejo llevar hasta que él retira su mano. Cierro las piernas en cuanto escucho voces acercándose. Miro la puerta con temor de que sea abierta y nos descubran.

—Puse seguro. Pensarán que está en mantenimiento —dice y sonríe complacido. Oigo que tratan de abrir y, unos segundos después, el sonido de pasos alejándose. Rodeo mis brazos en su cuello y mis piernas en su cintura. Mark deja escapar un tórrido gemido cuando su sexo, aún debajo de la ropa, se encuentra con el mío.

—Ambos lo queremos. No te cierres a nuestro amor —le pido y, sin más, él busca mi boca. Escucho la cremallera de su pantalón y llevo mi mano hacia su pene.

—Rachel —Su respiración se acelera mientras lo masturbo—, maldito sea el poder que tienes sobre mí.

Echa la cabeza hacia atrás mientras sigo deslizando mi mano, bombeándola de arriba y abajo en su grosor. Su cuerpo se tensa, pero no me detengo, quiero llevarlo al límite como él mismo me enseñó. Mientras jadea y disfruta del placer que le doy, saca de su blazer un paquete plateado. Sé lo que desea y yo necesito lo mismo. Me pongo de pie, extraigo el preservativo y se lo coloco con torpeza y nerviosismo.

Muerdo su hombro para ahogar un grito de dolor y placer cuando me penetra. Disfruto al sentirlo en mi interior con una delicadeza que derrite cada fibra de mi ser.

—No te detengas —le susurro—. Quiero que me hagas tuya.

—No sabes cuándo deseaba esto —Me embiste más fuerte. Mark me llena, lo hace por completo. Sus movimientos se vuelven lentos, aunque siguen siendo profundos. Me acomodo para tomar el control y me deleito cuando se estremece.

—Vas a hacer que me venga —Ignoro su comentario y continúo moviéndome bajo mis propias reglas, quiero complacerlo al máximo como él lo está haciendo conmigo.

Sus músculos se contraen y posa las manos en mis caderas, sosteniéndolas. Se hunde en mí y cierro mis labios para evitar que los gemidos de placer que ruegan por salir lo hagan. Mark me carga hasta una de las paredes del baño y me penetra con más deseo que antes. Me hace el amor de manera frenética y desesperada. Ver el sudor en su frente me prende demasiado.

Siento mi vagina apretarse en torno a él, gustosa en la red de lujuria en la que estamos atrapados; mis uñas se clavan en sus hombros al sentir su cuerpo entrar y salir del mío una y otra vez.

—Mark...

—Córrete para mí —pide y sus palabras surgen efecto. En unas pocas embestidas más, me sujeto temblorosa a su cuello. Terminamos al mismo tiempo y nos quedamos por un momento así, abrazados y sin decir nada.

Eso me asusta.

Mark sale de mí y me reincorporo. Estoy nerviosa y quiero que este instante de incomodidad termine.

—Debo irme —anuncia serio. Entra a uno de los baños y sale un rato después con la ropa en su lugar. Se ve al espejo y trata de arreglarse el cabello—. Nos vemos más tarde cuando pases a recoger lo que necesitas.

Ni siquiera es capaz de verme a la cara cuando lo dice. Parece que lo que acabamos de hacer no hubiera importado. Mi corazón se rompe en mil pedazos. Todo cambió y temo que nunca volverá a ser igual.

Voy hacia uno de los cubículos y lo escucho suspirar antes de retirarse.

Él se aleja del lugar y, entiendo, también lo está haciendo de mi vida.

Después de ese encuentro, la poca concentración que tenía en el trabajo se pierde. Me siento contrariada al confirmar que sus sentimientos por mí siguen intactos, al igual que el muro entre los dos.

Nuestro momento en el baño fue maravilloso. No me arrepiento de nada, aunque me hubiese gustado que su boca dijera lo que sus caricias me confesaban.

Retomar mis actividades es complicado, pero logro finalizar la jornada.

Al regresar a casa, me ducho para tratar de evitar los cuestionamientos que hace mi mente. Me quedo varios minutos eligiendo la ropa que me pondré.

Me decido por unos vaqueros negros, un crop top blanco y una chaqueta del mismo color del pantalón.

Espero el taxi sin dejar de preguntarme por cuál es nuestra situación actual. ¿Qué somos? ¿Ha sido solo sexo para él? Me duele pensar en las respuestas que surgen cuando el móvil notifica un mensaje.

El hámster ya está en mi departamento.

