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-Susana-
Entró en el despacho de Velasco. Al cerrar la puerta, este ni siquiera se giró. Estaba fumando y mirando por la ventana, sumido en sus pensamientos. Sobre la mesa había una botella de whisky y un vaso medio lleno. Susana se percató de que algo había pasado; aquel hombre no era de los que beben en horas de trabajo. La lluvia golpeaba con furia los cristales del despacho, empañando la visión, así que solo una imagen distorsionada de luces y sombras de la ciudad se filtraba desde el exterior. Aun así, Velasco parecía concentrado en ella, absorto.
—Te traigo los informes de la noche. —Los dejó en la mesa.
El viejo doctor ni siquiera los miró.
—¿Te suena el nombre de Nuria Espriu? —Apagó el cigarro y volvió de nuevo la mirada hacia el exterior, hacia la lluvia, mientras cogía el vaso y lo apuraba de un trago.
—Sí. —Susana se quedó allí plantada, sin saber muy bien que decir—. Es la coordinadora de enfermería del hospital. Es amiga tuya, ¿no?
—Era. Se ha suicidado. La han encontrado esta mañana en su casa.
Susana se llevó la mano a la boca.
—Oh, lo siento… Yo no…
—Todavía ni ha ido el forense. —Velasco parecía estar meditando en voz alta—. Así que supongo que su cuerpo debe estar todavía en la cama. Ella misma se puso la vía, el gotero y la bolsa de morfina. Tenía mucha en casa, se la habían autorizado. Lleva unas… —Miró el reloj—. Cinco horas muerta. No hace mucho calor, pero sí que hay humedad. —Dejó el vaso en la mesa y se encendió un nuevo cigarro—. El cuerpo debe estar exudando. Espero que el forense se dé prisa. Ella odiaba oler mal.
Susana seguía allí, muda. En el hospital había aprendido a situar una coraza emocional entre ella y los pacientes y sus familiares, y aun así a veces era muy difícil impedir que las emociones y el dolor de los demás se te contagiaran. Pero allí, con su jefe, que también era un amigo de su familia, no sabía muy bien que decir, ni siquiera sabía el grado de amistad que unía a Velasco con Nuria.
Velasco la estaba mirando fijamente, parecía leerle la mente.
—Era la única mujer en mi vida a la que he considerado… mi mujer. No teníamos una relación estable, y es cierto que a veces pasábamos años sin vernos, incluso viviendo en la misma ciudad, pero juro que fue mi amor, el único. Y no se lo dije nunca. Y creo que ella sentía lo mismo, pero… Cuando supe que tenía cáncer, en lugar de sincerarme traté de obviarlo, como si no fuera cierto, como si siempre hubiera tiempo para decir las cosas, como si este día no fuera a llegar jamás. Ya ves. Yo, con un síndrome de negación. Qué tontería, ¿no? —Velasco sacó un pañuelo y se enjuagó los ojos.
—Yo… —Susana tenía la garganta seca y las palabras salían rasposas y guturales como si hubieran estado guardadas en el fondo de algún oscuro y mohoso armario de la memoria—. Mi marido era cocainómano, y yo no quise verlo. En lo más profundo de mí lo sabía, lo supe siempre, con absoluta certeza, y eso lo mató, e incluso cuando hablo conmigo misma me digo que no lo sabía, me justifico, lo niego rotundamente. Porque si lo hubiera sabido, igual habría podido hacer algo. Igual podría haberlo salvado. Así que no, no es ninguna tontería. Ojalá pudiera olvidarlo, enterrar lo que sabía y vivir en la ignorancia.
Velasco llenó el vaso de whisky y lo empujó al otro lado de la mesa.
—Brindo por eso.
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