¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 5 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 4

LA LLAMADA

Nada que una tarde de chicas no pueda solucionar —Amy habla con la boca llena, al tiempo que disfruta de la última rebanada de pizza.

—Gracias, Am.

—¿Cuál gracias, Rach? Tú has soportado todos mis dramas y, por primera vez estamos viviendo uno tuyo —Me regala una sonrisa radiante que no tarda en desvanecerse—. Jackson se va a arrepentir de esto. ¡Ah! Es un imbécil.

La mención de ese nombre me incomóda, cierro los labios con fuerza porque, aunque quiero expresar lo enojada que estoy con él, prefiero callar y olvidar el tema.

—Estaba deliciosa la pizza, ¿no?

—Buenísima —responde. Termina su porción y toma el control del TV

—. ¿Otra temporada más de Friends?

—Me encantaría, pero tengo mucha tarea por hacer —le digo apenada.

—Cierto. Olvidaba que este semestre tienes clases con el papucho.

—¿A quién te refieres? —cuestiono mientras limpio con una servilleta los restos de comida en las comisuras de mis labios.

—Al papucho Mark Harvet Prier, amiga. El profesor de Cálculo.

—¿Desde cuándo te sabes los nombres y apellidos de los profesores?

—Él fue novio de la hijastra de mi padre.

—¿De Mishell? —Amy asiente con fastidio.

—No entiendo cómo la víbora pudo tener tanta suerte —Sonrío por su comentario. La comparación venenosa que hace sobre su hermanastra es muy acertada—. ¿Viste lo joven que es Harvet? Por Dios, ese hombre está buenísimo.

—Es lo primero que pensé —Mi amiga me mira con picardía—. Hablo de lo joven que… ¡Amy Martins Yanes! —Ella estalla en una carcajada.

—¿Qué? No tiene nada de malo.

—¡Por supuesto que sí! Es mi profesor.

—Bueno, tampoco es que sea un delito, tú tienes veinte años y él veintiséis.

—¿Veintiséis? —Mi boca se abre por la sorpresa. Es más joven de lo que pensé.

—Sí —Suena emocionada—. ¿Sabes? Igual no culpo al idiota de Jackson por estar celoso de Mark, ¡es guapísimo!

—Am, ¿es que no lo ves? Jackson no estaba celoso del profesor, solo usaba el tema para victimizarse y restarle importancia a las fotos que están circulando.

—Lo sé, pero no hay mal que por bien no venga. Piénsalo, ahora estás soltera —habla enérgica—. Puedes entregarle algo más que la tarea.

Su ocurrente comentario me hace reír.

—Estás loca, Amy.

—Te puedo ayudar con algo —Saca su móvil y empieza a dictarme un número—. Tres, cinco, siete, siete, noventa…

—¿De quién es ese teléfono?

—Del profesor más guapo de la facultad de matemáticas de nuestra universidad —Su gesto al decirlo es encantador—. Te enviaré su contacto para que lo guardes —informa con alegría. Conozco sus intenciones y no sucederá, no voy a registrar ese teléfono en mi agenda—. Quizá tengas dudas sobre la tarea de hoy.

Ella centra su atención en los pies de la cama, donde está mi celular. Se estira y lo toma.

—¡Hecho! —Aclara divertida mientras teclea en mi móvil y luego me muestra la pantalla.

Contacto: Papucho Harvet

Leo cómo mi amiga ha guardado al profesor y sonrío. Es Amy, no puedo esperar menos de ella.

—¿Segura que no quieres hablar con él ahora? —pregunta divertida y vuelve el móvil hacia su rostro. Sé que no lo llamaría sin mi aprobación, pero igual decido arrebatárselo—. Solo estaba bromeando —Ríe al decírmelo.

La imito, aunque pronto los recuerdos vuelven.

—Gracias, Am —menciono nostálgica. Estoy agradecida por tenerla a mi lado, no sé qué estaría haciendo ahora sin su compañía. Seguro construyendo mares en todos los desiertos del mundo con tus lágrimas, escucho cómo reniega una vocecita en mi mente. Y es probable que tenga razón.

Amy se aleja un poco para verme y me muestra sus dientes perfectos.

—¿Me agradeces por darte el número del ardiente profesor Harvet? —

El tono coqueto e insinuante con el que habla me hace entornar los ojos—.

Vamos, tienes que aceptar que está guapísimo. Y que lo llamarás.

