¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 22 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 21

MEJILLAS SONROJADAS

Rachel

Lo que quiere decir que una función f es cóncava hacia arriba —Mark continúa con la explicación. En medio de su comentario, vuelve a la pizarra y señala lo escrito en ella—, o positiva, donde la derivada f es creciente.

No puedo dejar de mirarlo con auténtica fascinación ni perderme ningún detalle de él. Está deslumbrante como siempre, luce un impecable traje de chaqueta negra y chaleco del mismo tono. Conocer y recordar a la perfección lo que esconde ese atuendo me acalora.

Quédate encima de mí, cariño. A mi mente llegan palabras de nuestros últimos encuentros. Siento su aliento en mi oído mientras me susurra. Trago saliva y trato de concentrarme en los números en el tablero, pero mis intentos son fallidos.

Las ganas que tengo de desnudarte. Recordar sus caricias hedónicas me excita.

Date la vuelta y abre las piernas. Mi respiración se detiene cuando veo que Mark me dedica una sonrisa ladeada con disimulo.

Me alejo de la realidad y me adentro en un mundo onírico en el que solo existimos él y yo. Lo veo acercarse y llevarme contra la pared. Sus labios pasean por mi boca y luego reclaman mi cuello con ferocidad mientras aprisiona mi cuerpo con el suyo. Sentir cómo empieza a endurecerse me remite a perversos deseos. Mark baja por mis pechos, por mi abdomen.

Quiero saborearte, susurra en mi mente al tiempo que se arrodilla para buscar mi humedad, encarcelando su cabeza entre mis piernas.

—Terminó la clase, tengan buen día —Su voz es como un baldado de agua fría.

Me cuesta respirar y me siento abochornada. Cruzo las piernas, trato de borrar las infinitas sensaciones que desborda mi cuerpo. Vuelvo a dirigir mi mirada hacia Mark, quien ahora está en su escritorio y no tarda en fijar su atención en mí. Sonríe complacido, como si adivinara mis pensamientos.

Mierda. Aparto mis ojos de él y me concentro en guardar mis pertenencias. Una vez todos se marchan, me acerco.

—¿Te he dicho lo mucho que me gustan tus mejillas sonrojadas? —

habla bajo, en tono grave—. Me muero por besarlas… Como siempre.

Como siempre. Lo miro escandalizada. Él lo sabe, sabe lo que he estado pensando o, al menos, lo imagina. Puedo verlo en su rostro.

—Lo siento —No sé por qué me disculpo.

—Yo más, cariño, créeme. Me encantaría poder cancelar la reunión de docentes que tengo, pero debo asistir. ¿Nos vemos en unas tres horas? No creo que tardemos más que eso.

—Sí, puedo prepararte algo de comer en mi casa —digo. La vez pasada me salvé de cocinar, pero ya es hora de que lo haga. No hay nada que internet y sus tutoriales no puedan hacer, ¿verdad?

—Me encanta la idea, señorita Lombardo.

—Harvet, ¿nos vamos? —Sobresaltándonos, el profesor Caleb se asoma por la puerta.

—Sí, dame un segundo —le responde Mark, con calma.

—Solo tenía esa duda del ejercicio, profesor Harvet. Muchas gracias —

hablo de prisa y salgo del salón.

Mi ritmo cardíaco comienza a regularse a medida que me alejo de la universidad. En el bus hacia casa, trato de que mi mente esté en blanco hasta que pueda llegar a tomar una ducha.

Aprovecho el tiempo que tengo –antes de empezar a buscar tutoriales y cocinar– para hablar con Amy y repasar con esmero los apuntes que Mark subió a la plataforma de la clase. Los entiendo y eso me hace sentirme menos culpable por no haber prestado atención antes.

Mi móvil comienza a vibrar y veo la notificación de un mensaje. Entro a la app para verlo.

La reunión tardará una hora más, lo siento.

Ahora soy Mark (ansioso por verte) Harvet.

Leo su mensaje con una sonrisa en el rostro y respondo.

Está bien, profesor Harvet. Lo espero.

Pdta. Yo soy Rachel (mejillas sonrojadas) Lombardo.

Tengo que volver a la reunión, cariño. Nos vemos pronto.

Att. Mark (completamente enamorado de ti y tus mejillas sonrojadas) Harvet.

Me quedo boquiabierta por su mensaje. Han pasado algunos meses desde que empezamos a salir y es la primera vez que menciona algo relacionado con la palabra «amor». Las mariposas en el estómago inician una fiesta que se apodera de todo mi cuerpo. Hay tantas cosas que quiero

decirle, tantas maneras en que podría responder a su mensaje, pero mis ideas no se organizan.

