184

Iván Ledesma · Capítulo 3 de 96

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184

-Alguien-

 

 

Intenté mover los dedos de los pies, noté las piernas flojas, carentes de fuerza para sostenerme; me apoyé de nuevo en el lateral de la camilla y traté de centrarme. No podía caer inconsciente, no quería desmayarme y despertar dentro del horno con la boca destrozada y sangrante si daba la fatal casualidad de que tenía muelas de oro.

Aquel pensamiento me disparó la adrenalina, y conseguí insuflar suficiente fuerza a mis piernas para levantarme y mantenerme en pie agarrado a la camilla.

El estómago me daba vueltas; era extraño, una mezcla de nausea y hambre atroz. No sabía quién era, pero sabía que en una calle junto a la plaza de la Catedral había un puesto de Donner Kebap que hacía unos durums de pollo con queso que estaban deliciosos. No podía sacarme esa imagen de la cabeza. El crujir del pollo tostado fundido con la salsa agria y compactado alrededor de la torta de harina… Se me hacía la boca agua y a la vez estaba a punto de vomitar.

¡Oh, que dolor de cabeza!

Respiré hondo, fijé la vista en un punto y esperé unos interminables segundos.

Esto debía ser un hospital o algo parecido, seguro. Y ¿por qué era yo un peligro biológico?

Me observé de nuevo: tenía una herida profunda en el brazo izquierdo; parecía una quemadura, curada, y la piel nueva era muy suave, reciente. Un poco más arriba descubrí un tatuaje en el hombro, con forma de mano, llevaba unos grabados extraños dentro y debajo una palabra: «SUERTE».

Sonreí involuntariamente; me gustaba ese tatuaje.

Levanté la mirada. A mi derecha había una puerta.

Respiré hondo de nuevo y el mundo siguió quieto al soltarme de la camilla. Poco a poco, tambaleándome, me acerqué a la puerta. No estaba cerrada.

Al otro lado había una enorme cabina de ducha y otra puerta; instintivamente estuve a punto de tirar de la cadena que disparaba el agua del techo. Apestaba y sentía mi piel febril y caliente, y una ducha refrescante era lo que me pedía el cuerpo. Pero justo antes me fijé en el cartel amarillo de peligro y las instrucciones de uso del baño.

Aquello no era una ducha corriente: el agua salía a más de cincuenta grados y mezclada con productos tóxicos de descontaminación que podían abrasar la piel humana. Se especificaba que debía usarse durante no más de cinco segundos… y siempre con el traje puesto. Con cuidado solté el cable y abrí la siguiente puerta.

Al otro lado vislumbré unas diminutas escaleras que subían.

Me giré un instante hacia el fan de Shakira. ¿Debía decirle algo? Pero al oír el crujido de las tenazas sobre otro diente del fallecido volvieron las náuseas, y decidí ignorarlo.

Abrí un poco la puerta y asomé la cabeza. Pegado a la puerta había una especie de buzón, y dentro de este había un puñado de hojas. Las cogí.

No entendía nada, parecían informes sobre análisis y medicaciones con nombres raros. En el encabezado, un único dato: números.

Descarté todos excepto uno: paciente n.° 184.

Yo era el señor 184.

Tenía muchas preguntas en la cabeza, demasiadas dudas sobre mí. ¿Y si era peligroso?

Y de repente, aquella voz en mi cabeza. El zumbido ensordecedor y un pensamiento claro y rotundo invadiendo cada rincón de mi cráneo:

Joder, el cabrón ya tenía que estar muerto hace media hora. ¿Cómo coño aguanta tanto?

Yo no había pensado eso, me sentía violado. Alguien hablaba en mis pensamientos. Era una mujer, estaba cerca y estaba esperando que muriera alguien. Lo deseaba con anhelo y frustración.

Seguí recibiendo alguna cosa más, inconexa, entrecortada, pero solo eran emociones, una sensación de asco, de odio, de impaciencia.

Y de nuevo la nada.

Era como una desconexión, como perder la cobertura del móvil mientras hablas. Todo a la vez. Dentro de mi cabeza.

Volví a sentirme débil; el estómago me rugía impaciente.