—¡Amy Martins! No voy a llamar al ‘Papucho Harvet’ —Hago comillas con mis manos al decir esto y ella finge enojarse.

—Vale, pero al menos acepta que es un bombón. Acéptalo, Rachel Lombardo —insiste luego de ahogarse de risa por varios segundos.

—Sí, de acuerdo, es guapo y se ve que muy inteligente también —

decido contestar con sinceridad porque sé que Amy no parará hasta que lo admita y su mirada acusadora confirma que esperaba más de mi respuesta

—. Oh, aguarda, me faltó algo: el profesor está follable, es un papucho que ha sido tallado por el mismísimo Vincent van Golden, ¿o era Vincent van Rodin? —agrego, al tiempo que intento recordar algunos de los cumplidos que mi amiga usa para describir a sus personajes literarios favoritos.

—¡Eso! —exclama sonriente y me contagia con su actitud. Luego baja la mirada y me sorprende con una pregunta—. ¿Estás llamando a alguien?

Sigo sus ojos y me doy cuenta de que mi celular está activo. Maldito sea el asistente de mi teléfono. Lo odio.

Llamada con:

Papucho Harvet

Mierda. No no…

Amy se inclina hacia mí y se da cuenta de a quién llamé por error.

Impaciente, medito qué hacer. La llamada lleva poco conectada, así que es posible que no haya escuchado mucho de nuestra conversación. Además, seguro pensará que alguien le marcó por equivocación. Decido hablarle y disculparme. Tiemblo al levantar el móvil.

—Perdón, marqué al número equivocado —digo y trato de cambiar un poco mi voz.

—Señorita Lombardo —Escucharlo y saber que me reconoció dispara mis nervios. Amy lleva sus manos a la boca, callando su impresión.

—Eh, tengo que colgar.

—De acuerdo. Y, señorita Lombardo —habla muy rápido antes de que yo pueda dar por terminada la llamada—… Es van Gogh.

—¿Disculpe?

—El pintor. Es Vincent Willem van Gogh, no van Golden —responde y así me arrebata la pizca de tranquilidad que me quedaba.

Contengo el aliento. Él no solo escuchó mi apellido, sino también los comentarios ordinarios que hice. Las palabras se estancan en mi garganta y soy incapaz de decirle algo más, así que le cuelgo.

Amy da saltitos y me mira entre emocionada y asustada, pero en lo único que puedo concentrarme es en la presión que siento en el pecho.

—Nos escuchó, ¿verdad? —Asiento y confirmo sus sospechas—.

Mierda. Rach, lo siento, de verdad yo no...

—Lo sé, Am —intento tranquilizarla.

—Si decides mudarte de planeta, prométeme que me llevarás contigo.

¿De acuerdo?

—Por supuesto que te llevaré. Dime, ¿cómo Joey podría vivir sin su Chandler? —le pregunto y la abrazo al notar que sigue apenada por lo sucedido—. Tranquila. Olvidemos esto, seguro mañana ni se acordará.

Borrón y estupideces nuevas, ¿no? La molesta voz en mi cabeza se burla, pero tiene razón. Borrar de mi mente la vergonzosa situación es lo mejor.

Si no lo recuerdo, no pasó. Ese pensamiento logra mejorar mi estado de ánimo.

Amy continúa a mi lado. Con ella las horas se pasan volando, las penas y desgracias desaparecen... Agradezco tanto tenerla conmigo. Sin embargo, llega el momento de la despedida.

—Te amo, llámame si me necesitas. Y lo lamento otra vez, Rach.

Su adiós logra traer de vuelta el tema. Intento evitarlo buscando actividades que me mantengan alejada de la vergüenza que siento al imaginar lo que el profesor Harvet debe estar pensando de mí.

El profesor está follable… Es un papucho...

¿Por qué? ¿Por qué tuve que decir eso? Basta, Rachel, me obligo a olvidarlo o, al menos, a dejar de recordarlo.

Horas más tarde, recibo un mensaje de mamá avisándome que no podrá llegar a casa porque su turno en el hospital se extendió. Sé que ella ama lo que hace, de hecho, puedo jurar que es la enfermera más entregada a su

trabajo, pero no me acostumbro a sus nuevos horarios nocturnos. La extraño.

Invadida por la nostalgia, voy a la cama pues el cansancio por el día tan raro que he vivido termina por alojarse en mi cuerpo y provoca que caiga en un sueño profundo.

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