Cuando faltan cuarenta y cinco minutos para que él llegue, me pongo manos a la obra.

—Benditos sean internet y las personas que suben contenido para aprender a cocinar en un minuto —celebro al tomar mi laptop y dirigirme a la cocina. Encuentro un video de una chef amateur que enseña a preparar espagueti.

Mientras busco los ingredientes que necesitaré, escucho atenta cada indicación, el procedimiento parece sencillo. ¡Vamos, que preparar una pasta a la carbonara con sabor latino no puede ser tan complicado!

En una olla con abundante agua, agregamos un puñado de sal, mantequilla y, cuando empiece a hervir, añadimos la pasta, dice la mujer del video y sigo sus instrucciones.

Esperar a que la pasta se cocine me da unos minutos para llamar a mamá e informarle sobre la visita de Mark.

—Sé responsable, cielo —El tono serio con el que habla me altera.

—¡Karla Evans de Lombardo! —me escandalizo por su comentario.

—Hablo de la cocina, Rach. No incendies nada. Aunque… —puntualiza con diversión.

En una sartén caliente dejamos caer un chorrito de aceite, la tocineta, la cebolla para dorarla y una pizca de sal. Cuando esto tome color, se añaden los champiñones.

—Mantequilla, champiñones para dorarlos, puñado de sal, tocineta y cebolla —Pauso el video para verificarlo todo y mi mamá se ríe al escucharme—. Estoy haciendo pasta. Mark viene a almorzar y se marchará apenas termine.

—Entiendo. Nos veremos en la mañana, extraña. Estoy más tranquila ahora que sé que estarás acompañada.

—Te amo, mami.

—Y yo a ti. Estaré preparada por si llegan aquí con intoxicación —

bromea.

Lo peor es que puede que tenga razón. La cocina y yo jamás nos hemos llevado bien y, aunque mi madre ha querido enseñarme, siempre hay algo que falla. Como ahora, señala mi subconsciente, que me indica que es el momento de revolver lo que con mucho color se cocina en el sartén y

sacarlo antes de que todo se salga de control. Cuelgo el móvil y me centro en la comida.

Una vez todo está listo, limpio la cocina. Vuelvo a ducharme y dejo atrás la ropa cómoda y vieja de casa para ponerme un vestido. Alrededor de quince minutos después, me dirijo emocionada hacia la puerta en donde está un hombre increíble esperándome.

—Hey —Mark saluda enérgico y sonriente, tono que apenas coincide con su aspecto cansado. Valoro el esfuerzo que hace cada día por no dejar de vernos, aun después de sus reuniones—. ¿Me extrañaste?

—Por supuesto, ¿y tú?

—Mucho es poco, Rachel —dice y da un paso hacia mí. Siento el delicioso perfume que lleva. Lo veo por completo y me encanta la elegancia que exuda—. Me hace falta tocarte. Extraño tu piel, tu boca… Como gimes cuando hacemos el amor.

Sus últimas palabras las susurra tan bajo que apenas puedo escucharlas.

—Estamos solos —informo.

— ¿Y tu madre? —Niego y él ladea una sonrisa.

Termino de comprender su gesto cuando una de sus manos se curva alrededor de mi nuca, y él se adueña de mi boca.

—Tengo curiosidad por saber qué la tuvo con las mejillas sonrojadas toda la clase, señorita Lombardo —comenta. El tono apasionado y un poco áspero de su voz es excitante—. Quiero escucharlo.

—Usted, profesor Harvet —Esa sincera confesión hace que sus músculos se tensen, puedo sentirlo. Él me hace retroceder un par de pasos y escucho el sonido de la puerta al cerrarse. Nuestra cercanía me desorienta y su necesidad se envuelve con la mía. No deja de sorprenderme todo lo que provoca en mí cada una de sus caricias.

Mark se encorva para quedar a mi altura. Posa sus manos en mis muslos y me alza para que le rodee la cintura con las piernas.

—Verte en clases y no poder tocarte es una tortura —comenta mientras acuna mis glúteos y junta más nuestros cuerpos—. No tienes idea cuánto deseo desaparecer a todo el jodido mundo y tomarte en mi escritorio...

Tantas veces como quiera.

