184
-Susana-
—¿Tú sabías que se llamaba David? El 184… —Mientras hablaba, Marta, embutida en un traje biológico que le venía ligeramente pequeño, estaba cambiando una bomba de suero, pero lo hacía de forma mecánica; miraba de reojo a Susana, que dentro de su propio traje y sosteniendo una tablet que enviaba la información a los ordenadores de fuera, iba comprobando los niveles de TC113 en sangre a través del monitor.
—No, ni idea; la verdad es que en el hospital suelo conocer a todos los pacientes por su nombre a la que llevan allí tres días. Yo qué sé… Charlas con ellos; algunos son más pesados, otros son gente muy amable. Pero aquí… Es difícil, excepto casos como Paquito, claro…
—Es que Paquito se hacía notar. Aunque no hablase, menudo cagón era el tío.
Estaban en la habitación 182, casi al principio del pasillo; allí había un adolescente al que faltaba un brazo.
—¿Qué crees que le pasó a este? —Marta señalaba al chico.
—No sé, pero esa amputación parece tener la misma edad que las heridas de la cabeza; se lo hizo todo a la vez, seguro. —Susana señaló las abrasiones y hendiduras que presentaba por todo el lado derecho del cráneo —. Seguramente un accidente de coche o de moto; debió de arrastrar la cara por el asfalto, fíjate que le falta la oreja derecha…
—Dios… Pobrecillo, su familia estará pasándolo…
—Si está aquí es que no tenía familia.
Marta asintió, y tras reflexionar un momento dijo en voz baja:
—O su familia no sobrevivió. Si era un accidente de coche…
Susana asintió con un suspiro, terminó de anotar los datos en el formulario de control y dejó la tablet en el cajetín junto a la cama. Después se giró hacia Marta.
—Me gustaría hablar con él.
Marta la miró extrañada.
—¿Con quién?
—Con David, el de la 184…
—Pero ¿qué dices? —Marta cogió la botella de suero vacía y la dejó en el eliminador de residuos de la habitación—. Ya viste la ficha. Ese tío era un delincuente… ¡ES un delincuente! Además… ¿qué coño le quieres decir? ¿Hola, soy la enfermera que te metía los chutes? Sí, en la clínica donde experimentaban contigo porque pensaban que eras un vegetal. ¿Te acuerdas de mí?
Susana reflexionó un momento.
—No sé, ha estado muerto. Su cerebro… —Se sentía confusa y tonta teniendo que dar una explicación a algo que ni ella misma comprendía; solo tenía una sensación apremiante, una necesidad física de hablar con él—. Su cerebro…
—No tiene cerebro, tía, se le escurrió por las orejas. Lo que tiene en el coco es una tela de araña, y si le gritas dentro oirás el eco; ese tío era un descerebrado cuando se jodió la cabeza, y ahora, con medio cerebro menos, no creo sea mejor persona. —Marta abrió la puerta de la cabina de descontaminación y le hizo una reverencia a Susana para que entrara—. El baño de la marquesa está listo.
Susana la miró mientras negaba con la cabeza y una media sonrisa le afloraba en los labios.
—Pero que cabrona eres, Marta. —Se alegró de cambiar de tema, se sentía estúpida por aquella inquietud, una sensación de que algo fallaba, de que faltaban algunas piezas en aquel puzle. Trató de quitarse aquel absurdo pensamiento de la cabeza.
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