Subí las escaleras hasta llegar a un pasillo; encajé la puerta que daba a las escaleras sin cerrarla, no quería hacer ruido por si aquella mujer de mi cabeza lo escuchaba.

El suelo estaba frío, el cambio de temperatura era brutal; allí había aire acondicionado y yo estaba desnudo y empapado en sudor y gelatina descompuesta que comenzaba a enfriarse.

Avancé lentamente. Los pies apenas me sostenían. A mi derecha, había habitaciones; al final, una pared con un extintor. A la izquierda, más habitaciones, pero al fondo había tres ascensores y cuatro puertas que no eran iguales a las demás. Una de ellas estaba completamente abierta; allí había alguien, se oía movimiento y charlas en voz baja.

Avancé por el pasillo.

Joder, me quiero ir a cenar con Luis YA, y como se muera ahora me va a joder el cambio de turno, tenía que haberle metido el cóctel a mediodía…

Caí fulminado de rodillas al volver a sentir la ráfaga de pensamientos, me apoyé en la pared entre nauseas; eran como caramelo derretido sobre mi cerebro. Comencé a temblar de miedo, sufrí arcadas de asco al notar las sensaciones que desprendía aquella voz de mujer. Un hilo de baba caía de mi boca al suelo, incontrolable.

Quería gritarle: «Haz el favor de callarte, me va a explotar la puta cabeza».

… ¿Y esta luz? ¡Joder! Será HIJO DE PUTA, ¡¡PUES NO VA EL PUTO VIEJO Y SE MUERE AHORA!!

No entendía su pensamiento, estaba lleno de tensión y fastidio.

¿Quién se estaba muriendo? ¿De qué luz hablaba?

De nuevo la desconexión. Me pegué a la pared y me asomé a una de las puertas: allí había un viejo, de unos sesenta años, en una camilla, atado boca abajo y conectado a una máquina por un sinfín de cables que le salían del brazo. También estaba completamente rapado, tenía algo tatuado en la nuca, y una tenue neblina blanca le cubría todo el cuerpo.

Sin hacer ruido me acerqué a la siguiente puerta y también me asomé; un débil gemido se escapó de mis labios. Allí había un chico, apenas un chaval; también estaba atado y parecía dormido. Le faltaba un brazo, estaba envuelto en una neblina blancuzca mucho más grande que la del anciano… y sobre su cuerpo había cuatro enormes… No sé cómo describirlo; eran una especie de arañas de energía.

Su materia física era un horror deforme e imposible. Como una vieja televisión sin ningún canal sintonizado. Aquellas cosas parecían sorber la neblina, caminaban por la espalda del chico sin que él se diera cuenta, se movían a mucha velocidad y paraban en seco, y poco a poco aquella niebla iba perdiendo densidad y color. Se estaban nutriendo de ella. Los tentáculos parecían absorberla y depositarla en una especie de bolsa situada en su lomo, que se iba hinchando como un globo. Las supurantes antenas rastreaban el cuerpo en busca de mejores zonas donde succionar.

No pude continuar mirando.

Llegué junto a la puerta abierta sin mirar en ninguna otra habitación. Me situé pegado a ella, justo para sentir de nuevo un acceso de náuseas y mareos que me dejó allí, temblando e indefenso, mientras dentro de la sala, ignorantes de mi existencia, dos mujeres hablaban:

—Nati, ¿qué vas a hacer esta noche?

—Bueno… —Un escalofrío. ESA era la voz de mi cabeza—. He quedado con Luis para ir al cine y a cenar… (Y no quiero llegar tarde por un viejo cagón).

—La verdad es que Luis es muy mono…

—Y está forrado, nena. —Lo decía con humor y picardía, como si bromeara, pero su pensamiento era una piedra dura y negra—. Tiene un Audi, y una casa en Pedralbes, en la Avenida Pearson, ¿sabes? Los que viven en esa calle son gente de altos vuelos. (Y si me retira de esta mierda mucho mejor).

—Hablando de eso, ¿y qué tal anda de altos vuelos?

—¿A qué te refieres? —La voz era de complicidad, el pensamiento no; el pensamiento era correoso y repugnante. (La tiene del tamaño de un cacahuete, pero eso no es algo que te vaya a contar a ti, foca).

