¿En clases no?

Jam Walker · Capítulo 16 de 55

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¿En clases no?

Capítulo 15

¿UNA HIJA?

Mark no está esperándome en Mur, sino en un auto negro de lujo.

—¿Este si es tuyo? Muy pretencioso, profesor Harvet —comento con tono bromista tan pronto me uno a él—. Lo siento, pero soy Team Mur.

—A mi hermano le encantaría tu comentario.

Asiento, pensando en lo mucho que me agrada una persona a la que solo le conozco la letra y el evidente sentido del humor.

—¿Cómo sigue tu mamá?

—Bien. En un par de días podrá regresar a casa. Y su licencia fue aprobada, así que va a tomarse este tiempo para despedirse de medio hospital como si le hubiesen dado un año sabático.

Ambos reímos.

—Me alegra que esté mejor —Toca mi mano, su tacto es agradable—.

Me gusta verte feliz, Rachel.

En un movimiento delicado, giro mi muñeca y nuestros dedos se entrelazan. Sobran las palabras, los sentimientos florecen.

Rumbo a su departamento, nos rodea aquella comodidad que empieza a ser usual y, varias calles después, Mark comenta que tiene un regalo para mí. Se emociona al mencionarlo y la curiosidad por saber qué es me invade.

—¿Estás pensando en darme unas clases gratis? No soy la mejor, pero creo que no las necesito —bromeo.

—No por el momento, señorita Lombardo —habla de una manera firme y sensual que me hace sonrojar.

Nos detenemos frente a un enorme y lujoso conjunto residencial y, por primera vez, pienso en que estaremos completamente solos en un lugar.

—Buenas tardes, Julián, ¿Cómo va la jornada? —Mark baja la ventana del coche para saludar al portero que le responde desde la caseta mientras nos permite la entrada.

El tiempo que nos toma llegar al estacionamiento y luego al elevador me parece una eternidad.

—Gracias por aceptar mi invitación.

—Gracias a ti. Necesitaba distraerme un poco luego de todo lo que ha ocurrido y… Ya quiero ver cuál es la sorpresa —hablo emocionada.

—Espero te guste —Sus ojos brillan—. Lo vi y no pude evitar recordarte.

—¿De qué se trata? ¿Una pista, señor Harvet?

Él ríe con ganas. No lo había visto así antes.

—Tan guapa como impaciente, señorita Lombardo.

El elevador llega y él presiona el botón del piso seis. Mientras las puertas se cierran, dirijo la mirada hacia su mano y no puedo evitar notar las venas que resaltan en ella. Trago saliva. Mierda. La atracción que siento por este hombre es irremediable.

Me concentro en el espejo que reviste las puertas del ascensor y allí está el reflejo de su rostro. La respiración y el pulso se me agitan y la situación se hace más evidente cuando noto sus ojos concentrados en mi boca y siento que un hormigueo se pasea por mi piel.

—No imaginas lo que he añorado tus labios, Rachel.

Antes de poder reflexionar en sus palabras, lo tengo frente a mí, acorralándome y sus manos tomando mis mejillas. El calor de nuestros cuerpos deja claro que ambos moríamos de ganas por volver a besarnos.

Gimo cuando me muerde el labio inferior. Ráfagas aceleradas de mis latidos llegan con el contacto de nuestras lenguas y siento que su respiración sigue a la mía.

Las puertas se abren.

—Y yo los tuyos, profesor Harvet —Jadeo al separarnos.

—Profesor —repite sobre mis labios.

—Lo lamento —murmuro apenada.

—No tienes por qué sentirte mal, al fin y al cabo, lo soy —Salimos del elevador y él me toma de la mano. Caminamos por el pasillo y una mujer sale de uno de los apartamentos del piso.

—Buenos días, Mark —Me sobresalto y, por instinto, lo suelto y me cruzo de brazos.

—Señora Benson, me alegra verla. ¿Cómo estuvo su fin de semana? —

Relajado, Mark me sujeta de la cintura y yo solo puedo pensar en lo que ella esté imaginando sobre mí, sobre nosotros.

—Todo excelente. Hace mucho no veía a mi hermana y la pasamos increíble en su pueblo —responde la mujer con ánimo—. Bueno, los dejo seguir. Tengan buen día.

—Lo mismo para usted, Señora Benson.

Ella se aleja y la calma regresa poco a poco a mí.

—Tranquila, Rachel —Mark me guía por el pasillo—. No hacíamos nada diferente a lo que harían dos personas que se atraen, y tú a mí me encantas.

Observo su perfil sonriente, como si no fuese culpable de robarme el aliento. Lucho por mantener el equilibrio de mis piernas temblorosas mientras sigo sus pasos hasta llegar a la puerta del departamento donde Mark pone su huella en un dispositivo y me invita a pasar. La pena y la timidez que parecían haberse ido de vacaciones regresan con mucha más fuerza.

—Voy a guardar las cosas y ya vuelvo, ¿vale?

Asiento y me acomodo en uno de los sofás de cuero de la sala. Empiezo a ver todos los detalles del lugar. Es un espacio amplio, luminoso y con un estilo minimalista. No hay nada desordenado, lo que encaja a la perfección con Mark. Encuentro un par de plantas, un cuadro de Una noche estrellada en París y un pequeño mueble con algunos libros en él. Reconozco en el lomo de uno de ellos el título de la novela que me recomendó hace un tiempo: Los miserables.

—Este lugar es precioso —le digo cuando veo que está de vuelta.

—Gracias —Hace una pausa y me entrega con cuidado una caja marrón mediana con pequeñas aberturas a los lados—. Esto es para usted, señorita Lombardo.

