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-Rafael-
—¿Y sus nietos lo conocían?
El anciano levantó la turbia mirada desde el fondo del vaso de carajillo en el que navegaba.
—Mi Antonio, el pequeño, era muy amigo suyo. —Su voz arrastraba las eses de una forma exagerada, recordaba a una serpiente; era mediodía y aquel hombre iba cocido de alcohol hasta las cejas—. El otro es el malo… Mi Manuel, el grande, ese es un cabrón que no se junta con nadie. Solo viene a sablearme las recetas de la seguridad social… Menudo joputa, su madre lo echó de casa hace dos años, pa’ ver si se espabilaba, pero el jodío se ha metido de okupa de esos, en las fábricas del polígono viejo. Menuda pieza está hecho.
—¿Yo podría hablar con Antonio? —Rafael hizo gestos al camarero de que les rellenaran las copas a ambos y dejó un billete de diez euros encima —. Me gustaría preguntarle algunas cosas sobre…
El anciano lo miró directamente a los ojos, cortándole la frase.
—A Antonio lo mató a tiros la policía el día antes de que pillaran a su sobrino. —Rafael le había dicho que era un tío de David—. A él y al hijo de Julián, el Chato creo que lo llamaban. Los cosieron a balazos a los dos.
Rafael asintió y dejó que el anciano siguiera hablando.
—El Chato era el jefecillo, menudo cabrón estaba hecho el chaval aquel, lo habían pillado un montón de veces por robar; a mí una vez me abrió el coche y me robó el casete… Y el hijo de la gran puta trató de vendérselo a mi nieto diciéndole que lo había conseguido por ahí para mí. —Bebió un trago y continuó—: Les tomaba el pelo a todos, a mi nieto y a su sobrino, siempre los timaba… —Negó con la cabeza—. Menudo mierda seca.
—Y su otro nieto… ¿Manuel? ¿También era amigo de David?
El anciano levantó la vista y bajó la voz.
—Manuel no tiene amigos. Está loco, ¿sabe? Habla solo, y lo único que le preocupa es conseguir su droga y quedarse tumbado todo el día. Cuando su madre lo echó de casa simplemente cambió el sitio donde quedarse tumbado; es un parásito, una garrapata humana, nacido para sangrar a la gente que lo rodea, para secarle el corazón a su familia. —Su voz se endureció—. Su madre siempre llevaba el anillo de Antonio, desde que murió, ¿sabe? Un sello de oro que el crío se había hecho con su primer sueldo. El chaval no era malo, trabajaba y todo, pero quería más dinero. Siempre quieren más dinero, para una moto, para un coche, para pagarse unas vacaciones… Esta mierda de barrio no da mucho dinero para que uno pueda vivir. Demasiados carteles de cosas que no puedes comprar y regalos que no le puedes hacer a la chavalilla con la que sales, ¿sabe? Esas cosas queman por dentro, te pudren el alma. —Parecía que se había perdido en la elucubración. Se quedó mirando a la nada un momento, perdido en un espacio en blanco, en un paréntesis del limbo abstracto de la demencia senil, y Rafael tragó saliva al verse reflejado en aquel hombre. Este finalmente se enjuagó los labios con la lengua y continuó—: Y su madre llevaba aquel anillo. Desde que Toni murió no se lo quitaba nunca. Era un sello, con «TONY» grabado en letras bien grandes dentro. Ella… Era lo único que le habían dejado conservar de su hijo. Un puto anillo de oro. Lo incineraron, ¿sabe? Es más barato, y las cenizas la novia las tiró en la ladera del Tibidabo. Así que solo quedaba el anillo.
Rafael no entendía nada, pero no quiso cambiar de tema.
El anciano se levantó y se acercó a la puerta. Rafael hizo un gesto al camarero indicándole que se quedara con el cambio y salió con él. El anciano se metió las manos en los bolsillos, y mirando hacia el final de la calle, le dijo:
—Fíjese; detrás de esos edificios de enfrente hay un descampado, verá un montón de caravanas de gitanos. Si pasa el campamento entrará en el polígono viejo, en la segunda calle a mano derecha. Hay un sitio, se llama Cusurcal o algo así. Allí suele estar Manuel; no sé si podrá decirle nada, pero bueno…
Rafael asintió.
—Lleve dinero. Manuel no le dirá nada si no le da dinero.
—Gracias. —Rafael comenzó a andar en dirección al descampado.
—Le puso Valium en la sopa.
—¿Qué? —Rafael se giró extrañado.
—Le puso Valium en la sopa —continuó el viejo—. Esperó a que se durmiera, y con el jabón de lavar los platos trató de quitarle el anillo enjabonándole el dedo para que resbalara. Quería venderlo por ahí, y como no podía sacarlo… Le rajó un trozo de dedo con un cuchillo, como si cortara una loncha de jamón.
Volvió el silencio, la mirada perdida.
—Vaya con cuidado. —Se miró las manos y luego a Rafael, a la cara, con total sinceridad—. Eso se lo hizo a su propia madre; imagine lo que podría hacerle a usted, que no lo conoce de nada.
Rafael asintió.
—¿Le gustaría verlo muerto? —Lo preguntó con un tono neutro y frío, como quien habla del tiempo.
El viejo levantó la mirada al cielo, después miró fijamente a Rafael.
—Me gustaría ver a Antonio vivo; de muertes… —Negó con la cabeza —. De muertes ya estoy servido.
Y se fue caminando calle abajo.
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