¿En clases no?
Epílogo
INVITADOS INESPERADOS
Mark
Años después
Here’s to all the bad decisions that you didn’t judge, all the ‘love you’s and the ‘hate you’s and the secrets that you told me. Here’s to everyone but mostly us, suena de fondo.
—There’s a couple billion people in the world and a million other places we could be, but you’re here with me7 —le canto al oído a mi preciosa esposa mientras estamos en nuestro baile nupcial. Nos movemos por la pista con el ritmo suave de la música. Ella mantiene las manos sobre mis hombros y yo las mías en su cintura y espalda. Observo de reojo a los invitados, a la gente que queremos y, con más detalle, a la maravillosa mujer frente a mí. Mi mujer, mi esposa, mi cómplice, mi todo. Luce radiante en su vestido blanco impoluto que se ajusta perfecto a las suaves curvas de su cuerpo.
La canción termina y el salón estalla en aplausos. Doy un paso hacia atrás y toco con delicadeza su vientre. Aún me parece increíble que, dentro de aquella diminuta panza, estén creciendo nuestros hijos.
—Te amo, Rachel. Gracias por existir.
Sonrío al pensar que en seis meses podré cargar a esas personitas que ya me llenan de felicidad, las mismas que son los invitados más inesperados y especiales de nuestro matrimonio. Cómo olvidar el día que nos enteramos del embarazo o, como ella lo bautizó: el día en el que descubrimos a la peor persona para dar sorpresas.
—Rachel, será mejor que no vayas a la universidad —No era una sugerencia. Ella lo dedujo y su mirada ceñuda lo confirmó. Me preocupaba su semblante—. Iremos al hospital ahora mismo.
—Mark, tengo dos exámenes finales —explicó de nuevo—, tendría que esperar mes y medio para que me den la oportunidad de volver a hacerlos, si es que me dejan. ¡Y en un mes nos casamos! Tenemos la reservación del lugar, los boletos del viaje de luna de miel. Hay personas de tu familia que vendrán de otras ciudades.
—Cariño, si tenemos que pagar una nueva reservación, boletos e iniciar todo desde cero, lo haremos. Primero está tu salud.
—Estoy bien —Se abrazó a mí, acaricié su cabello—, te lo prometo.
Solo estoy un poco nerviosa y cansada, esta maestría fue más dura de lo que imaginé, pero sé qué, después de los exámenes y la sustentación de la tesis, todo volverá a la normalidad.
—Está bien. Te llevaré a la universidad, esperaré a que termines los exámenes e iremos al hospital —dije y ella trató de protestar—. No está en discusión, Rachel.
Odio contradecir sus decisiones e intento complacerla en todo, pero si se trata de su salud no hay discusión alguna. Rachel se apartó y, aunque creí que iba a enojarse, sonrió con ternura.
—Mi gruñón señor Harvet —Llevé mi mano a su mejilla.
—Mi testaruda y preciosa futura esposa, es mejor que vayamos a desayunar o se hará tarde —Confiaba en que comer algo borraría la palidez en su rostro.
Bajamos al primer piso y le preparé algo. En cuando le llevé el desayuno a la mesa, ella arrugó la nariz en señal de desagrado y corrió hacia el baño. Seguí sus pasos y la encontré arrodillada en el suelo, vomitando.
Me llevé las manos a la cabeza y tiré de mi cabello.
—Traeré un vaso con agua —le dije al notar que quería estar sola y salí de la habitación para brindarle su espacio.
¡Carajo! La amo, pero es jodidamente terca. Llevaba días insistiendo para que fuéramos a ver a un doctor y ella siempre decía que era solo cansancio. Cuando volví, la encontré en la entrada con el cabello recogido en una coleta y sonriendo al verme. Le entregué la bebida.
—¡Ah! Me siento mucho mejor —comentó después de terminarla.
Aunque estaba menos pálida, no le creí—. Seguro lo que me cayó mal fue la comida de ayer.
Ladeé la cabeza. Sí, era probable que los seis tacos que ingirió fueran la causa de su malestar estomacal, pero no de su estado por esos días.
—Igual, iremos al doctor —le recordé.
—Después del examen. ¡Maldición! Ya es tarde y la primera clase es con el señor Collins. ¡No puedo llegar ni un minuto tarde! Ese hombre me odia desde la carrera.
Rachel salió corriendo por sus cosas hacia el segundo piso y mis labios se curvaron en una sonrisa observando a mi –actualmente obsesiva con el tiempo– prometida. La seguí para ver si necesitaba algo y la encontré de espaldas en nuestra habitación. Llevaba puesta solo su braga. Cuánto amo ese redondo y hermoso culo. Sin embargo, en ese momento lo vi más grande de lo normal, al igual que el resto de su cuerpo. Sus caderas estaban ligeramente más anchas.