Avísame cuando vayas llegando.

Aunque me entristece la frialdad de lo que acabo de leer, sonrío al pensar que volveré a ver a Dory y decido quedarme con eso porque la

extraño. Apenas me subo al vehículo, le escribo que voy en camino y, cuando llego al destino, le envío otro mensaje para avisarle.

Estoy cerca, puedes esperarme o decirle a Julián

que te dé las llaves. Como desees.

Su respuesta me irrita. ¿En serio tiene tantas ganas de evitarme? Con pedir que lo esperara hubiese sido suficiente.

Que te den.

Río por lo que acabo de escribirle de manera impulsiva y tecleo algo más.

Recogeré a Dory y me iré, no te preocupes.

Adiós, Mark.

Me acerco a Julián, quien me mira con su gesto de amabilidad característico.

—Señorita, me alegra verla. ¿Cómo está?

—Hola. A mí también. Mark me dijo que dejó las llaves de su departamento aquí.

—Sí, claro —Él las busca en una de las gavetas y me las entrega.

Le agradezco antes de dirigirme al elevador, pero me detengo al sentir la vibración en mi teléfono. Los latidos de mi corazón se aceleran al ver su nombre en el identificador.

—Mark —respondo sin importancia.

—En dos minutos estoy allí. ¿Puedes esperarme?

—Está bien, aquí nos vemos —Cuelgo y voy de regreso a la recepción.

Los nervios me sofocan y la ansiedad que tengo desde lo que pasó en el baño del bufete aumenta. ¿Qué ocurrirá cuando volvamos a vernos? Estoy confundida porque él ha sido muy certero en su posición de no querer hablar sobre lo nuestro, pero la manera en que hicimos el amor…

Pasan más de dos minutos y empiezo a crear teorías. ¿No vendrá?

¿Prefiere ahorrarse esta conversación? Una llamada entra y la contesto de inmediato al ver que es suya.

—Ya estoy afuera. Si quieres, ven al auto y me acompañas hasta el estacionamiento.

—Voy en camino.

Salgo de la recepción y ahí está su carro. Puedo ver su figura a través del espejo, me acerco y musito unas cuantas plegarias antes de abrir la

puerta. Su mirada se vuelve hacia mí. Julián nos da acceso y Mark conduce hasta la zona de parqueo en completo silencio.

—Rachel —habla al fin y me confunde la forma en que me ve, aunque no tanto como el acercamiento de sus labios a los míos.

—¿Me dejas sola en ese baño y ahora quieres saludarme con un beso?

—Lo esquivo y le reprocho, soltando mi enojo por primera vez desde lo sucedido. La furia hace que la sangre en mis venas se caliente más a cada segundo—. ¡Qué huevos los tuyos, Harvet!

—Necesitaba pensar las cosas —comenta, intenta besarme de nuevo y esta vez cedo, derretida ante él. Su boca reclama la mía y, aunque siempre pone pasión en lo que hace, ahora se siente distinto. Toma mi cabello entre sus dedos y genera más intensidad en nuestro beso. Creo que está tan excitado como enojado.

—No —digo y me alejo—. Odio que vengas y, con solo tocarme, yo ya no pueda siquiera pensar. ¡Odio eso!

—Está bien —se acomoda en el asiento. Sus ojos miran hacia el frente y sujeta el volante, en un esfuerzo por tranquilizarse. Mi cuerpo y mi corazón no obedecen a mi cerebro, por lo que vuelvo a hablar.

—No me arrepiento de lo que sucedió en el bufete, pero...

—Yo tampoco lo hago.

—¿Dónde nos deja eso, Mark? —pregunto y él y guarda silencio—.

¿Acaso solo soy una mujer a la que te cogerás cuando quieras y ya? ¿Eso significo para ti? —lo cuestiono incrédula—. Estás muy equivocado si piensas eso, Mark. Muy equivocado.

—No te refieras a ti de esa manera.

—Entonces, ¿qué quieres? —Estoy confundida y frustrada.

—Basta.

—Te gusta esto, ¿no? —Siento un par de lágrimas caer por mi rostro—.

Te gusta verme sufrir, ¿es eso?

Su expresión se endurece y sé que está enojado. Sale del carro, da la vuelta para abrirme la puerta y yo salgo igual de furiosa que él. ¿En serio me está echando de su auto?

—No es necesario que —Me sorprende cuando se acerca y se inclina ante mí. Me toma de los muslos y, de repente, me encuentro colgando en su hombro derecho. Cierra la puerta del carro y me carga hacia el elevador

—… ¿Qué haces? ¿Enloqueciste?