Ante su ardiente comentario, no puedo contener un jadeo que brota de mi garganta. Un deseo arrollador me envuelve de tal manera que apenas me fijo cuando Mark nos dirige hacia la habitación. Me aferro a sus brazos

fuertes que me sujetan y me acomodan sobre la cama. Mis piernas siguen rodeándolo y él mueve sus caderas contra mí mientras me besa de una forma tan íntima y caliente que me hace soltar un gemido que le regalo al oído.

—Rachel, te necesito ya —dice ansioso y su boca busca afanosa mi clavícula. La desesperación con la que sus labios pasean por mi cuerpo crece cuando sus manos bajan hasta mis bragas—. Me encanta sentirte así, lista para mí, mi amor.

—Mi amor —repito jadeante. Mi cuerpo se arquea ante su tacto.

Mark recorre mi piel con adoración, me quita prenda por prenda y después va desprendiéndose de su ropa. Nos amamos con desesperación, como dos almas ávidas de la otra, nos entregamos por completo a lo que sentimos. Sin límites ni vergüenzas.

—Aquí tienes —digo mientras le pongo enfrente su plato de comida.

—Gracias, se ve muy buena —menciona risueño y no puedo sentirme más orgullosa porque yo también pienso lo mismo.

Expectante, me siento a su lado. Se ve guapísimo con el cabello húmedo, luciendo la arrugada camisa blanca de su traje con los primeros botones desabrochados. Me concentro en su expresión al llevarse el primer bocado de comida a la boca y sonrío cuando noto que parece disfrutarla.

Celebro en silencio y también la pruebo.

—¡Esto está horrible! —exclamo apenas siento el sabor de la pasta.

¿Cómo es que él se está comiendo esto como si nada? ¿Cómo es que no ha vomitado?

Mark me extiende un vaso con agua y parece divertido al darse cuenta de que mi garganta no puede aceptar esta comida que, además de estar fría y salada, es un asco total. Los famosos champiñones dorados son un fracaso descomunal en mi carrera como cocinera.

—No está tan mal —explica risueño.

—¿Es en serio, Mark? —Lo miro ceñuda.

—Lo comeré —aclara—. Es algo que hiciste para mí y eso me hace feliz.

—No, no comerás esto —Trato de quitarle el plato y él lo aleja de mí.

—Si deseas, puedo preparar algo para ti, pero yo terminaré mi comida.

—No voy a dejar que comas esto —Muero de la vergüenza.

—Me gusta —Toma mi mano con cariño—. Podría acostumbrarme a esto sin ningún problema.

—¿A vivir al borde de la muerte por intoxicación? —ironizo.

—A verte después de un día cansado y lleno de trabajo, hacer el amor, ducharnos, comer, volver a hacer el amor, cualquiera que sea el orden —Me acaricia con su pulgar—. Acostumbrarme a compartir mi vida con la mujer de la que estoy enamorado.

—¿Crees que fue mucha sal? —hablo con rapidez—. ¿O tal vez debí usar otra clase de champiñones?

Hablar de comida mientras Mark te declara su amor es genial. Bien hecho, Rachel, reniega la vocecita en mi cabeza. La carcajada de mi novio me saca del trance.

—Ven —Con una deslumbrante sonrisa, se pone de pie y me anima a hacer lo mismo.

Exigiéndome a dejar mis nervios atrás, me acerco a su boca y lo beso.

—No sé en qué momento pasó. Quizá cuando me entregué a ti y convertiste mis miedos en confianza o cuando me presentaste a tu familia y transformaste mis dudas en certezas —Miro al suelo un momento y luego vuelvo a verlo. Sus mejillas están sonrojadas y se ve más apuesto que nunca

—. Tal vez todo empezó cuando le hablaste a mi madre, la persona que más amo en este mundo, de tus sentimientos por mí. No sé si fue hace unas horas o unas semanas, pero me enamoré de ti —confieso—. Todo esto ha sido tan loco... Siempre creí que se necesitaban años para enamorarse, pero contigo todo ha sido hermoso e inesperado. No necesito más tiempo para saberlo.

—Cuantas palabras juntas, señorita Lombardo —Percibo la emoción en su voz—. Me encanta que sientas lo mismo que yo por ti. Siempre esperé encontrar a alguien que derribara tantos miedos y reservas que me acompañaron durante años —Suelta un suspiro profundo y continúa—. No fue fácil olvidarme de que soy tu profesor, tampoco dejar de pensar que muchas personas puedan creer que lo nuestro no está bien ni mucho menos dejar atrás mis prejuicios, pero ¿sabes? Elegirte es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.

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