—¿Está bien dotado?

—¡Uy! No me puedo quejar. (Que el ponga la pasta y yo ya encontraré una buena polla cuando la necesite, no te preocupes).

—¿Quieres café?

—Sí.

Noté que su interés se centraba en otra cosa y volví a perder la conexión. Aproveché el momento y pasé por delante de la puerta. No pude evitar echar un vistazo.

Y casi suelto un grito de terror.

Allí había dos mujeres. Una estaba limpiando dos tazas en un pequeño lavamanos; tenía aquella neblina envolviéndola, de un color amarillo, parecido a un gas, llena de pequeños destellos eléctricos y mucho más densa que la de los pacientes de las habitaciones.

La otra estaba observando a su compañera mientras fregaba. Estaba nerviosa y se mordía las uñas, pero apenas podía verle la cara. Estaba envuelta en una cosa negra, un humo infecto que se movía a su alrededor; en esa niebla se adivinaban rostros inhumanos que se formaban y desaparecían a una velocidad increíble, y parecían mirarme, parecían saber que yo podía verlos, y trataban de decirme algo.

Me mordí los nudillos hasta hacerme sangre, para no gritar. Estaba petrificado allí. Si cualquiera de las dos se hubiera girado en ese momento, me habría visto en la puerta.

Vale: yo estaba loco, seguro. Cada vez estaba más convencido de eso. Era alguien peligroso, pero no podía quedarme allí; aquellas arañas, esa enfermera, el tipo que arrancaba dientes… No quería que me tocaran, ninguno, no podía dejar que aquellas patas, aquellos tentáculos me rozaran, que ese humo estuviera cerca de mí; no podía permitirlo, aunque no fueran reales… Eso no.

Debía salir de allí.

Aquella horrible mujer levantó disimuladamente una revista que había sobre un panel. Miraba de reojo a su compañera, asegurándose de que esta no viera lo que hacía ni como observaba con cara de enfado una luz parpadeante oculta por la revista. Escupió un trozo de uña contra el panel, con rabia.

El pensamiento me llegó nítidamente:

¡MIERDA! Si me voy con este pollo aquí montado, mañana estoy en la calle; habrá que apañar al viejo.

Aquello me sacó del trance.

Me aparté justo cuando levantaba la mirada.

—¡Gloria, al 197 le pasa algo!

—¿Por qué no suena?

—He apagado el altavoz porque me duele la cabeza, pero la luz está en rojo.

—¡Cómo se te ocurre apagar el altavoz! ¿Estas tonta o qué? —Gloria suspiró con fastidio mientras comenzaba a empujar el carro hacia el pasillo.

—Me dolía la cabeza —murmuró Nati entre dientes—. Estaba atenta, controlando las luces, ¿no? No pasa nada. (Encima la vieja esta se va a poner a sermonearme, solo me falta eso).

—¿No pasa nada? Vamos para allá, joder. Y ayúdame a empujar el carro.

—Menudo gilipollas, se tenía que morir a última hora. ¿No se pueden encargar Susana y Marta?

—No seas perra, Nati, que te pagan por esto. Ya entro yo, pero tú llevas el carro y descontaminas la habitación.

La mujer que se llamaba Gloria salió al pasillo. Se paró ante un armario y cogió un traje de contención biológica idéntico al que tenía el tipo gordo del sótano.

MIERDA, MIERDA, MIERDA Luis ODIA que llegue tarde, luego siempre está de mal humor… Y seguro que quiere que se la chupe… A mí me da asco, su semen huele a fuet…

El pensamiento se cortó e instintivamente entré por la siguiente puerta a la vez que ellas salían del despacho. Era un vestuario, allí había batas y trajes de médico. Con extremo cuidado encajé la puerta, y me quedé allí de pie, en la oscuridad. Desnudo.

Voces en el pasillo:

—Está frito, no hay nada que hacer; traigo la hoja de defunción y…

Que le jodan.

—Nati, espera; no te escaquees y ayúdame a limpiarlo, se ha cagado hasta los sobacos. Hay que descontaminar la habitación y bajarlo al sótano. Ponte también un traje, que aquí hay faena.

—Sabes que odio limpiar mierda, eso es cosa de auxiliares y ese gordo de abajo… Es un guarro.

