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Iván Ledesma · Capítulo 1 de 96

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Capítulo 184

Iván Ledesma

184

ePub r1.0

Café mañanero 06-11-2022

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Título original: 184

Iván Ledesma, 2018

Editor digital: Café mañanero

Primera edición EPL, 2022

ePub base r2.1

 

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184

Iván Ledesma

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-ALGUIEN-

 

¿Alguna vez has olido un cadáver de cerca? Uno que lleve unas cuantas horas en descomposición. Cuando ya ha adquirido el tono verdoso del musgo, de esa flora acuosa y resbaladiza que nace bajo la piel cuando la carne comienza a pudrirse.

¿No? Yo sí. Ese hedor fue lo que me despertó. Eso y que alguien me quitó algo de encima bruscamente, y me golpeó la cabeza al hacerlo. Pero fue sobre todo la peste. No puedes ignorar un tufo como ese mucho rato. Ni siquiera estando inconsciente.

Si mantienes un cadáver en un sitio fresco y ventilado, puedes evitar que la putrefacción y los gases se adueñen de todo.

Pero si hace calor, si no hay ventanas… ¡Oh, amigo! Ahí la cosa cambia; el olor que emana de un cuerpo muerto puede meterse en tu nariz y acompañarte para siempre. Da igual lo mucho que te duches, da igual la colonia que uses, da igual todo…

Esa peste que te recuerda a comida podrida y amoniaco te acompaña en la memoria, dispuesto a saltar a tus fosas nasales a la mínima. Y te garantizo que muchas cosas van a recordártelo. Toda tu vida. Por muy larga que sea.

Estaba atrapado dentro de una especie de saco de plástico blanco y translúcido. Traté de romperlo, pero era muy resistente. Una sensación de agobio se abrió paso desde mi pecho, ahogándome. Comencé a palpar desesperadamente en busca de alguna abertura y encontré una cremallera; la seguí en busca del tirador. Y cuando ya estaba a punto de ponerme a gritar, lo encontré. Tiré de él y abrí la bolsa con violencia, en medio de un ataque de claustrofobia. Esperaba encontrar un poco de aire; estaba empapado en sudor y en un líquido pegajoso y repugnante que me impregnaba los brazos. Pero allí fuera, el olor era mucho más intenso. Miré a mi alrededor.

Me había despertado dentro de una bolsa de cadáveres.

Pero no estaba muerto.

El olor, el calor sofocante, el sudor corriéndome por la cara, mi corazón bombeando dolorosamente: esas cosas no le pasan a los muertos.

Aparte del sudario que contenía otro muerto que me habían quitado de encima (que había goteado su descomposición por toda la bolsa, filtrándose a la mía y apestándome), alrededor había media docena de cadáveres en sus correspondientes bolsas, apilados en tres camillas. Yo era el único ocupante de la cuarta.

Parecía estar en un enorme sótano sin ventanas; las paredes eran de mármol blanco, pero estaban amarillentas; en el techo había un enorme sistema de aire acondicionado, pero no parecía funcionar en ese momento. A un lado, unas cuantas bolsas abiertas y vacías colgaban de un tendedero después de haber pasado por lo que parecía una enorme lavadora industrial, que en ese momento estaba haciendo un centrifugado. Reciclaje postmortem.

También se escuchaba una musiquilla. Algo comercial, tipo Shakira.

Me giré lentamente mientras todas mis vértebras gemían de dolor; un hombre grasiento y enorme, vestido con un mugriento traje verde de plástico, con una máscara transparente y botellas de oxígeno a la espalda, bailoteaba de espaldas a mí. La música salía de su traje, debía de llevar auriculares y un reproductor ahí dentro.

El tipo estaba colocando el cuerpo verdoso de un hombre muerto sobre la parrilla de lo que parecía un incinerador industrial, del cual emanaba un tremendo calor.

—Oye… Eeeh, amigo… —La voz. No reconocía mi propia voz.

Me era completamente extraña.

Un escalofrío me subió por la espalda y me dejó completamente bloqueado. No es que no reconociera mi voz, es que no sabía quién era; no tenía ni puta idea de mi nombre. Era una hoja en blanco, y no me había dado cuenta hasta ese momento.

Comprenderéis que al despertar en semejante situación es difícil caer en detalles como… tener una vida anterior a todo eso de estar en un crematorio dentro de una bolsa para cadáveres.

¿Quién era yo? Instintivamente me llevé la mano a la cabeza. Iba rapado, y note una extraña protuberancia en la parte trasera, cerca de la nuca…

¿Una cicatriz? ¿Amnesia? Es curioso que supiera perfectamente quien era Shakira, pero no tuviera ni el más mínimo recuerdo de mi vida anterior al momento en que desperté allí.

Y lo más jodido es que la música de Shakira ni siquiera me gustaba. De eso estaba completamente seguro.

Abrí completamente la bolsa. Estaba desnudo. Me observé los brazos; estaban lilas a base de hematomas de pinchazos. ¿Era un yonki?

El tipo gordo, ajeno completamente a mi resurrección, sacó unas tenazas de un cajón y le abrió la boca al muerto de la parrilla. Este emitió un sonoro eructo de gases de descomposición interna.

El gordo no se enteró debido a la música. Estaba inspeccionando el interior de la boca del muerto. Comprendí que buscaba dientes de oro. Y por el sonoro «Oooh» que entonó, había encontrado uno. El sonido de las tenazas maniobrando en la boca de aquel cadáver me revolvió el estómago, y sentí una brutal arcada que me dejó un regusto ácido y ardiente en la garganta.

Me incorporé en la camilla, tal vez demasiado rápido, como si el tipo fuera a girarse y arrancarme los dientes ignorando el hecho de que estuviera vivo. Fue una mala idea, me mareé por el esfuerzo; por un momento creí que iba a caer en la inconsciencia, la vista se me nubló y tuve que volver a tumbarme ante el peligro de caer de boca contra el suelo.

Giré la cara mientras las náuseas arreciaban. ¿Iba a vomitar? No lo sabía. Frente a mí estaba otra de las camillas, en ella reposaban otras tres bolsas apiladas con sus respectivos ocupantes.

De una de aquellas bolsas salía un pie con una etiqueta: «189». Miré mi propio pie. Allí estaba mi etiqueta con su número: «184». Y un símbolo que identifiqué: Peligro Biológico.

Yo era un peligro biológico.

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