Leo la dedicatoria y, esta vez, el tema del hámster –la pregunta que le hice cuando me confesó que le gustaba– no me genera vergüenza, sino ternura. Me emociona que recuerde ese tipo de detalles y es ahí cuando siento que algo se mueve dentro de la caja, así que decido ver por uno de los orificios.

—¡UN HÁMSTER! —chillo aterrada y tiro el regalo al piso.

El pequeño animal sale corriendo más asustado que yo y Mark logra atraparlo, mientras yo me paro sobre el sofá.

—¿Estás bien? Compré a esta pequeña por tu comentario sobre los hámsteres del otro día. Me pareció adorable.

—Lo lamento, de verdad —hablo apenada mientras él consiente con uno de sus dedos al tierno roedor.

—No, discúlpame tú a mí. En la veterinaria me dijeron que podía devolverla si ocurría algo.

Me siento culpable por la confusión, porque la mención del hámster en aquella conversación no fue más que un efecto de los nervios. En realidad, nunca había pensado en tener uno. Cuando miré el orificio y vi su cara acercarse a la mía, el pánico entró en escena.

Respiro profundo, me bajo del sofá y me dirijo hacia Mark. Qué vergüenza.

—Déjame intentar cargarla —murmuro con recelo. Me armo de valor y veo al animalito a los ojos. Es una criaturita de color café con una mancha blanca en su cara. Se aferra con sus patitas a las manos de Mark.

—No tienes que...

—Quiero intentarlo —lo interrumpo. Aún asustada, consiento su suave pelaje. Es hermosa—. ¿Podría tomarme un tiempo para hacerme a la idea de que vivirá conmigo?

Mark sonríe con ternura y yo siento que voy a desmayarme.

—La regresaré a la habitación, no te preocupes —Él desaparece del salón y yo vuelvo a sentarme, lamentando mi actuación.

Apenas lo veo regresar, me acerco para abrazarlo.

—Muchas gracias por el regalo. Nunca me habían obsequiado algo…

Así —bromeo y él ladea la sonrisa.

—Te creo —musita y me rodea la cintura—. Y lamento lo ocurrido.

Prometo que habrá tiempo para conocernos mejor y acertar en lo próximo que te dé.

—Aprecio el detalle, de verdad. Y… Quiero quedármela.

—No es necesario.

—Mark, quiero quedarme con ella.

—¿Estás segura?

Asiento, aunque no del todo convencida. Él me mira incrédulo.

—Haré mi mayor esfuerzo. He leído que son mascotas muy fáciles de cuidar. Solo tengo que terminar de hacerme a la idea y buscarle un buen lugar en mi casa.

—Puede quedarse aquí hasta el día que quieras. Y no te preocupes por sus cosas, porque ya le compré todo lo necesario. Además, siempre puedes venir a visitarla —La manera divertida en que habla me anima a seguir su juego y olvidar el momento vergonzoso.

—¿Usando a nuestra hija para sus beneficios, señor Harvet?

Me arrepiento de inmediato de lo que acabo de decir. No quiero asustarlo catalogando a la mascota que me regaló de esa manera.

—Solo estoy pensando en lo mejor para ella —Sonríe y me acaricia el rostro, haciendo que las inseguridades se desvanezcan.

Es encantadora la manera en que siempre busca hacerme sentir cómoda.

Me gusta eso de él. Me gusta mucho Mark Harvet.

Vamos juntos a la cocina. El lugar es precioso, los gabinetes y las encimeras relucen, creando un contraste elegante con el suelo de madera.

—Siéntete cómoda —dice y me señala una de las sillas cerca de la barra americana.

Con buen humor, se desplaza por el lugar, me pregunta si deseo beber algo y me doy cuenta de que estoy sedienta.

—Un poco de agua estará bien —Él la sirve y me lo entrega.

—¿Te gusta el risotto? —cuestiona mientras se quita el blazer y la corbata.

Estoy concentrada en cada uno de sus movimientos. Doy un sorbo a mi bebida y respiro profundo.

—Sí, me gusta.

—Perfecto —responde a los lejos, abandonando unos segundos el comedor.

Cuando regresa, se ha aflojado el cuello de la camisa y subido las mangas. Mark lava sus manos, se pone un delantal y abre un gran cajón inferior del que saca una olla que llena de agua para dejarla en la estufa.

—Te ayudo —Me pongo de pie, para darle vuelta a la isleta.

—Puedes picar las cebollas y el pimiento.

Enjuago mis manos. Él me pasa la tabla de picar y yo saco de la nevera los vegetales.

—¿Cómo los pico?

—En corte brunoise —Se acerca para mostrarme la manera en la que debo hacerlo. Su técnica es precisa. La experiencia que tiene en la cocina es notoria—. Cortes pequeños y muy finos.

Aunque trato de concentrarme en la tarea, de vez en cuando me detengo para observar al hombre a mi lado. Mark agrega algunas especias al caldo de verduras y centra su atención en el arroz en la olla, su acción me ofrece la oportunidad de mirarlo con más detalle: su nariz recta y labios carnosos

que se curvan apenas prueba un poco la preparación. Me encanta esta faceta de él, verlo hacer algo que disfruta.

—¿Has estudiado gastronomía?

—En vacaciones, mi padre nos hacía asistir a cursos y muchas veces elegí la cocina.

—¿Hay algo que no haga bien, señor Harvet?

Camina hacia mí, con paso seguro. La respiración se me corta cuando lo tengo a centímetros.

—Alejarme del peligro —responde en voz baja. Me quedo inmóvil, con tan solo el ritmo de mi pecho subiendo y bajando con lentitud. Siento sus labios acercarse a los míos—. Los cortes están perfectos —Estira el brazo, toma la tabla de picar que dejé a un costado y lleva las cebollas al sartén.

Sonrío con la candidez de una adolescente en su primera cita.

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