—¿Qué te piensas, que a mí me gusta la mierda? —La voz de la mujer mayor denotaba que comenzaba a estar harta de tanta queja—. Es lo que hay. Si no te interesa pides un cambio… O dejas el curro, que siempre estas quejándote, coño.

Sentí una ola de humillación, ira contenida y vergüenza.

Sonreí, se lo merecía.

De repente, un olor, como a carne quemada.

—¿Tienes un cigarro?

Una voz áspera y seca me hablaba desde un rincón de aquel oscuro vestuario.

Me quedé petrificado, allí no había nadie un segundo antes, y la oscuridad total me impedía saber de dónde había salido aquella voz.

Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude distinguir que allí había unos bancos, y taquillas, y justo en la esquina, algo, un bulto acurrucado que se movía ligeramente envuelto en una insana luz amarillenta.

—Hace frío, podríamos mirar de encender un fuego. ¿No crees, Miguel?

Tragué saliva; cada vez vislumbraba mejor a aquella persona, allí, sentada, apoyada contra la pared y vestida con un enorme abrigo quemado. Su rostro ennegrecido por el hollín estaba brutalmente deformado, y no tenía ojos. Unas cuencas vacías parecían lanzar ciegas miradas alrededor, la nariz había chorreado como grasa caliente hasta fundirse con los labios, y la carne de la mandíbula, negra como un tizón y abrasada, se había desprendido y dejado a la vista el hueso pelado.

Estaba hablando, pero no conmigo…

—Ya sé que no hay salida para el humo, joder, pero tengo los dedos lilas. ¿Los ves? Si al menos me dieras un trago de… No seas avaricioso. — Mostraba sus dedos hacia la izquierda, una mano completamente carbonizada—. Podríamos vigilarlo… Hacer turnos… Si quieres puedes dormirte, yo…

Se quedó quieto, murmurando algo en voz baja; la ansiedad y el remordimiento se notaban en su voz.

—Puedes dormirte, que yo lo vigilo, tranquilo. —Comenzó a sollozar —. Yo estaré aquí, vigilando…

Comenzó a balancearse, murmurando palabras sin sentido, cada vez más lentamente, hasta quedarse totalmente quieto; parecía dormido.

Sin perderlo de vista me acerqué a la taquilla que tenía más cerca. Mi cuerpo se convulsionaba de frío y de miedo. Cogí un mono verde de médico que estaba colgado dentro, una bata y unas zapatillas blancas y comencé a vestirme. Dejé el informe 184 que había cogido en el bolsillo de la bata, donde encontré una tarjeta de acceso.

Al investigar en la taquilla encontré una cartera con varios billetes de cincuenta euros; dejé la cartera dentro de la taquilla, pero me guardé el dinero en el bolsillo, junto al informe.

Cuando levanté la mirada, el mendigo estaba a pocos centímetros de mí, con un mechero entre los dedos a la altura de la cara. Al observarlo encendió el mechero, y uno de los dedos se le deshizo como papel quemado y cayó al suelo. Una sonrisa estúpida y cruel surgió en su rostro mientras la carne se rompía al intentar abrir de nuevo sus sellados labios.

—¿Quieres fuego?

Ahogué un grito un terror al notar su pestilente aliento, y cerré los ojos.

Al volver a abrirlos, ya no había nadie.

El olor había desaparecido.

Oí como las enfermeras sacaban la camilla del fallecido 197 al pasillo.

—Ya he sellado la bolsa. Vete llamando al ascensor, y coge el impreso de defunción mientras me quito el traje.

—Vale.

Ruido al llevar la camilla hasta el ascensor, y de nuevo sensaciones en mi cabeza: odio, ira, frustración…

Me concentré en cerrar aquel grifo de sensaciones ajenas que me invadían. De repente, noté algo en mi interior. Como una diminuta explosión en mi frente, que se liberó por mi nariz. Los labios y la barbilla se me empaparon de sangre, y todas las sensaciones extras que notaba desaparecieron de golpe.

Respiré aliviado.

—¿Lo tienes ya? —La voz de aquella horrible enfermera, acuciante, taladrándome. (Venga, date prisa, coño. Que llego tarde, joder con la puta vieja esta).

