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-Susana-
La primera vez que vio morir a alguien de micraña habían pasado tres días desde la visita a Duroux. El tipo estaba delante de ella en la cola para pagar en el pequeño súper que había debajo de su casa. Todo el mundo andaba nervioso por culpa de aquella nueva enfermedad, y en la tele no hablaban de otra cosa.
Hasta ese momento, Susana le había dado tanta credibilidad a la nueva pandemia como a la gripe aviar o al mal de las vacas locas: poca o ninguna. Pero las farmacias amanecían con largas colas para comprar antiinflamatorios y la mayoría de personas con las que se cruzaba al ir a la clínica evitaban el contacto los unos con los otros, y casi todos llevaban mascarillas quirúrgicas.
El tipo llevaba un pack de latas de cerveza e iba silbando algo cuando de repente se quedó rígido, murmuró algo que Susana no entendió y se desplomó en el suelo.
Sus intentos por reanimarlo fueron inútiles. Aquel hombre sangraba por los lagrimales y los oídos (algo que le hizo pensar fugazmente en David), así que se puso a hacerle una reanimación cardiopulmonar. Al levantar la mirada comprobó que los demás clientes habían huido de la tienda a toda prisa, y el dependiente, un chaval gordo y de larga melena, tenía un bate de béisbol en las manos y se había tapado la cara con la camiseta.
—Pava, ni se te ocurra acercarte a mí; le has morreado la boca. Arrástralo fuera. —Le señaló la puerta con el bate.
—¿Qué coño dices? ¡Llama a emergencias! ¡Es tu puta tienda! —le gritó.
—Tiene la micraña, tía; le ha petado el cerebro. Lo dicen en la tele, te peta el cerebro. —Señaló de nuevo la calle—. Llévalo fuera y llamo a quien quieras, pero lárgate de la tienda, o mi viejo se va a poner de los nervios.
—Es omisión de socorro; si no pides ayuda te meterán en la cárcel —le dijo Susana con rabia.
El dependiente se quedó pensando unos segundos, bloqueado; después sacó el móvil, marcó el 112 y se puso el auricular en la oreja, pero sin soltar el bate.
—Hay un contestador; dice que somos la posición ciento sesenta y cuatro en la cola de llamadas —gruñó.
Susana se quedó mirándolo fijamente mientras el sudor le perlaba la frente debido al esfuerzo que estaba haciendo, y estuvieron en silencio hasta que el tipo le mostró el móvil con cara de agobio.
—Han colgado la llamada.
—Vuelve a intentarlo.
Pero el móvil no daba línea.
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