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-Rafael-
No encontraba su coche. No sabía dónde lo había aparcado, llevaba un rato dando vueltas confuso por las calles adyacentes al hostal donde vivía, y solo reaccionó cuando escuchó la sirena de la policía y vio que aparcaban delante de la puerta del que había sido su hogar durante muchos años.
Tierra quemada, pensó, y se alejó andando.
El móvil volvió a sonar insistentemente. No lo cogió. Pero tampoco tuvo valor para tirarlo.
Tardó cerca de dos horas en llegar hasta el bar de Felipe, que en ese momento de la mañana estaba completamente vacío. Su amigo estaba viendo un culebrón de época sentado en un taburete tras la barra.
—¿Qué te ha pasado? —Parecía francamente asustado—. Tienes una pinta horrible.
Rafa se quedó mirando un segundo la pantalla; todo era tan falso, tan irreal…
—¿Tienes todavía la bolsa de lona?
Felipe se levantó del taburete.
—Claro. ¿Te deshiciste de la pipa? —Sacó una llave del delantal y atravesó la puerta de la cocina del bar.
—Sí, claro. ¿Por quién me tomas? —En realidad no sabía dónde había dejado la pistola. Podía ser en el coche, podía ser en la habitación, podía ser que realmente la hubiera tirado. En realidad daba igual, solo era tierra quemada—. Y necesitaré algo de pasta para un taxi…
—Vaya. ¿Puedo saber de qué va el asunto? —Felipe salió con una pesada bolsa de lona vieja y aceitosa que había reposado durante dos años bajo el horno de la cocina, acumulando polvo y mierda de rata—. Esto es artillería pesada.
—Es un trabajo. Nada más. —Rafa revisó la escopeta y las dos pistolas. Puso un cargador en cada una y se las metió en los bolsillos de la chaqueta. Dejó la escopeta en la bolsa.
—Ayer vino Lanuza por la noche, cuando estaba a punto de cerrar. Quería saber si todavía vivías en el hostal. —Felipe hablaba mientras sacaba un par de arrugados billetes de la caja registradora y los dejaba en la barra.
—¿Qué le dijiste?
—Bueno… Como estaba muy interesado, le dije que no tenía ni idea, que te llamara por la mañana. Parecía tener mucha prisa por verte. Ten cuidado.
—No te preocupes. —Rafa hizo desaparecer los billetes en su bolsillo.
Felipe se fijó en que su amigo parecía extrañamente tranquilo, casi feliz. Sus ojos habían perdido parte de aquel fondo oscuro que lo caracterizaba.
—Y ahora ¿qué? —Volvió a sentarse en el taburete—. ¿Qué vas a hacer?
Rafa, que estaba mirando de nuevo el culebrón se giró hacia Felipe. Por un momento no pareció reconocerlo, pero al final esbozó una sonrisa de medio lado.
—Ahora voy a encargarme de todo. No te preocupes. Nos vemos luego.
Cogió la bolsa y se encaminó hacia la puerta. Cuando iba a salir pareció pensar en algo. Se giró y volvió hasta la barra, sacó del bolsillo un sobre arrugado.
—Guárdamelo. Cuando vuelva me lo das. Acuérdate.
Felipe apenas le prestó atención, el culebrón estaba muy emocionante en ese momento; solo asintió y dejó el sobre dentro de la caja registradora.
Fue por la noche, sentado en el mismo taburete, al ver la cara de Rafa en las noticias mientras de fondo se veían las luces de la policía frente a la clínica, cuando se acordó de la carta y de la llave.
Abrió la caja registradora y se quedó mirando aquel sobre arrugado y amarillento.
Dentro solo había una hoja en blanco y una llave.
Y nunca supo lo que abría.
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