—Sí, sí.

—Pues vamos, que llego tarde; el traje me hace sudar y ahora tendré que ducharme y…

La puerta del ascensor se cerró.

Y me quedé allí solo.

Vi un cesto de ropa sucia lleno de toallas húmedas. Usé una para limpiarme de la cara la sangre que me había chorreado de la nariz.

Salí y observé el pasillo. El silencio era total. Miré los ascensores; el indicador de uno de ellos parpadeaba con un número 11 en rojo.

Los otros estaban parados en distintas plantas.

Pulsé el botón de llamada del ascensor central, que estaba en la tercera planta. No funcionó, aquello no se movía. Junto al botón de llamada había una célula fotoeléctrica de color rojo. Recordé la tarjeta de acceso en el bolsillo de la bata, la saqué y la pasé junto a la célula, que se iluminó en verde en ese momento. Volví a llamar, y silenciosamente, los números comenzaron a subir: 4, 5, 6…

Un leve zumbido me decía que ya no estaba solo… Había algo detrás de mí.

Me giré violentamente. Tenía la garganta reseca e inflamada; traté de tragar, pero solo conseguí una punzada de dolor. Una de aquellas arañas-parasito apareció en el techo al final del pasillo, boca abajo, y comenzó a mover sus antenas, anhelantes, buscando algo. YO. Fue arrastrándose lentamente, avanzando hacia mí; al pasar a través del fluorescente, este comenzó a parpadear.

Aquello no parecía una alucinación. Para mí era muy real.

Me giré. Las manos me temblaban violentamente. Pulsé varias veces el botón de llamada. Al mirar por encima del hombro comprobé que la araña estaba a medio pasillo de mí.

¡PING!

Las puertas se abrieron. Entré sin pensarlo.

El ascensor relucía; estaba completamente forrado de espejos, excepto en el suelo. Observé el panel de control; era extraño, la planta cero era la que estaba arriba del todo, y el resto iban descendiendo hasta el once. Había una ranura para introducir una llave y subir a un piso por encima del cero.

Pulsé el cero. Se cerraron las puertas y perdí de vista a aquella criatura de pesadilla.

El ascensor comenzó a subir.

Me observé en el espejo. Debía de tener unos veinticinco o treinta años. Tenía la nariz un poco chafada, como de boxeador; tenía cicatrices en la barbilla y por toda la mandíbula, y la cabeza estaba surcada por una enorme brecha. La toqué; había una parte ligeramente hundida, y noté un trozo de metal bajo la piel.

Tenía la cabeza completamente afeitada; no solo el pelo y la barba, también las cejas, aunque ahora se veía una sombra de crecimiento en ellas. Me abrí los pantalones… Hasta ese momento no me había fijado en que también tenía los huevos afeitados, y el pecho, y las piernas.

Qué raro era todo.

Entonces recordé algo, y al observar el reflejo de los cristales contrapuestos lo encontré. Allí estaba el tatuaje, y el código de barras.

184.

Un simple número en la base de la nuca, junto a un código de barras.

Las puertas se abrieron.

Salí a lo que parecía el hall de un hotel; había una recepción y un señor que leía un periódico. Al final del pasillo, una puerta, una SALIDA. El hombre ni siquiera me miraba. Antes de la salida había una puerta de seguridad giratoria. Mi corazón se aceleró al sentirme atrapado, pero allí, junto a la puerta, estaba de nuevo la célula roja de acceso. Solté el aire acumulado en mis pulmones, pasé de nuevo la tarjeta y me encontré a escasos dos metros de la salida.

Una mujer entró en ese momento; era bonita y parecía absorta en sus propios pensamientos.

Comencé a andar lentamente, tratando de no hacer ruido. Ella me miró un segundo y me saludó; yo levanté la mano nervioso, sin detenerme, y ella siguió su camino, tras pasar la puerta de seguridad, hasta los ascensores. No me atreví a volver la vista atrás.

—Buenas noches, doctor. —Me sobresalté, pero el recepcionista continuaba sin mirarme, absorto en los resultados deportivos.

Traté de decir algo pero no pude, así que le hice un gesto con la mano y continué andando. Abrí la puerta y salí fuera del edificio.

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