184
-Paciente 184-
Me quedaban unos cuantos billetes arrugados y me moría de hambre, así que aprovechando mi aspecto más o menos aceptable decidí comer algo.
Era una noche fresca, apenas había oscurecido.
Entré en el primer bar que me crucé en cuanto salí del polígono abandonado: un restaurante de menús baratos. Me senté en una discreta mesa para dos y eché un vistazo a la carta. Al levantar la vista me topé con los ojos de la camarera, que me miraba con horror.
Había sido un fallo quedarme allí. En ese barrio, apartado de Barcelona, aislado entre un montón de fábricas viejas, la gente se conocía. Todo el mundo se conocía, como si fueran un pueblo y no parte de una ciudad, y esa chica me había reconocido, lo leía en sus ojos, y estaba meditando como entrarme. Tenía que haberme largado lejos.
Yo no quería saber nada más de David, era algo que había decidido. Yo era 184, lo decía mi nuca. No más información: la ignorancia, la felicidad.
—El plato combinado número tres, y para beber, agua. —Seguí mirando la carta; no conocía de nada a la camarera, y ella lo notaría. Era cierto.
—Dios, te pareces tanto a… —No parecía haberme escuchado.
La miré extrañado y cortante.
—¿A quién?
—A… un chico que murió, el novio de mi hermana.
La garganta se me secó de golpe.
—Ah, pues… —No esperaba aquello—. No sé, yo… Soy… Trabajo de mensajero. —Las palabras brotaron solas, antes incluso de poder meditar lo que decía.
—Él también es… Era… mensajero.
—Vaya, que coincidencia. Me llamo Manuel. —Sonreí como alguien que estaba un poco incómodo con todo aquello. Ella me devolvió la sonrisa y apuntó lo que yo había pedido—. Ahora te lo traigo —dijo, y se fue a la cocina.
Al volver no dijo nada, solo me dejó el plato y se fue; pensé que el peligro había pasado. Comí tranquilamente, sin prisas. Los sabores… ¿Alguna vez has pasado meses sin comer absolutamente nada? ¿Viviendo gracias a unos sueros alimenticios que nutren tus venas? Seguro que no. Eso le pasa a muy pocos.
La gente que ha vivido esa experiencia es la que sabe lo que es una explosión de sabor. Cuando una lengua áspera se encuentra de nuevo con alimentos sólidos después de tanto tiempo, sus papilas gustativas sufren algo parecido a un orgasmo, y uno recuerda en ese momento que, a pesar de todo, la vida te da momentos como ese, que merecen la pena ser vividos.
Cuando salí del restaurante, ella estaba fuera esperándome.
Me miró a los ojos, entre horrorizada y expectante.
—¿David?
La camarera la había llamado, claro. Debí pensarlo, pero me pudo el hambre. Imbécil.
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