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Iván Ledesma · Capítulo 60 de 96

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-Susana-

 

 

Podía entregarlo. Llamar a la policía. Sin problema. A fin de cuentas, estaba inconsciente. Y la pistola estaba abandonada en la acera. La veía desde allí. Podía cogerla, incluso.

El brazo le sangraba, seguramente por un balazo. Y la había manchado de sangre; no mucho, pero al mirarse en el espejo retrovisor vio que tenía gotas en la cara y en los labios. Si había infección, si aquello era contagioso, era muy probable que ya lo tuviera. Lo sabía. Velasco le había dicho que una persona sana y de buena constitución no tenía absolutamente nada que temer. Pero no lo sabía seguro, le había temblado la voz al decirlo y había apartado la mirada. Si lo llevaba a la policía, tardarían horas en llevarlo a un hospital, en aislarlo. ¿Cuánta gente lo trataría? ¿Cuántos lo tocarían? ¿Icarus informaría a las autoridades de que aquel hombre podía ser un peligro biológico? O quizá no dirían nada. Quizá nadie haría nada y simplemente lo dejarían caer. Y el peligro… Cualquier hombre de ciencia, al final de todo, cuando ya no tiene respuestas y a regañadientes, acaba murmurando algo sobre tener fe.

Y si había millones en demandas, responsabilidad civil… Muertos. La fe era gratis.

Estaba expuesta. Ya no podía solucionar eso. No quería involucrar a nadie más.

Volvió a mirarlo.

Estaba demacrado. Bajo los ojos, unas enormes ojeras negras contrastaban con su palidez extrema. Estaba sucio; tenía costras de sangre en la oreja y en el lagrimal de su ojo izquierdo, y manchas de hollín, olía a sudor, su pelo estaba grasiento e iba vestido con ropa que no era de su talla.

Ni siquiera sabía si estaba vivo.

Le tocó el cuello. Tenía pulso. Débil, pero estaba allí.

Suspiró profundamente.

Llamar a la policía. Era lo lógico. Lo que había que hacer. Lo que se debía hacer, lo correcto. Sin embargo…

El coche seguía parado. La radio, encendida. El motor, ronroneando. Los faros, alumbrando la calle desierta. A escasos veinticinco metros, la estatua de Charly Rivelle devolvía la mirada. En el dial sonaba en ese momento «Oblivion», de Terrorvision, demasiado divertida para un momento tan extraño.

LO SIENTO.

Lo sentía. Le había sabido mal. El arma. De alguna forma, se había horrorizado de sí mismo al verse apuntándole con un arma. ¿De dónde venía? ¿Qué le había pasado? ¿Qué había sentido al despertar? ¿Qué sentía? ¿Qué pensaba? Eran preguntas que le gustaría hacerle. Era una persona que había muerto. Clínicamente estaba muerto. Había estado allí, al otro lado. Y ella necesitaba saber qué había allí. Que le dijese lo que había visto. Era absurdo, una estupidez, pero por extraño que le pareciera, sentía que aquella era la forma de poder cerrar algunos capítulos de su vida. De pasar página.

Y sabía que si llamaba a la policía nunca obtendría respuesta alguna. Jamás volvería a verlo. Desaparecería y allí quedarían las dudas.

Y las pesadillas.

Quitó el freno de mano y se puso de nuevo en marcha.

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