—Puede ser —Da una pequeña palmada a mi culo y río nerviosa. Por favor, que no nos encontremos con nadie. Por favor, ruego en mi mente mientras caminamos.

—Alguien puede vernos, Mark.

—No me importa —advierte y sé que está hablando en serio.

—Pero a mí sí me importa —le reclamo y él sonríe. ¿No que estaba enojado? ¡Qué volátil es!

—Entonces empieza a rogar que nadie nos vea, ‘encanto’ —dice irónico esa última palabra, imitando con exageración el tono coqueto de Müller.

Aunque sigo turbada, su actitud me divierte.

—Parece que te salvaste. Nadie nos vio —dice serio cuando llegamos frente al ascensor. Escucho las puertas abrirse—. O puede que sí... Señora Benson, ¿cómo está?

—¿Qué? —¿Es broma? Tiene que estar bromeando.

—Hola, Mark —responde una voz femenina en tono despreocupado—.

Señorita…

Mierda.

—Hola —hablo nerviosa y la veo sonreír mientras sigue su camino y se despide moviendo la mano—. Adiós.

Entramos al elevador y el reflejo muestra que mi rostro está rojo de la vergüenza. Mark suelta una carcajada.

—¡Bájame!

—Te bajaré en un momento —Empiezo a darle golpes a sus glúteos, pero no hay ningún efecto. Él sigue inmóvil y riéndose.

—Tregua —pido.

—No.

—¿Por qué?

—Porque aún sigo enojado.

—Volátil y descarado. La enojada debería ser yo —recrimino—. Tú me dejaste en ese baño sola.

Da una palmada aún más fuerte a mi trasero y hace que mi cuerpo se estremezca. La puerta se abre y él camina como si nada hacia el departamento. Entra y sigue andando hasta que llegamos a su habitación, se detiene junto a la cama y cierro los ojos, pienso que pueda tirarme de manera brusca sobre ella, pero me acomoda con suavidad. Tan inesperado, tan él.

Me mira y en sus ojos hay tristeza. Tomo su brazo y halo de él. Sí, he faltado a mi palabra de no volver a ceder. Sin embargo, creo que vale la pena porque me envuelve en un gesto tierno. Mi viejo Mark está de vuelta, al menos en este momento. ¿Cómo puede ser tan cambiante? Lo amo.

Él atrapa mi labio inferior y empieza su juego de morder y chupar, haciéndome gemir.

—Esta es —Baja a mi cuello y lo muerde—. La única. Manera. En que.

Me gusta. Verte. Sufrir —dice entre besos—. De placer.

Sus palabras encienden mi piel y alimentan mi ser.

—Mark...

—Al principio quería que sintieras lo que yo sentí, pero me di cuenta de que eso no es lo que deseo. Que estés mal también me lastima a mí. No vuelvas a decir que me gusta verte sufrir.

—Lo siento, pero estoy muy confundida —le digo con amargura—. Ya no sé qué pensar o esperar.

—Rompiste mi corazón, Rachel —confiesa con nostalgia—. Y puede parecer irónico, pero también eres la única que sabe cómo repararlo. Eres la única que puede hacerlo.

—Lo siento. En serio, lo lamento mucho. Sé que irme así no estuvo bien. Necesitamos hablar de muchas cosas.

Él asiente y me besa con dulzura.

—Lo sé y te prometo que hablaremos —Su tono de voz es profundo—, pero después de hacer el amor.

Llevaba mucho tiempo sin escucharlo hablar de amor, quizá desde que me fui. Mark ha tratado de usar términos fríos y distantes estas semanas para blindarse por lo que estaba sintiendo.

—Tengo mucho que contarte —digo y empiezo a llenarme de recuerdos.

—No digas nada, no ahora —suplica—. Solo quiero tenerte como antes, pensar que nada ha cambiado. Quiero sentirte mía.

—Soy tuya, siempre lo he sido —suspiro—. Llegué a creer que no te recuperaría.

—¿Recuperarme? —Se ríe y eso me asusta—. Rachel, nunca me has perdido. Aunque quise alejarme de ti, no he podido ni he querido.

—En todos estos meses, no dejé de pensar en ti ni un solo día —admito y él me acaricia la mejilla.

—Por favor, no vuelvas a alejarte —Su voz está rota y me duele.

—No lo haré, Mark —le prometo—. Te amo, te amo tanto.

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