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Iván Ledesma · Capítulo 39 de 96

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-Velasco-

 

 

Tenía una docena de llamadas perdidas de Jules, pero eso no importaba. Porque el mensaje seguía allí. La pantalla iluminada del móvil lo mostraba durante unos segundos; luego, poco a poco, iba apagándose, hasta que Velasco volvía a pulsar cualquier tecla, y de nuevo estaba allí.

Nuria Espriu:

17:35 Te fuiste sin decir adiós.

¿Quién tendría ahora su móvil? ¿Su hermano? No lo creía. Vivía en Suiza y apenas se trataban. Como mucho iría al funeral, pero no se haría cargo de nada. ¿Quedaba alguien más? ¿Sobrinos? No lo sabía. Apenas sabía esas cosas; no hablaban de la familia cuando se veían, había temas mucho más interesantes. ¿Con quién podría hablar para ir a su casa? Quería una foto, una al menos. Nunca se habían hecho fotos juntos, pero ahora… No quería que su memoria fuera lo único que la recordase. La memoria se deteriora, nos miente, nos distorsiona la realidad. Una foto siempre dice la verdad.

Quería contestarle.

Era absurdo, una idiotez enorme.

Quería hacerlo.

Volvió a beber del vaso de whisky caliente y aguado que estaba en la mesa. La luz del móvil volvía a apagarse; pulsó una tecla.

¿Y si le dieran opción? Si pudiera enviarle un último mensaje, ¿qué diría? ¿Qué podría decirle? ¿Que la quería? ¿Que ahora que no estaba, él se daba cuenta de cuán importante había sido? ¿Que ahora no podía dormir sabiendo que ella ya no estaba en el mundo? ¿Que estaba dándose cuenta de que no podía soportarlo?

Ella se fue y trató de decirle adiós. Pero él estaba demasiado ocupado buscando a un muerto que se había escapado de su laboratorio.

Se sentía como un doctor Frankenstein reviviendo su tragedia, perdiendo a su amada a manos del tiempo que le robaba su criatura…

Desbloqueó el móvil y tecleó furiosamente una respuesta:

Nuria Espriu:

17:35 Te fuiste sin decir adiós.

03:31 Lo siento mucho.

Su dedo se situó sobre el botón de ENVIAR. Sabía que no se atrevería, pero aun así la adrenalina se le disparó. El corazón comenzó a bombear dolorosamente en el pecho.

Y el móvil comenzó a sonar. Del susto se le cayó al suelo. Lo recogió y vio en la pantalla el nombre de DeWilde.

Esta vez descolgó.

—¿Sí?

—Nuestros hombres lo están persiguiendo.

—¿Qué? ¿Dónde?

—En el metro. Al parecer se ha metido en los túneles. Es todo lo que sé; en cuanto me entere de algo más, te digo.

—Vale… Mantenme… informado. —Velasco arrastraba las palabras al hablar y DeWilde supo que estaba borracho.

—Antonio —DeWilde siempre llamaba a Velasco por su apellido, pero este no se percató del cambio—. Quizá deberías irte a casa. Deja que me encargue de esto. Mañana por la mañana te llamo a primera hora y te comento.

—Yo… —En un primer momento pensó en negarse, pero luego se dio cuenta de lo que pasaba y no quería que DeWilde se lo comentara a Zarko, o peor: que aparecieran los dos y lo vieran así—. Sí. Estoy muy cansado. Mañana me dices… a primera hora.

—Perfecto. —DeWilde iba a colgar, pero añadió—: Ah, y Jules ha llamado. Dice que… Bueno, no ha dicho nada; solo que llames, que es muy urgente.

—Vale. Sí, en cuanto pueda.

Colgó el teléfono.

Miró de nuevo el mensaje. Al caer al suelo el teléfono, se había enviado. El teléfono de Nuria lo había recibido. La señal de recepción estaba encendida. Pero el Conectup no estaba en línea.

Se quedó un rato mirando el nombre: «Nuria Espriu».

Y justo debajo, la última conexión: «Ayer a las 09:17».

No habría un hoy nunca más. No para ella.

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