—¿Le apetece entrar, señor Harvet? —preguntó risueña. Noté que se me iba poniendo dura y sí, me hubiera encantado entrar –y no solo a la ducha–, pero sabía que no podía hacerla perder más tiempo.
—No hay nada que quiera más en el mundo —Imaginar cada jodida manera en la que le haría el amor me dolió. La presión en mi pantalón era cada vez más intensa y no daba señal alguna de querer desaparecer pronto
—, pero tienes examen. Será mejor que te espere abajo.
Ella me envió un beso y yo me di vuelta para evitar la tentación que significaba ver su rostro dulce y tierno que tanto me excitaba –y me excita día a día–. Tuve que ser sensato, aunque hubiera querido mandar todo a la mierda, follármela y sentirla mía.
Bajé a la sala y la esperé. Diez minutos después, la vi descender por las escaleras con su morral en el hombro. Estaba preciosa. Como de costumbre, tomé su mano y nos dirigimos hacia la cochera. El camino a la universidad fue todo un desafío, el tráfico era impropio a la necesidad de Rachel por llegar temprano. A las siete estuvimos en el estacionamiento de la facultad y, dos minutos después, en su salón.
—Señorita Lombardo —la saludó el profesor—, un poco tarde.
—Dos minutos —gruñí.
—Harvet —se dirigió a mí con tono neutral. Pese a que nos conocimos el primer día de clases de Rachel en esta universidad, habíamos coincidido en varios eventos académicos a lo largo de estos años. Sabía que era estricto y muy puntual, pero lo mataría si le negaba la entrada a mi prometida—, todos los alumnos saben las reglas en mi clase, usted también. Lo siento mucho.
Rachel suspiró frustrada.
—Profesor, tuve un asunto personal de última hora. Por favor, déjeme presentar el examen.
—¿Qué asunto puede ser tan importante como para que no llegue a tiempo a su parcial final?
—Estoy embarazada —Rachel soltó de repente. Me pareció una buena excusa, aunque bastante exagerada—. ¡Mierda!
Su rostro volvió a palidecer. Me miró alarmada y, de repente, me sentí mareado al pensar que lo que había dicho no era una excusa inventada. Lo pensé bien y confirmé que ella no jugaría con algo así.
—Felicitaciones, señorita Lombardo. Me alegra por ustedes. Puede seguir —accedió Collins y me puso una mano en el hombro antes de entrar también.
—Mark —dijo Rachel, igual o más consternada que yo.
—Ve tranquila. Aquí te espero —Estaba muriéndome por dentro, la duda me impacientaba, pero agradecí que mi tono de voz guardó la calma.
Me quedé en el pasillo, sin aliento y con la cabeza a punto de estallar.
Caminé de un lado hacia el otro, intentando mantener a raya la incertidumbre que me invadía. ¿Estaba embarazada? ¿¡Íbamos a ser padres!?
Treinta minutos después, escuché la voz de Collins.
—Harvet, qué bueno verte aquí. ¿Podrías mantenerlos vigilados un momento, por favor? Debo ir a buscar la lista de asistencia para que firmen
—Asentí y entré al salón—. El señor Harvet estará vigilándolos mientras regreso.
Me puse frente a la pizarra, Rachel alzó su mirada hacia mí y le brindé una sonrisa. Volvió a concentrarse en el examen. Estaba orgulloso de ver la seguridad con que apuntaba en su hoja. Sin duda, las horas que pasamos estudiando valieron la pena.
—¿Novio de Rach, podemos todos comparar los resultados un segundo?
—me preguntó Kate, la amiga de Rachel desde la carrera. El salón entero rio estruendosamente, incluida mi futura esposa.
—Guarden silencio y ojos en su examen —respondí con seriedad, aunque la situación me causaba gracia.
Al rato llegó Collins y salí rápido del salón. Caminé hacia la máquina expendedora de café y me tomé uno. Poco a poco los nervios se transformaron en ilusión. Tendríamos un hijo. Basta, Harvet. ¿Y si no está embarazada? ¡Carajo! La incertidumbre me estaba matando. Esperé veinte minutos más hasta que ella salió.
—Mark —La escuché decir con voz temblorosa. Se acercó y la abracé.
—¿Eso fue por la euforia del momento o… —dejé la pregunta en el aire. Ella se encogió de hombros.
—Debo hacerme una prueba, pero... —En un tono muy bajo me explicó que, por el estrés y los trabajos de la universidad, no notó que su periodo no había llegado desde hace dos meses y había estado reflexionando sobre ello en los últimos días.
—¡Un hijo! ¡Seremos padres! —dije sin tener la menor duda. Todo tenía sentido en ese momento. Busqué sus labios y nos besamos con necesidad, alegría y una suma de sentimientos que no supe cómo describir.
—Parece que tendremos un invitado inesperado en nuestra boda, señor Harvet.
Lo que no sabía en ese momento era que no iba a ser solo un invitado inesperado.
—Y nosotros te amamos a ti —responde ella y me mira curiosa—. ¿En qué piensas, señor Harvet?
—En lo feliz que me haces, señora Harvet. ¡Te amo! —Hablo fuerte, deseando que todo mundo sepa lo enamorado y feliz que me siento junto a mi esposa y con nuestros hijos en su vientre. Sonrío orgulloso al recordar el momento en el que escuché sus corazones latir por primera vez. El día en el que supimos que dos vidas venían en camino.
—Es normal que el latido sea así de rápido —explicó la doctora. Lo escuchábamos claro y fuerte. Mi propio corazón latía como si intentara seguirle el ritmo. No conocía su rostro, ni siquiera lo había tocado, pero amaba al pequeño ser que crecía dentro del vientre de la mujer de mi vida.
Rachel apretó con fuerza mi mano mientras observaba con detenimiento la pantalla del ultrasonido. Tenía nueve semanas de embarazo y me parecía una eternidad tener que esperar el tiempo que aún faltaba para tener a nuestro hijo con nosotros.
—Se mueve mucho —comentó mi prometida. Yo estaba igual de impresionado viendo el pequeño manchón gris desplazándose de un lado hacia el otro en la pantalla.
—Y aquí tenemos un segundo latido —exclamó la doctora y mi respiración se detuvo, o eso pensé. Rachel y yo escuchábamos atentos. El segundo latido era un poco más lento, pero igual de claro—, parece que tenemos un embarazo gemelar.
—¿Dos? —preguntó Rachel con emoción clavando sus ojos en los míos.
Sentí que me derretía ante la forma en la que me miró. Podía leer en su rostro una clara expresión de orgullo y felicidad que calmó por completo los nervios que empezaban a llegar.
—Vamos a ver si hay otro —Las palabras de la doctora casi me hacen desmayar. Rachel siempre me había dicho que le hacía ilusión la idea de tener gemelos, pero ambos éramos conscientes de los riesgos que existían en embarazos de ese tipo. Si eran tres, los recibiríamos con todo el amor, pero no dejaba de sentir algo de miedo—. No, solo dos fuertes corazones —
Suspiramos aliviados y la doctora se rio antes de anunciar que nos dejaría solos.
—Dos mini Mark. Lo ha hecho bien, señor Harvet —dijo Rachel y sus ojos brillaron por la emoción.
—Lo haremos bien. Todo irá bien, cariño —le aseguré rodeándola con mis brazos—. Dios, siento que el corazón me va a estallar de tanto amor.
Nuestro momento de intimidad terminó cuando la doctora regresó para darnos las indicaciones del caso, mismas que repetí sin parar durante las semanas que siguieron. Fue muy atenta a nuestras preguntas y nos aclaró las dudas que tuvimos. Salimos del consultorio tomados de las manos y con la felicidad a tope. ¡Había dos personitas creciendo en el cuerpo de mi prometida! No podía imaginar todo lo que estaría pasando por su cabeza; quería preguntarle si estaba cansada, si se sentía bien, si necesitaba algo, pero el sonido de mi móvil lo impidió apenas nos subimos al auto.
—Díganme que es una niña —La voz de Steven se escuchó alto por los altavoces del vehículo. Les comentamos a nuestras familias que Rachel tendría su primer chequeo, pero mi hermano pareció entender que era la revelación de sexo. Él estaba tan emocionado desde que se enteró del embarazo de Rachel, que no había parado de hablar sobre los estilos de ropa que compraría para su «segunda sobrina».
—Es muy temprano para saber el sexo del bebé —explicó Rachel.
—Pero no tan temprano para saber que son gemelos —dije sin poder contener la emoción en mi voz.
—¿¡Qué!? Vaya, felicidades por su dos por uno —Mi hermano soltó una carcajada.
—Steven Harvet, ¿te estás refiriendo a tus sobrinos como un producto en promoción? ¿Dos por uno? —habló Rachel con falsa indignación, aunque en realidad le había divertido el comentario.
—¿Mejor una lotería muy cara? ¿Un triunfo doble? Estoy feliz por ustedes, no imaginan lo que me alegra esta noticia. Saben cuánto los quiero.
—Y nosotros cuatro a ti, cuñado —dijo Rachel tomando mi mano y poniéndola junto a la suya sobre su abdomen.
Steven tenía razón, ese día me sentí el hombre más afortunado del mundo. Ya no seríamos dos, sino cuatro miembros en el hogar que estábamos construyendo.
7 Extracto de Glad you exist de Dan +Shay. Brindo por todas las malas decisiones que no juzgaste, por todos los «te amo» y «te odio» y los secretos que me dijiste.
Brindo por todos, pero más por nosotros. Hay un par de billones de personas en el mundo y un millón de otros lugares en los que podríamos estar, pero estás aquí conmigo.
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